Desde
un punto de vista filosófico, es posible
abordar el tema de la Universidad de muchas maneras.
Un modo fecundo de tratar el problema consistiría
en lo siguiente: por una parte, ver la institución
universitaria en el contexto de la época
moderna; por otra, observar que nuestras universidades
-insertas en el ámbito moderno-, tienen como
una de sus metas fundamentales el modernizarse cada
vez más .
No sería oportuno
entrar ahora en el debate acerca de la modernidad
y de la postmodernidad en forma directa [1]. No
obstante, algunos puntos de esa discusión
-que hoy se encuentra en primer plano-, irán
saliendo a nuestro encuentro en el desarrollo de
estas reflexiones.
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Se dice en varios
círculos intelectuales que la modernidad está
finalizando; sin embargo, sólo podríamos aceptar
que esa supuesta extinción ocurre exclusivamente en
tales círculos -y en otros semejantes-, con la fuerza
que hace imaginar ese aserto. El núcleo de las sociedades
occidentales sigue siendo moderno. Más aún:
cabe afirmar que en nuestro tiempo la modernidad está
en su apogeo, habiendo, frente a ella, meras reacciones débiles
en el piano propiamente colectivo .
Para evitar equívocos, debo
decir que en mi planteamiento, "época moderna"
equivale a "era técnica". Siguiendo a Heidegger,
dejamos establecido que la era técnica "surgió
primero en el siglo XVII y en Europa y sólo en Europa.
Durante largo tiempo el resto del globo la desconoció.
Les fue totalmente ajena a las anteriores épocas y
al destino de sus pueblos" [2]. La situación actual
es, por cierto, totalmente distinta respecto de la del siglo
XVII. En efecto, la relación fundamentalmente técnica
del hombre respecto del Universo se derramó, desde
Europa, en todas las direcciones. Es posible afirmar, por
tanto, que hoy todo el planeta vive, prácticamente,
en una era tecnológica. Algunos rasgos de la época
de la técnica moderna -esto es, de nuestro tiempo-,
son "la funcionalización, la perfección,
la automatización, la burocratización, la información"
[3].
Las universidades -y también,
claro está, las hispanoamericanas- son instituciones
que discurren bajo el pregnante sello de la tecnología
, entendiendo esa palabra en el sentido indicado -es decir,
el de Heidegger-. Esto implica varias consecuencias, algunas
de las cuales someteremos a análisis a continuación.
La concepción del hombre que
subyace en el funcionamiento de las universidades actuales
-congruente con la época técnica en que existimos-,
lo comprende, predominantemente, como animal del trabajo (arbeitendes
Lebewesen , arbeitendes Tier ) [4], como material humano (Menschenmaterial
) [5] y como señor de la Tierra [6]. Antiguas definiciones
antropológicas son parcial o totalmente desplazadas;
en cualquier caso, de hecho, no cuentan. Por ejemplo, el hombre
como viviente que posee Iógos -es decir, palabra-,
el hombre como creatura hecha a imagen y semejanza de Dios,
el hombre como ingredientes de una estructura que lo contiene
dentro de sí, y de la que no puede disponer a voluntad.
Aunque no siempre sea esto evidente,
la idea del hombre que funciona como supuesto de las universidades
modernas determina sus metas, su estructuración y,
en general, todas sus dimensiones.
Por lo pronto, el carácter
radicalmente técnico de nuestra época tiende
a constituir a la Universidad como un dispositivo tecnológico
semejante a una fábrica, una factoría, un complejo
industrial, una entidad financiera. La gestación, la
gestión, las relaciones humanas dentro de ella, propenden
a igualarse con las de los demás dispositivos tecnológicos
de la sociedad. Poco a poco, la Universidad va dejando de
ser un poder espiritual -a veces, decisivo- dentro de la nación.
El concepto de Universidad como alma máter, madre nutricia,
pasa a segundo piano o se desvanece por completo.
La institución tiene ahora
la misión básica de formar al animal del trabajo,
es decir, producir eficientes productores y, en consonancia
con ello, buenos consumidores. Para alcanzar este objetivo,
los universitarios son adiestrados, ante todo, en el pensamiento
técnico, calculador o computante, entendiendo estos
calificativos en sentido amplio. En efecto, este tipo de pensar
no se reduce a operar con números o a manejar aparatos
de cálculo automático; va más allá
y abarca todos los sectores de la realidad. Heidegger lo caracteriza,
de manera apretada, en estos términos: "Su peculiaridad
consiste en que cuando planificamos, investigamos, organizamos
una empresa, contamos ya siempre con circunstancias dadas.
Las tomamos en cuenta con la calculada intención de
unas finalidades determinadas. Contamos de antemano con determinados
resultados. Este cálculo caracteriza a todo "pensar
planificador e investigador. Semejante pensar sigue siendo
cálculo aún cuando no opere con números
ni ponga en movimiento máquinas de sumar ni calculadoras
electrónicas. El pensamiento que cuenta, calcula; calcula
posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada
vez más ricas y a la vez más económicas
[7].
A través del adiestramiento
en el pensar computante, el animal del trabajo -esto es, el
hombre-, se convierte en un material humano apropiado para
rendir el máximo en el proceso de la producción,
proceso que, en los días que corren, hace de hilo conductor
de nuestra existencia histórica [8]. Así como
otros establecimientos de enseñanza preparan una "mano
de obra" eficiente, las universidades se encargan de
los "cerebros de obra". A través de uno u
otro camino se llega a lo mismo: a ensamblar eficaces equipos
de "material humano".
Pero el pensamiento calculador tiene
otros rasgos. Uno de ellos induce al hombre a adoptar actitudes
despóticas frente a la naturaleza y frente a sí
mismo. Como se ha dicho en innumerables ocasiones -aunque
sin descender, en la mayoría de los casos, hacia un
terreno filosófico-, la conducta del hombre moderno
ante su contorno natural es la de un depredador. Los ríos
y los mares, las montañas y desiertos, el suelo y el
aire, la fauna y, particularmente él mismo, son convertidos
por el hombre de la técnica en parámetros de
su proyecto de conquista y explotación incondicionadas
de todo lo real. Hay múltiples fenómenos, bien
precisos, que ilustran lo que digo. Todos conocemos los peligros
entrañados en la construcción de una central
hidroeléctrica en una corriente de agua, o los que
conlleva la eliminación de desechos en los procesos
industriales, o los que están ínsitos en el
transporte marítimo del petróleo, o en la utilización
de la energía atómica con fines pacíficos.
Todos sabemos también que estos peligros que nos amenazan
no han sido suficientemente controlados, ni parece que lo
vayan a ser en un futuro próximo, a pesar de la férrea
voluntad que poderosas organizaciones ponen en lograrlo. El
presunto señor de la Tierra -el hombre moderno- no
lo es tanto; a veces, y por doquier, tropieza con sorprendentes
reacciones de aquello que quiere dominar -la naturaleza-,
reacciones que lo dañan y desconciertan [9]. El proyecto
de Bacon -obedecer a la naturaleza para ponerla al servicio
del hombre -, junto a un brillante anverso (que podemos y
tenemos que reconocer plenamente como tal), está mostrando
un oscuro reverso.
En correspondencia con la concepción
del hombre y la interpretación del pensamiento dominantes
en nuestra época -y, por tanto, dentro de las universidades
-, predomina hoy una posición axiológica que
pone como valor supremo la eficacia incondicionada en el funcionamiento
de los dispositivos tecnológicos - entre los que se
incluye, como uno más, la universidad -. Este "valor
supremo" exige el ejercicio deliberado y sistemático
de la competitividad con los otros y con uno mismo. Eficacia
incondicionada y competitividad a ultranza se erigen como
criterios últimos de jerarquización, ordenación
y avaluación de los dispositivos tecnológicos
-uno de los cuales es la universidad- y de sus componentes
-entre los que está el hombre, como material humano.
Por cierto, esta situación axiológica -que reina
en la universidad y que se potencia a través de ella-,
choca frontalmente con casi todas las tablas de valores que
se han propuesto explícitamente en la historia de la
Humanidad. Al respecto, baste con recordar la difundida postura
de Max Scheler, dentro de la filosofía, o la que hallamos
en los evangelios, en el ámbito de la religión
[10].
***
Todo lo que, en lo anteriormente expuesto,
parece ser peyorativo, no lo es en verdad. Tampoco hay en
lo dicho una crítica moral a los que participamos en
la organización de los dispositivos tecnológicos
universitarios o a los que, simplemente, forman parte de ellos.
Nuestras conductas, en cuanto universitarios, se limitan a
corresponder y a obedecer al "espíritu del tiempo",
el cual, hay que advertirlo, es insoslayable en primera instancia
[11] y, tal vez, en varias más. No está en nuestra
mano -ni en la de ningún hombre o grupo humano-, sustraernos
por completo al sello radicalmente técnico de la época
que nos ha tocado vivir. Al describir algunos rasgos epocales
de las universidades no se están repartiendo culpas.
La misión tecnocrática que, de hecho, ha asumido
la universidad actual, no es responsabilidad de nadie determinado.
Se trata de algo que responde a las corrientes más
profundas de la marcha histórica de Occidente.
¿Debemos, pues, aceptar, sin
más, que el sello técnico de la universidad
contemporánea determine todo lo que a ella atañe?
¿La organización de las facultades, las relaciones
interpersonales o de grupos, los programas académicos,
los planes de estudios, la asignación de presupuestos
tendrían que plegarse dócilmente a la impronta
técnica de las universidades modernas? No creo que
así sea. ¿Qué se requeriría, entonces,
para que la universidad vuelva a ser -sin radicales restricciones,
como ahora-, el alma máter, la madre nutricia que alguna
vez fue? ¿Qué se necesitaría para que
las universidades vuelvan a constituirse en un genuino y aceptado
"poder espiritual"? ¿Qué habría
que hacer para que estos dispositivos tecnológicos
formaran hombres cultos, seres humanos que estuvieran, en
el más pleno sentido de esta expresión, a la
altura de los tiempos ?
Sería presuntuoso de nuestra
parte querer presentar algo así como una fórmula
que, mágicamente, "retrotrajera" a la universidad
a su auténtica esencia -en vez de "retrotraer"
podríamos hablar de proyectar, ya que no se trata de
sugerir ninguna "vuelta atrás"-, y la albergara
frente a las des-composturas introducidas en ella por la tecnología,
es decir, por la metafísica de la era atómica
[12]. No obstante -siguiendo a Heidegger [13]-, podemos sugerir
algunos caminos a través de los que so podría
avanzar hacia lo prístino do la universidad.
Por lo pronto, tendría que
alcanzarse una comunidad lingüística mínima
que permitiera entenderse cuando se habla de los asuntos universitarios,
La fragmentación de la universidad -que ha dado lugar
a una situación babé1ica respecto de ella-,
fue puesta de relieve por este pensador ya en 1929, y reiterada
por é1 mismo en ocasiones posteriores, cuando so le
interrogaba sobre la misión de la universidad [14].
En la conferencia ¿Qué 'es metafísica?
decía: "Los dominios do las ciencias están
muy distantes entre sí'. El modo de tratar sus objetos
es radicalmente diferente. Esta dispersa multiplicidad de
disciplinas se mantiene, todavía, unida gracias tan
sólo a la organización técnica do las
Universidades y Facultades, y conserva una significación
por la finalidad práctica de las especialidades. En
cambio, el enraizamiento de las ciencias en su fundamento
esencial se ha perdido por completo" [15]. Superar el
desarraigo do las ciencias y su falta de unidad implicaría,
me parece, dirigir una primera y decisiva mirada hacia la
filosofía, para buscar allí el lugar de inserción
de cada una de ellas en su fundamento esencial, de tal modo
que -más allá, o más acá, de las
discrepancias que pudiere haber al debatir sobre la universidad-,
un economista y un filó1ogo, un historiador y un físico,
un jurista y un fisiólogo, un matemático y un
lingüista, un pintor y un geógrafo se comprendieran
en lo básico. Como me indicaba un respetado amigo -experto
tanto en el plano de los principios como en los de la efectiva
organización y orientación de la universidad-,
sin alcanzar una comunidad en el lenguaje - que supondría
la vigencia de una experiencia común [16] -, el diálogo
intrauniversitario se torna imposible o inútil. Por
cierto, la conversación entre la universidad y sus
interlocutores externos ostentaría en esa situación
-que es la que estamos viviendo-, esas mismas características
acentuadas. (No se me ocultan las dificultades -tal vez insuperables
en lo inmediato-, que obstaculizan cl camino hacia la comunidad
de experiencia y de lenguaje a la que aludo. Espero referirme
a ellas en otra ocasión).
Luego -o, más bien, simultáneamente
, puesto que hay un vínculo primordial entre lo que
he planteado antes y lo que digo a continuación-, habría
que recordar y asumir enérgicamente el carácter
multidimensional del hombre. Éste no es sólo,
ni principalmente, animal del trabajo, material humano -mano
de obra o cerebro de obra-, o déspota de lo real en
su totalidad. Ante todo, es también -y con esto no
pretendo agotar la esencia del hombre-, el viviente poseído
por el Iógos -más bien que "poseedor"
de la palabra [17]-, es alguien único de dignidad superior,
es un ser limitado y finito -y este rasgo lo asemeja a todas
las demás realidades-.
Empuñar con la debida fuerza
la multilateralidad del hombre [18] exigiría, pues,
entre otras cosas, cultivar la palabra en su más alta
manifestación, esto es, como poesía, entendiendo
este término en su más amplio y elevado sentido,
que incluye tanto a la filosofía -la protopoesía
[19] - como a la literatura. Exigiría, también,
equilibrar cl ejercicio del pensar computante -que pretende
erigirse como la única manera de pensar válida-,
con la puesta en juego de un pensar que llamaremos meditativo,
el que no se limita a calcular con vistas al éxito,
sino que discurre tras el sentido de todo acontecer. Exigiría,
además, que el hombre cuide y proteja las realidades
que le rodean, a sus semejantes -mortales, como él-,
y a sí mismo, desplegando un fervoroso respeto por
todo ello, y "renunciando" a implantarse como amo
irrestricto de cuanto hay.
Si ocurriera esa transformación
en lo que -de manera lata- podríamos denominar "supuestos
antropológicos" de la universidad, acaecería
un vuelco axiológico en la base de la institución.
Los valores supremos no serían ya la eficacia incondicionada
de los dispositivos tecnológicos ni su competitividad
a ultranza , sino que tales valores - en la medida en que
lo sean -, tendrían que conjugarse con otros y supeditarse
a ellos, como la solidaridad [20] y la serenidad, entendiendo
este último vocablo en el sentido que le asigna Heidegger,
es decir, como una actitud en virtud de la cual nos insertamos
convenientemente en los dispositivos tecnológicos,
evitando que la mecánica de su funcionamiento nos dañe,
nos aplaste, nos triture o nos devaste.
Luego de esa transvaloración,
tal vez la universidad quedaría en condiciones de transfigurarse
-en la medida en que una institución social pueda llegar
a ser algo así- en un "poder no violento"
[21], tanto hacia dentro de ella misma como respecto del contorno
colectivo que la envuelve, hacia el cual irradiaría
la nueva postura estimativa. Así, también, la
universidad -quizás ya digna de ese nombre sin restricciones-
podría presentársenos de nuevo como factor decisivo,
en tanto poder espiritual [22], de la marcha de la historia.
Acaso había recuperado su más propia posibilidad,
su misión más genuina [23].
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NOTAS
*.- Publicado en: Jorge Acevedo: Heidegger
y la época técnica, Ed. Universitaria, Santiago,
1999
1.- Por ahora, remito al capítulo
III de mi libro La sociedad como proyecto - "Modernidad
y postmodernidad.(Vida personal e historia: un retorno hacia
lo cercano)"-; Ed. Universitaria, Santiago, 1994.
2.- Véase, "Serenidad";
en Revista de la Sociedad Argentina de Filosofía Año
V, Nº 3, Córdoba 1985; trad. de Elbio Caletti
y Adolfo P. Carpio; p. 114 (Gelassenheit, Neske Verlag, Pfullingen,
1959; p. 20).
3.- Véase, "La constitución
onto-teo-1ógica de la metafísica"; en Revista
de Filosofía Vol. XIII, N' 1, Santiago, 1966; trad.
de Luis Hernández, revisada por Francisco Soler; p.
100 (Identidad y Diferencia [Edición bilingüe,
Ed. Anthropos, Barcelona, 1988; trad. de Helena Cortés
y Arturo Leyte; pp. 114 - 117).
4.- Véase, de Heidegger, "Superación
de la metafísica"; en Conferencias y Artículos,
Eds. del Serbal, Barcelona 1994; p. 64; trad. de Eustaquio
Barjau ("Überwindung der Metaphysik"; en Vorträge
und Aufsätze, Neske Verlag, Pfullingen 1967; vol. I p.
64. André Préau vierte arbeitende Tier por bête
de labeur. Por cierto, esta traducción -que es una
perspicaz interpretación (como toda traducción
acertada)-, tiene que ser tomada en cuenta. Cfr., "Dépassement
de la métaphysique"; en Essais et conférences,
Éditions Gallimard, Paris, 1966; p.82).
5.- Véase, de Heidegger, "La
pregunta por la técnica"; en Ciencia y Técnica,
Ed. Universitaria, Santiago, 1993 (segunda edición);
trad. de Francisco Soler; p. 87 ("Die Frage nach der
Technik"; en Vorträge und Aufsätze, ed. cit.,
vol. I, p. 17 ). Juan de Dios Vial Correa -rector de la Pontificia
Universidad Católica de Chile-, reafirma esta idea
del pensador de Friburgo en el contexto de la antropología
cristiana. Dice, sin ambages, -y en sus palabras se adelantan
planteamientos que bosquejo más adelante-, lo siguiente:
"Esa forma de participación en el ser de las cosas
que es la técnica y que es la ciencia, tiende espontáneamente
a degradarse, a transformarse en una utilización de
la realidad para los fines del hombre, considerándose
la primera como disponible para todo lo que se quiera hacer
con ella. Esa es la visión o el aspecto con que se
presenta la técnica espontáneamente al ser humano
durante una buena parte de la edad moderna. Eso fue sintetizado
o expresado a la altura de la Primera Guerra Mundial, al referirse
a los soldados, al personal del ejército, con la expresión
"elmaterial humano". Esa formulación realmente
innoble dice todo. Incluso el hombre llega a ser un material
para el hombre. La fuerza que organiza todo esto, que le da
alguna cohesión y consistencia a la sociedad, termina
siendo la simple voluntad de poder. [...] Eso constituye verdaderamente
una degradación de lo humano y un daño profundo
a la vida del hombre". Cfr., "La ciencia, la técnica
y los desafíos modernos"; en Revista Humanitas
N' 1, Santiago, 1996, p.138.
6.- Conviene tener ante la vista, a propósito
de esto, el siguiente texto de Nietzsche: "Vendrá
el tiempo en que se conducirá la lucha por el dominio
de la tierra en nombre de doctrines filosóficas fundamentales
". El comentario de Heidegger a esas palabras esclarece
su sentido: "Esas 'teorías filosóficas
fundamentales' no aluden a las doctrinal de los eruditos,
sino al lenguaje de la verdad de lo ente como tal, verdad
que es la propia metafísica bajo la figura de la metafísica
de la subjetividad incondicionada de la voluntad de poder"
Véase, de Heidegger, "La frase de Nietzsche 'Dios
ha muerto'"; en Caminos de bosque, Ed. Alianza, Madrid,
1995; trad. de Helena Cortés y Arturo Leyte, p. 231
[Sendas Perdidas, Ed. Losada, Buenos Aires, 1960; p. 214].
("Nietzsches Wort 'Gott ist tot'"; en Holzwege,
V. Klostermann, Frankfurt a. M., 1950, pp. 236 s.).
7.- Véase, Serenidad, Eds. del
Serbal, Barcelona, 1989; trad. de Ives Zimmermann (Gelassenheit,
pp. 14 s.). Véase, también, de Heidegger, "Ciencia
y Meditación"; en Ciencia y Técnica, ed.
cit., pp. 125 s.("Wissenschaft und Besinnung"; en
Vorträge und Aufsätze, ed. cit., Tomo 1, pp. 50
s.).
8.- Véase, de Ortega, "Una
vista sobre la situación del gerente o 'manager' en
la sociedad actual"; en Pasado y porvenir para el hombre
actual, Obras Completas, vol. IX, Ed. Revista de Occidente,
Madrid, 1965, pp. 728 y 742.
9.- Véase al respecto, de Jorge
Acevedo, "Esbozo de la interpretación de la naturaleza
en la obra de Martin Heidegger"; en Káñina
(Revista de Artes y letras de la Universidad de Costa Rica)
Vol. XVII, N' 1, San José (Costa Rica), 1993; pp. 183
ss.
10.- Una elaboración reciente de
las cuestiones axiológicas puede encontrarse en la
Segunda parte -'Hombre y Valor- de Conciencia y Mundo, de
Cristóbal Holzapfel (Ediciones de la Universidad Nacional
Andrés Bello, Santiago, 1993) ,el que he comentado
en la Revista de Filosofía, Vol. XLIII-XLIV, Santiago,
1994.
11.- Quizás habría que decir
"en última instancia".
12.- Respecto de esta acepción
del término "tecnología", véase,
de Heidegger, "La constitución onto-teo-lógica
de la metafísica"; Revista de Filosofía
Vol. Xlll, Nº 1, Santiago, 1966; p. 100. (Identidad y
Diferencia, ed. cit., pp. 116 s.).
13.- Habría que hacer notar que
ni a partir de este pensador ni a partir de ningún
otro sería posible llegar a una enmienda fácilmente
manejable acerca de lo planteado. El mismo Heidegger ha advertido
-no sólo frente a este tipo de situaciones, sino frente
a otras más graves y radicales, base de las anteriores-,
que 'hoy está especialmente cercana la tentación
de estimar la discreción [Bedachtsamkeit: lentitud]
del pensar por el tiempo del cálculo y de la planificación,
que justifica inmediatamente en cualquiera sus hallazgos técnicos
por cl éxito económico. Esta depreciación
del pensar le sobreexige con módulos que le son extraños.
Al mismo tiempo, se le supone al pensar la pretensión
arrogante de saber la solución de los enigmas y de
traer la salvación'. Cfr., 'Hacia la pregunta del ser';
en Acerca del nihilismo, Paidós I.C.E. | U.A.B., Barcelona,
1994; trad. de José Luis Molinuevo; p. 101. [Sobre
la cuestión del ser, Ed. Revista de Occidente, Madrid,
1958; trad. de Germán Bleiberg; p. 451. ("Zur
Seinsfrage" (1956); en Wegmarken, V. Klostermann, Frankfurt
a. M., 1967; p. 234).
14.- Así, por ejemplo, en la entrevista
que concedió a Richard Wisser el 24 de septiembre de
1969 -con motivo de cumplir ochenta años-, la que fue
transmitida por la segunda cadena de la televisión
alemana. Cfr., de Richard Wisser, Martin Heidegger al habla,
Eds. STVDIVM, Madrid, 1971; pp. 71 s.; trad. de Rafael Angel
Herra (Martin Heidegger im Gespräch; herausgegeben von
Richard Wisser. Verlag Karl Alber, Freiburg/München,
1970, pp. 67 s.). Así, también, en la conversación
con "Spiegel", del 23 de septiembre de 1966, publicada
póstumamente bajo el título "Ya sólo
un Dios puede salvarnos". Cfr., Revista Escritos de Teoría
11, Santiago, 1977; pp. 174 s.; trad. de Pablo Oyarzún
("Nur noch ein Gott kann uns retten"; Revista Der
Spiegel Nº23, Hamburg, 1976, P. 196).
15.- Eds. Siglo Veinte, Bs. As., 1967;
p.77., trad. de X. Zubiri ("Was ist Metaphysik?";
en Wegmarken, ed. cit., p.2).
16.- Sobre el decisivo concepto de "experiencia
común", remito al libro de Humberto Giannini "La
'reflexión' cotidiana. Hacia una arqueología
de la experiencia", Ed. Universitaria, Santiago, 1987.
He comentado esta relevante obra - cuya versión francesa
va precedida de un 'Prólogo' de Paul Ricoeur-, en la
revista Opciones (Nº 13, Santiago, 1988; pp. 201 ss.),
y en la Revista Chilena de Humanidades (Nº 10, Santiago,
1988, pp. 23 ss.).
17.- Véase, de Heidegger, "Construir
Habitar Pensar"; en Ciencia y Técnica, ed. cit.,
pp. 160 s. ("Bauen Wohnen Denken"; en Vorträge
und Aufsätze, ed. cit., vol. 11, p. 20). Del mismo Heidegger.
De camino al habla, Eds. del Serbal, Barcelona, segunda ed.
revisada, 1990; trad. de Yves Zimmermann (Unterwegs zur Sprache,
Verlag Günther Neske, Pfullingen, 1959. El primer ensayo
de esta obra -"Die Sprache", "El habla"
-, ha sido traducido, también, por Francisco Soler,
y publicado en la Revista de Filosofía Vol. VIII, Nrs.
2-3, Santiago, 1961).
18.- Recordemos, a propósito de
esto, por una parte, que Dilthey descubrió que "La
Vida es 'eben mehrseitig', que la Vida es 'precisamente multilateral',
que es siempre 'la uno y lo otro', es decir, lo más
radical del fenómeno Vida es su carácter equívoco,
su sustancial problematicidad. De ahí viene todo"
(Véase, de Ortega La idea de principio en Leibniz y
la evolución de la teoría deductiva; O.C., vol.
VIII, p. 297).Por otra, que "la verdadera 'entereza',
la Gründlichkeit, no consiste en entregarse a sólo
una cosa, sino en ser todas las que resulten precisas"
(Véase, del mismo autor, "Un rasgo de la vida
alemana"; O.C. vol. V, p. 191).
19.- Acerca del pensar como poetizar,
véase, de Heidegger, "El dicho de Anaximandro";
en Caminos de Bosque , ed. cit., p. 297 [Sendas Perdidas,
ed. cit., p.275].("Der Spruch des Anaximander";
en Holzwege ed. cit., p. 303).
20.- Unas palabras de Octavio Paz (quien
habla de fraternidad para referirse a la solidaridad), recogidas
por Agustín Squella Narducci, rector de la Universidad
de Valparaíso, pueden ayudar a recordarnos el sentido
de este término y de la actitud correspondiente, que
parece habérsenos escapado de un tiempo a esta parte.
En una entrevista, después de indicar que ha "criticado
al socialismo (o lo que se ha hecho pasar por tal)",
agregó: "Ahora déjeme decirle que al liberalismo
actual le faltan muchas cosas, sin las cuales la vida no es
digna de ser vivida. Si pensamos en aquella tríada
con la que comienza el mundo moderno, la libertad, igualdad
y fraternidad, vemos que la libertad tiende a convertirse
en tiranía sobre los otros; por lo tanto, tiene que
tener un límite; la igualdad, por su parte, es un ideal
inalcanzable a no ser que se aplique por la fuerza, lo que
implica despotismo. El puente entre ambas es la fraternidad,
la gran ausente en las sociedades democráticas capitalistas.
La fraternidad es el valor que nos hace falta, el eje de una
sociedad mejor. Nuestra obligación es redescubrirla
y ejercitarla". (Véase ¿Qué he aprendido
enseñando filosofía del derecho? EDEVAL, Valparaíso
(Chile), 1995, p. 51). Hago esta referencia al término
solidaridad porque, al igual que la expresión poder
espiritual - a la que aludo más adelante -, ha quedado
vacío de sentido, y, como sugiere Paz, urge recuperarlo.
21.- Acerca de esta expresión,
véase, de Heidegger, "Ya sólo un Dios puede
salvarnos"; en Rrvista Escritos de Teoría 11,
1977, p. 184 ("Nur noch ein Gott kann uns retten";
en revista Der Spiegel Nº 23 1976, p. 209).
22.- El concepto de espíritu (Geist)
es sobremanera problemático; así lo ha hecho
notar Ortega en los capítulos VI y VII de Historia
como Sistema (0.C., vol. VI). No obstante, podemos hallar
importantes esclarecimientos al respecto en la Introducción
a la metafísica, de Heidegger (Ed. Nova, Buenos Aires,
1959; trad. de Emilio Estiú; pp. 82 ss. Ed. Gedisa,
Barcelona, 1993; trad. de Angela Ackermann; pp. 49 ss. [Einführung
in die Metaphysik, Max Niemeyer Verlag, Tübingen, 1957,
pp. 34 ss.]). Tales aclaraciones pueden permitir que la expresi6n
poder espiritual se tome controlable. Por ahora, destaco estos
dos textos: l. "Frente a la complejidad de interpretaciones
erróneas del espíritu, determinamos su esencia
brevemente así [...]: 'El espíritu no es hueca
sagacidad ni sutil juego sin compromisos del ingenio, ni tampoco
desmesurado impulso de análisis intelectuales ni, menos
aún, la razón universal, sino que consiste en
la decisión, originariamente acordada, de estar abierto
a sabiendas a la esencia del ser [Geist ist ursprünglich
gestimmte, wissende Entschlossenheit zum Wesen des Seins]'".
2. 'Si se quiere llamar Universidad a la institución
en la que se encadenan las ciencias especializadas, tanto
desde el punto de vista de la teoría como de la investigación,
ello sólo será un nombre, pero ningún
poder unificante originario, ninguna fuerza espiritual obligatoria"
(Ed. Nova, pp. 97 y 86; Ed. Gedisa, pp. 53 y 52; ed. alemana,
pp. 37 s.)
23.- Respecto del contexto de la posición
que he planteado, véase mi libro Heidegger y la época
técnica, Ed. Universitaria, Santiago, 1999. También,
"Notas sobre el origen de la actitud filosófica,
la cultura y la universidad", artículo que publiqué
en la revista Comunicación y Medios Nº 6, Santiago,
1988.
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