Introducción
Sáez (2001) sostiene
que la Responsabilidad Social es la capacidad y
obligación de responder ante la sociedad
como un todo, por acciones u omisiones y que se
ejerce, cuando corresponde, desde alguna persona
hacia todas las otras. La capacidad de responder
está dada por los recursos con que cuenta
la persona, ya sean de índole personal, recibidos
por la herencia, adquiridos por la educación,
por el propio esfuerzo o puestos a su disposición
por terceros; la obligación de responder
está dada por convenios, pactos, contratos,
convicciones políticas, morales o religiosas.
Según la capacidad de acción, la Responsabilidad
Social es mayor o menor. Así, cuando los
efectos de las acciones u omisiones alcanzan a muchas
personas, se dice que la Responsabilidad Social
es alta.
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En un plano más
concreto, Urzúa (2001) define la Responsabilidad Social
como la orientación de las actividades individuales
y colectivas en un sentido que permita a todos igualdad de
oportunidades para desarrollar sus capacidades suprimiendo
y apoyando la eliminación de los obstáculos
estructurales de carácter económico y social,
así como los culturales y políticos que afectan
o impiden ese desarrollo.
Desde la perspectiva de la psicología
individual, en 1997 Berman (cit en Arón y Milicic,
1999) la define como el compromiso personal de cada persona
con las demás e incluye tres dimensiones necesarias
para comprometerse con otros: entender que cada persona pertenece
a una red social más amplia que tiene influencia decisiva
en la construcción de la propia identidad; relaciones
interpersonales basadas en consideraciones éticas de
justicia y de preocupación por los otros, y actuar
con integridad, consistentemente con los propios valores.
La Responsabilidad Social es una abstracción,
un valor y, por tanto, una persona no es socialmente responsable
si sólo conoce intelectualmente el concepto; la Responsabilidad
Social se ejerce y concreta a través de una conducta
moral (Navarro, 2002 a). Siguiendo a Aristóteles, se
puede sostener que una persona no es moral si únicamente
conoce intelectualmente el bien; para serlo, es preciso que
mantenga una línea de conducta virtuosa: que realice
actos virtuosos y que los realice habitualmente, es decir,
actos que apunten en dirección al bien, a la supervivencia
y a la felicidad del hombre y de la especie humana. Estos
actos virtuosos son también llamados conductas constructivas
y son aquellas que contribuyen a satisfacer las propias necesidades
de autoprotección y desarrollo y, a la vez, cooperar
en la satisfacción de las necesidades de los demás,
para una plena y sana supervivencia.
Conducta moral
La conducta moral es expresión
del desarrollo bio-psico-social alcanzado e incluye conducta
prosocial y altruista; conducta solidaria, de cooperación
y participación y, autocontrol o inhibición
de actos prohibidos, tales como la evitación de actos
que hieran a otros y la capacidad para respetar normas sociales
en ausencia de control externo. Es entendida como la acción
o comportamiento voluntario ejecutado por un ser humano, luego
de una decisión en la que intervienen todos los componentes
de la moralidad: la habilidad de razonamiento general, el
juicio o razonamiento moral, la toma de perspectiva social
y los factores afectivos como la empatía y la culpa
(Vigneaux, 1990).
1. El comportamiento prosocial es
un comportamiento altruista, justo, compartido o generalmente
empático (Eisenberg y Fabes, 1998, cit en Woolfolk,
2000). Según Spacapan y Oskamp (1992, cit en Woolfolk,
2000), incluye acciones que benefician a los demás,
sin proporcionar necesariamente un beneficio directo a la
persona que las realiza. Cuando busca ayudar a otra persona
en la satisfacción de sus necesidades sin esperar recompensa,
se trata de un comportamiento altruista.
2. La cooperación es obrar
juntamente con otro u otros, para un mismo fin; es el acto
de conjugar, voluntariamente o no, la conducta propia con
la de otros, para alcanzar un determinado fin (Pedrals, 2002).
Consiste en trabajar juntos para alcanzar objetivos comunes,
procurando obtener resultados que son beneficiosos para sí
mismos y para otras personas (Johnson y cols, 1999).
La conducta cooperativa puede darse
para lograr una meta común, alcanzando una recompensa
mayor que la que cada uno hubiera logrado por separado, donde
junto con beneficiar a otros se espera un beneficio personal.
También puede haber conducta cooperativa con otros,
para beneficiar a personas o grupos distintos de quienes intervienen
en ella y sin esperar recompensa externa. En este caso, se
habla de altruismo (Macaulay y Berkowitz, 1970 cit en Papalia
y otros, 2001).
3. La conducta participativa está
formada por todas aquellas acciones tendientes a la asociación
con otras personas en situaciones y procesos y en relación
a objetivos finales claros y conscientes o resultados no conscientes
para ella, pero significativos para el sistema social. La
participación activa incluye todas aquellas conductas
tendientes a tomar parte en actividades y decisiones destinadas
a la colaboración espontánea para el bien común;
supone autoconocimiento de necesidades y capacidad de satisfacerlas
a partir de la articulación con otros; conocimiento
de las necesidades de los demás y recursos personales
para comprometerse con ellos; es una manera de construir comunidad
(Corvalán y Fernández, 1998). Giddens (2000)
la describe como un medio y un fin para la emancipación
y transformación de las relaciones sociales que generan
las desigualdades, las relaciones de explotación y
dominación social.
Lima (1988) plantea que la participación
es acción y compromiso y, en el plano político,
conduce a adoptar decisiones políticas racionales,
a que todas las personas tengan una efectiva participación
en el poder y a la búsqueda de la igualdad social y
emancipación de los hombres.
Inteligencia y conducta moral
Todas las conductas antes descritas
requieren de y son una expresión de la inteligencia
emocional, concepto acuñado a principios de los ‘90
por los psicólogos americanos Peter Salovey y John
Mayer (cit en Roca, 2003) para definir el uso excelente de
la inteligencia interpersonal e intrapersonal planteadas por
Gardner (1993) en su teoría de las inteligencias múltiples.
1. Gardner (1993) define como inteligencia
intrapersonal la capacidad para conocer los aspectos internos
de sí mismo; el acceso a la propia vida emocional y
sentimientos; la capacidad de discriminar entre estas emociones,
ponerles un nombre y recurrir a ellas para interpretar y orientar
la propia conducta. El autoconocimiento es, en términos
generales, reconocer los propios sentimientos, emociones,
preferencias, habilidades, recursos e intuiciones. Es saber
en qué estado se encuentra la persona en cada situación
que afronta, estando conscientes de lo que es, sus reacciones
y los efectos que causa sobre el entorno. Constituye una de
las aptitudes básicas de la excelencia (Briano, 2003).
Se encuentra estrechamente relacionado con el concepto de
autoestima y por lo tanto con los de autoconcepto, autoevaluación,
autoaceptación, y autorespeto.
b) La inteligencia interpersonal es
aquella que se construye a partir de una capacidad nuclear
para sentir distinciones en los demás: en particular,
contrastes en el estado de ánimo, temperamento, motivaciones
e intenciones (Gardner, 1993, cit en Gardner, 1995). Es la
capacidad de comprender en los demás cuáles
son las cosas que más les motivan, cómo trabajan
y la mejor forma de cooperar con ellos. En formas más
avanzadas, esta inteligencia permite a un adulto hábil
leer las intenciones y deseos de los demás, aunque
se hayan ocultado. Las investigaciones de Gardner (1995) sugieren
que los lóbulos frontales del cerebro desempeñan
un papel importante en el conocimiento interpersonal.
Goleman (1995) interpreta y resume
estas dos capacidades -la inteligencia interpersonal y la
intrapersonal, propuestas por Gardner- como la capacidad de
discernir y responder apropiadamente a los estados de ánimo,
temperamentos, motivaciones y deseos de las demás personas
en referencia a la inteligencia interpersonal, y en cuanto
a la inteligencia intrapersonal, como la capacidad de establecer
contacto con los propios sentimientos, discernir entre ellos
y aprovechar este conocimiento para orientar nuestra conducta.
Sostiene que, además de ser meta habilidades, estas
inteligencias pueden ser categorizadas en competencias o dimensiones,
tales como el conocimiento y capacidad para controlar las
propias emociones; el reconocimiento de las emociones ajenas;
la capacidad de motivarse a sí mismo, y el control
de las relaciones interpersonales.
Dos componentes claves de la inteligencia
interpersonal son la empatía y la habilidad para relacionarse
con los demás, apreciando sus perspectivas y siendo
sensitivos a sus motivos personales e intenciones (Carreras,
Guil y Mestre, 2003). La inteligencia proporciona el potencial;
también es muy importante practicar la habilidad para
tener buenas relaciones con la familia, amistades y con la
gente en general y tomar el liderazgo entre otras personas
para resolver problemas, influenciar decisiones y velar por
las relaciones grupales (De Jesús, 2002).
-La empatía es el conjunto de capacidades que permiten
reconocer y entender las emociones de los demás, sus
motivaciones y las razones que explican su comportamiento.
Fue definida por Rogers, en la década de los ‘80,
como el estado que consiste en darse cuenta con precisión
del cuadro de referencias interno de otra persona, juntamente
con los componentes emocionales y los significados a ella
pertenecientes, como si fuese la otra persona. Supone poder
ponerse en el lugar del otro, pero sin mimetizarse con él;
distinguir las señales sutiles que los demás
emiten en función del estado emocional en el que se
encuentran, lo que permite comprender mejor lo que desean
o necesitan y hacérselo ver con respeto. La otra persona
se sentirá comprendida y ese entendimiento mejorará
de forma notable la relación. El control de las relaciones
interpersonales es un verdadero arte que está basado,
en gran medida, en comportarse en la forma adecuada al estado
emocional que se percibe en los demás. Esta habilidad
es clave para el liderazgo y la influencia personal. Las personas
que sobresalen en este tipo de competencia suelen tener gran
éxito social y profesional (Roca, 2003). La empatía
se construye sobre la conciencia de sí mismo: cuanto
más abierto se está a las propias emociones,
más habilidad se desarrolla para interpretar los sentimientos
propios y ajenos.
-La inteligencia interpersonal está a la base de las
habilidades sociales. Éstas son comportamientos o conductas
verbales y/o no verbales, que son aprendidas para interactuar
con los demás de manera efectiva y facilitan la convivencia,
bienestar personal y social (Cieza, 1997). La acción
de la persona se determina en una o varias conductas interpersonales
relacionadas entre sí, siendo la conducta empleada
un medio para alcanzar una meta que intenta resolver el conflicto
entre el yo y las circunstancias o viceversa. La habilidad
social debe considerarse dentro de un marco determinado, pues
existen sistemas de comunicación distintivos que tipifican
la cultura de cada país y están influenciados
por las situaciones contextuales. Las habilidades sociales
son conductas comunicativas y constituyen un requisito indispensable
para la convivencia entre los seres humanos (Martínez,
2003).
Umbert (2003, cit en Martínez, 2003) plantea que las
personas se expresan a través de tres tipos de conductas
o formas de comportamiento:
-Conducta asertiva o socialmente hábil, que es la expresión
directa de los propios sentimientos, deseos, derechos legítimos
y opiniones, sin amenazar o castigar a los demás y
sin violar los derechos de esas personas. Implica respeto
hacia sí mismo al expresar necesidades propias y defender
los propios derechos y, respeto hacia los derechos y necesidades
de las otras personas. No tiene siempre como resultado la
ausencia de conflicto entre dos personas, pero su objetivo
es la potenciación de las consecuencias favorables
y la minimización de las desfavorables.
-Conducta pasiva, que implica la transgresión de los
propios derechos al no ser capaz de expresar abiertamente
sentimientos, pensamientos y opiniones o al expresarlos de
una manera auto derrotista, con disculpas, con falta de confianza,
de tal modo que los demás puedan no hacerle caso. La
probabilidad de que la persona no asertiva satisfaga sus necesidades
o sean entendidas sus opiniones se encuentra sustancialmente
reducida debido a la comunicación indirecta o mensaje
incompleto. Puede sentirse a menudo incomprendida, no tomada
en cuenta y manipulada.
-Conducta agresiva que es una conducta directa o indirecta,
verbal y/o no verbal, que corresponde a la defensa de los
derechos personales y expresión de los pensamientos,
sentimientos y opiniones de una manera inapropiada e impositiva,
que transgrede los derechos de las otras personas. Su objetivo
es la dominación del otro y se alcanza a través
de la humillación o degradación. Se trata, en
último término, de que los demás se hagan
más débiles y menos capaces de expresar y defender
sus derechos y necesidades. Generalmente refleja una conducta
ambiciosa, que intenta conseguir los objetivos a cualquier
precio, incluso si ello implica transgredir las normas éticas
y vulnerar los derechos de los demás
Descubrimientos recientes en neurolingüística
e inteligencia emocional han estudiado los factores que influyen
en el desarrollo de habilidades comunicacionales y han logrado
técnicas de resultados sorprendentes, que pueden ayudar
a una persona a convertirse en un excelente comunicador y
orador (Umbert, cit en Martínez 2003; González,
2001, Huebner, 1990). Al respecto, Montaño (2003) sostiene
que la inteligencia emocional ayuda a potenciar las capacidades
de comunicación y de relación con los demás
a través de la comunicación efectiva, donde
hablante y oyente se entienden mutuamente. Plantea que esto
se puede lograr por medio de la claridad y la sinceridad,
transmitiendo seguridad, escuchando dinámicamente y
siendo constructivos, lo que permite un acercamiento de posiciones.
En cuanto a la relación con los demás, para
descubrir y satisfacer las necesidades, se debe crear un clima
de confianza y respeto mutuo, a través de la buena
educación, opiniones, ideas y, principalmente, sentimientos.
Desde la perspectiva de Kohlberg (1970),
el máximo nivel de desarrollo del juicio moral se alcanza
cuando se logra la autonomía moral, es decir, cuando
se descubre y escoge los principios éticos universales
de justicia y cuando se cree que lo bueno es aquello que está
de acuerdo con estos principios: la igualdad de los derechos
humanos y el respeto de la dignidad de la persona. La persona
con autonomía moral hace el bien porque cree en la
validez de los principios morales universales y tiene un compromiso
personal con ellos, es conciente de valores y derechos antes
que de acuerdos sociales y contratos.
Según Puig Rovira (1996), la
autonomía moral es el reconocimiento personal de la
necesidad de las normas morales de la sociedad, es decir,
el paso de lo exterior al interior de la experiencia individual.
Implica asumir la responsabilidad personal sin esperar de
los demás soluciones a sus conflictos de valores.
Desarrollo de la responsabilidad social
La responsabilidad social se desarrolla
y es el resultado de factores biológicos, cognitivos
y ambientales, como la educación, las interacciones
personales, la experiencia vital. Requiere del logro de ciertas
tareas o ajustes conducentes a lo que he llamado autonomía
socialmente responsable, esto es, “la capacidad, deber
y derecho a dirigir la propia vida, a partir de la toma de
decisiones que consideren y evalúen la situación,
el contexto, el propio plan de vida; la evaluación
de las consecuencias de estas decisiones, no solo en si mismos,
sino también en los demás, en el plan de vida
y bienestar de los otros y; hacerse cargo de estas consecuencias”
(Navarro, 2002 b). Por lo tanto, no se puede alcanzar hasta
el término de la edad juvenil.
La conducta virtuosa o constructiva
se va desarrollando gradualmente desde el nacimiento; al logro
de la autonomía y de la conducta socialmente responsable
contribuyen todos los agentes de socialización: familia,
escuela, pares, medios de comunicación; en general,
todos los subsistemas en los cuales la persona participa directa
o indirectamente y también, aquellos en los cuales
no participa, pero lo hacen las personas con quienes interactúa
(Bronfenbrenner y Morris, 1998, cit en Papalia, 2001). Así,
el colegio y la universidad constituyen uno de los agentes
de socialización que contribuyen a su desarrollo.
Los orígenes de la vida social,
moral y emocional se encuentran ligados al desarrollo de la
vinculación afectiva o emocional del niño con
los cuidadores principales: apego (Palacios, Marchesi, y Coll,
1999) que presenta cuatro manifestaciones fundamentales: buscar
y mantener la proximidad; resistirse a la separación
y protestar si ésta se consuma.; usar la figura de
apego como base de seguridad desde la que se explora el mundo
físico y social y sentirse seguro buscando en la figura
de apego el bienestar y el apoyo emocional.
El conjunto de experiencias de apego
de la primera infancia da lugar a la formación de un
modelo interno de relaciones afectivas (representación
de las características de la relación establecida
con las figuras de apego); regula la exploración y
las relaciones de afiliación o miedo de las personas
y sirve de base para las relaciones afectivas posteriores,
guiando la interpretación de la conducta de los otros
y organizando la conducta propia.
A los 2 años los niños
incluyen en su lenguaje espontáneo todo un conjunto
de términos relativos a diferentes características
y estados de ellos mismos. Así aparecen referencias
a emociones propias y ajenas, intenciones o deseos. Entre
los 2 y 3 años demuestran ser capaces de asociar distintas
situaciones con diversas experiencias personales; así,
anticipan qué emoción puede provocar una determinada
situación. En torno a los 4 años, uno de los
más destacados avances es la capacidad de darse cuenta
de que los otros tienen estados mentales que no coinciden
con los propios y para entender cuál es el contenido
de esos estados mentales. A esta edad parecen entender que
dichos procesos mentales determinan su comportamiento y experiencias,
puesto que actúan como filtro interpretativo y guía
de la acción.
A los 4-5 años se observan
también avances en la capacidad para imaginar y simular,
capacidad que entre otras cosas va a permitir al niño,
salir de sí mismo y entrar en la mente de los otros
temporalmente. A medida que los niños crecen se ven
inmersos en situaciones e interacciones en las que están
implicados hechos, progresos e instituciones sociales. Es
por ello natural que vayan elaborando ideas acerca de la sociedad
y su organización. A lo largo de los tres primeros
años las expresiones emocionales se van haciendo cada
vez más selectivas, aumentan su rapidez y duración
y, por supuesto, se van socializando en la interacción
con las figuras de apego.
El niño entre los 3 y 6 años
pasa por dos crisis que van a transformar profundamente las
relaciones con sus padres y el medio ambiente en general:
la crisis de personalidad de los tres años, que se
manifiesta por un cambio brusco y completo en las relaciones
del niño con su entorno; al cobrar conciencia de sí
mismo, pretende situarse como una persona en la constelación
familiar; el yo se afirma en una oposición vigorosa
al del otro; la segunda; es el complejo de Edipo, que se presenta
como la continuación de la crisis de personalidad de
los tres años.
A esta edad,existen obstáculos
para el desarrollo de la cooperación: a)la imposibilidad
de comprender que puede haber otras perspectivas que la suya,
considerándola como la única posible, y por
consiguiente, la de todo el mundo (egocentrismo intelectual);
b)su actitud heterónoma, es decir, la regla permanece
exterior a su conciencia en vez de ser interiorizada, como
lo es en el caso de los mayores; no comprenden su sentido,
ni por consiguiente su necesidad y c); la inestabilidad de
su carácter; tanto en la alegría como en el
cólera, las reacciones del nuño pequeño
son extremas, pues no domina todavía ni sus emociones
ni su motricidad. (Reymond-Rivier, 1980; Hoffman y cols, 1996).
A medida que el niño adquiere
mayor experiencia en interacción con otros, particularmente
sus compañeros, su comprensión de las reglas
cambia, ya que pueden verse así mismos como personas
que toman decisiones y desarrollan el sentido de compartir,
basado en la capacidad de coordinar pensamientos y acciones;
se adquiere la moral de cooperación, con respeto mutuo
por las normas, en lugar de unilateral (Paolito, Rimer y Hersch,
1984; Papalia y col, 2001).
Entre los 7-8 años ya son
capaces de indicar situaciones en las que una persona experimentará
emociones como el orgullo y gratitud, listado que se incrementará
a partir de los 10 años para incluir emociones como
el alivio o la decepción.
Queda claro que los progresos intelectuales
y el razonamiento influencian el comportamiento social. Una
vez liberado el egocentrismo, el pensamiento va a imprimir
una nueva estructura a las relaciones interpersonales. Gracias
a esta facultad de colocarse ahora en el punto de vista del
compañero y de captar sus intenciones, lo que hace
posible una verdadera cooperación, el niño va
a entablar relaciones más duraderas y más electivas
en el interior del grupo, y desarrollar al mismo tiempo un
sentimiento cada vez más fuerte de su pertenencia a
la comunidad. Sólo hacia los 10 años la cooperación
adquiere su pleno significado de compañerismo, de solidaridad.
La experiencia de la cooperación, del juego en común,
particularmente el que se guía por reglas, desarrolla
poco a poco una moral; va siguiendo leyes que se constituyen
en un verdadero código de honor.
Cerca de los 12 años suceden,
a nivel cognoscitivo, transformaciones radicales del pensamiento
infantil, modificándose la representación que
el niño se hace del universo y dando un nuevo carácter
a sus relaciones con los demás. La lógica infantil
es, ciertamente, una lógica concreta, basándose
sobre hechos, sobre las relaciones de los objetos entre ellos
y no sobre ideas y proposiciones como la lógica del
adolescente o del adulto.
La desorganización de la personalidad,
labilidad y falta de control de impulsos que se produce en
la prepubertad, como consecuencia de los cambios biológicos
y psicológicos que experimenta el joven, se produce
un quiebre de las relaciones interpersonales y del concepto
de si mismo, ya que es a través de otros que el joven
tomará progresivamente conciencia de lo que es.
Para afirmarse como una persona autónoma,
el púber realiza un proceso de individuación
e integración de su personalidad; define sus necesidades
y motivaciones. Para ello, se aisla de las otras personas,
manteniendo uno o dos amigos íntimos; se quiere diferenciar
de sus padres y maestros; rechaza los modelos que le ofrecen;
desea que no lo confundan con nadie.
La adolescencia se presenta como una etapa donde el desarrollo
psicológico se centra fundamentalmente en la relación
con el ambiente. Es una edad en que se asumen compromisos
y se define una existencia; hay claros motivos sociales que
se constatan en tendencias conductuales definidas: una tendencia
marcada al trato social, un activo deseo de búsqueda
de la compañía de otros, búsqueda de
un ideal universal y real preocupación por los demás.
La adolescencia es un periodo en el
cual el joven se enfrenta a una tarea particularmente difícil:
debe tomar decisiones y realizar aprendizajes que le permitan
lograr exitosamente su incorporación a la sociedad,
lo que representa aspectos esenciales del proceso de socialización
en esta etapa.
Junto a las necesidades personales,
surge ahora la preocupación por otros seres humanos,
lo que exige el compromiso personal, una entrega de sí
en bien de una idea, de un principio o de un valor, exigencias
que no son antagónicas con la motivaciones humanas.
Los objetivos de la realización personal se encuentran
en la misma dirección de los objetivos de la sociedad.
Si la individuación es el proceso que le permite al
púber conocerse a sí mismo, la socialización
es el proceso a través del cual el adolescente adquiere
conocimientos, actitudes, valores necesarios para adaptarse
al ambiente sociocultural en que vive. La experiencia lo conduce
a reevaluar los criterios para juzgar lo que es correcto y
justo. Según Kolhberg (cit Papalia, 2001) existen dos
experiencias que facilitan el desarrollo moral; confrontar
valores en conflicto fuera del hogar y responder por el bienestar
de otro.
La vida adulta ocupa la mayor parte de la existencia humana,
alrededor de los dos tercios de la duración total media.
Se inicia con una constelación compleja de circunstancias:
el trabajo remunerado, la autonomía económica,
la salida de la familia y hogar en que se nació, el
matrimonio o emparejamiento con voluntad de permanencia, la
formación de una nueva familia. Los adultos actuales
se ven enfrentados a mayores condiciones y situaciones donde
se les hace necesario adaptarse y la capacidad para hacerlo
constituye un indicador importante de su madurez. Unos se
adaptan a las circunstancias nuevas y que afrontan las adversidades,
los conflictos, de manera positiva y constructiva; otros,
al no poder adaptarse, ven al entorno como amenazador, por
lo tanto les será aún más difícil
cumplir con sus tareas del desarrollo y poder ayudar a los
otros en su desarrollo. (Palacios, Marchesi, y Coll, 1999).
La responsabilidad social se manifiesta
de manera conciente en cada persona adulta cuando logra tomar
conciencia de que tiene el deber y la capacidad de responder
ante los otros. En la vida cotidiana se refleja en las personas:
a)cuando se preocupan de su propia salud, desarrollo y formación
personal y profesional, para ayudar así al desarrollo
de los otros; b)en el rol familiar que estén desempeñando,
cuando se responsabilizan de sus actos y deciden en congruencia
con su plan de vida, considerando también el plan de
vida de los otros miembros de la familia; c)en el rol profesional,
cuando se preparan y perfeccionan constantemente para desempeñar
bien su profesión y la entienden como un servicio a
los demás.
Finalmente, las personas ejercen la
responsabilidad social cuando optan por el servicio, en lugar
del poder; la cooperación en lugar del individualismo
y competencia y, las relaciones interpersonales basadas en
el amor, en lugar de aquellas basadas en el placer.
Educación para la responsabilidad
social
En su sentido más amplio, socialización
es sinónimo de educación (Gilles, 1999 cit en
Lila y cols, 2000); es el proceso a través del cual
el ser humano adquiere un sentido de identidad personal y
aprende creencias y normas de comportamiento valoradas y esperadas
por las personas que lo rodean (Lila y cols, 2000); proceso
que en un mundo de constantes cambios, se tiene que realizar
durante toda la vida.
Según Delors (1997) la educación
a lo largo de la vida se basa en cuatro pilares que surgen
de necesidades del ser humano: aprender a ser, aprender a
conocer, aprender a hacer y aprender a vivir juntos. Sin embargo,
para que se concrete su sentido verdadero hay que redefinir
su finalidad, explicitar y precisar los valores universales
que proclama y promueve y, asumir un categórico compromiso
por la mejora y el desarrollo social (Aguilar y Bize, 2000).
Así, la tarea de la educación, como un espacio
artificial de convivencia, es permitir y facilitar el crecimiento
de las personas como seres humanos que se respetan a si mismos
y a los otros, con conciencia social y ecológica, de
manera que puedan actuar con responsabilidad y libertad en
la comunidad a la cual pertenecen (Maturana y Nisis de Rezepka,
1995); la educación tiene la responsabilidad de responder
a la necesidad comun y constante para todas las personas:
el desarrollo de habilidades y capacidades personales, intelectuales
y espirituales que necesita cada alumno para avanzar en el
ambiente que lo rodea y en el mundo actual (Lepeley, 2001).
En la práctica, a través
de la educación se adquiere información declarativa,
procedural y consecuencial, que se convierte en conocimiento,
valores, destrezas y modos de comprender el mundo, por medio
del cual se busca una adaptación óptima, crítica
y evolutiva, que conduce a dirigir conscientemente el proceso
de aprendizaje, a determinar cómo concluye el proceso
de formación; a pensar autónomamente el modo
de vivir. Cuando aparece esta capacidad de decidir es cuando
nos encontramos con el germen de la moral.
La educación moral apunta a
construir personalmente el modo de vivir libre y responsablemente:
el individuo moral no actúa solo, debe decidir en base
a una situación de interacción que lo lleva
a vivir en comunidad, por lo tanto la decisión de cómo
vivir, es personal y social. La educación moral debe
enseñar a cada sujeto y a diferentes grupos humanos
a vivir en comunidad (Puig Rovira, 1996), para lo cual hay
que tender a lo óptimo, a tener una vida que merezca
ser vivida y que sea colectivamente justa, la que no está
libre de conflictos porque existen puntos de vista diferentes
frente a situaciones de injusticia. La educación ha
de estar dirigida a la formación de aptitudes cooperativas
y solidarias superadoras del individualismo y de otras formas
de intolerancia social, así como a la interiorización
de aquellos valores que permitan combatir la exclusión,
la opresión y cualquier tipo de discriminación.
(Bohorquez, 2001)
La educación debe ser liberadora
y si no libera… debe dar alas, para que cada uno vuele
a su manera (Zaragoza, 2000). La Educación es sinónimo
de hacer crecer al individuo ayudándolo a desarrollarse
como persona. En este proceso educativo, se pone en funcionamiento
tres capacidades innatas: a)receptividad a través de
los sentidos que contactan con el entorno, b)la capacidad
de expresión desarrollada a partir de todos los lenguajes,
no sólo el oral, y c)la creatividad, no meramente artística
sino humana, como una herramienta de desarrollo integral de
hacerse independiente, de hacerse único. Ser capaz
de pensar, inventar, crear (Font, 2000)
Es decir, es necesario educar sistemática
e intencionadamente para la responsabilidad social y para
una conducta socialmente responsable. Esto implica una propuesta
de aprendizaje que involucre todas las formas de inteligencia
planteadas por Gardner, generando y desarrollando actitudes
y comportamientos destinados a hacer más dichosa y
productiva la convivencia con los demás, actitudes
y comportamientos que no se aprenden de la forma tradicional
en que se aprenden muchas cosas en la escuela se aprenden
involucrando tanto la mente como el cuerpo, tanto el intelecto
como las emociones, tanto un trabajo individual como uno en
equipo, esta enseñanza, según Martiñá
(2003) debería incluir tanto el deber como el placer
a partir de aprendizajes surgidos de experiencias y no de
meros discursos o emblemas.
Según Buxarrais (2000), la
educación en valores sería esencial para una
Educación en Responsabilidad Social. Proponen tres
valores: la autonomía de las personas; la necesidad
de ser personas dialogantes y la tolerancia activa (saber
que hay personas que piensan diferente), componente clave
de todo el proceso y uno de los que más necesita nuestra
sociedad. En este sentido, uno de los grandes retos de la
educación sería afrontar la interculturalidad
y la multiculturalidad de la sociedad. Al respecto, Martínez
(2000), plantea que desde un punto de vista filosófico,
la educación para la interculturalidad debe estudiar
las diferentes maneras de “hacer las paces”, de
asumir responsabilidades para la manera de cultivar las relaciones
entre los seres humanos y la tierra; de crear redes sociales
de cooperación mutua que aprovechen y maximicen los
beneficio propios en pro del crecimiento de la colectividad
.
Bohorquez (2001), sostiene que se
hace imprescindible un profundo cambio educativo que extendiéndose
más allá de la institución universitaria,
comprenda al proceso comunitario mismo; particularmente en
cuanto que es a través de este proceso que el individuo
se forma en la experiencia de la participación y de
la cooperación en todos los ámbitos de su vida
social: familiar, laboral, recreacional, deportivo, religioso,
escolar, ambiental. Entiende la educación como una
política social que si bien debe ser asumida e impulsada
primordialmente por el Estado, no por ello deja de implicar
al resto de las instituciones sociales: familia, iglesia,
medios de comunicación, centros de producción
cultural, partidos políticos y organizaciones no-gubernamentales.
En busca de un cambio que involucre
y comprenda a la comunidad misma, como lo sostiene Aponte
(2000), en España, las instituciones universitarias
chilenas debieran plantearse una nueva pertinencia en los
procesos de evaluación y acreditación, dando
lugar a una serie de propuestas y acciones tendientes a desarrollar
el conocimiento útil para el desarrollo de la sociedad
actual, asumiendo responsabilidad y reafirmando el compromiso
en la formación de ciudadanos educados.
Considerando que las instituciones
educativas superiores tienen a la base una serie de valores
supuestos y prácticas, es necesario que todos estos
elementos sean reorientados en términos prospectivos
hacia el desarrollo de la comunidad en todos sus ámbitos
y niveles. En otras palabras, los programas y fundamentalmente
la misión de toda institución universitaria
debería impactar positiva y significativamente al entorno,
siendo a la vez un agente de servicio real para la comunidad,
conforme a la identidad y cultura de la organización.
Por lo tanto, se hace indispensable
revisar el currículo y evaluar si es necesario realizar
adecuaciones que permitan introducir transversalmente el tema.
Adecuaciones que permitan alcanzar objetivos a nivel cognitivo,
afectivo y conductual en la formación de los estudiantes
universitarios, lo que implica también cambios en las
estrategias de enseñanza, evaluación y en la
relación profesor-alumno. Además, para que las
universidades contribuyan a formar profesionales socialmente
responsables, es necesario analizar otras variables que influyen
en el proceso de enseñanza aprendizaje e introducir
los cambios necesarios.
De la investigación proveniente
de diferentes disciplinas, realizada en Chile y el extranjero
(Arancibia, 1992, 1997, 1998; Concha, 1996; Espínola,
1998; Good y Brophy, 1997; Woolfolk, 2000; Martín,
2001, Lepeley, 2001 Díaz-Barriga y Hernández,
2002, entre otros) puede concluirse que existen variables
personales y no personales que influyen en este proceso.
Las variables no personales se refieren
a todos los factores del contexto físico, material
o económico y social, que afectan al proceso de enseñanza-aprendizaje
y provienen de la sociedad en general, de la institución
escolar y de los sistemas familiares a los cuales pertenecen
sus actores principales: profesor y alumno. Las variables
personales corresponden a todos los factores, relacionados
directamente con el docente, el alumno y la relación
entre ambos.
Variables del contexto escolar que
influirían en el aprendizaje de la responsabilidad
social
Existen tres factores esenciales
del contexto escolar que estarían influyendo en el
proceso de enseñanza y aprendizaje de la responsabilidad
social: la cultura, el clima social y el liderazgo existentes
en la universidad.
La cultura universitaria se refiere
al conjunto de creencias, valores, dinámicas de funcionamiento
y dinámicas interpersonales existentes en la organización.
Incluye el conjunto de procedimientos administrativos y pedagógicos
de la universidad y el tipo de relación que establece
con otras instituciones de la sociedad. Está formada
por los modos de actuar que caracterizan o tipifican a los
actores sociales que interactúan al interior de la
organización (Undurraga y cols, 1997). A partir del
trabajo realizado por representantes de once universidades
chilenas, a través del proyecto Universidad Construye
País: Responsabilidad Social Universitaria, se pudo
concluir que una universidad socialmente responsable debiera
adscribirse a los siguientes principios y valores: dignidad
de la persona, libertad, ciudadanía, democracia y participación,
sociabilidad y solidaridad para la convivencia, bien común
y equidad social, desarrollo sostenible y medio ambiente,
aceptación y aprecio a la diversidad, compromiso con
la verdad, integridad, excelencia, interdependencia e interdisciplinariedad
(Universidad Construye País 2002)
A partir de la investigación
de Ana María Arón y Neva Milicic (2000), en
relación al clima social escolar, se puede deducir
que el clima social sería la percepción que
las personas tienen de los diferentes aspectos del ambiente
se desarrollan sus actividades universitarias habituales y
constituye una variables importante en el desarrollo social
y moral de los estudiantes, especialmente, en el desarrollo
de la responsabilidad social. En un clima social abierto en
la sala de clases, los profesores usan estrategias autoritativas
o democráticas, no hay control rígido de la
sala ni de los currículos; se tratan tópicos
controversiales y se presentan distintas perspectivas de esos
tópicos; se promueven los valores democráticos,
la eficacia, la participación, cooperación e
interdisciplina.
El liderazgo es un fenómeno
construido socialmente, que tiene la capacidad de influir
en el comportamiento de las personas, del líder, de
grupos y de organizaciones, en su más amplio significado
(Lynch y otros, 1999). La educación para la responsabilidad
social será posible en aquellas instituciones donde
existe un liderazgo que valora, promueve y refuerza las conductas
y actitudes que sus integrantes realizan en beneficio del
proceso de enseñanza-aprendizaje, es decir, un liderazgo
participativo, con énfasis en la valoración
y consideración de la opinión de agentes y actores
del proceso para elaborar el proyecto educativo y, en la cooperación
para su ejecución y evaluación. Según
Lepeley (2001) el principio fundamental de la gestión
de calidad son las personas y la satisfacción de las
necesidades de los alumnos, padres, la economía y la
sociedad (clientes externos), pero estas necesidades no pueden
ser satisfechas a menos que los profesores, administradores
y personal de instituciones educacionales (clientes internos)
sientan que la institución satisface sus necesidades.
Variables personales que podrían
influir en el aprendizaje de la responsabilidad social.
Como todo aprendizaje, el de la responsabilidad
social ocurre primero en un plano interpsicológico,
mediado por la influencia de los otros, y después a
nivel intrapsicológico. Si bien, los estudiantes y
docentes parten de sus marcos personales de referencia, mediante
la acción conjunta e intercambios comunicativos, en
un proceso de negociación, construyen los marcos de
referencia interpersonales que conducirán a lograr
un significado compartido de las actividades académicas.
Según Díaz-Barriga y
Hernández (2002), el docente tiene la misión
de apoyar a los alumnos para construir el conocimiento, crecer
como personas y ubicarse como actores críticos de su
entorno; los estudiantes construyen significados, gracias
a la interacción con el docente y sus compañeros.
El profesor es mediador entre alumnos y conocimiento
Según Coll (1990), el alumno,
con sus reacciones, indica constantemente al profesor sus
necesidades y su comprensión de la situación,
de tal manera que ambos gestionan conjuntamente la enseñanza
y el aprendizaje en un proceso de participación guiada.
Para que ocurra este aprendizaje guiado por el profesor Rogoff
(1993) sostiene que se requiere una estructura de conjunto
para la realización de la actividad o tarea; proporcionar
un puente entre los conocimientos previos y el nuevo conocimiento
y, que se traspase progresivamente el control y responsabilidad
desde el profesor al alumno.
Las variables del docente, incluyen entre otras, su bagaje
cultural y moral, la significación que asigna al currículum
y al conocimiento que transmite; las actitudes y motivación
que tiene hacia el conocimiento en general y hacia el conocimiento
específico que tiene que enseñar; la forma en
que percibe su papel, capacidades y objetivos; las preconcepciones
o teorías implícitas que tiene sobre la enseñanza
(en la forma de una serie de representaciones o pensamiento
didáctico espontáneo o de sentido común);
sus evaluaciones causales para el desempeño del estudiante
y sus habilidades sociales, en general (Ashton y Webb,1986;
Brophy y McCaslin,1992; Ames, 1992 en Díaz –Barriga
y Hernández, 2002)
Las investigaciones muestran que habrían
algunas características que diferencian a los profesores
que son buenos socializadores o educadores efectivos, de aquellos
que no lo son: Tienen percepciones realistas de si mismos
y de los estudiantes y la flexibilidad necesaria para adaptarse
a las diferencias de sus alumnos y el contexto; tienen relativamente
satisfechas las necesidades de pertenencia, afecto, status
o poder; tienen claridad respecto a su rol de educador, se
sienten cómodos en él y asumen su responsabilidad;
se focalizan en la excelencia y tienen expectativas realistas
de sus alumnos. Poseen capacidad para tomar decisiones a partir
de la reflexión acerca del contexto y las características
del curso; tienden a ser personas autodeterminadas, es decir,
sienten que tienen el control sobre su vida y ejercicio de
la docencia. Presentan disposición alegre, madurez
emocional y seguridad en si mismo. Poseen habilidad para escuchar
activa o empáticamente, para captar las claves verbales
y no verbales de sus alumnos. Solucionan los conflictos a
través de la negociación con tendencia a evitar
el uso del poder; son hábiles en el uso de diferentes
estrategias de enseñanza, estrategias de motivación
y de manejo de grupo (Coll, 1990; Batalloso,1995; Arancibia
y cols 1997; Sapon-Shevin, 1999, Cooper, 1999).
En síntesis, el buen docente
tiene formación en cuatro planos :
•Conceptual: un marco teórico-conceptual
sobre los procesos individuales, interpersonales y grupales
que intervienen en la sala de clases y posibilitan la adquisición
de un aprendizaje significativo.
•Reflexivo: reflexión
crítica en y sobre la propia práctica docente.
Estar convencido de la importancia y del sentido del trabajo
académico y de formación de conocimientos, habilidades,
actitudes y comportamientos que está buscando promover
en sus estudiantes.
•Práctico: experiencia
para generar prácticas alternativas innovadoras a su
labor docente, que le permitan una intervención directa
sobre los procesos educativos. Plantear desafíos o
retos abordables a los alumnos, que cuestionen y modifiquen
sus conocimientos, creencias, actitudes y comportamientos.
Se trata de encontrar soluciones y alternativas más
constructivas que las existentes.
?Habilidades sociales, para establecer
una buena relación interpersonal con los alumnos y
para trabajar en equipo con sus colegas. Habilidad para relacionarse
en base a los valores que intenta enseñar: el respeto,
la tolerancia, la empatía, la convivencia solidaria,
etc. y para conducir al grupo con un estilo participativo.
Schmuck y Schmuck (2001 cit en Díaz-Barriga
y col 2002), plantean que existirían características
específicas de los docentes que facilitan la cooperación
e interdependencia entre sus alumnos: conceden gran valor
a la cohesión de grupo; ofrecen apoyo a los alumnos;
promueven clases productivas donde ocurren intercambios afectivos
positivos, se atiende y respeta la diversidad entre los alumnos
y, se conducen discusiones abiertas acerca del currículum
y del grupo mismo.
Estrategias para educar la responsabilidad
social
Si bien no se encontró, en
las publicaciones revisadas, estrategias de enseñanza
validadas para el aprendizaje de la responsabilidad social
en estudianes universitarios, existen algunas propuestas concretas
que podrían orientar la investigación al respecto,
en las universidades chilenas.
Arón (2000) plantea que la
escuela, como un microsistema social, que posee una estructura
social y política de justicia, convenciones sociales
y patrones de funcionamiento, debería estar preparada
para generar propuestas que permitan el desarrollo de la responsabilidad
social.
Una estrategia específica que
facilita lo planteado en el párrafo anterior consiste
en disminuir conductas agresivas y violentas, equipando a
los individuos con repertorios conductuales positivos, prosociales
y de resolución de conflictos que resultan funcionales
para la consecución de objetivos personales y sociales,
enmarcados dentro de una visión de responsabilidad
para con los demás, formando individuos aptos para
un futuro mejor y con una mayor capacidad de adaptación
al medio. (Dell’ Ordine, 2003)
La universidad puede facilitar la
adquisición de hábitos de vida colectiva, a
través de la creación de vínculos de
pertenencia a un colectivo y la asignación de recompensas
colectivas; el profesor es un agente y modelo esencial de
conductas prosociales. En la medida que este se interese e
involucre, los alumnos y los demás participantes de
la vida universitaria también se involucrarán,
produciendo lo que se denomina “la universidad como
modelo colectivo”, con un poder de influencia infinitamente
mayor que un modelo individual. Dentro de este contexto se
hace imprescindible considerar la influencia de la familia
como agente de cambio social y de transmisión de valores
que facilitaría el desarrollo de la conciencia crítica.
Esta estrategia de educación tiene a la base conceptos
y valores tales como “dignidad humana”, “autoestima”,
“consideración positiva de toda persona”,
conceptos y valores que se transmiten a través de la
aceptación y el afecto, consolidando la autoestima
en los jóvenes (Dell’ Ordine, 2003).
En esta misma línea Mañoz
de Balanzó (2000), plantea 5 propuestas en un proceso
de participación: hacer, hacer con los otros, hacer
con los otros ante problemas comunes, hacer con los otro ante
problemas comunes para transformar la sociedad, hacer con
los otro ante problemas comunes para transformar la sociedad
disfrutando y creciendo desde el diálogo
Como estrategias de enseñanza,
Johnson y Cols (1999), proponen a)el uso de diversos métodos
de autoanálisis, que sensibilicen al educando sobre
sus propios valores y disminuyan la aceptación poco
crítica de los valores sociales imperantes b)el aprendizaje
cooperativo, que consiste en el empleo didáctico de
grupos reducidos en los que los alumnos trabajan juntos para
maximizar su propio aprendizaje y el de los demás y
c)el análisis interdisciplinario de problemas, lo que
contribuye a considerar diferentes puntos de vista y una perspectiva
social en la toma de decisiones.
Lorenzo (2000) plantea una concepción
de la escuela que vaya más allá de ser un simple
medio de desarrollo académico, la escuela debe ser
un lugar donde el individuo pueda adquirir un desarrollo pleno.
Esta concepción equipara al centro escolar con un "contexto
de interacciones interpersonales" donde la persona puede
alcanzar una madurez emocional (interpersonal e intrapersonal)
conducente al propio desarrollo personal.. Los beneficios
de la promoción de esta modalidad de trabajo son muchos
y están especialmente relacionados con los procesos
de aprendizaje, uno de los más importantes serían:
1.- aprender reciprocidad;
2.- aprender a ayudar y recibir ayuda;
3.- compartir recursos;
4.- aceptar reglas y normas.
La actuación del profesor orientada a la adquisición
de competencias y habilidades sociales, en el marco de desarrollo
de la inteligencia interpersonal, lo convierte en un favorecedor
del aprendizaje y en un creador de climas idóneos.
La metodología más adecuada para un aprendizaje
social está enfocada hacia la solución de conflictos.
Esta metodología facilita la cooperación entre
compañeros y la práctica de habilidades sociales
como la escucha activa, la tolerancia, la empatía,
el autocontrol entre otras. Este tipo de técnicas de
aula también conducen a la ejercitación de habilidades
cognitivas de orden superior, tales como la definición
de problemas, generación de respuestas alternativas,
análisis de consecuencias y toma de decisiones.
Puig Rovira (1996) sostiene que el
adulto que cree y siente lo que comunica, puede ayudar a los
educandos a adquirir elementos básicos de la educación
moral. Su estrategia contempla el apoyo al desarrollo personal
y reflexión del docente, así como una disciplina
escolar que contemple sanciones para proteger a las reglas,
donde el castigo deba reparar, en lo posible, la falta cometida.
Finalmente, para expandir la responsabilidad
social entre los jóvenes, Honig y Wiimer (1996, cit
en Santrock, 2000) proponen a educadores: valorar y enfatizar
la consideración de las necesidades de los demás
en las actividades cotidianas; modelar comportamientos prosociales;
etiquetar e identificar los comportamientos prosociales y
antisociales; atribuir los comportamientos positivos a cada
persona; facilitar la toma de perspectiva social y la comprensión
de los sentimientos de los demás; dirigir discusiones
acerca de las interacciones prosociales; desarrollar proyectos
y actividades prácticas que promuevan el altruismo
y; usar la tecnología para promover el comportamiento
prosocial.
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