Porque
los ultrajes hay que hacerlos todos a la vez , para
que, al saborearse menos, la ofensa sea menor, mientras
que los beneficios hay que hacerlos poco a poco, para
que los saboreen mejor.
Nicolás
Maquiavelo. El Príncipe. Cap. VIII
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La última película
de Christopher Nolan no decepciona.
Es cierto que no posee la riqueza experimental del montaje
de Memento, pero eso, a la larga, juega en su favor.
Para situar adecuadamente la película hay que decir
que esto es USA, el reino en que muchos de los mejores
directores europeos han naufragado, y que la película
es una película por encargo que suponía el apoyo
de grandes figuras del cine hollywodense, con toda la carga
que eso implicaba. Y es en esto donde Nolan muestra un rasgo
de madurez en su estilo direccional, al tener la capacidad
de manejar el peso de la historia que significaba tener a
otra joven promesa detrás de él (Soderbergh
hace de productor), y a Al Pacino y Robin Williams en los
personajes principales.
Desgraciadamente, la otra novedad de la película, la
actriz Hilary Swank hace aguas por todas partes, en su actuación.
Después de su éxito con Memento, Nolan acepta
hacer esta película, un remake de otra noruega que
posee el mismo nombre y que tuvo éxito a nivel de crítica
en Estados Unidos, pero no la difusión de esta versión.
En este sentido, Nolan corre un riesgo pero lo que le sale
tiene grandes méritos.
Partamos con los elementos que hacen interesante esta película.
En primer lugar, el reconocimiento a Twin Peaks de Lynch y
a El Silencio de los Inocentes de Demme: las citas a lo largo
de la película se suceden. Y esto es un gesto de resituación,
de contingencia, de la obra que uno verá.
Es quizá por ello que los personajes de Insomnia son
verdaderamente interesantes, aunque las actuaciones no los
hayan acompañado: Pacino está lleno de tics
que recuerdan a sus personajes pasados, Robin Williams no
es actor dramático por mucho que intente darle una
imagen atormentada de fondo a su papel. Pero esto Nolan lo
logra manejar muy bien: al oficial Dormer constantemente lo
ironiza y a Walter Finch sólo lo hace aparecer cuando
nos influya, lo menos posible, que es Williams el que está
actuando. Con Hillary Swank no sucede esto. La dirección
no logra sacar las potencialidades de una buena actriz y termina
por convertirse en una personaje medio idiota que frente a
todo lo que ocurra no perderá las esperanzas (lo que
a este nivel sólo puede ser una fijación sexual
en la figura paterna) ni se contaminará con el "mal".
Definitivamente este es el punto más bajo de la película:
la lectura moralista que la atraviesa y los resultados que
ella produce. Pero (y esto es lo sorprendente), con todas
esas restricciones, Nolan logra sacar adelante una película
interesante.
El guión es enfocado con la estructura de una tragedia:
la del poder. El viejo conflicto entre libertad y poder, entre
conocimiento y destino, es vuelto a tomar por Nolan, pero
trabajado con supuestos absolutamente contemporáneos.
Partamos situando al protagonista de la historia: responde
al esquema de la subjetividad psicoanalítica. En primer
lugar su perspectiva del tiempo se ve constantemente rearticulada
por espacios vacíos, por los sinuosos vericuetos de
la memoria afectiva que traspasa los lapsus de conciencia.
En segundo, el placer funciona como rearticulante de la conciencia
en un tiempo contínuo que constantemente se le desplaza,
incapaz de mantener el control de su propia unidad espacio-temporal.
Y todo esto (y esto es central) cargado por una constitución
sadomasoquista de un significante amo que actúa como
motivación central de las acciones, pero que al pertenecer
al ámbito del Súper Yo actúa, al mismo
tiempo, como culpa.
Es esto lo que hace posible entender un personaje como el
de Al Pacino. Un personaje que hace el mal para hacer el bien,
un personaje marcado por la ética maqueavélica.
El oficial Dormer (lo señala innumerable cantidad de
veces a lo largo de la película) sabe que el bien y
el mal no existen independientes en la vida real. Sólo
en el cine hollywodense pueden existir en estados puros.
Este es el peligro que atenaza constantemente al oficial Dormer:
él desea el bien, es decir lo disfruta, lo goza. Pero
ese mismo potencial de gozo está atravesado por el
imperativo constante del bien, lo que lo hace sentirse fuera
de ese mismo bien que él supone representar: Dormer
no sólo goza lo que hace, también es su condena.
Si nos fijamos en esta segunda perspectiva podremos situar
la verdadera dimensión de obra política que
posee Insomnia. En la obra es posible observar la perspectiva
base del modo operático del poder en la sociedad, según
Foucault. La puesta en acción de modelos o perspectivas
de mirada sitúa la condición de movimiento,
de leyes de desplazamiento del poder. Esto se ve incontadas
veces en la película: desde los diálogos entre
Dormer y Finch, hasta los modelos de interrogatorio usados
por Dormer al novio de la asesinada, o a la mejor amiga. El
fin es hacer aparecer el crimen en su condición de
tal, pero en el camino acontecen todos los desplazamientos
de mirada, de culpa y de resistencia de los saberes locales,
lo cual trastoca la potencia de la mirada-saber-poder que
Dormer representa, es decir la cuestiona, la interroga en
su condición operativa, en su "cómo".
He ahí el fracaso del esquema de visibilidad del protagonista:
si sólo tuviera que confrontar a su deseo o a la realidad
(por separado), estaría en condiciones de tomar las
decisiones para manejar el destino y hacer efectiva su decisión,
es decir podría convertirse en el modelo de héroe
que es El Príncipe maqueavélico (el que controla
la fortuna con su virtud). Pero como la realidad misma le
hace presente la angustia de su incapacidad de estar a la
altura de la situación, él se ve obligado a
cometer un crimen tras otro para cerrar la significatividad
de sus acciones, con lo cual su situación se vuelve
más angustiosa y menos aceptable en términos
de su misma moralidad: el oficial Dormer está disociado
constitutivamente, y eso se muestra en su angustia por el
insomnio que le impide recomponer la unidad entre deseo y
deber, entre gozo y culpa.
Esa incapacidad del poder de hacer coincidir su efectividad
en términos de acción, con la eficiencia en
la capacidad de producir formas de visibilidad que legitimen
dichas acciones, es el gran fracaso de la subjetividad moderna,
en política. En este sentido Insomnia refleja las ironías
de ese mismo poder.
Toda la lucha de la película está planteada
como un fracaso desde el inicio. El oficial Dormer va leyendo
un diario del que no entendemos nada, pero en el cual se configura
un potencial de angustia que emergerá durante toda
la historia. Y la historia de un crimen se nos va volviendo
cada vez más un ejercicio, una lucha por los desplazamientos
para producir una legitimación, una limpieza de los
medios que hicieron posible el fin... y eso fracasa.
Pero el fracaso se encuentra en el deseo de ejercer la justicia
a cualquier precio. En ese camino, el oficial Dormer no puede
prever que siempre hay cosas que se le pasan al criminal,
y él mismo se ha convertido en un criminal ante sus
propios ojos.
La película se torna, así, en una suerte de
representación de la tragedia de la subjetividad moderna
en su camino de constitución fallido como garante de
la legitimidad de la propia visibilidad que la sustenta. Sin
embargo, en el camino, es la propia justicia como deseo la
que queda en cuestión.
Insomnia es una película que vale por sus desplazamientos
y por el silencio que la atraviesa. El resto le queda al espectador.
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