Al Qaeda almohade
Por Ángel González
28 de Noviembre 2003

  página principal
sepiensa.cl

En el trigésimo octavo capítulo de El Imperio español (Planeta, 2003), Hugh Thomas comienza con una bella descripción de la Sevilla que vio regresar de su primera circunnavegación terrestre a los dieciocho únicos supervivientes de la expedición de Fernao de Magalhaes. Resalta Thomas que la Hispalis del XVI era una ciudad donde ya se abría paso el Renacimiento, a golpes de plaza, ancheo de calles y derribo de solares viejos, pero que aún conservaba características de su pasado islámico. Corría la creencia entre los sevillanos de la época de que las murallas que hasta finales del XIX metían en cintura a la ciudad habían sido edificadas por mandato de Julio César, pero Thomas recuerda cómo en realidad dichas murallas, las mismas que aún ciñen parte del barrio de la Macarena, fueron edificadas por los almohades, la "Al Qaeda de la Edad Media, que había azotado España a lo largo del siglo XII".

 

Hoy, a la gran mayoría se les da muy poco quién haya construido las murallas de tal o cual ciudad o pueblo, excepción hecha quizá de los abulenses, que aún conservan un orgullo representado en Segovia por los partidarios del acueducto. Pero en la época de que habla Thomas, el origen -el certificado de limpieza de sangre -de las murallas de una ciudad no eran moco de pavo a la hora de discutir las excelencias de las respectivas patrias chicas. Querer creer que las magníficas construcciones que defendían, definían, limitaban, marginaban y daban preponderancia al ciudadano sobre el campesino habían sido levantadas por el gran fundador del Imperio por antonomasia daba mucho de sí a la hora de darse el pisto con foráneos, cobrar impuestos de almojarifazgo, pertrechar flotas, y recibir honores que se traducirían siempre en ventajas fiscales para la ciudad. Para los sevillanos del XVI, ya acostumbrados a la aparición de trozos de hipódromo, estatuas mancas e inscripciones latinas debajo del suelo a poco que se escarbara, era mucho más agradable pensar que ese cinturón que inscribía su ciudad como tal en el concierto de los pueblos y las naciones había sido erigido por César que por aquellos virtuosos efervescentes que llegaron de África para renovar el empuje de un Islam que desmayaba un poco frente a las hordas cristianas, que cada vez perdían más la vergüenza y el miedo.

Pero para Thomas, estos mismos almohades no son sino la enésima reencarnación de un fanatismo religioso, de un fundamentalismo islámico que ha llegado hasta nuestros días con el nombre de Al Qaeda. Curioso, pero significativo modo de comparar pasado y presente, con el que no hubiera estado en desacuerdo ni el mismísimo cardenal Cisneros. Ponerse a discutirle al señor Thomas la validez de tal comparación sería perderse en discusiones que, no por largas, dejarían de ser inútiles, en tanto que dependería siempre de la opinión subjetiva de los interlocutores. Pero lo que sí parece al alcance de uno en estos momentos es plantear la amplificatio de tal puente semántico entre almohades y Al Qaeda, extendida a los cristianos: en otras palabras, si los almohades del siglo XII eran la organización terrorista de inspiración fundalmentalista musulmana medieval, ¿a quién o quiénes les caería el dudoso (o alto, según se mire) honor de ser el George W. Bush o el Aznar de la Reconquista cristiana por aquellos años? A Aznar, supongo que por tradición y a despecho de posibles anacronismos le correspondería ser el Cid del siglo XXI, claro que tal nombramiento sería desde un principio disputado a diestra y siniestra, porque, ¿cuál de los cides heredados de nuestra gloriosa historiografía patria sería asignable al presidente de la España sin déficit del siglo twenty one? ¿Será Aznar el honrado, noble, leal y virtuoso vasallo castellano que ganó para la gloria cristiana la bella Valencia? ¿o tendrá nuestro actual presidente más paralelismos con el Cid mercenario, siervo del mejor amo, dependiendo de la ocasión, espada a sueldo y matón de encrucijadas, pistolero a sueldo de terroristas y abusador de campesinos inermes? Todo es según el color del cristal con que se mira.

Así, Bush podría hacer tanto de Alfonso el Batallador, cruzado incansable del estandarte cristiano, martillo de moros, espada de Dios, como de Almanzor, líder supongo que terrorista, invasor de ciudades santas y robador de campanas compostelanas, hazaña ésta tan descabellada e inimaginable como la que, por otra parte, sacudió al Imperio actual el día 11 de septiembre. Todo depende de qué apartada orilla del río observemos los hechos, o lo que de ellos podemos reinventar.

Comparar a los almohades del siglo XII, los que desembarcaron en la Península Ibérica para socorrer a sus correligionarios musulmanes, hostigados, masacrados e humillados por unos reinos cristianos cada vez más rapaces, con la Al Qaeda de hoy, no deja de ser válido. Pero requiere contar el final de la historia, en el que la anterior ortodoxia religiosa desarrollada en el nomadismo sahariano de los almohades acaba convertida en uno de los períodos de mayor esplendor de la cultura andalusí, y en el que el fanatismo intolerante dejó paso a una época de esplendor cultural. Comparaciones así perpetúan una imagen del Islam mucho más arraigada en nosotros de lo que creíamos, sobre todo cuando se esgrimen como un arma de filo único e indiscutible, cuyo mango venimos manejando desde hace siglos. ¿Por qué son los almohades los terroristas, y no los mesnaderos castellanos, aragoneses, leoneses, portugueses o catalanes que se bajaban al moro cada primavera para robar, pillar, saquear y de vez en cuando quedarse a vivir como señores en pueblos que antes no les pertenecían? ¿Por qué los cristianos, al fin y al cabo, estaban "reconquistando" una tierra que creían suya? No creo, entre otras cosas porque ese argumento, que tanta fortuna ha hecho desde entonces, aún no había sido creado cuando ya andaba por tierras de Burgos el Cid engañando a pobres judíos que no le habían hecho nada para merecerlo.

Resulta curioso, no obstante, que Thomas se haya limitado en su comparación a hablar del terrorismo islámico diacrónico, pero no se haya mostrado igual de dadivoso en comparaciones diacrónicas al hablar de la creación del Imperio español, y eso que las ocasiones que se le han presentado han sido numerosas. Cuando el historiador británico describe la reinvención del requerimiento medieval para su uso contra los indígenas del Caribe, un esperpento de justificación legitimadora de los abusos que se cometerían a renglón seguido, no se le ocurre hablar de fanatismos por parte de esos adustos españoles que participaban en comandita o mediante sociedades anónimas en una conquista que tuvo mucho más de empresa financiera que de aventura exploratoria. Tampoco parece pasársele por el magín una comparación entre esta práctica y la tormenta de causas vacías, inventadas e intragables con la que se ha querido justificar la actuación del imperio moderno. Señala Thomas sin medias tintas (al menos el siglo XX ha servido para algo) que la conquista del imperio español de ultramar fue más obra de mercaderes y capitalistas con la mira puesta en el beneficio comercial que de idealistas aventureros deseosos de gloria evangelizadora. Pero no se le ocurre señalar los paralelismos entre esta historia de mercaderes enriquecidos a costa del sufrimiento ajeno con los Rumsfelds y los Cheneys de hoy en día, tan dispuestos a redactar requerimientos que legitimen su ataque no provocado como a participar mediante la creación de sociedades comerciales en el reparto del botín de guerra.

Aparte de los almohades talibanes, sucesores de los almorávides de hezbolá, el único otro fanático que aparece en el libro de Thomas es el padre Bartolomé de las Casas. Resulta tremendamente curioso y significativo que las Casas y los pocos que en su tiempo patearon cortes, cubiertas de carabela, caminos de tierra y pasillos de audiencia para poner coto a las atrocidades que en nombre de la codicia se cometieron en América sean considerados hoy en día unos fanáticos. Empiezo a sospechar que tal adjetivo está reducido al terreno de las ideas, mientras que las prácticas comerciales y financieras quedarán dende en adelante exentas de considerarse fanáticas por más que lleguen a extremos como los de descuartizar a un prisionero para atemorizar a los indígenas e inducirles a entregar todo el oro que pudieran reunir. Supongo que un empresario avispado y despierto, con espíritu emprendedor y valentía ante el riesgo nunca podría incurrir en un fanatismo capitalista al apresar a personas libres en Tenerife y luego venderlas en el Arenal de Sevilla. En todo caso, podría tratarse de una licencia excesiva y de un abuso de poder digno de reprimenda (gracias al siglo XVIII) o de la infame realización del capitalismo más descontrolado (gracias al XIX), pero parece que el siglo XXI acaba de decidir que fanático es aquel que por unos ideales religiosos, nacionalistas, políticos o incluso filosóficos es capaz de matar, morir o simplemente atreverse a ser deferente. Aquél que se abandone a la misma dicotomía por mor de aumentar el volumen de su cuenta bancaria, será a partir de ahora un espíritu emprendedor con mayor o menor nivel de codicia, pero nunca un fanático de esos que arrojan piedras desde un descampado, entre el polvo que levantan las aspas de un helicóptero de la era digital, y que luego se encargarán de asentar las orugas de un tanque.

Cuando David era un anciano tripón y rijoso, un muchachito de tez oscura y pecho desnudo se presentó un día en el palacio para quejarse por las injusticias que los soldados del rey cometían a diario con los hombres y mujeres de la tierra. David sonrió desde su poltrona mullida, y con un gesto hizo pasar a cincuenta filisteos armados hasta los dientes, entre ellos los siete hermanos de fallecido Goliath, tan grandes como el gigante o más. "Matadlo despacio, pero hacedlo en el patio, no quiero ser molestado por los gritos ni la sangre."
Construcciones Sociales
artículos relacionados

C’est la guerre.
Overbooking en Bagdad.
Calderón e Irak.

informar enlace dañado
libro relacionado con este articulo
Libros relacionados con este articulo disponibles en la libreria Sepiensa.cl

libreria Sepiensa.cl

convocatoria Forma y Contenido

Lee el Articulo del Dia

Visita la página de Especiales Sepiensa.cl

 

 


Contratar Publicidad en Sepiensa.cl
 
deja tus comentarios en el Pizarrón de mensajes opina sobre este articulo!!
 

Imprimir
esta página
responsabilidad sobre los contenidos
los contenidos de los artículos publicados en Sepiensa.cl son de exclusiva responsabilidad del Autor y no representan necesariamente el pensamiento del Equipo Editorial.
reproducción de los contenidos de este artículo
Para reproducir, total o parcialmente, el contenido de este artículo debe solicitar previamente autorización a editor@sepiensa.cl indicando el medio, digital o impreso, en que se realizará la publicación.
Sepiensa.cl ;Av. Santa María 349 dpto 41, Santiago Centro, Chile. Fono/Fax: (562) 6385140
Sitio Web desarrollado por ©NUMCERO-multimedia - 2003 [webmaster]