ABSTRACT
Abordaré
la problemática identitaria de la sociedad
chilena desde un enfoque psicosocial, destacándo
los antecedentes históricos y culturales, que
han determinado una subjetividad vulnerada en la expresión
de diferentes modalidades de silenciamientos, y que
emergen de los datos entregados por los últimos
informes PNUD de Desarrollo Humano en Chile.
(cuando escribí
esta ponencia recordé una frase de Martin Luther
King: en la que decía que La verdadera tragedia
de los pueblos no consiste en el grito de un gobierno
autoritario, sino en el silencio de la gente")
El objetivo
del artículo es contribuir a una reflexividad
-que cada vez se identifica más con un disparador
de procesos de desarrollo humano- para incentivar
la toma de conciencia respecto de los riesgos implicados
en la homogeneidad de estos silenciamientos que ocurren
en 4 dimensiones:
· el
silenciamiento de las diferencias
· el silenciamiento en los niveles de sociabilidad
· el silenciamiento de contenidos conversacionales
· el silenciamiento en la constitución
del sí mismo
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El polémico y masivo acto de
desnudamiento de 4.000 chilenos, una fría mañana
de domingo en el Parque Forestal, volvió a despertar
la necesidad de acotar los verdaderos contornos de la identidad
de la sociedad chilena. Para unos no fue más que“un
acto de insolencia y de falta de decoro”, para otros,
en cambio, significó “un rito catártico
de redención de antiguos miedos, de desinhibición
necesaria” que permitió emblemáticamente
exorcizar hipocresías y denunciar los ocultamientos
de una sociedad que ha aprendido a permanecer silenciada.
Si bien la Modernidad se presenta
desde Afganistán hasta EE.UU., como una tendencia mundial
irrefrenable, que estimula crecientes procesos de globalización,
individualización y diferenciación. Chile
se suma a este concierto global de trasformación acelerada
de valores, con adaptaciones, aprendizajes, perplejidad, contradicción,
duda, y ciertas dificultades, como rasgos inevitables de un
orden post-tradicional que empuja a las sociedades a abandonar
la seguridad de sus tradiciones y costumbres .
La premisa de partida es que: una
sociedad con mayor desarrollo humano, requiere de mayores
niveles de cohesión social, es decir, de un conjunto
de creencias compartidas, que sirven de contexto de posibilidad
para el desarrollo humano individual, dado que la gente, cuando
vive bien junta, no solo interactúa y coopera generando
espacios para el encuentro comunitario, sino que además
se enriquece mutuamente, ampliando sus opciones individuales,
es decir sus oportunidades para gestar procesos de individualización.
Solo las personas organizadas subjetivamente
en torno a la idea de un ‘nosotros’ colectivo,
pueden operar como un sujeto que se instala reflexivamente
en las tendencias autónomas de la modernización.
Por el contrario, un ‘nosotros’ débil
o una subjetividad colectiva vulnerada, siempre habla
de la presencia de factores de riesgo psicosocial, asociados
con sentimientos colectivos de inseguridad y de ansiedad social.
Las marcas del silenciamiento
en la identidad chilena, tiene antecedentes en lo que llamaremos
una subjetividad vulnerada
La globalización tiende por
su naturaleza a disolver las fronteras nacionales, haciendo
penetrar no solo capitales en los mercados locales, sino también
transmigrando normas, valores que permean la conciencia de
las personas. Siendo justamente el costado más amigable
de la globalización, el que habilita la posibilidad
de que las culturas del mundo sean compartidas y enriquecidas
dada la multiplicación exponencial de los intercambios
en red y del producto de sus impensadas y azarosas combinaciones.
Con la pregunta de ¿quienes
son los chilenos? abordada en diversas publicaciones
(1), se ha hecho referencia a cierta retracción valórica
de la sociedad frente a las exigencias de la modernidad. Ciertas
maneras de ser tradicionales del chileno, atentarían
contra la imagen del ‘Chile económicamente pujante’
impulsada por las elites económicas, que bregan porque
este territorio cultural se vaya acercando progresivamente
a un mundo valórico marcado por el efecto de la interconexión
y de la transculturización.
1. El silenciamiento de las
diferencias
Una de las marcas de la identidad
chilena radica en su larga tradición de temor a
la diferencia, temor que hace vulnerable
su subjetividad, activándole actitudes
de reticencia en el contacto con lo diferente, siendo lo
diferente el fenómeno transculturizado, por excelencia,
de la Modernidad. Como muestra de esa reticencia, se escucha
una expresión –reiteradamente- en los medios
de comunicación, que simboliza un fuerte etnocentrismo,
a la vez de una suerte de ‘patriotismo primitivo’:
“es bueno porque es chileno”.
Esta expresión, recrea las
palabras de Borges al identificar el sentimiento de la patria
“como un acto de fe”, o aquellas otras del
mismo autor, con las que refiriéndose al fascismo decía:
“es la exacerbación del prejuicio que sufren
los hombres al considerar que su patria, su lengua, su religión
o su sangre son superiores a los de los otros”.
En la frase “es bueno porque
es chileno” estaría la vocación de
una subjetividad que intenta atrincherarse en los aleros de
una ‘cultura nacional’ que es vivida como ciudadela
asediada, una subjetividad opuesta a las concepciones modernas
de la identidad, que tiende a definirse en permanente re-construcción,
por ser una categoría en movimiento, producto del juego
dialéctico móvil entre lo propio y lo foráneo,
con resultados de interculturalidad y multiculturalidad.
Sin embargo, existen razones históricas
que hacen comprensibles tales actitudes etnocéntricas
y no menos autoritarias. Solo basta recordar el objetivo valórico
de toda política de la dictadura militar que se esmeró
en asegurar una personalidad social estática y homogénea,
a partir de la premisa de que en lo extranjero y
en las fuerzas del cambio, solo podría haber
pérdida de raíces, forjándose así
un tipo de conciencia nacional funcional a la ideología
de la Seguridad Nacional.
Otras recientes investigaciones, como
la de Elizabeth Lira, referida a la memoria y el olvido,
han puesto de relieve que más allá del período
de la dictadura militar, en la historia chilena -desde los
hechos de la Independencia hasta el presente- ha sido manifiesta,
la presencia de un imaginario colectivo obsesionado por
el orden y por el temor al caos, que se representa en
la frase atribuida a Diego Portales: “El orden social
se mantiene en Chile por el peso de la noche”.
Esta sacralización del orden permitiría contrarrestar
el fantasma del desorden, corporizado en cualquier Otro diferente
o desconocido, en aquella influencia indeseable de lo extranjero,
que pudiera desencadenar el derrumbe de un equilibrio siempre
inestable o el desborde de una subjetividad que se imagina
indomable.
El tema del silenciamiento, por supuesto,
tampoco ha estado ausente en la manera de encausar la ‘reconciliación
nacional’ como un juego de limitaciones institucionales
auto-impuestas, que ha obstaculizado el relevamiento de la
verdad y del reconocimiento de las responsabilidades
en los hechos criminales ocurridos.
Un silenciamiento que en definitiva
se ha instalado en el imaginario colectivo con una analogía
de complejas consecuencias éticas: “acceder
a la verdad implica una amenaza social para la continuidad
de las instituciones, por lo que la verdad sería conveniente
que políticamente quedara silenciada”. La
recomendación del olvido, la práctica de la
desmemoria, el uso de eufemismos, son funcionales a un resultado
de impunidad, que desdibuja las fronteras del bien y del mal
y que altera el principio de realidad que sirve de basamento
ético para constituir toda identidad sana.
Por otra parte, a las dificultades
locales que ha tenido la sociedad chilena para metabolizar
las secuelas de la dictadura, se han agregado los hechos de
repercusión internacional del apresamiento de Pinochet
en Londres y su posterior sobreseimiento; que han delineado
una imagen externa de un país lábil en materia
judicial con movimientos sociales de contrapunto, débiles.
Estos procesos no han contribuido a facilitar una autoimagen
social ética, dado que la autodefinición del
conjunto social no se ha podido despegar de aquel pasado traumático
y doloroso -que no termina de elaborar y que, por lo mismo
define su identidad-.
Y justamente en la interpretación
de estos hechos de la dictadura encontramos que Chile no es
un solo país, su definición identitaria se ha
desplegado históricamente entre múltiples relatos
que han resaltado unos aspectos de su identidad por encima
de otros. Como lo afirma el PNUD, este rasgo impide hablar
de ‘una’ comunidad que se homogeneice en la aceptación
de las diferencias, lo que acercaría al país
a los estándares de Desarrollo Humano.
Como si hubiera ‘dos chiles,
en vez de uno’ -organizados según el referente
de subordinación-: es posible hallar ‘un Chile
de arriba y un Chile de abajo’. el ‘del
Barrio Alto’ y el de las poblaciones... Dos identidades
que se definen por la asimetría y el maniqueísmo
del ‘patrón’ y del ‘peón’,
por mutuas versiones peyorativas del ‘Otro’ que
abren espacios de tensión y desconfianza en una fractura
que también dificulta la reflexividad de ‘lo
que es ser chileno’.
La afirmación entonces de ‘Nosotros,
los chilenos’ encubriría el silenciamiento
de varias fracturas de la chilenidad, una chilenidad fundada
en una desigualdad que irriga profundamente el comportamiento,
tanto en las relaciones entre desiguales como en las relaciones
entre iguales, como lo afirma Florian Moreira. Una identidad
atravesada por el temor al Otro, por la sospecha sobre sus
verdaderas intenciones, por la desconfianza en el centro mismo
de las relaciones sociales.
Por otra parte, los resultados de
la encuesta sobre Desarrollo Humano-2002 muestran de modo
alarmante, que la mitad de los encuestados (32% + 18%), no
se identifica de modo inmediato con la forma de gobierno democrática.
Uno se pregunta, si principios tan básicos y trascendentes
como los que regulan la convivencia democrática podrían
ser puestos en tela de juicio por una parte no despreciable
de la población, ¿sobre qué valores podría
fundarse una identidad común?
2. El silenciamiento de ‘lo social’: baja
sociabilidad y desconfianza
Los resultados del estudio PNUD muestran
que la confianza solo es posible al interior de los espacios
familiares, es decir, que la experiencia de sociedad en Chile
se constituye en los márgenes de la convivencia social,
debido a que la sociedad no es percibida como un espacio receptivo,
de proyección, de encuentro o de realización.
Los cambios culturales de la modernización,
por el contrario, suelen intensificar la individualización,
flexibilizando los vínculos de parentesco, lo que se
convierte en un aliciente para el desarrollo de lazos afectivos
extradomésticos y amicales. Por el contrario, en relación
a la amistad, los chilenos reconocen tener pocos amigos o
sólo conocidos. (Un estudio de la Universidad Católica
señala que en promedio, los chilenos tienen 3,3 amigos,
lo cual estaría bajo el promedio de 6,2 amigos declarados
en EE.UU)
En la Encuesta PNUD 2002, Chile arrojó
que un 74 % de las personas encuestadas “no confiaba
en las personas”. La baja sociabilidad del chileno,
remite a la dificultad de una idea de ‘Nosotros’
en la que sea posible reconocerse y a la inexistencia de un
sentimiento predisponente al encuentro facilitado.
El impacto de esa tasa de desconfianza
a nivel de variables sociológicas permite afirmar que
la sociedad chilena expresa como lo afirma el PNUD una
notoria fragilidad de su tejido social, que degrada no
solo la posibilidad de asociatividad, de organización
social y de fortalecimiento de la sociedad civil, sino también
que afecta la calidad de los microespacios en los que transcurre
el rito de la conversación que se transforma también
en un espacio sacralizador del orden.
3. El silenciamiento de las opiniones en los espacios
de conversación
La autocoerción y la autocensura
parecen ser el precio que el chileno paga por mantener la
seguridad del orden de su subjetividad, aspecto que no es
intrascendente si consideramos que a través del lenguaje
y de la conversación se expresan rasgos muy profundos
de la cultura; el lenguaje es construcción de identidad
personal y de comunidad . Por ello, las palabras importan,
no solo las que se dicen, sino también las que se omiten
o silencian.
“mejor no lo digas, va a
quedar la escoba” es una frase que se dice o se
piensa frecuentemente, temiendo por la sanción que
venga como consecuencia de la expresión sincera.
Estas frases son un lugar común en los espacios de
conversación, porque en Chile existe temor por
las palabras; el silencio preserva el equilibrio frágil
que siempre está por perderse. Por lo mismo, se considera
peligroso en las conversaciones tomar posición y expresarla;
opinar sobre el aborto, el divorcio, la dictadura militar,
la impunidad, evaluar la gestión de una autoridad,
puede poner en evidencia mi verdadera opinión, las
diferencias que nos separan, puede escarbar en las memorias,
puede poner de manifiesto lo que ‘convenientemente’
había permanecido oculto en lo innombrado; estos recovecos
entre lo manifiesto y lo oculto, empuja a retfroalimentar
entre todos la atenuación del habla con el fín
de hacerla inocua, como afirma Puga.
La gente así, en los espacios
públicos evita decir las cosas por su nombre y opta
por la disonancia entre lo que se declara y lo que se piensa
en privado, lo que tiene consecuencias psicológicas
como rasgo de personalidad y en la falsación de la
identidad.
Suavizar las verdaderas opiniones
o quedarse en silencio es lo dominante, con la intención
de que “...no piensen mal de uno”. No por nada,
tanto en el informe PNUD de 1998 como también en el
del 2000, se demostró la baja credibilidad (confianza)
de la gente en lo que dicen los otros.
Por otra parte, no expresar la opinión
o falsearla, podría implicar una actitud de ‘no
comprometerse’ o de ‘no tomar partido’quedando
en evidencia, en temas conflictivos. Así, se evaden
los temas de fondo y se incentiva el habla ‘jabonosa’,
‘ladina’, ‘ambigua’, ‘oblicua’,
lo que paradojalmente no haría más que reforzar
la precariedad del mundo del que se intenta huir con el silenciamiento.
De modo equívoco a través
de las palabras silenciadas se busca ‘cuidar’
la imagen, la apariencia, buscando darle estabilidad a la
identidad, con el supuesto beneficio de seguir siendo aceptado
por los grupos de pertenencia, diciendo solo lo políticamente
correcto ‘acomodando’ lo que se dice a lo que
la situación social exige.
Sobre este temor se funda el miedo
a la polémica, a la discusión, a la crítica,
el temor a la falta de reverencia frente a la autoridad, sin
embargo, al mismo tiempo, se paga un costo en términos
de la posibilidad de desarrollo humano, conculcando las oportunidades
para diferenciarse, entre quienes debieran confrontar sus
opiniones y pareceres en un espacio de aceptación democrática
de las diferencias.
Por otra parte, en cuanto al fenómeno
de la participación, no opinar es quedarse afuera...
y mirar desde afuera es más fácil y menos arriesgado
que ser parte, que involucrarme-, una especie de voyeurismo
social que legitima la actitud difundida de cuchichear
detrás de bambalinas, desde una supuesta ajenidad de
lo que ocurre.
4. El silenciamiento del ‘ sí mismo’
El fenómeno de la individualización,
parte de la idea de un sujeto que se autodefine como origen
y fuente de sentido de sus acciones sobre el mundo. Significa
que cada persona –puede y debe- definir por sí
misma, las elecciones y valores que conforman su proyecto
de vida a partir de que socialmente se valora y se legitima
la autonomía personal.
Pero, el Informe PNUD, muestra que las posibilidades de
dar lugar al deseo de un yo auténtico, aparecen
distribuídas según estrato social mostrando
una significativa distancia en este aspecto entre los representantes
‘del Chile de arriba’ y ‘del Chile de abajo’.
Dos tercios de los entrevistados de estrato bajo, creen que
el rumbo de su vida no depende de ellos.
Según lo vimos en el punto
anterior, no poder confiar en lo que escucho, daña
no solo la confianza de la gente sino también la confianza
en el ‘sí mismo’, en las propias capacidades,
en mi capacidad de ser diferenciándome de la autoridad,
o de quien ocupe el lugar del Pater.
5. Recuperar la palabra veraz
para retomar las riendas de una identidad diferenciada
Según el informe del PNUD,
en un país sin conversaciones honestas no hay reflexividad
pública, y sin ella no hay cambio.
Tratar de asimilar mi voz, falseándola,
por buscar ajustarse a los supuestos requerimientos de una
voz externa de autoridad, es la opción que corresponde
según Lawrence Köhlberg, a la moral del eterno
‘menor de edad’, que no crece, dado que la opción
por el silenciamiento o por la evitación de la verdad
se tipifica con la afirmación: “no me banco ser
adulto y responsable de mis palabras, por eso para mi bien
de eso, de la verdad, , , no se habla”
Una cultura veraz es imprescindible
para la realización del desarrollo ‘humano’
de personas, grupos y sociedades. El ethos de la veracidad,
de testimoniar y de vivir la verdad, como lo afima Tony Mifsud,
es una condición de posibilidad para la diversidad
de lo humano. La presencia de la verdad en la configuración
identitaria delo cotidiano, es clave para su desarrollo.
... Esos cuerpos que se desnudaron
en el Parque Forestal, en esa gélida mañana
de invierno nos remontan a la imagen de otros miles de cuerpos
silenciados y vulnerados, que a pesar de que hablemos poco
de ellos permanecen grabados a fuego en los laberínticos
pasillos de la memoria colectiva: cuerpos ultrajados, escondidos,
desaparecidos, pero sin embargo presentes en la memoria del
amor.
Quiero pensar que aquellos cuerpos
que se desnudaron en el Parque Forestal, también buscaron
des-amordazarse y limpiarse de los efectos perversos que para
la convivencia sana tiene el silenciamiento colectivo, sobre
todo cuando lo que se calla es lo verdadero que reclama ser
dicho, aunque desafíe la densa frase que Portales marcó
en el imaginario colectivo de los chilenos: “El orden
social se mantiene en Chile por el peso de la noche”
Muchas Gracias.
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