| Recuerdo que varios asuntos llamaron mi atención al llegar a Chile en el año 1999: la revolución cultural de las mujeres y su enorme personalidad en la vida pública, la preocupación y demanda de espacios públicos, cierta ausencia de la sociedad civil en el conflicto socio-político y cultural de la polis y, pese al desencanto y la apatía, la reflexión sobre la política.
En aquel momento pensaba que Chile podría avanzar en el cuestionamiento a la "República masculina" y a la cultura política patriarcal y jerárquica en que se sustenta el "orden social" y la discriminación entre los sexos que legitima un orden de desigualdad estructural de género". |
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En ese momento las preocupaciones se centraban en la posición del Estado chileno frente a la detención de Pinochet en Londres y en la gastada reflexión sobre el fin, vigencia, estancamiento, etc, sobre los diversos usos académicos y políticos de la transición. Contexto en el cual la temática sobre mujeres y la política no encontraba mucha recepción. Sin embargo, el tiempo pondría en su justa dimensión la importancia, no solamente de la conquista de espacios en el seno de la sociedad civil, la sociedad política y el Estado, sino el significado político-cultural de la irrupción de las mujeres en le campo de la disputa simbólica del poder, de sentidos y contenidos de la democracia como esfera de reconocimiento del otro/otra como diferente, como espacio para el ejercicio de los derechos y para nuevas conquistas emancipatorias.
Años después, no sólo pensaría igual, sino que percibía que la posibilidad más inteligente de derrotar al candidato de la derecha y de renovar ideológica y generacionalmente la Concertación, sería vía la candidatura presidencial de una de las dos mujeres estrellas del gabinete del Presidente Lagos.
Los resultados de las recientes encuestas de opinión y de intención de voto de cara a las elecciones presidenciales del 2006 confirman dichas suspicacias y abren un abanico de interrogantes, desafíos y oportunidades que van más allá de los humores ciudadanos y que sería oportuno atender.
Si bien debemos aceptar que la política es dialéctica y está impregnada por la contingencia y como sugería Maquiavelo, por el movimiento permanente y la fortuna, la posibilidad de consolidar una candidatura orientada a redefinir una democracia que desde hace tiempo muestra signos de agotamiento, como quedara sugerido por los centros de estudio cercanos a la Concertación, encuentra amplios apoyos en la ciudadanía.
Desde la perspectiva de una izquierda moderna y democrática, la posible candidatura de la Ministra de Defensa abriría las Alamedas para imaginar una nueva forma de concebir el pacto político que permitió la re-conquista de la democracia después de 17 años de dictadura, renovados aires para el debate de los asuntos públicos, permeabilidad de contenidos para definir nuevas agendas, ofrecer nuevas visiones de liderazgo político y de apertura de los espacios de la vida pública de una sociedad caracterizada por la desilusión, el desencanto, la apatía, la desconfianza frente a las instituciones y la percepción de irrelevancia de la democracia y la política como espacio de cambio y de construcción de sueños colectivos.
En términos formales se trataría de un cuarto gobierno de la Concertación, pero existen diversos argumentos y señales para sostener la viabilidad de un nuevo proyecto para el Siglo XXI. Entre ellos, la expansión de diversas manifestaciones de opinión pública critica al interior de las corrientes jóvenes dentro de la Concertación en diálogo con la sociedad civil, sectores culturales, académicos e intelectuales y ciudadanos independientes, que con el ánimo de debatir nuevas miradas políticas sobre Chile han impactado el imaginario sobre una Concertación diferente. Si bien Eugenio Tironi puede tener "razón" al afirmar que el fenómeno Bachelet es signo de los tiempos y del nuevo Chile, su interpretación es incompleta, ya que si algo "expresan las encuestas" es la demanda por una sociedad de ciudadanos y no solamente de consumidores.
Una sociedad donde lo público no esté subordinado a lo privado y dirigido por los intereses del mercado y, donde la política, en términos democráticos, pueda retomar su sentido simbólico de construcción colectiva, de definición de objetivos de Estado, de espacio de deliberación sobre las concepciones del bien común y como lugar de conducción y coordinación social.
No se trata simplemente de "más de lo mismo", sino de impulsar una matriz socio-política sustentada en una nueva cultura política orientada a revertir los costos de ciertas políticas económicas, a consolidar las reformas pendientes (sociales, educativas, políticas, culturales y ambientales) y a definir los instrumentos y las políticas para hacer frente a los desafíos y las expectativas de futuro.
Bachelet podría expresar al mismo tiempo el agotamiento de un ciclo político y la posibilidad de abrir una nueva etapa con nuevas reglas del juego al interior de la Concertación y el abandono de la lógica " puramente pragmatista" y un tanto clientelar en la elección de sus figuras públicas y sus representantes políticos. Un nuevo ciclo, mediante un proyecto que, sin abandonar el espíritu original, tuviera la capacidad de adaptar los principios fundacionales al contexto de transformaciones y a los nuevos conflictos y divisiones de la sociedad chilena.
Quizá, la metáfora de Marco Antonio sobre el "cansancio de los héroes" pueda transformarse en una sabia voluntad de los sectores progresistas para sentar las bases de un proyecto-país conducido por nuevas ideas, ideales y liderazgos, a través de lo que podría convertirse en la primera mujer presidenta de Chile. Un proyecto en el cual la ciudadanía se convierta en el sujeto deliberativo y protagonista de una República pluralista, libertaria e igualitaria, sin lo cual el proceso de democratización podría verse marginado desde el interior de su creación.
En suma, una Concertación diferente requiere de una nueva cultura política al interior de la Concertación, de nuevas relaciones entre ciudadanía y política, de aires de vitalidad de la vida pública para estar a la altura de construir un Estado social y democrático para el nuevo milenio al mejor estilo de la Virtud de la Michelle.
Licenciado en Relaciones Internacionales (Universidad Iberoamericana, México); Magíster en Estudios Sociales y Políticos Latinoamericanos (Instituto de Doctrina y Estudios Sociales, ILADES, Universidad Alberto Hurtado); Candidato a Doctor en el Estudio de las Sociedades Latinoamericanas, mención en Ciencia Política (Universidad de Arte y Ciencias Sociales, ARCIS).