RESUMEN
La universidad tradicional (también llamada
“compleja”) está sufriendo no
sólo una crisis presupuestaria y de apoyo
público en el mundo entero, sino una crisis
de sentido que cuestiona su existencia. Esta crisis
paradigmática tiene un antecedente directo
en la que sufrió la universidad medieval
entre los siglos XVI y XVIII y que condujo, a comienzos
del siglo XIX, al reemplazo del paradigma medieval
por el paradigma moderno, cuyo fin último
fue apoyar el desarrollo de la sociedad industrial.
Doscientos años después, un nuevo
paradigma - ajustado a las necesidades de la sociedad
postindustrial - está en proceso de nacer
y ya es posible advertir algunas de sus características.
Este trabajo analiza la crisis paradigmática
de la universidad, sus consecuencias en las universidades
chilenas y propone rescatar los aspectos más
valiosos de la universidad en declinación
para hacerlos parte de la universidad del futuro.
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HISTORIA
Y CRISIS PARADIGMATICAS
Orígenes
de la universidad.
Las universidades no fueron las primeras escuelas superiores
ni profesionales en la historia. En verdad, las primeras evidencias
de formación profesional se encuentran en la cultura
sumeria alrededor de 2400 a.C. y hubo notables precursoras
de la universidad, por ejemplo, en la academia de Platón
(367 a.C.), el liceo de Aristóteles (336 a.C.), las
escuelas surgidas en torno a la biblioteca y museo de Alejandría
(siglo III a.C.), escuelas superiores en Constantinopla (siglo
V d.C.), India (Nalanda, siglo V), China (Xian, siglo VII)
y en la zona de dominación árabe (Bagdad, Cairo,
Córdoba, Granada, Toledo, siglos X y XI).
La universidad (con el nombre de tal) nace en Europa entre
los siglos XI y XII primero en la forma de universitas
scholarium (comunidad o gremio de estudiantes) y más
tarde como universitas magistrorum (comunidad o gremio
de maestros). En el primer caso, grupos organizados de estudiantes
contrataban maestros para que les impartieran formación
básica (las “siete artes liberales” y las
“tres filosofías”) y formación profesional
en medicina, derecho o teología. Los estudiantes regían
la universitas y el rector era un estudiante; el
prototipo fue la Universidad de Bolonia. En el segundo caso,
los maestros ofrecían los mismos servicios a los jóvenes,
pero eran los docentes quienes regían y el rector era
un maestro; en este caso, el prototipo fue la Universidad
de París.
Como señala Rashdall (1), con pocas excepciones, las
universidades italianas siguieron el modelo escolar, mientras
que las universidades del norte de Europa siguieron el modelo
magisterial. En algunos lugares (especialmente España
y el sur de Francia) se desarrolló un modelo mixto
(universitas magistrorum et scholarium) en que estudiantes
y maestros cogobernaban. Así por ejemplo, en los estatutos
de 1422 de la Universidad de Salamanca, el Consejo está
formado por el rector, el canciller, veinte delegados estudiantiles
y diez delegados docentes.
El primer antecedente de una ley orgánica universitaria
fue la carta de privilegios otorgada por el emperador Federico
I Barbarroja a los estudiantes de Bolonia en 1155 (2). De
allí en adelante, diversas universidades recibieron
privilegios por carta imperial o bula papal.
La
crisis paradigmática del siglo XVIII.
A partir del siglo XIII las universidades, y especialmente
sus facultades de teología, se convirtieron en cuarteles
generales del Escolasticismo, un movimiento político-religioso-cultural
de la mayor importancia, liderado por la Iglesia y que tuvo
por fin canalizar y controlar la difusión de la tradición
cultural grecolatina (redescubierta entonces por los europeos
en fuentes árabes y mesorientales) de tal suerte que
no amenazara el orden establecido. Por primera vez, la universidad
fue políticamente instrumentalizada, lo que condujo
a una pérdida del carácter crítico que
la distinguió en sus primeros años.
La declinación de las universidades llevó a
muchas de ellas a la irrelevancia o a la desaparición;
del siglo XV en adelante ellas se opusieron al Renacimiento,
a la Reforma y a la ciencia moderna. Un ejemplo decidor consiste
en que la Universidad de Florencia desapareció cuando
el Renacimiento estaba en pleno ascenso (1472)(2). El
paradigma universitario medieval demostró su agotamiento.
La revolución inglesa de 1642-48 cuestionó la
existencia de las universidades de Oxford y Cambridge y la
revolución francesa eliminó la Universidad de
París (1793).
Sólo en torno al cambio de siglo (XVIII-XIX) se produce
el renacimiento universitario con tres modelos: la universidad
napoleónica (la refundada Universidad de París,
1806), la universidad inspirada por Wilhelm von Humboldt (la
Universidad de Berlín, 1809) y la universidad técnica
(la Escuela Politécnica de París, 1794). La
primera puso énfasis en la formación profesional,
la segunda centró sus esfuerzos en la investigación
y la tercera, en el desarrollo de las disciplinas que apoyaran
el desarrollo industrial. Los tres modelos tuvieron por fin
adecuar la universidad a los requerimientos del desarrollo
material y cultural de la sociedad industrial. De ellos deriva
la universidad moderna.
Funciones
de la universidad.
La universidad moderna, en cumplimiento de los objetivos de
los tres modelos de los que proviene, es multifuncional y
polimórfica. Clark Kerr la definió, irónicamente,
como "un conjunto heterogéneo de instituciones
vagamente relacionadas con la educación superior, unidas
por problemas comunes de estacionamiento" (3). La tríada
"docencia, investigación y extensión"
tan en boga en América Latina desde los 60, no representa
adecuadamente las funciones de la universidad y es desconocida
en Europa, los EEUU y Japón. El intento por limitar
las funciones universitarias a un número reducido es
igualmente desconocido en el mundo desarrollado.
Así por ejemplo, Casper (4) señala nueve funciones
de la universidad moderna que, a su juicio, también
serán propias de la universidad del siglo XXI. Entre
ellas se encuentran la integración social, étnica
y generacional, la creación de redes sociales, la selección
de cuerpos académicos y evaluación de pares,
la generación de una comunidad mundial de estudiosos
y creadores y la transferencia de conocimientos.
Los estatutos de las universidades latinoamericanas reformadas
en los años 60 incluyeron expresamente funciones adicionales:
la reflexión filosófica, la reflexión
teológica, la creación artística. En
los hechos, la universidad ha practicado otras funciones:
la prestación de servicios técnicos, la integración
cultural, el desarrollo de medios de comunicación,
de unidades productivas, de escuelas experimentales de nivel
secundario, de corporaciones deportivas y culturales, etc.
El número de las funciones universitarias, lejos de
constituir un trío, es ilimitado y susceptible de variadas
clasificaciones.
Entre las funciones menos debatidas quisiera destacar una:
la integración cultural. La defino
como el conjunto de todas las actividades universitarias que,
por medio de la participación de personas de muy variados
trasfondos profesionales, generacionales y culturales, tiende
a la convergencia de una amplia gama de habilidades y experiencias
en el análisis e intento de solución de problemas
esencialmente transdisciplinarios, que en
la actualidad constituyen la temática fundamental y
más compleja a nivel nacional y mundial (5).
La integración cultural promueve el libre debate, el
respeto mutuo y la formación de identidad de la comunidad
universitaria; sustituye la certeza con la búsqueda,
la ideología con el conocimiento, el dogma con la duda,
la consigna con la reflexión. Ella ocurre espontáneamente
en aquellas universidades donde se dan las condiciones de
libertad, participación y calidad, sin embargo es inhibida
por mecanismos autoritarios, camarillas y complacencia. Por
estas razones, entiendo la integración cultural como
la función más propiamente universitaria y,
potencialmente, la fuente de mayor aporte de la universidad
a la resolución de la problemática más
trascendente para la humanidad.
Hasta la fecha, esta función - generalmente no reconocida
- se ha desarrollado en debates públicos, circulación
de documentos y grupos de estudio de muy variado tamaño
y ha tenido una existencia informal, extracurricular. Esta
característica no me parece indeseable ni improcedente,
por cuanto ha permitido convocar a aquellos miembros de la
comunidad universitaria - y extrauniversitaria - que poseen
un mayor interés en la temática pertinente,
garantizando así una selección natural de los
participantes, sin imposiciones ni exclusiones. Si bien los
caminos de desarrollo futuro de esta función son difíciles
de predecir, me parece que esta característica de libertad
y espontaneidad en la participación debería
mantenerse.
La
crisis paradigmática actual.
El ascenso del mercantilismo neoliberal, que se expresó
con fuerza en los 70 y se exacerbó luego del colapso
del socialismo leninista, ha enfrentado a la universidad a
una profunda crisis que se manifiesta en la mayor parte del
mundo.
La situación actual tiene fuentes externas e internas
a la universidad. Las fuentes externas tienen
su origen en los desarrollos propios del capitalismo tardío
(surgimiento de la sociedad postindustrial, concentración
del poder económico en megaconsorcios transnacionales,
globalización, pérdida de atribuciones y sentido
de los Estados nacionales) que se expresan en la voluntad
de los círculos económica y políticamente
dominantes de terminar con la universidad estatal, por cuanto
la consideran onerosa e ineficiente y rechazan tanto su función
crítica como la resonancia progresista que los fenómenos
políticos han tenido tradicionalmente en ella.
El neoliberalismo no requiere de "conciencias críticas"
ajenas a los ámbitos del poder. Más bien ve
a la universidad como servidora de un nuevo orden global donde
la contabilidad social debe cuadrar sin gastar mucho tiempo
en consideraciones de justicia ni equidad; la igualdad de
oportunidades y la movilidad social son vistas como rémoras
del pasado. Ambos cuestionamientos (el contable y el funcional)
han conducido al decrecimiento - gradual y focalizado en algunos
países, rápido y generalizado en otros - de
los fondos estatales destinados a la educación superior
pública.
Las fuentes internas provienen de la adaptación
acrítica de las comunidades universitarias a las reglas
del juego mercantil impuestas a la universidad, de la ineficiencia
e irracionalidad en la distribución interna de recursos
y de la enajenación de buena parte de los académicos
en la dinámica del autofinanciamiento. Ante la carencia
de recursos, los académicos se ven forzados a transformarse
en microempresarios. Al verse limitada en términos
financieros la universidad trata de adaptarse a las condiciones
adversas incrementando sus ingresos de todas las maneras que
le son posibles: venta de docencia, venta de investigación,
venta de servicios, venta de actividades extramurales, venta
de partes de su patrimonio, postulación a fondos concursables,
búsqueda de donaciones y legados.
Desafortunadamente estos esfuerzos rara vez son acompañados
por un ejercicio de autocrítica institucional: las
universidades públicas, que otrora podían justificar
su autocomplacencia en su abundante disponibilidad de recursos
estatales, al verlos decrecer no parecen ser capaces de objetar
seriamente los peores aspectos de su irracionalidad estructural,
funcional y administrativa.
La duplicación de departamentos y carreras, la mantención
de servicios de utilidad pública que en el pasado eran
íntegramente financiados por el Estado pero que hoy
provocan millones de dólares anuales de déficit
y la hipertrofia de la administración central - cuya
existencia es crecientemente irrelevante para las unidades
académicas que constituyen la base de sustentación
de la universidad -, son fenómenos aparentemente invisibles
para las autoridades universitarias y para buena parte de
las comunidades académicas.
En estas circunstancias, lenta pero seguramente, la universidad
pública llega a empeñarse en vastos ejercicios
de marketing y de atracción de estudiantes mediante
estímulos desligados de lo propiamente universitario.
Finalmente, se ve arrastrada a una baja generalizada en la
exigencia académica. La "satisfacción del
cliente" supera a otras consideraciones, incluso aquellas
que representan la razón de ser de la universidad.
Pero la enajenación académica tiene otra consecuencia
gravísima: la declinación y, en muchos casos,
desaparición del debate interno. La universidad bajo
ataque deja de pensar colectivamente, deja de elaborar visiones
de su propio futuro. La acción tanto de las fuentes
internas como externas de la crisis parecen apuntar a la degradación
- y eventual desaparición - de la universidad estatal
en todo el mundo y a un período de laissez faire en
el campo de la educación superior privada.
Enfoques originales de la crisis universitaria actual pueden
encontrarse en obras recientes de dos autores:
a) El filósofo Willy Thayer (6) señala
que el desarrollo de la universidad se ha apoyado en dos pilares:
una función "técnica" o profesional,
destinada a preparar personal altamente calificado para satisfacer
las necesidades básicas de la sociedad, incluida la
generación de conocimientos relacionados con ese fin,
y una función "filosófica" o crítica.
Thayer afirma que la crisis actual de la universidad se debe
a que la función crítica ha desaparecido, lo
que deja a una parte esencial de la institucionalidad, práctica
y hábitos universitarios sin razón de ser. La
universidad del presente no puede ser pensada ni pensarse
a sí misma y tampoco es posible asignarle una misión.
Ella se ha diseminado y volatilizado en las tecnologías
de la telecomunicación y la informática, que
también desintegran al saber y a la sociedad.
b) El académico Bill Readings (7)
señala que la integridad de la universidad moderna
se ha ligado al Estado-nación, pero este último
está ahora en declinación y "la cultura
nacional ya no necesita ser promovida ni protegida".
Las universidades, como consecuencia, se están transformando
en corporaciones transnacionales y la idea de "cultura"
está siendo reemplazada por el concepto de "excelencia".
Empero, Readings advierte que esta "universidad de excelencia"
es conducida por fuerzas de mercado, luego está más
motivada por márgenes de ganancia que por el pensamiento
o la creación. El autor hace un llamado a generar,
entre las ruinas de la universidad, una nueva comunidad de
pensadores y creadores.
La superación de la crisis actual de la universidad
depende, en buena medida, de desarrollos históricos,
externos a la universidad, que no pueden ser logrados por
la acción de las comunidades universitarias sino enfrentados
y resueltos por la sociedad toda. Las fuentes internas, en
cambio, dependen en lo esencial de la voluntad de las fuerzas
vivas de la universidad. La configuración de un movimiento
de refundación universitaria es una necesidad urgente,
sin embargo tal desarrollo debe ascender la pesada pendiente
de la inercia y el conformismo, combatiendo las magras complacencias
enraizadas en las universidades del presente.
Análisis como los de Thayer y Readings nos llevan a
concluir que, al cabo de casi dos siglos de vigencia,
el paradigma decimonónico está agotado
y que ahora la necesidad histórica no consiste
en mejorar la universidad que conocemos, sino en refundarla
en torno a un nuevo paradigma que permanece indefinido, pero
que deberá responder a las necesidades de la sociedad
postindustrial. Asumiendo esta situación,
examinaré a continuación algunas posibilidades
de futuro de la universidad.
Futuros
posibles.
Toda nueva institucionalidad nace de largos períodos
en que, espontáneamente y a raíz de requerimientos
sociales, van apareciendo gérmenes de lo que viene.
Es posible, por lo tanto, prever algunas características
de la institucionalidad del futuro a partir de ciertas manifestaciones
del presente. En lo que sigue, las posibilidades exploradas
no deben entenderse como propuestas, sino
más bien como pronósticos.
Al crecer la complejidad de las operaciones en que basa su
funcionamiento la sociedad de fines del siglo XX, la educación
superior se ha masificado y adquirido un carácter crecientemente
instrumental. Surgen escuelas terciarias de características
similares a las secundarias, donde la eficiencia (por ejemplo,
la minimización de la duración de los estudios)
se basa en la uniformidad y la disciplina impuesta. Ciertas
entidades nuevas ni siquiera se plantean cumplir funciones
distintas de la estrictamente docente.
Las funciones superiores (investigación, creación
artística, reflexión filosófica, integración
cultural) dejan de ser definitorias de la escuela terciaria
y quedan relegadas a universidades de élite o centros
de posgrado de los que se espera un creciente grado de especialización.
La universidad "compleja" o multifuncional pierde
apoyo en la clase política especialmente debido a su
tradición de independencia y a su aureola de "conciencia
crítica", repugnante al neoliberalismo.
Tal como la crisis universitaria de fines del siglo XVIII
condujo a una nítida separación de las educaciones
secundaria y terciaria (que hasta entonces eran practicadas
por la universidad) y a un renacimiento basado en los tres
modelos antes señalados, la crisis de fin del siglo
XX puede conducir a la separación de la educación
terciaria (pregrado) de la cuaternaria (posgrado y postítulo)
y a la aparición de nuevos modelos. Entre estos últimos,
es posible prever:
1) La escuela terciaria destinada exclusivamente
a la formación profesional, con
estudios conducentes a títulos profesionales y/o
licenciaturas.
2) La escuela cuaternaria especializada,
destinada a la investigación, creación, innovación,
posgrado (magister, doctorado y posdoctorado) y formación
continua en un área específica.
3) La escuela cuaternaria transdisciplinaria,
que haría investigación, creación,
innovación y posgrado en un amplio rango de disciplinas
y se ocuparía del trabajo transdisciplinario al más
alto nivel, procurando resolver los problemas de mayor trascendencia
y complejidad a nivel nacional y global. Prepararía,
además, a los "generalistas" crecientemente
requeridos para tareas de gobierno y de comando en las grandes
corporaciones.
4) La escuela terciaria “a distancia”,
que centra su actividad en el uso de poderosos medios informáticos
y comunicacionales (Internet, televisión satelital,
cursos “envasados” en CD-ROM u otros medios
de alta capacidad, etc.) para ofrecer educación de
manera individualizada.
La globalización y la necesidad de normalizar las calificaciones
profesionales para beneficio de los megaconsorcios, posiblemente
generarán - en un futuro no lejano - la necesidad de
dar validez mundial a los títulos y grados académicos
de mejor nivel mediante mecanismos de evaluación y
acreditación, así como de convenios y formas
de colaboración internacionales.
La obtención de calificaciones académicas globalmente
reconocidas, por medio de créditos ganados en instituciones
situadas en diversos países, puede convertirse en realidad.
Entre ellas podría haber entidades dedicadas sólo
o fundamentalmente a la enseñanza y centros especializados
de excelencia con énfasis en la investigación
o creación. Sería también posible que
maestros acreditados pudieran, individualmente y al margen
de instituciones mayores, otorgar créditos reconocidos
en las mallas curriculares nacionales y globales.
Un posible desarrollo consiste en la formación de consorcios
de universidades de gran calidad en los países desarrollados
(públicas o privadas) que se propongan ofrecer grados
académicos en todo el mundo por medio de una combinación
de educación a distancia y educación presencial.
Para ello podrían buscar alianzas con universidades
de excelencia en el "tercer mundo" o, con un enfoque
más comercial, adquirir universidades (o facultades)
de nivel adecuado, convirtiéndolas en sucursales de
una empresa global. Es posible que alguna universidad estatal
de calidad (o alguna(s) de sus facultades) en situación
de crisis financiera termine corriendo esta suerte.
Otro posible desarrollo consiste en que universidades pertenecientes
a megaconsorcios (tales como las universidades Microsoft,
Motorola, Disney y otras) procedan también a construir
su propia red global para formar a sus profesionales, adquiriendo
buenas universidades tercermundistas en todo o en parte.
Durante toda su larga historia la universidad no sólo
ha impartido conocimiento al estudiante, sino también
le ha ofrecido, en una etapa crucial de su desarrollo individual,
un medio cultural único y de gran riqueza y diversidad,
con la oportunidad de participar en una amplísima gama
de actividades y de interactuar con numerosos individuos y
grupos. La educación a distancia jamás podrá
reemplazar satisfactoriamente ese universo tangible.
La práctica de la educación a distancia generaría
una masa de estudiantes que realizarían sus estudios
de manera individual, sin contacto directo con sus pares.
Esta situación crearía la necesidad de instancias
de interacción colectiva, donde aquellos
estudiantes que trabajaran individualmente y otros que lo
hicieran en grupos pequeños o en entidades altamente
especializadas pudieran beneficiarse del debate y actividades
creativas y sociales en grupos mayores, abiertos y de trasfondo
curricular diverso.
Como consecuencia, podrían desarrollarse campus
sin cursos, donde no se impartiría educación
formal, pero se posibilitaría el contacto cara a cara
y se realizaría un rango de actividades complementarias,
incluidas charlas y debates con participación de maestros,
intelectuales, líderes de opinión y otros representantes
de la civilidad. Sospecho que estos lugares de encuentro físico
y acción creativa extracurricular - comunidades de
estudiantes que practicarían la integración
cultural y otras actividades con posibilidades ilimitadas
- podrían dar a luz nuevas formas de expresión,
convivencia y creación colectiva.
Obviamente, esta mirada al futuro no intenta excluir la posible
aparición de otras formas de educación superior,
hoy insospechadas. A pesar de su sombría crisis del
presente, el porvenir de la universidad admite numerosas soluciones.
La importancia social del conocimiento, la creatividad
y la innovación sólo pueden crecer y aquellas
comunidades de maestros y estudiantes capaces de cultivar
con calidad y eficiencia estas funciones tienen claras posibilidades
de florecer. La tan criticada "torre de marfil"
de antaño bien puede llegar a convertirse en el anhelado
"foro sin fronteras", libre, abierto, creativo y
escenario de ensayos del porvenir (4).
Participación en el gobierno universitario.
La
participación de estudiantes y maestros en el gobierno
universitario nació con la universidad. Como queda
dicho, Bolonia y sus seguidoras fueron regidas íntegramente
por los estudiantes, París y sus seguidoras fueron
regidas por los maestros y otras universidades fueron cogobernadas.
En los siglos siguientes se manifestó tanto el rectorado
estudiantil (por ejemplo, en las universidades de Viena, Praga,
Cracovia, Aix-en-Provence y Glasgow) como el cogobierno (por
ejemplo, Salamanca, Valladolid, Perpignan, Montpellier, Orleans,
Tolouse, Nantes). Hasta la fecha (1999) en las universidades
escocesas más antiguas, el rector es elegido por los
estudiantes, si bien el cargo tiene hoy un significado ceremonial
y no ejecutivo. A su vez, el cogobierno con participación
de académicos, estudiantes y funcionarios pervive en
las universidades españolas.
En América Latina el movimiento estudiantil iniciado
en 1918 con el Manifiesto Liminar de Córdoba (Argentina)
planteó el cogobierno de maestros y estudiantes y lo
estableció en Argentina, Uruguay y Brasil, donde existe
hasta la fecha. En otros países latinoamericanos esta
modalidad de gestión se ha practicado por períodos.
La participación de académicos y estudiantes
es ampliamente reconocida como beneficiosa y existe en casi
todas las universidades europeas en una u otra forma. Se la
ve como un mecanismo de comunicación y coherencia institucional,
como una experiencia formativa para los estudiantes y como
una manera de involucrar responsablemente a la comunidad en
aspectos del rodaje diario de la universidad. Así por
ejemplo, en numerosas universidades de los países desarrollados,
la mayor parte de los servicios ofrecidos por la universidad
a los estudiantes son administrados por estos. En los hechos,
la participación decidida de toda la comunidad universitaria
es esencial en la ejecución de cualquier proyecto de
desarrollo institucional.
A pesar de la demonización de la participación
de la comunidad universitaria efectuada por sectores conservadores,
esta modalidad de gestión no constituye novedad ni
aberración histórica y debe ser juzgada de acuerdo
a sus méritos. Aunque la reforma de los años
60 me parece irrepetible (8), la breve experiencia de participación
triestamental (cogobierno) desarrollada entonces en Chile
debería ser estudiada con objetividad (8,9).
No es difícil afirmar que la participación de
la comunidad universitaria seguirá haciéndose
presente en las universidades del futuro. En definitiva, y
como la experiencia ha demostrado, la gravitación de
las posiciones de cada estamento va a seguir dependiendo de
su correcta lectura del momento histórico y de su capacidad
de liderazgo. Son la calidad de las propuestas y la
responsabilidad de la participación las que
determinan el grado de influencia de cada estamento y de cada
individuo en los destinos de la universidad.
Algunas
conclusiones.
Es preciso reconocer que la única posibilidad de salvación
de la universidad tradicional (aún después de
profundas transformaciones) reside en su capacidad de responder
a las necesidades objetivas de la sociedad y del mundo. Lamentablemente
muchas comunidades universitarias no parecen interesarse siquiera
en tales temas, enajenadas en la búsqueda de fondos
externos o anhelando el retorno a un pasado irrepetible.
La globalización y sus consecuencias ya descritas exigirán
niveles académicos que, en general, superan el promedio
actualmente imperante en los países subdesarrollados.
Las mejores universidades nacionales no competirán
entre sí, sino con las universidades globales originadas
en el mundo desarrollado. La incapacidad de una nación
para crear universidades a la altura de su tiempo posiblemente
la condenará a tener que depender exclusivamente de
entidades extranjeras para la formación de sus profesionales
de mayor nivel, con consecuencias culturales, valóricas
y políticas imaginables.
Por su parte, la universidad pública no puede justificarse
simplemente como una instancia de bajo costo a la formación
superior, dado que este implica un alto costo para el país.
Los mismos ciudadanos que aspiran a una universidad
accesible votarán contra el despilfarro de una universidad
mediocre y onerosa. La universidad del futuro será
de calidad, eficiente y a la altura de su tiempo o no será.
Una gran tarea de quienes se planteen defender la existencia
de la educación superior pública (10) consiste
en promover el diálogo e interacción tanto en
el seno de la comunidad universitaria como entre la universidad
y la sociedad circundante.
Teniendo debida cuenta de la compleja dinámica global
del presente y el agotamiento del paradigma universitario
decimonónico, no todos los modelos deseables
de la universidad del futuro son viables. Aun con
cambio de paradigma y en una institucionalidad distinta de
la actual, pienso que la universidad seguirá siendo
definida por la búsqueda del conocimiento y el desarrollo
de la creatividad por medio del diálogo y colaboración
entre maestros y estudiantes. Sin embargo, ahora habrá
nuevos interlocutores de gran gravitación: los actores
socialmente relevantes, que orientarán y apoyarán
a la universidad en sus nuevos caminos.
En la actualidad, los actores capaces de hacer oír
sus voces son los megaconsorcios, la institucionalidad supranacional
que representa sus intereses y los grupos económica
y políticamente más poderosos. Es de esperar
que las grandes mayorías de la humanidad se constituyan
en actor decisivo; hoy están muy lejos de serlo.
EPILOGO.
Ante el agotamiento del paradigma universitario nacido a comienzos
del siglo XIX, la universidad estatal chilena - junto a otras
universidades tradicionales en todo el mundo - enfrenta hoy
una batalla por su supervivencia (11, 12). No podrá
triunfar en base a la resignación ni a la autocomplacencia.
Tampoco podrá hacerlo si se aferra a estructuras y
metodologías condenadas por la historia. Por el contrario,
deberá colocarse a la altura de su época en
un proceso de rescate, defensa y desarrollo de la tradición
humanista, expresada en los conceptos y prácticas
de excelencia académica, formación integral,
responsabilidad social y acción comunitaria crítica,
participativa y creativa. Tendrá también
que crear la capacidad de proyectarse como actor e
interlocutor válido a nivel global. Para ello
será necesaria la participación y compromiso
de toda su comunidad, con amplia convocatoria a la ciudadanía.
Un nuevo paradigma universitario está
naciendo ante nuestros ojos. Es nuestra responsabilidad que
su contenido refleje lo mejor de nueve siglos de historia
universitaria y milenios de pensamiento crítico y libertario.
El desafío a enfrentar es apasionante y lleno de posibilidades
inéditas.
REFERENCIAS.
[1] H. Rashdall, "The Universities
of Europe in the Middle Ages" (F.M.Powicke y A.B.Emden,
editores), 3 tomos, Oxford University Press, 1987
[2] H. de Ridder-Symoens (editora), "A History of the
University in Europe", Vol.1: Universities in the Middle
Ages, Cambridge University Press, 1992
[3] Clark Kerr, "The uses of the university", Harvard
University Press, 1963
[4] Gerhard Casper, "Come the Millennium - where the
University?", 1995
http://www.stanford.edu/dept/presprovost/president/speeches/950418millennium.html
[5] Acerca de la transdisciplinariedad, ver documentos del
Congreso de Locarno, organizado por UNESCO-CIRET
http://perso.club-internet.fr/nicol/ciret/bulletin/bulletin.htm
[6] Willy Thayer, "La crisis no moderna de la universidad
moderna", Cuarto Propio, 1996
[7] Bill Readings, "The University in ruins", Harvard
University Press, 1996
[8] Luis Cifuentes S. (editor y coautor), "La Reforma
Universitaria en Chile, 1967-1973", Editorial USACh,
1997. Coautores: Edgardo Enríquez Frödden, Fernando
Castillo Velasco, Raúl Allard, Alfredo Jadresic, Miguel
Angel Solar, Jaime Ravinet, Tomás Moulian, Volodia
Teitelboim y otros.
[9] Luis Cifuentes S., "A treinta años de un estallido",
Revista Claridad (FECH), No.1, 1998
[10] Luis Cifuentes S., Juan Cuenca B. y René Salinas
M., "En defensa de la Universidad Estatal" (1997)
http://www.ciencia.cl/CienciaAlDia/volumen1/numero1/articulos/articulo6.html
[11] Luis Cifuentes S., “El proyecto MECESUP: un ejemplo
de aplicación de la política universitaria del
Banco Mundial” (1998)
http://www.ciencia.cl/CienciaAlDia/volumen1/numero2/articulos/articulo7.html
[12] Luis Cifuentes S., “Crisis
universitaria e investigación”, Minerales 57(247),
23-30 (2002)
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