Cultura y Ciudad Sustentable... hacia la utopía de lo posible *
apuntes sobre el III Foro Internacional de Integración Cultural Artes sin Fronteras: Cultura y Políticas Públicas, 2º Seminario: Cultura y Ciudades Sustentables
Por Manuel Oñat P.
18
de Noviembre 2003

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En la Clase Magistral que dio inicio a la actividad, Néstor García Canclini afirmaba que durante un prolongado período histórico, la literatura se encargó de entregar las directrices para la fundación de las ciudades. El prestigio con el que contaba, le permitía diseñar los soportes conceptuales del imaginario colectivo y las necesidades de gran parte de la población. El espacio urbano -el lugar de los seres humanos- debía penetrar la naturaleza para dominarla, puesto que esta última representaba la barbarie y la ignorancia; de lo que se colige que, por lo pronto, los habitantes de la ciudad gozaban de todas las comodidades y de los elementos teóricos y culturales, que les facultaba para tener una vida apacible en un ambiente que les era significativo y propicio para intercambiar experiencias y conocimientos.

 

Con el transcurrir del tiempo, se produjo un desplazamiento que podríamos llamar epistémico . Hoy por hoy, la masificación de la televisión y de los medios de comunicación cumple con el rol que antiguamente desarrollara la literatura, esto es, la televisión y la crónica periodística, según García Canclini (nosotros agregaríamos también el desenfrenado impulso de la publicidad y el marketing). Sobre estos pilares se sustenta el trazado de las ciudades, nutriéndose -a la vez- de las condiciones de mercado y de las necesidades de los grupos de poder, lo cual irremediablemente nos ha arrastrado a un desorden, a una hipertrofia en la disposición urbana pese a los planos reguladores de las autoridades competentes. El desmedido crecimiento demográfico, ocasionado por las migraciones (más adelante nos referiremos a este aspecto), ha forzado a las ciudades a convertirse en megápolis . Frente a tal urgencia habitacional, la preocupación por los espacios urbanos ha sido mínima.

Al hablar de "espacios urbanos", nos remitimos a sectores que trascienden de las áreas verdes o de recreación, de los faraónicos malls y de los ciclópeos edificios de departamentos; específicamente, queremos llamar la atención sobre aquellos lugares que propician el intercambio comunicativo, las manifestaciones culturales y el conocimiento de nuevas experiencias con el objetivo de humanizar las relaciones, las negociaciones y las transacciones artísticas y/o vivenciales que transitan por los recovecos de las ciudades. En este sentido, la ciudad no es solamente un conjunto más o menos homogéneo de construcciones, sino que es el proceso dinámico y constante que se establece entre las necesidades de las personas y el cruzamiento con las estructuras arquitectónicas y de poder, el uso que se hace de ellas, o su complicidad o antagonismo con ellas para crear atmósferas que faciliten el desenvolvimiento humano.

Es evidente que nuestras ciudades -en su mayoría- no apuntan a estos fines filantrópicos, pues existen prioridades que tienen que ver con una variable económica como es la "sustentabilidad" que, desde una perspectiva actual de urgencias, se trata más de un planeamiento a corto plazo, coyuntural que se ocupa de los acontecimientos inmediatos y no de los procesos que responden a proyecciones de largo plazo, donde caben tomar en consideración los espacios urbanos culturales. A pasos agigantados avanzamos a la de-significación de los espacios urbanos, a la creación de megápolis mutimodales , en lenguaje de García Canclini, como un derivado de los discursos publicitarios de las trasnacionales.

En este contexto, la "cultura" tiene un papel preponderante para canalizar la multiplicidad de expresiones desde los heterogéneos puntos de articulación como son las etnias, las artes, las edades, los géneros, etc.; además, por otra parte, como lo sostenía Gonzalo Carámbula , es imprescindible comprender que la cultura y la sustentabilidad son factores interdependientes , entre los cuales el Estado debe constituirse en un medio para entablar contactos con los distintos grupos culturales, a fin de crear redes comunicantes. No es tarea del Estado intervenir en la creación artística, es decir, señalar a través de disposiciones legales el tipo de arte que es pertinente difundir masivamente; en suma, es un requisito fundamental que el Estado cree mecanismos transparentes entre el mundo privado y el público.

Cuando las autoridades realizan la planificación de políticas culturales para las ciudades, la mayor dificultad con la que se topan es con la carencia de instrumentos metodológicos, que objetivamente evalúen el "impacto cultural" que puede generar una determinada actividad. Para ello, sugiere Carámbula que en lugar de hablar de "sistema" de recursos culturales se opte por el concepto de ecosistema , porque involucra la flexibilidad, la transparencia y la diversidad de los mencionados recursos; por lo tanto, dentro de este esquema, se hace obligatoria la realización de actividades culturales sinérgicas cuyo impacto pueda ser mensurable por medio de la evaluación de impacto ambiental . Esta última noción usualmente tiene una connotación negativa o marginal y se asocia a los desequilibrios o daños que provocan las acciones del hombre sobre el medio ambiente, pero -en esta nueva acepción- debe ser comprendida como el efecto que causa en la comunidad y en los índices de participación de la comunidad urbana. Con esta nueva orientación del concepto, apreciamos con más nitidez que las expresiones culturales son las caracterizaciones que toma la pluralidad, entendida ésta como biodiversidad (entrecruzamiento de los diferentes tipos socioeconómicos, socioculturales, étnicos, genéricos, etarios, ideológicos, religiosos, etc.).

En los años sesenta, la ciudad se constituía en un ejemplo de la alineación humana. Los individuos eran simples aderezos que pululaban entre las construcciones de cemento, no obstante, en dichas apreciaciones no se conjugaban las actividades culturales, por las cuales se está luchando en la sociedad contemporánea. Para José Teixeira Coelho , el estatuto de una ciudad se define por la participación de la comunidad en la cultura , en consecuencia, para el estudioso brasileño, la ausencia de la cultura resultaría ser escandalosa pues la identidad ciudadana y el estatuto de la ciudad no pasan por convenciones burocráticas, sino que es indispensable incorporar la variable cultural en su forma más lata, para alcanzar una suerte de definición de la identidad de la vida en una ciudad.

De lo anterior se desprende que la cultura es un campo primordial, que tiene que ser explorado a la hora de fijar los aspectos económicos de sustentabilidad de una ciudad, o sea, debe ser incluida en cualquier agenda de política social. Debemos advertir, de ahora en adelante, como ciudadanos, como académicos y como gestores culturales que los factores económicos no están en posiciones antagónicas a las variables culturales, sino que son suplementarias en el sentido derridiano. Este estado de cosas podría potenciar, según Raúl Galindo Urra , la competitividad entre las ciudades , puesto que en el tratamiento de la sustentabilidad se estaría echando mano a un "capital tácito" que toda urbe posee, a saber: las creencias subjetivas de los habitantes en sus ciudades , vale decir, la pertenencia e identificación que logren las personas con su entorno urbano, lo cual -en teoría- los lleva a concebir mecanismos operativos, para intentar desplegar sus aspiraciones de estabilidad económica y cultural acorde a sus necesidades, en las que estarían incluidos componentes éticos eficientes para integrar al ser humano a la ciudad, por medio de la creación de espacios urbanos de encuentros plurales.

Siguiendo a Galindo Urra, la sustentabilidad de una ciudad tiene la misión de garantizar: la individualidad de las personas por sobre la homogeneidad , respetando todos los rasgos diferenciadores; la continuidad de la vida urbana , evitando los cambios radicales, y, por último, el esquema de la ciudad tendría que ser lo suficientemente flexible , para la más rápida adaptabilidad de los ciudadanos. En cuanto a la estimulación de la competitividad, George Yudice dice que es importante invertir en creatividad; desde una visión tradicional económica, la cultura es percibida como un recurso para resolver problemas de naturaleza político-social, esto es, que a causa del creciente protagonismo del intercambio de bienes simbólicos -compra y venta de experiencias, capacitaciones- y el incremento urbano, la cultura ha adquirido un rol subsidiario de las políticas de empleo de los países. Se hace ineludible, entonces, llegar a consensos en relación con: la ciudad y los grados de participación de la ciudadanía; la creación de mecanismos y redes de distribución, circulación y consumo de lo cultural, con la finalidad de multiplicar la experiencia.

Tomando como base un estudio realizado en la Ciudad de México, Eduardo Nivón Bolán asegura que el planeamiento económico que apunte a la sustentabilidad de las ciudades, no puede de(s)preciar los programas participativos de la ciudadanía cuya gestión sea efectiva. Las políticas culturales deben recoger sus contenidos desde la perspectiva de una ética ciudadana, o sea, no pueden limitarse a asuntos puramente técnicos ; de esta manera, se abre la oportunidad de reforzar los poderes locales -en referencia al poder central o de las capitales-, instituyendo un compromiso de la innovación artística en cuanto a la creatividad, favoreciendo nuevos espacios culturales urbanos que se encaminen a revitalizar el acervo patrimonial y la búsqueda de la identidad ciudadana.

No debieran existir tensiones, en términos generales, entre la identidad cultural y las democracias modernas, porque pueden dar origen a una especie de comunitarismo mal entendido, que -en la medida que se refuerce- derivará en una autonomía de poder, que pondría en una situación riesgosa la sustentabilidad de las ciudades así como el proceso cultural pluralista. Las ciudades -en este sentido- deben posibilitar, como señalaba Nicolas Shumway , la formación de una clase creativa para la cual no sería importante la cantidad de ingresos monetarios sino que lo sobresaliente sería lo que se hace , motivando nuevas relaciones con el trabajo en que los elementos distintivos serían una mayor flexibilidad y una gradual independencia.

Esta clase de creadores prefería situarse en grandes urbes por las oportunidades de conexiones y de trabajo a las que podrían optar. Para asegurar esta formación, las instituciones debieran apoyarla en tres áreas que menciona Shumway, citando a Richard Florida, y que se resumen en una tríada de "T":

Tecnología : debiera disponerse de un capital de riesgo, que se encargue de dar apoyo técnico a los creadores y a los gestores culturales;

Talento : cualidad que poseerían los creadores y gestores culturales, por tanto, requerirían de los espacios y las instancias para que se capaciten y adquieran conocimientos, con el propósito de alcanzar un grado de profesionalización, y

Tolerancia : la ciudad tendría que ofrecer espacios plurales y armónicos que faciliten una calidad de vida adecuada a los ciudadanos, para el florecimiento de actividades culturales multidisciplinarias.

Desde esta vereda, concluye Shumway, la sustentabilidad de la ciudad supuestamente debiera autofinanciarse dentro de un contexto económico balanceado, dejando de lado la visión nostálgica y romántica de las ciudades (sería un equívoco, por ejemplo, en el caso de Valparaíso -ciudad recientemente nominada Patrimonio de la Humanidad- quedarse aferrado a la imagen del "primer puerto del país" de comienzos del siglo XX; es más razonable enfrentar el presente y los imperativos de innovación de la contemporaneidad, en el sentido más amplio del vocablo, haciéndolo sustentable económica y culturalmente).

Para Alfons Martinell , el peso que tiene la política cultural en las agendas de las autoridades es mínimo, porque no pueden dar respuesta a las necesidades sociales. Se hace perentorio provocar un cambio de mentalidad de las autoridades y de los gestores culturales, y transformaciones en el esquema de relaciones con los representantes del Estado . Una visión interdisciplinaria, en este sentido, emerge como una probabilidad y una alternativa, pues la diversidad se produce a partir de los intercambios culturales.

Reiteramos, siguiendo a Martinell, que para las autoridades "cultura y progreso" deben ser nociones suplementarias. Además, deben reconocer la existencia de un capital cultural autónomo, al cual hay que ofrecerle políticas de cooperación abiertas; en otras palabras, las ciudades que aspiran a un bienestar sustentable deben comprender que es primordial planificar políticas culturales independientes, ya que éstas se convierten en una exigencia ineludible para el desarrollo social de toda la ciudadanía. Este nuevo procedimiento impone la obligación de definir una modificación en las responsabilidades de los gestores culturales, las autoridades de gobierno local y nacional, los privados y la ciudadanía en general. Reconociendo la imposibilidad de determinar las necesidades culturales individuales, Alfons Martinell propone que hay que partir de mínimos hipotéticos , que puedan facilitar la satisfacción de dichas demandas por parte de la ciudad.

En cuanto al fondo de estas reestructuraciones, la delimitación de las responsabilidades de las entidades involucradas en el binomio "cultura y sustentabilidad", debe ser transparente y fundamentarse en la confianza recíproca , la que se vigorizaría mediante el diálogo permanente y en la búsqueda de canales de comunicación con los bloques políticos no importando sus ideologías. De esta manera, simultáneamente, se sensibiliza a la población acerca de la cultura como una necesidad que nos implica a todos.

Cabe destacar que la cultura tiene una dimensión política y ética que es ineluctable , y los diseños de las estrategias culturales dentro de las agendas de política social de las autoridades deben basarse en este principio; de otro modo, se debe asentar la creencia en toda la ciudadanía de que la cultura es un derecho humano inalienable de las personas . En consecuencia, una tarea pendiente e inaplazable es "recuperar" los espacios -como lo planteaba Arturo Navarro - que han sido "violentizados" por distintos motivos en diversas épocas de la historia (ex cárceles, estaciones de ferrocarriles, etc.). Dichos lugares deben cumplir asertivamente un papel en la comunidad, lo que supone un conocimiento de las narrativas que componen dichos sectores y el significado simbólico que tienen para la población. Esas zonas tienen que decir algo a la ciudad, formar parte del imaginario colectivo; basándose en estos hitos, a través de propuestas de inversión en infraestructura y legislaciones apropiadas que garanticen el mantenimiento de estas áreas (comodatos), se buscan vías de financiamiento con la perspectiva de establecer redes de conexiones en el ámbito nacional como internacional, para compartir experiencias y lograr que los gestores culturales adquieran prácticas eficientes y eficaces para su cometido. Paralelamente, este intercambio redundará en graduales niveles de culturización de los espectadores que asisten a las manifestaciones culturales, tornando su participación en un ejercicio activo y crítico-estético frente al espectáculo que los interpela y los vincula.

En este proceso, la educación básica, media y superior no puede estar ausente. En Chile, educación y cultura parecen términos independientes, donde esta última sería una especie de apéndice de la primera. La falta de profesionalización de los gestores de la cultura ha provocado que el mundo académico mire sus creaciones como un "espectáculo" vacío o -en el peor de los casos- como un divertimento para los ciudadanos. En el último tiempo, se han visto algunas aproximaciones críticas muy marginales a las manifestaciones callejeras. En las aulas de clases no se incluyen materias de "cultura popular o urbana", se mantiene el canon de las bellas artes y de la alta cultura de raíz europeizante o norteamericana. En resumidas cuentas, los estudiantes y los profesionales egresados de las instituciones educacionales se acercan a la cultura con desconfianza y un gran porcentaje la asimila como una manera de "ocupar el tiempo ocioso" sin entrar en mayores reflexiones al respecto.

CONCLUSIÓN. LA CIUDAD CONTEMPORÁNEA DEL FUTURO

Las constantes migraciones a la ciudad desde el campo, desde ciudades más pequeñas de la misma zona, de otras regiones e incluso desde el extranjero -tomando como ejemplo Chile- han provocado mutaciones en los espacios urbanos, que han causado trastornos en la vida de sus habitantes. Hay una tendencia, en las grandes ciudades, a una gran acumulación demográfica que supera enormemente las expectativas habitacionales (en nuestro país la mayor cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado se concentra en las regiones del centro del territorio, quedando los extremos casi deshabitados).

Un gran número de personas es atraído por las perspectivas económicas que parecen ofertar las grandes urbes. La decepción es mayúscula cuando descubren -con no poco pesar- que sus sueños de un futuro promisorio se estrellan estrepitosamente contra la realidad. La cesantía es un fantasma que, décimas menos o décimas más, recorre toda la nación y las familias que -con mucho esfuerzo- han llegado a las ciudades, ven con desconsuelo que no les queda otra alternativa que ocuparse en lo que les llegue o encuentren muchas veces al borde de la legalidad o sencillamente ilegales.

Es de esta forma como estos compatriotas se comienzan a aglutinar -en populosos "campamentos", llamados en los años setenta "poblaciones callampas"- en los suburbios, en la periferia de las ciudades, en zonas no-urbanizadas donde abunda la pobreza y los niveles de vida infrahumanos. La misma violencia de sus existencias, la incertidumbre y el a veces nulo apoyo de las autoridades van incubando un ambiente, un caldo de cultivo para la delincuencia y la proliferación de mafias de narcotraficantes. La delincuencia, amparada por la pobreza y la marginación, comienza a tejer sus redes en todas las direcciones, cubriendo también zonas importantes de las ciudades. Los hechos de violencia y la sensación de inseguridad se apoderan de la ciudadanía. A estas alturas, el imaginario colectivo de la ciudad que pretende "compartir" se diluye ante el imaginario individual, cual es el de "aislarse para protegerse"; en palabras de García Canclini, estamos ante la presencia de una ciudad paranoica .

Por el contrario, si consideramos grandes urbes extranjeras como New York o Amsterdam, nos enfrentamos a un panorama diferente. Las estadísticas de delincuencia se mantienen dentro de índices controlados por las autoridades, no existe una situación de temor generalizado o de desconfianza en sus policías; hay empresas nacionales y transnacionales pujantes asentadas; los niveles de cesantía son mínimos y los estándares de vida son altos; cuentan con una elite intelectual definida; presencia de una población multirracial y un gran flujo turístico, son las llamadas, por García Canclini, ciudades espectáculo .

Asumiendo la tipología planteada, surge de inmediato la interrogante: ¿a partir de cuál tipo se construye la ciudad del futuro? Para alcanzar una respuesta más o menos concreta que tenga fines prácticos es imperioso deconstruir ambos tipos, pues en ambos se ha producido un crecimiento urbano informal que ha causado una economía informal o marginal y una degradación en el trabajo, las que desembocan en actividades rayanas en la ilegalidad o francamente ilícitas; dicho de otra manera, se produce una suerte de contubernio entre los empleos informales y los formales, exponiendo a estos últimos a la degeneración o a la corrupción. El mundo político toma posiciones frente a este contexto social, la derecha -por un lado- sostiene que esta modalidad de relaciones laborales informales (vendedores ambulantes, piratas de libros, CD, software, etc.) es un lastre para la modernización de la sociedad y, por otra parte, la izquierda utiliza las consignas y las demandas con afanes populistas.

La ciudad contemporánea del futuro debe hacerse cargo de estos desafíos, advirtiendo que resulta poco probable terminar con la informalidad laboral en las ciudades, mientras no haya políticas sociales que logren insertar a esos asalariados informales -en forma concreta y eficiente- al mundo del trabajo formal. Desde este punto de vista, es de vital importancia el tema de la sustentabilidad de las ciudades, porque debe ser capaz de satisfacer las necesidades más esenciales de la población, crear los espacios y el ambiente para la vida en comunidad, ya que es aquí -como sostenía Óscar Quiroz - donde se fortalece el repertorio de valores que es connatural al ser humano al igual que la cultura es inherente a todas las actividades humanas .

En estos términos, la ciudad del futuro además de dar garantías, derechos y obligaciones a los ciudadanos, tiene que -parafraseando nuevamente a Teixeira Coelho- velar por la cultura y los espacios urbanos, impidiendo el deterioro de la calidad de vida en la ciudad al controlar la violencia en todas sus expresiones sociales, lo que no supone únicamente la represión del delito sino que una estrategia integral de reinserción a la sociedad. Si se genera un medioambiente conveniente, la sustentabilidad urbana debiera fundarse, según Raúl Galindo Urra, en exigir a las autoridades una evaluación de competitividad entre las distintas ciudades y, simultáneamente, al interior de las mismas, debieran crearse los nexos entre las gestiones de las empresas y las actividades culturales, dentro de un marco legislativo regulatorio y ético.

El gobierno de Ricardo Lagos Escobar ha puesto un fuerte énfasis en el Plan Bicentenario (en conmemoración de los 200 años de la independencia de nuestro país, a celebrarse en el año 2010) , que se ha centrado en tres aspectos principales: en lo económico , planes y programas para la superación de la pobreza; en lo social , ha habido un reconocimiento de las etnias originarias del país, y en lo político , se han alcanzado algunos consensos en todos los sectores políticos. El proyecto gubernamental -según lo que reseñaba la Secretaria Ejecutiva de la Comisión- ha establecido vínculos estratégicos entre las instituciones públicas, privadas y los ciudadanos, para concretar el objetivo esencial del proyecto que es lograr la conectividad interurbana por medio de la construcción de carreteras y, no menos trascendente, es el mejoramiento urbanístico de sectores de algunas ciudades del país, para hacerlos económicamente atractivos.

Examinando detenidamente el Plan, es necesario reconocer avances en asuntos de urbanización, de obras viales de gran envergadura y mejoramiento de los espacios urbanos; sin embargo, se echa de menos una reflexión más de fondo con respecto a la dimensión cultural y a los efectos que pueden causar estas transformaciones en los hombres y mujeres que habitan las ciudades. La cultura, en conclusión, es una materia esencial en la suplementariedad de una visión económica sustentable de las ciudades y también como factor ético en las agendas políticas, porque nos estamos refiriendo a la cultura como un derecho inalienable de los habitantes de este largo y estrecho país latinoamericano.

* Sin mayores pretensiones, este comentario, teñido por mi propia subjetividad, es producto de los apuntes que logré reunir en el III Foro Internacional de Integración Cultural Artes sin Fronteras: Cultura y Políticas Públicas, 2º Seminario: Cultura y Ciudades Sustentables , organizado por la I. Municipalidad de Valparaíso y Arte sem Fronteiras, patrocinado por UNESCO y Centro Cultural Estación Mapocho. Este evento fue realizado los días 6-7 de noviembre de 2003, en la ciudad de Valparaíso, Chile.
Universidad Autónoma Metropolitana, México D.F. Su ponencia se titulaba "El papel de la cultura en las ciudades poco sustentables".
Secretario de Cultura de la ciudad de Montevideo, Uruguay.
Observatório de Políticas Culturais, Universidade de Sao Paulo, Brasil.
Universidad Técnica Federico Santa María, Consultor Banco Mundial-Valparaíso, Chile.
New York University, Center for Latin American & Caribbean Studies, Estados Unidos.
Universidad Autónoma Metropolitana, México D.F.
Teresa Losano, Long Institute of Latin American Studies, University of Texas, Austin, Estados Unidos.
Fundación Interarts, Universidad de Gerona, Cátedra UNESCO de Gestión Cultural, España.
Director del Centro Cultural Estación Mapocho, Santiago, Chile.
}Rector de la Universidad de Playa Ancha, Valparaíso, Chile.
Ponencia del Presidente de la Comisión Plan Bicentenario y Ministro del Interior, Sr. José Miguel Insulza. Fue leída en el Seminario por la Secretaria Ejecutiva de la Comisión, Patricia Roa.

 

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