Sumario
A través del relato novelizado de un testigo ocular de ciertos acontecimientos
históricos de la historia no-oficial, se intenta establecer que tal
discurso está contaminado por la voz autorial del intérprete,
es decir, del intelectual que le da consistencia y credibilidad al escribirlo
frente a su cultura y a la mapuche.
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“La
sabiduría está hecha de entendimiento y memoria”
Patricio Manns –novelista, ensayista
y poeta chileno– focaliza sus esfuerzos en esta obra
en descubrir un discurso alternativo a la historia oficial,
que dé cuenta de una “verdad oculta” –o
mejor dicho– olvidada en la oscuridad del tiempo,
omisión
que permite el establecimiento de una identidad nacional
homogénea,
que es interrogada y configurada por él. Esta novela
(1) crea una instancia en que es concomitante la ficción
y la subjetividad de quien interpela y el interpelado.
En este caso se trata de un indígena octogenario
y su esposa, los cuales sobrevivieron las circunstancias
que describen con la laboriosidad y exactitud de sus portentosas
memorias, pues comprenden que son ellos los depositarios últimos
de una historia colectiva (de cultura y raza) y que a la
vez los involucra directamente como individuos y protagonistas,
rompiendo el equilibrio precario de la uniformidad de la
identidad del sujeto narrador. Su estructura total está conformada
por diez apartados o capítulos que corresponden en
su mayoría al transcurso del tiempo de la entrevista
a Angol Mamalcahuello, quien reconstruye los acontecimientos,
de los cuales algunos de ellos tienen una connotación
mucho más sentimental que propiamente histórica.
Todos los capítulos tienen la particularidad de que
se inician con el sustantivo “memorial” y continuar
con un complemento del nombre, que lo califica y le da el
temple a su contenido; ellos son: “de
mediatarde”,
“del crepúsculo”, “de
la sombra”, “de la
fecundidad”, “de la
madrugada”,
“del día”, “del
adiós”,
“del pasado”, “del
cenit” y “del
ocaso”. En general, la historia contada se puede resumir
en los hechos que acontecieron en la Novena Región,
en Lonquimay, en el sector precordillerano, a las riberas
del río Biobío.
A fines de los años 20 y la primera mitad de los 30,
entre los gobiernos de Carlos Ibáñez del Campo
y Arturo Alessandri Palma, en dichos territorios había
asentamientos o reducciones indígenas establecidas
por ley; se encargaban del trabajo de la tierra para su sustento
diario y para comercializar algunos productos agrícolas
o artesanales con los pueblos aledaños, se trataba
de un comercio de muy pequeña escala. Pese a que se
sentían “reducidos” y hacinados, habían
hecho de sus existencias un pasar soportable, sin mayores
alteraciones; dicho de otro modo, vivían tranquilamente
y conformes con lo poco que tenían, no molestaban a
nadie ni exigían más de lo que poseían.
No obstante una serie de circunstancias empezaron a fraguarse
a su alrededor, Angol Mamalcahuello las recuerda diciendo
que “Por allá por el año 1928 dictaron
una Ley de Colonización Agraria que, según nos
dijeron, iba a dejar las cosas como estaban [...]. Entonces
comenzó a moverse en Temuco un propietario alemán
llamado Rolf Christian Geissel. Él fundó una
asociación de particulares [...] con Manfred Stüven,
con Walter Manns [...]. Ahora son propietarios de gran parte
de la tierra de la Araucanía, e incluso se adueñaron
de la Isla Grande de Chiloé, donde comienza la Patagonia
chilena” (pp. 24-25).
Dicho ordenamiento corresponde a
la Ley N° 4.496 que “Crea la Caja de Colonización
Agrícola”, cuyos elementos centrales se encuentran
cifrados en las últimas líneas del artículo
1° y que consistían en “[...] organizar
e intensificar la producción, propender a la subdivisión
de la propiedad agrícola y fomentar la colonización
con los campesinos nacionales y extranjeros” (2).
Más
adelante en su texto, en el Título II artículo
12, señala en relación a la tierra que “Si
no puede adquirirse [...] las extensiones de terrenos suficientes
para la formación de los centros o colonias, la
Caja podrá solicitar al Presidente de la República
que [...] proceda a expropiar los terrenos que sean necesarios
para formar o completar la colonia” . (3)
La ley –con un claro carácter
antidemocrático y arbitrario– entendía
la necesidad de hacer soberanía sobre los territorios,
con el objeto de que esos terrenos “ociosos” produjeran
a un nivel más acelerado en beneficio del país;
sin embargo, no había consideración alguna
hacia las comunidades indígenas, cuestión
que se grafica en su artículo 36 en donde “Se
autoriza al Presidente de la República para
transferir a la Caja, a fin de que ésta destine
a colonización agrícola,
los terrenos que posee el Estado al Sur del río Biobío,
y que al efecto se determine. Estos terrenos podrán
concederse gratuitamente y en parcelas cuya extensión
no exceda de 150 hectáreas en la zona comprendida
por las provincias de Biobío, Cautín, Valdivia
y Chiloé” (4).
Para Angol Mamalcahuello la historia
de su pueblo se ha congelado a partir de la promulgación
de esa ley y sus cruentas consecuencias, después de
eso lo que queda para ellos como raza es esperar la muerte,
pues afirma el anciano mapuche “Nuestra
historia, la historia de la raza, se paró en el tiempo, señor.
Se paró por allá por 1934 ó 1935. Después,
la gente se dedica a morir en paz.” (p. 18). Él
ve que se apaga su cultura en la sombra del olvido y de la
indiferencia, en la pérdida de la memoria de su pueblo
y en el desconocimiento de la realidad histórica de
parte de los chilenos.
La narración que hegemoniza
el texto está referida a José Segundo Leiva
Tapia, que a través de Angol Mamalcahuello logró
organizar una movilización de los indígenas
en defensa de su territorio (weichan). El anciano, en esos
tiempos, era una especie de futa toki o gran jefe, que transformó
a sus congéneres en kona o guerreros. Sus esfuerzos
fueron arrasados por la policía montada o rural, que
representaba el poder gubernamental y a los colonos extranjeros.
En este punto es importante destacar
la visión histórica y oficial que se tiene
de este cuerpo policial, la cual aún se enseña
en las aulas de nuestro país algo más dosificada.
Fue bajo el gobierno de Ibáñez del Campo,
cuando
“Fusionó las policías con los carabineros.
Esto le permitió disponer de un cuerpo esencialmente
adicto, cuyos sueldos fueron elevados al nivel de los
del ejército, dotándosele [...] de fuero militar
[...]” (5).
Para entender un poco más
el ambiente de confrontación que tuvieron que resistir
las comunidades indígenas, volveré sobre el
mismo autor que hace una semblanza del gobierno eminentemente
autocrático del militar mencionado; también
llama la atención la actitud que este historiador
asume frente a las medidas tomadas por este gobierno.
Para lograrlo, introduce la idea de que luego de 4 años
de disturbios sociales y políticos, se justifica
que un presidente de la República llegue a la
situación de que
“[...] no omitió sacrificios ni vaciló
en tomar cuantas medidas estimó necesarias, fuesen
legales o ilegales, estuviesen dentro de la constitución
o fuera de ella. De aquí que reprimiera con energía
los conatos revolucionarios [...]” (6).
En este marco político se
tramitó
la ley más arriba anotada, pero si bien ella fue la
causa de la “guerra” que libraron los protagonistas
de la novela, no es menos importante señalar que
ella se desarrolló bajo el gobierno de Arturo Alessandri,
quien se proveyó de “facultades extraordinarias”
para someter a los grupos exaltados. Para ello creó
una fuerza civil paramilitar, llamada la “milicia republicana”
que llegó a contar con 50.000 efectivos armados y
disciplinados a lo largo del país, que estaban dispuestos
a mantener el orden constitucional por la fuerza de las
armas, no importando demasiado quién era el enemigo
de turno, lo que ocasionó
–por supuesto– que “[...] la institución
no fue bien mirada por la extrema izquierda, a causa de
que la mayoría de sus componentes pertenecían
a la clase alta o a sectores plutocráticos, conservadores
en el terreno económico-social. Sin embargo, no puede
negarse que cumplió su finalidad [...]” (7).
Fue José, un chileno, según
Angol Mamalcahuello, quien “quería resucitarnos
como raza, como pueblo, como seres con pasado, con historia,
con cultura, con identidad [...]” (p. 43). Se casó
con Deyanira Aillapén y tuvo un hijo de ella llamado
Lautaro; en la escaramuza, su mujer pierde la vida a manos
de las fuerzas policiales de una manera brutal y despiadada;
de todas formas, ella alcanzó a esconder a su vástago.
Una vez aplastada la insurrección
indígena, continúa narrando el anciano indígena,
los sobrevivientes fueron llevados a pie hasta Temuco. Unos
700 mapuches fueron los que iniciaron el viaje de 150 kilómetros
a marcha forzada y al llegar a “[...]
las puertas de Temuco, no me creerás, señor, éramos
treinta y siete. Anda a ver al Congreso Nacional la cuenta
de un tal senador Pradenas: él nos iba contando uno
a uno mientras pasábamos delante de él, y escribió un
informe especial [...]” (p. 160; mediante el relato
del anciano, Manns se asegura de anotar la constancia real
de lo contado con la explícita intención de
sacar la narración de la ficción novelesca).
Por haber logrado llegar tan mínima cantidad de insurgentes,
que no sólo eran indígenas, sino que criollos
pobres, fueron perdonados y enviados en un tren de vuelta.
La sentencia se dictó en función de la cantidad
de supervivientes, decidiéndose dejarlos en libertad
pero “[...] a condición de que se vayan para
sus casas [...] y no vuelvan a acordarse del asunto. El primero
que abra la boca será fusilado sumariamente. Ni un
solo periodista debe saber cómo fue la guerra [...].
El problema de las tierras que les dejaremos ya está
arreglado. Total, para treinta y siete, siempre sobrará
por ahí un retazo de pradera donde criar ganado o
sembrar papas.” (p. 161).
La novela se cierra cuando Angol Mamalcahuello
se encuentra con su esposa, Ánima Luz Boroa, y caminan
por la orilla de un río, ven cadáveres flotando
en las aguas e inician sorprendidos un angustioso recuento,
uno a uno “Y así, media hora, una hora, dos horas,
tres horas [...], siete horas. Contábamos nuestros
mocetones muertos [...]. De nuevo nos afirmamos en el árbol,
cerramos los ojos resecos, y nos fuimos quedando dormidos.
Dormidos hasta hoy, señor.” (p. 164). Para generar
en el lector un grado más estrecho de verosimilitud,
Manns en una parte de su narración señala las
voces que componen su novela, destinado cada uno de los niveles
discursivos o memorias a un sujeto en específico. Desde
este punto de vista, podemos detectarlo a él en la
primera memoria (en Trez-Vella, en Europa) y en la segunda
(veinte años antes con Angol Mamalcahuello), la tercera
y la cuarta corresponden al matrimonio de ancianos indígenas
(Angol y Ánima), y la quinta es una recopilación
de las palabras de José que ellos recuerdan (pp. 27-28).
Ha mediado una buena cantidad de años entre los hechos,
su recuerdo y su reproducción novelada, lapso suficiente
para entregar una historia templada, carente de apasionamientos
partidistas y/o revanchistas, lo que deriva necesariamente
en una profunda reflexión acerca de lo sucedido, para
sacar conclusiones útiles que se proyecten al futuro
histórico de una comunidad y de una raza en extinción.
Sin embargo, Manns subrepticiamente piensa más en el
impacto o en la reflexión que haga el pueblo chileno
en lugar de la que resulte de los mismos mapuches.
Es manifiesta la intención
del novelista de cuestionar la historia oficial, contraponiéndole
datos que no han sido consignados de personas que participaron
directamente en el enfrentamiento armado. Por ello, sitúa
la “memoria” en un lugar privilegiado y la dinamización
de la misma a través del “recuerdo” exacto
y puntilloso de las circunstancias pretéritas del anciano,
pues “Si él calla, callará todo el mundo.
Es decir, todo el pequeño mundo sobreviviente.”
(p. 17). Su deseo es una urgencia no sólo para él
como literato y recopilador, sino que para todos los capaces
de conmoverse de las injusticias sobre el pueblo mapuche.
Es el portador de dicha memoria y –simultáneamente–
es la voz de los marginados frente a su propia sociedad, este
mismo compromiso político-cultural lo expresa sin mayores
prevenciones, cuando dice que ha venido “[...]
a buscar la espantosa verdad de 1934, entre otras cosas,
para que los chilenos sepamos de una vez por todas quiénes somos
los chilenos, qué hicimos, y qué es lo que se
nos oculta de nuestra propia historia: Porque los acontecimientos
de 1934 jamás entraron en la historia oficial [...],
escamoteados como de costumbre [...]”. (p. 33)
No quiere perder ningún dato
y para no fallar en su empresa grabará en cintas magnetofónicas
el relato de Angol Mamalcahuello (pp. 17-18). No quiere intervenir
ni alterar lo narrado. Manns transcribirá –a
la vez que interpretará voluntaria o involuntariamente–
lo escuchado sin seleccionar o inventar las circunstancias,
al menos las centrales de la sublevación indígena
en defensa de sus territorios. En este mismo sentido, se refiere
a su entrevistado con una sustantivación de adjetivo,
cada vez que puede, como solía hacerse en las narraciones
de juglares de la Edad Media como un medio para no olvidar
a los personajes que participan de la historia y para darle
consistencia al sujeto narrador; es así como Angol
Mamalcahuello es llamado “el moribundo” (p. 16),
“el desconfiado” (p. 17), “el sabelotodo”
(p. 18), “el escrutante” (p. 22), “el penetrante”
(p. 75), “el falto de nuevas” (p. 78), “el
enciclopédico” (p. 115), etc.
No se trata de un simple recurso retórico
o estético, lo veo muy ligado al significado subjetivo
que adquiere el anciano a los ojos del entrevistador; en cada
situación se transforma muy dúctilmente: él
es un hombre y varios en uno, un pueblo, una raza, una cultura,
una historia a los cuales el anciano indígena quiere
ser fidedigno, ya que “El señor aquí quiere
la verdad, no historias de humo escritas en el aire. Si vamos
a contar, contemos con exactitud, con la memoria en la mano”
(p. 37). Para corroborar tal fidelidad a los hechos, Manns
emplea el expediente de citar autoridades reconocidas para
avalar sus impresiones; trae a colación a Rodolfo Lenz,
el filólogo que vivió en nuestro país
y “[...] hablaba a comienzos de
siglo de la memoria araucana, de su excepcional capacidad
narrativa y, sobre todo, su facultad de recrear acontecimientos
muy distantes en el tiempo, los que en boca india parecen
sucedidos ayer.”
(p. 122).
Detrás del respeto por el relato,
se ve un valor asignado a la oralidad como herencia que se
transmite de generación en generación y vehículo
de la cultura; desde este punto de vista, es labor de Patricio
Manns poner esas palabras en escritura para que adquieran
el estatuto de permanentes y de verosímiles dentro
de la sociedad occidental. Las raíces culturales e
históricas se verían seriamente amenazadas si
Angol Mamalcahuello y Ánima Luz Boroa callaran; son
ellos los últimos eslabones de una cadena de sucesos
que se perderá inexorablemente con su silencio o con
su próxima muerte.
Si bien es cierto, el “memorial”
está netamente basado en la voz del indio anciano y
su cónyuge, Manns quiere explorar la otra versión
de la historia. Esta posición la examina más
distanciadamente, porque no desea tomar partido, al menos
de manera evidente, por alguien más cercano a él
en lo cultural y –por qué no decirlo– en
lo político; me refiero a José Leiva Tapia,
ya que dicho personaje –protagonista de la historia
de amor, que es un discurso más dentro del texto, e
instigador del levantamiento indígena– poseía
estudios universitarios (profesor de Historia y Castellano
en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile),
además era militante del partido Comunista, el que
recientemente había sido proscrito por el gobierno
de Ibáñez del Campo; en definitiva, es un miembro
más de la sociedad a la que pertenece el autor de la
novela. Manns opta por dejar que sea Angol Mamalcahuello el
que narre libremente cómo lo conoció y reproduzca
sus palabras, asunto que inicia cuando le pregunta por qué
querían aprender los mapuches las materias que enseñaba
José, el anciano responde que “El
Castilla [Castellano] para aprender a escribir, y la Historia
para saber sobre seguro lo que tiene que escribirse [...]” (p. 28, las negrillas
son mías para dejar establecida la confianza que muestra
Angol Mamalcahuello por la escritura por sobre la oralidad,
pese a que su cultura es ágrafa; mientras, Manns guarda
un discreto silencio, pues él está “escribiendo”).
José Segundo Leiva Tapia respondía
a dos paradigmas culturales, los que estaban en proceso
de asimilación o, para utilizar un vocablo de Rama
que lo obtiene de Fernando Ortiz –antropólogo
cubano, autor de la obra Contrapunteo Cubano
entre el Tabaco y la Azúcar–, de transculturación
(8) cuando se casa con Deyanira, a la cual José le
confiesa: “No
sólo elegí mi mujer, sino mi raza. No sólo
elegí un sentido para mi vida, sino una causa para
mi vida, algo que le diera razón. La ciudad te
pudre.”
(p. 107, el destacado es mío). Es fácil percibir
en las palabras de José el eco de las orientaciones
ideológicas y culturales que Patricio Manns filtra
en la novela, pues ambos pertenecen a la misma órbita
occidentalista; este último hace de José su
símil en medio de la lucha, con el objetivo de “contar”
desde dos posibilidades discursivas o puntos de hablada el
abordaje del relato: una, desde el
exterior como recopilador,
como testaferro de la herencia cultural mapuche y, otra,
desde el interior como el hombre consecuente e ideológico,
comprometido con la raza indígena y que percibe las
injusticias de su propia cultura, las cuales fustiga duramente
y postula –a mano alzada– un diseño
en que el pueblo mapuche es el pueblo chileno.
El personaje novelesco de Leiva Tapia
(el alter-ego de Patricio Manns) se ubica en los límites
de ambas sensibilidades, constituyéndose en un “trashumante”,
pero adquiere un sitial desde el que articula una doble y
contradictoria visión: una ácida y dura crítica
a la administración gubernamental de su propio pueblo
(Manns va más allá, se trata de lo cultural,
quizás pone en jaque a la ciudad letrada pero en este
mismo movimiento desplaza su defensa) y la otra, más
paternalista y reivindicativa hacia el pueblo indígena,
por el cual da la vida y usa sus conocimientos heredados de
la tradición académica europea. Se halla en
el “borde” de ambas culturas, generando el espacio
del intelectual de occidente que analiza desapasionadamente
su entorno; su compromiso por la defensa de los mapuches a
veces se confunde, porque no queda claro si lo hace por la
cultura autóctona o lo hace por sus propios intereses
político-partidistas que le dicta su ideología
marxista, una importación más del viejo continente.
Continuando, dentro de la narración
se puede identificar el tiempo en que se llevó a cabo
la entrevista y los sucesos narrados son teñidos por
el ambiente de esos momentos, cuando Angol Mamalcahuello reflexiona
y dice de José que “Él parecía
saber que un día llegaría Salvador Allende.
¿Tú te das cuenta que ahora con Salvador Allende
en el gobierno, tendremos por fin esas leyes, señor?”
(p. 68). Manns aprovecha la oportunidad para manifestar su
pensamiento político, caracterizándose a sí
mismo como una persona que se integró posteriormente
a las luchas reivindicativas. Además matiza su declaración
con su propio análisis de la situación política
y la proyecta a un futuro incierto, que bien podrían
constituirse en una crítica a la sociedad actual: “Llegué
tarde a la pelea, pero podría haber luchado codo a
codo con José. El que no milita, el que no contribuye
a mejorar la sociedad en que vive, es un degenerado impostor,
un chupasangre, un cagamentiras indigno de codearse con la
gente decente. La política se ha inventado para ocuparse
de ella [...].” (p. 69).
El libro de Manns se inscribe dentro
de la tradición literaria de nuestro continente,
siguiendo los planteamientos del estudioso boliviano Guillermo
Mariaca, quien sostiene que “La cultura latinoamericana,
concebida como cultura nacional, recorre los textos centrales
en cada una de sus reflexiones construyendo a la literatura
como política
cultural y enfatizando las encrucijadas de la identidad y
la legitimidad” (9). En resumidas cuentas, no se
trata de un texto que tenga su centro de gravedad sobre
la estética,
sino que en su contenido y en una función pedagógica
o proselitista, que nos invita a recorrer las acciones
a fin de concretar la imperativa reflexión en
torno de los asuntos que constituyen la agenda latinoamericana,
como son la identidad, la ideología y la cultura,
que –por
lo demás– son los tópicos básicos
de nuestra tradición de crítica literaria.
Es en esta perspectiva que utiliza la “memoria” y
le da un significado y un poder “[...] tanto el psicoanálisis
como la historiografía trabajan con el mismo objeto:
el poder de la memoria. Incluso si el primero pretende
resaltar las imbricaciones y la segunda las continuidades,
ambos posibilitan explicar nuestro presente, ambos nos
permiten representarlo y, así, creer que no apoderamos
de él”
(10).
La empresa de Patricio Manns nos
confronta con el problema de “transcribir” la
memoria de Angol Mamalcahuello. En ese tránsito,
desde lo oral a lo escrito, el discurso es contaminado por
su propia subjetividad y crea un conflicto que llega a comprometer
su sustancialidad o su compromiso con la verdad del relato
del testigo ocular; por lo tanto, se hace necesario revelar
en la novela las posibles mixturas que pueden catapultar
su significado más allá
de lo evidente. Cornejo Polar ha estudiado la escisión
y la problemática entre las culturas ágrafas
andinas y la letra institucional, es decir, ha indagado
en los inevitables cruces en ciertas formas de bilingüismo
y diglosia, afirmando que “Como a nadie escapa, la
construcción
de estos discursos, que por igual delatan su ubicación
en mundos opuestos como la existencia de azarosas zonas
de alianzas, contactos y contaminaciones, puede ser sometida
a enunciaciones monologantes, que intentan englobar esa
perturbadora variedad dentro de una voz autorial cerrada
y poderosa [...]”
(11).
En el caso que llevo analizado, la
voz del autor es la dominante, pues usa las instancias que
le permite la reconstrucción del pasado de Angol Mamalcahuello,
para introducir su propia visión de las circunstancias.
A modo de ejemplificación, el anciano mapuche se refiere
a las elecciones de varios presidentes de la República,
al detenerse a hablar de un rico terrateniente del sur, dueño
de molinos y pulperías que al mando de un grupo robaba
las urnas de votación y luego las devolvía con
los sufragios cambiados a su favor, “Así fueron
elegidos el tal Alessandri, en 1932; González Videla,
en 1946; el Ibáñez del Campo [...], en 1952;
otro Alessandri, llamado por unos don Jorge, por otros, “El
Paleta” y después en 1958, “A usted lo
necesito”; y Eduardo Frei, en 1964, que fue quien inició
la Reforma Agraria, que ahora está continuando el
doctor Salvador Allende”. (p. 86)
Otro ejemplo lo pone en boca de Deyanira
Aillapén, joven esposa de José, cuando están
decidiendo el nombre de su hijo o hija; el hombre insistía
en que fueran Lautaro o Guacolda: “Con
esos nombres es todo el peso de la historia de Chile [no
del pueblo mapuche, al parecer] el que le echas encima.” (p. 108). Tomando
casi al azar ciertos pasajes de la obra, la relación
que hace Angol Mamalcahuello de la historia de su pueblo y
de la biografía de Lautaro, que abarca varias páginas
(pp. 117-121), se podría afirmar que se trata de la
versión oficial de la historia de nuestro país.
Es interesante detenerse un instante a observar los vocablos
que usa el indígena, para referirse a la guerra, para
él fue “La guerra de guerrillas,
señor”
(p. 118) o de las tácticas del joven toki: “Lautaro
hizo que nuestra vanguardia no llevara armas, sino unos grandes
tablones, o troncos, o gruesas cortezas de madera, sujetos
por los brazos de toda la primera fila desplegada a lo ancho
del campo de batalla. Una especie de coraza
colectiva, tras
la cual se escondían los guerreros armados a partir
de la segunda línea.” (p. 119, las negrillas
son mías).
Esta ineludible mezcla entre lo contado
por Angol Mamalcahuello y lo que piensa Manns, me fuerza
a pensar que se trata de una “interpretación”
del recuerdo del anciano. Dicho de otra manera, se trataría
de un reemplazo o una justificación para dar a conocer
al pueblo chileno la lección de la verdad de
las circunstancias históricas: es el intelectual
el facultado para conocer y comunicar la anécdota
del pueblo mapuche. Al consolidarse un “intérprete”,
el otro autorizado dentro del ambiente intelectual de
occidente, el indígena
queda relegado a un plano de “subalternidad” (12):
se ve en la obligación de esperar la traducción,
para que su experiencia sea considerada como parte de su
cultura. El memorial no es una memoria directa, es espuria
pues se ha impuesto por sobre una conciencia práctica –incapaz
de expresarse discursivamente– una suerte de discurso
hegemónico, público que tiende a ser “[...]
una construcción coherente, lógicamente
articulada y con pretensiones de generalidad, producida
dentro de instituciones culturales como universidades,
centros de estudios y medios de comunicación
a los cuales la gente común
–en cuanto productores de cultura– tiene poco
acceso” (13).
Dicha elaboración pertenece
a la dimensión pública de la nacionalidad, pero
que –en este caso– es dable aplicarla al discurso
que enuncia Manns como intérprete. En ningún
tramo de la novela se plantea la heterogeneidad cultural,
más bien se trata de buscar los caminos para la integración
del mapuche a la identidad chilena como una continuidad. En
suma, el autor incurre en la misma miopía de sus antecesores
indigenistas románticos de nuestra literatura hispanoamericana,
los cuales no podían desprenderse del gran peso cultural
proveniente de Europa. Patricio Manns inicia su novela con
la noble intención de develar un fragmento de la historia
chilena, de mostrar descarnadamente el sufrimiento del pueblo
mapuche, el que conceptualiza como la matriz cultural de los
chilenos; sin embargo, en esta idea, como ya lo mencioné,
no distingue la diversidad cultural y ve a esta etnia originaria
como parte inherente de nuestra identidad como chilenos. Es
esta misma continuidad la que justifica el hecho de juzgar
y de sentirse integrante de la lucha de los indígenas
que defienden sus tierras, cuestión que además
y quizás de una manera un tanto más clandestina
da pie para la introducción de ideologías de
corte más revolucionarias.
Parafraseando a Larraín, la
historia de Angol Mamalcahuello se desarrolla en una órbita
más restringida y en un ámbito local, en
las distintas conversaciones e intercambios de la vida
diaria de la comunidad indígena o reducción;
por lo mismo, para los mapuches tiene una mayor significación
o una muy distinta a la que puede tener un chileno que
escucha y transcribe para corregir las omisiones de su
propia historia (14). Existe en Manns un esencialismo
soterrado, un sesgo romántico
de la novela indigenista en el que la figura del indígena
y de los que comparten su lucha está más allá
del bien y del mal, provisto de una buena voluntad y una
transparencia extremas en su modo de actuar, asunto que
queda expuesto en la actitud de José Leiva –un
chileno consecuente con su ideología y sensible a
la opresión que
padecen los mapuches– luego de que han violado, torturado
y asesinado despiadadamente a su esposa, evidencia su profundo
dolor diciendo “La rabia es el
secreto. Vámonos
a matar un poco, Angol Mamalcahuello, a ver si puedo volver
a encontrarme con la rabia que tenía.” (p.
142); otro ejemplo de ello es lo que dice el anciano,
pues mientras ellos respetuosamente amontonaban los cuerpos
de sus enemigos a la orilla del camino para que los enterraran,
las fuerzas policiales “[...]
tiraban los cadáveres
a los ríos para que el agua se los llevara bocabajo
y no quedara rastro ni contabilidad de los asesinatos.” (p.
133)
En cuanto al desarrollo mismo de la
revuelta, entre los indígenas existe una ética
a ultranza, pues cuando a Angol Mamalcahuello le avisan que
su esposa tiene a un montado herido y él –en
lugar de matarlo o tomarlo prisionero– ordena: “Pídeles
a las otras mujeres que te ayuden y lo llevas a nuestra cabaña.
Es como un gesto de buena voluntad. No debemos rematar a los
heridos. Quizás así ellos las respetarán
a ustedes.” (p. 134) En el otro extremo, ilustra a los
policías montados como violentos y brutales a través
del herido ya mencionado, que fue cuidado por Ánima
Luz Boroa: “Hay gente más loca que una cabra.
Nosotros los estamos matando a ustedes como si fueran ratas.
Les hemos violado a todas las viejas posibles. Y el huevón
me ve vivo, y en lugar de hacerme afrecho, se va.” (p.
136).
A la luz de lo citado, Manns diseña
un formato de “comunidad” rayano en lo ideal,
son esos personajes emblemáticos quienes la representan;
nadie duda que todos los mapuches actuaron de la misma
manera. En este sentido, “En lo que toca a la identidad
de los sujetos sociales, las formulaciones románticas
sobre el ‘espíritu del pueblo’, u otras
similares, no fueron desplazadas por el concepto marxista
de clase social [en este caso, de raza]; y no lo fueron
porque, pese a que
ésa no es exactamente la idea que proviene de tal
fuente, la clase [o etnia] fue imaginada como una totalidad
internamente coherente” (15).
Patricio Manns es un intelectual
comprometido con la ideología marxista, su función
como compilador de una memoria que se extingue es dejar
un testimonio vital, un memorial de la historia no contada;
sin embargo, su meta es despertar a su propia sociedad a
la cual quiere integrar al indígena sin considerar
la diversidad o las diferencias que existen entre ambas
culturas. Acepta internamente que los mapuches deben poseer
un territorio propio, no obstante, todo su discurso apunta
a la integración de éstos
a la dimensión que él personalmente comparte,
procede sin tomar en cuenta la plasticidad cultural que
está
condicionada por la selectividad y la invención que
poseen mapuches y chilenos (16). Para entender con más
precisión los vocablos citados, Rama escribe que “[...]
la ‘plasticidad cultural’ que diestramente
procura incorporar las novedades, no sólo como
objetos absorbidos por un complejo cultural [selección],
sino sobre todo como fermentos animadores de la tradicional
estructura cultural, la que es capaz así de respuestas
inventivas [invención],
recurriendo a sus componentes propios” (17).
La visión de Patricio Manns
sobre las dos culturas responde a una concepción
rígida,
en el sentido de que percibe una homogeneidad en lo chileno
y lo mapuche, en donde el primero pareciera que acepta
los objetos y los valores constitutivos de la otra y viceversa,
esto es, una asimilación sin protuberancias. En
consecuencia, el novelista escribe este relato para recoger
una memoria que no le pertenece y la ordena dentro de
un discurso comprensible dirigido a sus pares, los escritores
y los intelectuales, que son los miembros de la ciudad
letrada (18) (en este caso la entiendo como la urbe de
la intelectualidad y del academicismo occidental) y quienes
administran el discurso público.
Su intención es subvertir
el statu quo, busca intencionadamente crear la necesidad de
buscar en ellos el compromiso político y –a la
vez– la independencia del poder, el libre pensamiento
para criticarlo de parte de sus pares. Sin embargo, en su
empresa deja de lado las consideraciones de la multiculturidad
que existen en su cultura chilena y la que existe dentro del
mundo mapuche, es decir, opta por entenderlas homogéneas
para esbozar –de un modo menos traumático–
la binariedad dialéctica del marxismo clásico,
la que matiza con la inserción de una historia de amor
dentro de la fragorosa guerra de 1934, dotando a la obra del
tinte dramático necesario para despertar la conciencia
del lector y la adscripción a la defensa del más
débil.
Los aportes de Rama, especialmente,
despejan las debilidades de la narración, pues todos
los personajes, que recorren las páginas del libro,
son tipos pantocráticos; en otras palabras, son figuras
que no sufren variaciones sustanciales en su ser y en su hacer.
Desde otro lado, su construcción como sujetos es una
continuación de las añejas conceptualizaciones
decimonónicas en que cada uno de los personajes es
consciente y poseedor de su propia identidad, en la que no
se advierte fisura alguna.
Las culturas aquí convocada,
en conclusión, muestran distintas facetas de asimilación
cultural. No es posible seguir sosteniendo que existe una
hegemonía niveladora que dé cuenta de una identidad
estable, cada cultura modifica los valores tradicionales pero
sin renunciar a ellos, a través de una selección que le permita despertar los nuevos significados que se vayan
inventando en el proceso de transculturación o mestizaje.
NOTAS:
(1)
Manns, Patricio: Memorial de
la Noche ,
Santiago de Chile, Editorial Sudamericana, 1998. Todas
las citas -que
serán cifradas en cursivas- pertenecen a esta edición
y sólo indicaré, en adelante, el número
de página entre paréntesis.
(2) Contraloría General de la
República: Recopilación
de Leyes , volumen 15, Santiago de Chile, Imprenta
Nacional, 1929, p. 305.
(3) Contraloría General de la
República:
op. cit., p. .306.
(4) Contraloría General de la
República:
op. cit., p. 309.
(5) Frías Valenzuela, F.: Manual
de Historia de Chile ,
Santiago de Chile, Editorial Nascimiento, 1953, p. 507. El
subrayado es mío.
(6) Frías Valenzuela, F.:
op. cit., pp. 506-507.
(7) Frías Valenzuela, F.: op.
cit., p. 518. Es evidente que el prestigioso historiador
justifica el uso de las armas para el establecimiento del
orden constitucional, siempre y cuando proceda de la derecha,
pero calla las consecuencias que ello pudo haber acarreado
a los sectores que no se hallaban representados o eran abiertamente
opositores al régimen.
(8) Rama, Ángel: Transculturación
Narrativa en América Latina , México,
Editorial Siglo XXI, 1982.
(9) Mariaca Iturri, G .:
El Poder de la Palabra: Ensayos sobre la Modernidad de
la Crítica
Literaria Hispanoamericana ,
Universidad Mayor de San Andrés, Cuba, Casa de las
Américas, 1993, p. 5.
(10) Mariaca Iturri, G.: op.
cit., p. 13.
(11) Cornejo Polar, A.: Introducción
en Escribir en
el Aire. Ensayo sobre la Heterogeneidad Cultural de las
Literaturas Andinas , Lima, Horizonte, 1994, p. 17.
(12)
Spivak, Gayatri: Can the subaltern speak? en Colonial
discourse and Post-colonial theory , eds. P. Williams
and L. Chrisman, New York, Routledge, 1994.
(13) Larraín,
Jorge: Modernidad,
Razón e Identidad
en América Latina , , Santiago de Chile, Editorial
Andrés Bello, 1996, p. 208. Piénsese en el
caso de Angol Mamalcahuello, un mapuche que ha vivido toda
su vida en la precordillera.
(14) Larraín, Jorge:
op. cit., p. 208.
(15) Cornejo Polar, A.: op. cit., p.
19.
(16) Véase con más precisión
Rama, A.: op. cit., p. 38. Aquí Rama discute el planteamiento
de Fernando Ortiz, en referencia a las correcciones que habría
que considerar con el término "transculturación" en
las obras literarias.
(17) Rama, Ángel.: op. cit.,
p. 31.
(18) Rama, Ángel.: La Ciudad
Letrada ,
Hanover, U.S.A., Ediciones del Norte, 1984. En esta obra,
Rama demuestra cómo la estructuración topográfica
de las ciudades que establecieron los conquistadores en
nuestro continente respondía a concepciones filosóficas
y culturales de entender la realidad, en cuyo centro ubicaban
a las instituciones del poder y a su alrededor a los intelectuales;
además la construcción de las mismas era la
realización concreta de la utopía que buscaban
los europeos en las recientes tierras descubiertas de ultramar.
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