A Mónica
Pre-scriptum
Antes que todo quisiera
explicar la extensión de este trabajo. Él
sería publicado originalmente en Revista
Jurídica de Arcis,
pero como muchas de las cosas que suceden en esa querida
institución ha debido esperar para su aparición
más de un año. En este largo tiempo
el debate y el peligro de lo analizado ha caído
sobre nuestras cabezas de un modo terrible. La reforma
que rebaja la edad penal ya está aquí
y nuestras derechas (la Concertación y la ultraderecha)
ya han llegado a acuerdo para aprobarla.
Si es este el primer
paso hacia la realización del fascismo que
la dictadura soñó para Chile y que la
Concertación ha ido realizando paulatinamente,
está por verse. Pero el peligro que dicha medida
tendrá y la iniquidad revestida de buena intención,
han vuelto urgente el discutir sobre este tema.
No puedo dejar de imaginar
que en este paso del Estado hacia la exclusión
social de la adolescencia (revestida de rasgos penales
de ahora en más) se realiza ese sueño
de orden propio de toda tendencia fascista: imagino
una situación en que los adolescentes tengan
que llevar una estola de color amarillo, o rosa, o
roja, que señale su edad y sexo. Imagino esas
nuevas cárceles que nuestro gobierno ya está
creando para recibir a los nuevos sujetos penales,
como los ghettos de la 2ª Guerra Mundial. Imagino
a una sociedad como la nuestra sabiendo que de ahora
en más esos niños serán sometidos
a la misma violación de sus Derechos Civiles
a los que son sometidos los presos actuales, y que
decide guardar silencio, hacerse la "tonta"
y alegrarse porque al menos "no me sucede a mí".
Imagino la situación más catastrófica
y pienso: "no, Chile no va a permitir que eso
pase". Lo peor de todo es que permitió
que ocurriera durante 17 años y guardó
silencio. Eso ya pasó, hoy sólo pasa
a ser legítimo. Habrá que darle las
gracias a nuestra estimada Concertación por
legalizar el fascismo: definitivamente, era más
de lo que cabía esperar de ella cuando Aylwin
encabezó su primer gobierno.
Aún así,
lo más grave de todo es que esta reforma es
clasista y sexista. Es una ley con un sujeto claro:
es el adolescente pobre y de sexo masculino. Me pregunto
si en esta buena intención que recubre todo
lo que se nos viene (la señora Del Gatto(1)
dice que los niños tendrán toda una
red de psicólogos, asistentes sociales y educadores
que los atenderán) no se repetirá esa
misma buena intención que mostraba la Cruz
Roja cuando fue a visitar los Campos de Concentración
nazis y los presentó como lugares humanitarios.
Eso sólo el tiempo lo dirá.
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Introducción
Todo ejercicio de constitución
es un juego de estrategias en que se cruzan miradas. En que
se atraviesa, a los que se encuentran en el medio de ella,
con nombres y saberes que sitúan dichas miradas. En
que se despliegan lógicas de inclusión y adscripción
a las que es necesario someterse si se quiere quedar al interior
de lo que se está constituyendo. En cambio, si, por
el contrario, en dicho ejercicio, en dicha estrategia, se
intentara generar alguna actividad de resistencia, habría
que asumir la sanción a la transgresión de la
norma institucional fundante.
Esta fórmula, no es ajena
a la forma de constitución de la normatividad moderna.
Aunque es cierto que ella se recubre de una forma racional,
democrática, autocrítica, comunicacional, humanitaria,
no lo hace al precio de nada, sino que en su camino van cayendo
víctimas de las batallas: todas las otras formas de
pensamiento o de percepción de la realidad que no obedezcan
a la forma de aquello definido metódicamente (2)
Es cierto que se vuelve autocrítica
y por tanto aprende a mostrarse a sí misma sus excesos,
aprende a exigirse el respeto de su mismo discurso.
Es cierto que forma discursos que
se vuelven dominantes, y que al mismo tiempo nos parecen válidos
(3).
Pero también, es cierto, que
en el mismo ejercicio de volverse dominante genera la negatividad
que la acompaña y que sigue avanzando en su lógica
de oposición inexorable.
Negatividad en todas sus formas.
En Chile, la positividad del discurso
moderno se muestra en una lógica transaccional que
atraviesa diferentes ámbitos del saber, pero que en
el caso de la normatividad tiene una misma lógica que
se repite de fondo. La constante delimitación para
expulsar al otro. Para definir más amplia y claramente
al otro, que será expulsado.
Este ejercicio de definición
partió con la eliminación de las pautas barbáricas
de penalización por parte del Estado. Sin embargo,
a su vez, en su camino, muchos más sujetos, iban quedando
bajo el influjo del poder de penalizar.
Se podrá tildar esta percepción
de alarmista, en la medida que la mayoría de nosotros
nos someteríamos (y nos sometemos de mala gana) a las
prácticas de control social. Sin embargo, eso no excluye
el contenido dialéctico que pueden tener los elementos
que analizaremos y expondremos.
La lógica que hemos descrito
(y en la que estamos pensando) incluye, entre otras cosas,
la erradicación de la "violencia de los estadios"
(5), la penalización por cruzar la calle en lugares
no indicados o con rojo, las fórmulas rígidas
de divorcio (más que las del actual sistema de anulación),
etc.
Cuando se le ocurre a alguien preguntar
por el sentido implícito detrás de estas prácticas
se responde con un: "nos sorprende tanto la mala
lectura de algunos de lo que se quería decir con
esto (por ejemplo poder descargar las tensiones en el Estadio),
que en la actualidad no nos ha quedado otra solución,
sino suponer que todos los posibles asistentes a él
son potenciales criminales".
Es decir, en el evento del Estado
de garantizar la seguridad de todos los ciudadanos, deberá
considerarlos a todos sospechosos, y más que aplicar
una justicia re-tributiva (es decir que vuelve sobre la realidad
del acto) a un acto que se va a cometer, se le aplica la justicia
pre-scritiva (es decir que se anticipa al cometimiento, a
la escritura de él en el informe penal (6)).
Para alejar la posibilidad de que
el potencial criminal entre al estadio, se prohibirá
el consumo de alcohol previo al partido, se prohibirá
la opción del procesado por actos de violencia, de
ir al estadio, etc.
Nótese lo que esto quiere
decir. De ahora en más, no sólo todos somos
sospechosos virtuales, sino que, además, existirán
nuevos motivos de posible culpabilidad: ya no sólo
no habrá que esperar a que el acto suceda para sancionarlo,
sino además habrá que excluir a todos aquellos
que podrían cometerlos. En su corrección
han concurrido la medicina, la pedagogía, la psicología
y en particular, la criminalística, para decirnos que
aceptamos y acatamos su percepción respecto a nosotros,
o no vamos a los estadios (7).
Lo mismo sucede con el cruce de las
calles. Detrás de la lógica aparente del autocuidado
de la salud que debe enseñársele a los ciudadanos
a través de la norma, se sitúa la idea de la
optimización del flujo (8). Y así podríamos
continuar con otras formas de control y represión social.
Pero el verdadero quiasma de todos
estos procesos de definición y posterior exclusión
a priori y previa del otro, sucede en la rebaja legal de la
edad de discernimiento.
En él se cruzan una serie
de implícitos que son más profundos que la forma
en que se aplique la ley. Están contenidos en la filosofía
política que da fundamento teórico a su aplicación.
Así como, también, en la sociología que
nos dice cómo se adaptan hoy los adolescentes a las
pautas de comportamiento. En la psicología que nos
enseña a mirar dentro de la cabeza de los
adolescentes. Y, por último, en la educación
que nos corrobora con ejemplos prácticos todo aquello
que ya sabíamos.
Ver la negatividad implícita en estos saberes es imposible
antes que él mismo se despliegue en su acción,
pero analizar la negatividad implícita en su discursividad,
no sólo es un ejercicio crítico, sino una necesidad
para producir, tal vez, una posterior negatividad respecto
a su realización.
Así este trabajo intentará
analizar las negatividades en los ámbitos señalados
a través de cuatro preguntas que guiarán nuestro
análisis: 1) cuál es el otro político
en el que se está pensando en el discurso que considera
a los adolescentes de catorce años potenciales delincuentes;
2) desde qué modelos de interactividad comunicacional
y social se puede considerar emergiendo a ese otro; 3) qué
formas de percepción respecto al lugar que ocupamos
en la sociedad han cambiado, de modo que hoy es posible que
el adolescente perciba (sepa) la realidad de un modo semejante
al de un adulto; 4) qué fórmulas pedagógicas
requieren estas creencias para legitimar su práctica,
y a la vez corroborar las teorías que las sustentan.
La Adolescentización de la Política
La película Batalla Real (Battle
Royale) ha expresado de forma magistral el miedo
de la adultez a los comportamientos (y a los excesos de ellos)
adolescentes. Mirada desde dentro, la película, muestra
una sociedad aterrorizada frente a la incertidumbre. Casi
es posible trasladar a los padres de Alex de la Naranja
Mecánica o a los padres del joven alemán
que ha entrado al partido nazi, en Terror y Miseria
del Tercer Reich de Brecht, para entender la molestia
de los adultos hacia los adolescentes.
Hay una cierta percepción
adulta que ha vuelto extraño al adolescente.
No es sólo que no se entienda
su moda, su forma de expresión del mundo, sino que
tampoco se entiende la violencia aneja a esas formas.
El adolescente se ha vuelto peligroso,
ya, no, porque cometa crímenes, sino porque por ser
adolescente hay más posibilidades de que los
cometa.
La rebaja de la edad para el discernimiento
se ha sostenido en un razonamiento político realista:
no es necesario que todos los adolescentes vayan a ser juzgados;
los que sigan siendo niños no cometerán esos
crímenes, y aún si los cometieran la Reforma
Procesal incluye la protección de ellos, de modo de
no reunirlos con los criminales más peligrosos (aún
cuando sean de su misma edad), con los más experimentados
en el crimen (los reiterativos) ni con los mayores de edad
(aún cuando sus crímenes sean semejantes).
Esta hipótesis no sólo
intenta funcionar como un enunciado democrático, sino
además humanitario.
Es democrático porque es un
respeto a la diferencia del crimen, a la diferencia del crimen
que define al criminal. Es un respeto a la diferencia
de las edades (que antes era definido por el ritual de paso
y ahora lo es por la psicología, como ya veremos) y
un respeto a la diferencia social y económica
del criminal.
Y es humanitario porque detrás
del discurso está la imagen implícita de una
justicia que intenta reinsertar al criminal en la sociedad.
Sin embargo, hay dos cosas que este
discurso no quiere reconocer de sí mismo. En primer
lugar que en su sentido democrático se cuela, se le
sustrae a la vista la disociación entre la condición
de ciudadanía y la condición de penalización.
El joven ya sabe distinguir el bien y el mal a los catorce
años, pero aún no está en condiciones
de saber lo que es bueno o malo políticamente. Es decir,
el adolescente no entiende el modo en que funciona la sociedad.
En esta disociación se esconde
el germen de algo más peligroso, la idea de que la
política requiere aumentar su espacio de exclusión.
El adolescente se une al delincuente, al loco (al que sólo
después de un estudio del potencial de transformación
en el resultado final de la elección, se le han devuelto
sus derechos ciudadanos), en su historia de exclusión
política.
Sin embargo, aún si se le
dieran derechos ciudadanos (que no creo que ocurra), la lógica
de exclusión de la ciudadanía, de la política,
seguiría existiendo: sólo podrían ser
considerados interlocutores válidos en la medida que
asumieran un comportamiento adulto, en que aceptaran la lógica
adulta (9).
Esta lógica es perversa porque
en su percepción del otro no aparece el miedo original
ante lo extraño (lo siniestro diríamos freudianamente),
sino la imposibilidad de reconocimiento en lo perverso, en
la máscara horrible de nosotros mismos.
La exclusión política
del adolescente nos habla de una sociedad molesta con los
propios resultados de sus políticas de inclusión
social, de adscripción cultural, de educación
psicosocial. Es una sociedad que aburrida de sus contínuos
fracasos políticos toma la decisión política
de ampliar las sanciones (10) y los sancionados. Es una sociedad
que ante la imposibilidad de otras formas más efectivas
de control se ve obligada a recurrir a formas extremas
para garantizar la seguridad de la mayoría, la conservación
del cuerpo social.
Es fácil darse cuenta que
dichos discursos se sostienen en criterios contradictorios
con el propio fundamento filosófico que se supone está
detrás del discurso.
No se puede acusar de mala comprensión
de las formas de relaciones políticas, a los adolescentes.
Ellos sólo son la forma derivada de algo que está
implícito en el sistema.
Volvamos a Batalla Real.
La tesis de un Estado de Naturaleza en que prima el peligro
y el miedo y de una sociedad que venía a resolver estos,
es trasladada al interior de esa misma sociedad. Es decir
es síntoma de algo que se encuentra en ella como germen
posible de emerger en cualquier momento, sino se hace algo
al respecto. En ese sentido al criminal, al asocial, al extremista,
al terrorista, es decir, a todos los antiguos "Alien"
en palabras de Zizek, se les agrega el adolescente.
Insisto en esto. No es que se vaya
a considerar adulto al adolescente, sino que se lo va a poder
sancionar como a uno. Es decir, no es que hayamos ampliado
las lógicas de inclusión en el entramado social,
sino que sólo se han ampliado las lógicas de
sanción a las conductas desviadas.
Este otro ya no aparece
externamente debido a una religión, a una idea política
o como forma de respuesta equivocada (el crimen), sino a partir
del reforzamiento de la idea de que lo peligroso viene ahora
de la posibilitación de formas de comportamiento en
las que la propia sociedad se niega a reconocerse, y que por
lo tanto requieren sanción.
Así, el adolescente aparece
como ese otro, no por defecto del sistema, sino por el exceso
de él. En la medida que el mismo sistema les muestra
formas de vinculación violenta, que les muestra la
violencia que hay detrás de aceptar el aprendizaje
de la vinculación en una sociedad no reconciliada,
el sujeto, el ente, que emerge no le gusta a esa misma sociedad,
y requiere controlarlo en lo que ella considera un exceso,
culpa de ese mismo ente (el adolescente).
Es nuevamente el problema del formalismo
en la definición de la ley que viene siendo propio
del pensamiento liberal, desde Kant hasta nuestros días.
En esa imposibilidad de la ley de coincidir con lo que ella
define y las sanciones que aplica a lo que se aleja de su
definición, la ley misma se vuelve una forma que posibilita
y alienta el comportamiento desviado.
El liberalismo se encarga hoy de
entregarle una libertad formal a los adolescentes: la libertad
de hacerse cargo de sus propias acciones, es decir de aceptar
las consecuencias y los supuestos éticos en los que
ellas se basan. Pero, al mismo tiempo, les niega la posibilidad
de hacerse cargo de una justificación o presentación
de las razones de ella (las de la libertad que posibilitaron
su acción), a no ser en el contexto de un juicio en
que se analice la culpabilidad según normas en las
que los mismos adolescentes no tienen ni voz ni voto.
Pero, si el fenómeno al cual
nos enfrentamos tiene un reverso (el de la perspectiva desde
la adolescencia), más grave es lo que significa para
la sociedad misma, es decir para los que siendo reconocidos
como parte del sistema político, de ahora en más,
podrán ser penalizados con las nuevas leyes que hará
nacer la complejización del sistema.
Si hasta hoy, ciertos comportamientos
quedaban fuera del ámbito de visibilidad que se consideraba
válido para analizar los crímenes, con la extensión
de la responsabilidad penal (y de las formas de contradicción
y disolución del "cuerpo social"), las formas
que ese cuerpo no puede admitir en él, van a aumentar.
Es decir, una serie de sujetos que hasta hoy contaban con
el derecho de defender su política, su forma de actuar,
van a quedar sin la legitimidad política suficiente
para hacer una defensa en el ágora.
La inclusión penal de la adolescencia
no puede, sino, ir unida a una exclusión política
de su discurso, y por extensión, a las analogías
que hasta hoy no eran posibles de explicar, porque no estaban
definidas por falta de un objeto desde el cual hacerlo.
Aún si se extendiera la posibilidad de una participación
política, ella sería hecha luego de que el discurso
ya hubiera sido penalizado, es decir, antes que él
mismo tuviera la opción de participar en la discusión
acerca de él, y por tanto, lo que prima es una medida
de control policiaco, más que una forma de mejorar
las relaciones cívicas.
Esta forma de control, esta idea
de una política como policía (en palabras de
Rancière (11) siguiendo a Foucault) se sostiene en
ciertos presupuestos sociológicos que trascienden el
ámbito de una filosofía política, es
decir que son científicos, estos son los que pasaremos
a trabajar.
La Constante Recursividad del Poder
Como hemos visto la lógica
social se instala sobre una estrategia de definición
del sujeto que va a ser excluido, lo que involucra quitarle
toda opción de defensa política para poder realizarla
(la exclusión).
Esto es posible por una serie de
supuestos implícitos en el modo de accionar de las
sociedades complejas en su fase de desarrollo postcapitalista
y postindustrial.
Marx (12) se había encargado
de señalar que en su proceso de expansión el
capital requiere extender sus esferas de influencia, trasladando
siempre los límites sobre los cuales actuaba. En esa
lógica de desarrollo el campo fue siendo tecnificado
al mismo tiempo que se trasladaba su población sobrante
a la ciudad, que requería de más mano de obra
para seguir funcionando. Lo mismo ocurría con las mujeres,
las sociedades precapitalistas, y otras formas sociales que
no eran productivas -en el nuevo sentido que dicho término
tenía en las nuevas formas de producción emergentes.
Hoy, en pleno proceso de transformación de ese temprano
capitalismo, es necesaria una nueva readecuación de
las formas sociales.
Más que una solución
nacida de una reflexión, a lo que nos enfrentamos hoy,
es a una política de soluciones a situaciones de hecho,
que no es posible seguir soslayando.
Sociedades como la chilena no vivieron
el proceso de transformación de una economía
centrada en la política comunitarista y amparada en
la construcción de un Estado solidario (protector de
los integrantes de la sociedad), en forma democrática
(13). La vivieron, primero, bajo la tutela de la dictadura
de los militares, y luego bajo el amparo de una globalización
despiadada que implicaba el adaptarse o convertirse en un
otro dentro de los países (14).
Esto nos dejó en una suerte
de estado de excepción en que las leyes de protección
social seguían existiendo, pero no eran respetadas,
como en los casos de la jornada laboral, del respeto a los
contratos, de la opción y el funcionamiento de los
sindicatos, y, (para el tema que a nosotros nos interesa)
del trabajo de los menores de 18 años.
Junto con el desarrollo de esta nueva
forma económica postindustrial, globalizada y postcapitalista,
se imponía la necesidad de competir, y para ello era
necesario bajar el precio de la mano de obra no calificada.
En este proceso los menores de 18
años fueron integrados a la economía como parte
de un trabajo no formal que trascendía la lógica
de clases relativamente rígida de la economía
anterior. Al mismo tiempo que se desarrollaba la emergencia
explosiva de los supermecados, aumentaba el trabajo de "estudiantes"
que no estaban contratados dentro del supermercado, y que,
al contrario, eran favorecidos por un beneficio que
él les prestaba, dándoles la opción de
ayudar a su familia. Es decir se mezclaban formas
clientelísticas propias de la Edad Media y su sistema
de gremios (pero sin la seguridad social ni el peso político
que ellos poseían) y formas de competencia de un capitalismo
nuevo.
En todo caso, el ejemplo del supermercado,
es sólo eso, un ejemplo de múltiples otras formas
de trabajo sin reconocimiento de la legitimidad social que
posee el trabajo.
El último eslabón de
esta cadena lo constituye la flexibilización laboral
para los jóvenes, que incluye el reconocimiento formal
y la legitimación jurídica de estas formas,
al admitir que el trabajo juvenil puede tener un menor valor
en el mercado. Es decir, al mismo tiempo que esa forma funciona
como un ejercicio de normalización que parece servir
de malla de protección social a los jóvenes
(que ya se encuentran trabajando), amplía las posibilidades
de utilización de esta fuente de mano de obra barata,
que cumple una función de servicio (en una sociedad
centrada en el sector terciario de la economía, es
decir, justamente en la prestación de servicios) que
no puede ser tecnificada aún.
Sería iluso pensar que este
rasgo de flexibilización sólo se instalará
en aquel tiempo libre, no ocupado por "el estudio ni
la distracción necesaria para el sano desarrollo"
de la psiquis del joven.
Como lo señalara Max Weber
(15) a propósito de la transformación y adopción
de formas económicas nuevas, los únicos motivos
que pueden impedir una forma más avanzada de deseo
de obtención de riqueza, son los intereses materiales
de los que puedan verse afectados por ese nuevo desarrollo
(y para eso es necesario que cuenten con un poder político
suficiente para oponerse, que en Chile no viene al caso) o
la magia estereotipada que gobierna las creencias que rigen
el comportamiento de los actores sociales. Esta última
puede funcionar como resistencia teórica, pero no práctica.
En primer lugar, como decíamos
anteriormente, la legislación acerca de estos procesos
no nace de una necesidad teórica, sino de una realidad
de hecho: hay trabajo adolescente y él necesita ser
normativizado, para permitir mejorar el funcionamiento del
sistema de competencia y entrega de servicios.
Pero, en segundo lugar (y esto, sí,
es central), la creencia en la educación como factor
de promoción social, que subyace a la Reforma y a la
extensión de la jornada escolar, lejos de ir disminuyendo
las diferencias sociales y económicas, no hace sino
ir ahondándolas. Primero, porque el desfase entre educación
privada y pública es un dato de hecho, que independiente
de las distintas estrategias, que se han ensayado para aminorarlo,
sigue aumentando, pero además porque incluso el antiguo
concepto de profesionalización como síntoma
de estatus social ya no es otra cosa, sino un factor ideológico,
en la medida que no tiene una correlación en el estatus
económico.
Así las cosas, el proceso
de extensión de la jornada escolar obligatoria, la
aplicación de horario extendido y la Reforma, sólo
pueden funcionar como paliativos ideológicos, que esconden
la situación de hecho de ser una forma de control unida
a la rebaja de la edad penal.
En la medida que el joven siga creyendo
que la educación es un factor de promoción social
y económica, va a aceptar ir doce años a la
escuela y va a aceptar pasar la mayor parte del tiempo diurno
dedicado a las actividades socialmente normalizadas: estudiar,
hacer deporte, pololear ante los ojos de los adultos, tener
amistades "sanas", etc. El problema está
en lo que sucederá si él no acepta el ideológema
que la sociedad pretende venderle.
Así, por un lado, se reconoce
la necesidad social de controlar a este nuevo grupo (los adolescentes)
que han emergido a lo visible socialmente, y por otro lado
se establecen formas de control que van desde lo educacional
hasta lo penal, pasando por lo psicológico, pero excluyendo
de plano, cualquier implicancia política.
Ha llegado el momento de controlar
la adolescencia, pero para hacerlo es necesario definirla.
Esto es algo que transgrede las normas de una definición
sociológica (en la medida que la sociología
se vincula con ellos en cuanto ente social), y que es tema
de una psicología social.
El Fin de la Infancia
Ya hemos hecho la comparación
entre una sociedad basada en el rito como forma de cohesión
social y las nuestras, sin embargo no hemos profundizado en
las implicancias que ello ha tenido.
En las sociedades ágrafas
o rituales existen normas de vinculación mecánicas
(en palabras de Durkheim), es decir en la que los objetivos
individuales están supeditados a formas aceptadas y
compartidas de integración social. Esto quiere decir
que las pautas de aprendizaje del niño que se convierte
en sujeto social tiene una legitimidad no cuestionada racionalmente.
Una generación tras otra hay un deseo de mantenerse
apegados a la tradición y a las formas de comportamiento
de las generaciones anteriores. Esto es facilitado por el
Rito de Paso, en que se hace compartir a los "adolescentes"
(16), y en el cual se les presenta un modelo a seguir con
legitimidad y aceptación social, sobre la base de que
dicho modelo tiene el poder para seleccionar a los que puedan
ser considerados parte adulta de la tribu, y a los que no.
Nuestras sociedades ya no pueden
funcionar así. Ello, pues, debido a los mismos procesos
de desarrollo del capital y su transformación de la
dinámicas sociales (que hemos descrito antes), el proceso
de traslado desde el estado infantil al adulto se ha vuelto
lento, ya no cuenta con un sólo modelo socialmente
reconocido ni está dirigido a aprender las tradiciones
de la sociedad, sino a educar en los procesos técnicos
de comprensión del mundo para que (el adolescente)
pueda innovar y ser autónomo en sus decisiones.
Detengámonos en estos rasgos,
pues ellos son centrales a la hora de definir lo que en las
sociedades complejas (como la nuestra) son los rasgos que
concurren y priman a la hora de definir el estado que llamamos
adolescencia.
En primer lugar, la fragmentación
de la vida en mayor cantidad de etapas debe ser situado en
la perspectiva de la lógica modernista que confía
en un método en que análisis (es decir división
del problema en partes) y síntesis (reconstitución
holística de esas partes) son los dos puntos extremos
de la rigurosidad comprensiva.
Así, la perspectiva que ha
hecho emerger a la adolescencia como una etapa autónoma
por derecho propio y con formas de codificación sociales
y normas adecuadas a ella, no se encuentra en algo propio
del objeto mismo, sino en las necesidades sociales de obtener
una mejor comprensión de un problema que, de otro modo,
se le volvería inmanejable. Éste es, el de cómo
manejar el comportamiento de grupos humanos con intereses
cada vez más distintos, aún al interior de una
misma sociedad.
Pero, a la vez supone, en primer
lugar, que estas etapas se ralentizan por un proceso que es
natural a las lógicas de intercambio social y económico:
la de que grupos autónomos requieren productos distintos,
y de que esos productos sólo pueden ser aceptados por
los que pasan por esa etapa si alcanzan a adquirir un estatus,
es decir si son los suficientes individuos como para ser reconocidos
como grupo independiente y si además dichos individuos
están dispuestos a reconocerse en dicho estatus.
En segundo lugar, al traspasarle
un cierto estatus reconocido socialmente a los que se encuentran
en cierta edad, se los hace partícipes de la elección
de los modelos de integración social que ellos puedan
elegir, con lo cual se abre una fisura en la lógica
de integración a la sociedad: la de que pueden elegir
modelos de su misma edad, o con intereses que no correspondan
a lo que la sociedad considera socialmente productivos (17).
Esto tiene dos resultados en el ámbito
educacional (que luego analizaremos): 1) que los profesores
o los actores que la sociedad reconoce como legitímamente
capacitados para transmitir el conocimiento relevante no son
los mismos que los adolescentes consideran legítimos;
y, 2) que la proliferación de sub y contraculturas,
sea un proceso de resistencia social validado en la mentalidad
juvenil, pero que desde el punto de vista adulto aparezcan
como formas de comportamiento corregibles a través
de la educación, o en el caso de fallar ella, a través
de su penalización.
Y por último, supone que los
conocimientos que concurren a la formación mental del
adolescente son estructurados por las formas de pensamiento
técnicas y procedimentales. Así, los valores
que se espera que un adolescente desarrolle son la creatividad,
la tolerancia a la frustración, la capacidad de aprender
de sus errores, la racionalidad discursiva y calculativa,
las tradiciones de conocimiento (para innovar sobre ellas)
y el espíritu crítico, sobre la base de los
valores que la sociedad dice compartir (18). Sin embargo un
amplio porcentaje no entra dentro de estos cánones.
Así, la adolescencia se ha
vuelto un proceso tan autónomo que ya no es posible
encauzarla sin la resistencia de los mismos autores.
Formas como la exclusión y
la marginalidad económico-social dan resultados que
las buenas intenciones de los psicólogos no han podido
manejar, justamente porque trascienden el ámbito de
la psiquis de los adolescentes que la padecen. Si los jóvenes
son más violentos hoy, no se debe a nuevas formas de
su personalidad, azarosas o descontextualizadas, sino a consecuencias
que aparecen en el contexto de los procesos que describimos
al hablar de las dinámicas sociales emergentes en una
sociedad postindustrial, globalizada y postcapitalista.
Aún así, sigue persistiendo
el problema de que no entendemos porqué nuestras formas
de respuesta como sociedad no dan los resultados esperados.
Por qué la educación no ha conseguido construir
estrategias de resistencia a la lógica de autonomización
de la etapa de la adolescencia, y más aún, porqué
los discursos comunicacionalmente legitimados hoy, ya no son
aceptados por todos los jóvenes y cómo resolvemos
esto sin tener que convertirlos en enemigos de la sociedad
misma, y por lo tanto tener que hacer caer sobre ellos el
peso de la ley.
El Sujeto Educable de la Modernidad
Partamos por lo más básico.
Existe hoy un cierto malestar con la educación, en
el cual los profesores son los primeros en coincidir. Las
antiguas fórmulas disciplinarias socialmente aceptadas
ya no son operativas ni legítimamente estatuidas. Esto
ha redundado en que prácticas que antiguamente habrían
sido corregidas en la sala de clases, hoy deben ser tratadas
por otros mecanismos. Es sorprendente la proliferación
de tratamientos psicológicos para tratar desordenes
del aprendizaje, conductas asociales o anómicas, problemas
de inserción, etc., con las que hoy nos encontramos.
Desplazar la responsabilidad del
aula y dejar al profesor en una situación de relativa
indefensión ha levantado las voces de posturas altamente
conservadoras que han visto en la religión y la vuelta
a las tradiciones que mantenían la cohesión
social antiguamente, la panacea a los problemas del presente.
En la firme actitud de compromiso con estos valores se ve
una forma de autoeducación del alumno que resuelve
lo que el disciplinamiento está impedido de realizar
por vías más directas.
En todo caso esta respuesta tiene
visos, más de una reacción frente al proceso,
que de una real solución a él.
En la medida que las contradicciones
sociales y los valores compartidos ya no son los mismos que
hace 40 ó 50 años atrás, las fórmulas
que pretenden evolucionar a través de ellos, sólo
representan un resultado de la transformación más
móvil de esas contradicciones que se encontraban en
el seno de la sociedad hace esa misma cantidad de años.
Seguir mirando el problema desde la óptica de esos
años, lejos de generar fórmulas de resolución
a las contradicciones del presente, las agudiza. Esto, pues
dichas respuestas parten de la hipótesis previa de
la diferenciación social y económica que impera
en la sociedad (19), y más aún las considera
necesarias para el funcionamiento de ella.
Así las cosas, la solución
sigue siendo analizar el discurso que impera como fundamento
operacional de la práctica docente como forma de normalización
y adaptación a las pautas sociales y normativas de
ella (la sociedad). Este es el discurso sostenido por la Reforma
en sus tres ejes centrales: renovación de las prácticas
de conocimiento a nivel de aula, revalorización de
las formas democráticas y humanitarias (en el sentido
de la definición de DD.HH.) en la relación social,
y prácticas de disolución de las formas autoritarias
y jerarquizadas de comunicación en la relación
profesor-alumno, y en la enseñanza-aprendizaje.
El primero de estos tres ejes ya
ha sido nombrado con anterioridad y es posible de ser resumido
en tres procedimientos: capacidad de criticar racionalmente
los fundamentos de las prácticas discursivas y de construcción
de conocimiento, capacidad de crear nuevos conocimientos y
procedimientos para llegar a ellos y en tercer lugar, capacidad
de aprender de los propios errores en los dos procesos anteriores
(metacognición).
Este fundamento articulante es la
lógica estricta de la ciencia como ideología,
tal como ha sido descrita por Habermas. Es decir de una ciencia
positiva, que se queda en la discusión acerca de la
forma, pero no intenta entrar en el cómo ni el porqué
esa forma llegó a desarrollarse. Esto pues el supuesto
central se encuentra en los otros dos puntos antes nombrados.
En efecto, no es necesaria la crítica
de las formas sociales existentes si existe previo acuerdo
en torno a que la democracia es el mejor sistema político
existente y, más aún, cuando ella se sostiene
en los DD.HH. como forma veritativa y socialmente compartida,
expresada prácticamente en la relación de enseñanza-aprendizaje
y en la relación discursiva profesor-alumno.
Pero he aquí el problema.
En la medida que esos DD.HH. funcionan como fórmula
ideológica (aunque no sólo como ella) que se
sostiene en una distribución desigual económica,
social y política, ellos sirven para generar más
sensación de molestia y deseo de rebelión, que
como formas de aprendizaje compartido.
Los adolescentes se encuentran con
un discurso que funciona, en una de sus líneas, como
una burla. Sin embargo, al mismo tiempo toman ese mismo discurso
como foma de pedirle cuentas a la sociedad que los enseña
(los DD.HH.), pero no los cumple. Esta situación fue
expresada hace más de 15 años por el grupo Los
Prisioneros en su canción El Baile de los que
Sobran, pero sigue representando el sentir de un
amplio sector de los nuevos adolescentes que ven cómo
este proceso y las dinámicas de contradicción
no han cambiado en sus líneas centrales.
Así las cosas, poco pueden
hacer las buenas intenciones de los profesores en cuanto actores
sociales dedicados a servir de primer control social y transmisor
de conocimientos socialmente relevantes y reconocidos legítimamente
a nivel político, si lo que ellos mismos transmiten
se ve desligitimado en las prácticas sociales de inserción
que llevan a cabo los estudiantes y en las prácticas
de definición de ellos en cuanto adolescentes psicosocialmente.
Este proceso da como resultado una
angustia que se transforma en reacción (de una parte
de ellos) violenta, o en prácticas anómicas,
aun cuando conocen el contenido de las normas y hasta lo comparten.
En este sentido, suponer que la rebaja
penal puede ser una forma de extender los mecanismos de adaptación
que imperan en la sala de clases se vuelve una ingenuidad
burlesca para esos mismos adolescentes, que de ahora en más
no sólo verán cómo la sociedad les transmite
valores que ella no cumple en su accionar, sino que a la vez
los sanciona por extremar la lógica de la enseñanza
"real", la que aprenden al ir a un supermercado
a trabajar, al negárseles la igualdad ante la ley laboral,
etc.
O sea, convertirlos en sujetos castigables
penalmente es sólo la última de las formas de
exclusión social. La peor de todas, en la medida, que
se les incluye sólo un castigo más por pertenecer
a una sociedad que no los quiere políticamente ni los
acepta en la práctica de su cotidianeidad.
A partir de lo expuesto, sólo
es posible pensar que la respuesta de los adolescentes sea
adaptarse a lo que los adultos esperan de ellos, o si no lo
hacen serán transformados en una forma de alteridad
que es transgresión de las normas sociales, pero deslegitimida
de facto y a priori como posibilidad de
práctica política.
Conclusión
Para cerrar este trabajo, sólo
queda recordar lo expuesto en un inicio.
En primer lugar no se debe olvidar
que este análisis es sólo una lectura intencionada
de ciertos principios teóricos desde los que parte
la rebaja de la edad penal, y en este sentido no pueden (ni
lo pretenden) ser un análisis de las dinámicas
mismas de la sociedad en su contínuo devenir contradictorio.
El curso que siga este proceso no es delimitable a priori
ni agotará nunca las posibles perspectivas de él
mismo convertido en práctica de las relaciones sociales,
en cuanto tales.
En segundo lugar, no se puede creer
que lo expuesto sea un rasgo autónomo de un sujeto
que puede salirse del continuum de las dinámicas
sociales (y por tanto entendibles desde un lugar histórico
específico y delimitable, siempre después del
desarrollo del proceso mismo), sino que debe ser situado como
una estrategia de uno de estos sujetos sociales (el Estado,
en su función penal) en el contexto de un proceso infinitamente
más complejo, del cual, aquí sólo hemos
querido dar una perspectiva.
En tercer lugar, al soslayar el análisis
mismo de la ley que rebaja la edad penal, no se ha querido
decir con ello que ella dé lo mismo o que su forma
sea una mera casualidad, sino sólo que ella no es el
punto de partida problemático, sino que es el resultado
de los procesos que hemos intentado describir. Es decir, ella
no es la motivadora de sí misma, sino el resultado
de ellos (y lo recalcamos para no ser cuestionados de plano:
ellos no son los únicos ni son acotables a priori),
y en este sentido la forma que asuma dicha ley será
el resultado de enfrentamientos políticos que trascienden
el mero fundamento de ella, es decir, se instalan a partir
de la voluntad constituyente que viene a resolver un vacío
en las fórmulas de control social.
Así las cosas, el debate y
los conflictos que ocurrirán en torno a él,
sólo comienza. No lo clausuremos antes de tiempo.
NOTA:
(1) En El Mercurio, cuerpo C, página 8 de domingo 7
de Septiembre de 2003.
(2) Excepto el arte, todas las otras formas de ver serán
dejadas fuera: el niño será educado, el loco
será tratado, el criminal será reinsertado a
través del castigo hasta que pierda su peligro.
(3) No dejan de sorprenderme las lógicas que han operado
después de un acontecimiento como el del 11 de septiembre
de 2001. Desde la globalización ocurrida gracias a
los medios de comunicación y las ideologías
universales, nunca habíamos tenido tanta cercanía
respecto a algo. Hasta los que explican el acto, haciéndolo
aparecer como un resultado más que como una acción
soberana, todas las posiciones han coincidido en la inaceptabilidad
de dicho acto. En la idea que pertenece a una lógica
barbárica que hay que erradicar. No he escuchado a
ningún intelectual defender el acto desde el acto mismo.
Esa característica es lo que Zizek ha llamado mi reacción
frente al Alien. El talibán representa ese otro absoluto,
que aparece como puro peligro en su inexplicabilidad conductual.
(4) Estamos entendiendo dicho concepto en el sentido en que
ha sido definido por Adorno en Dialéctica Negativa.
Ed. Taurus. Madrid,
Como si alguna vez ellos hubieran sido vistos de otro modo
que lugar al cual "ir a descargar las tensiones".
(6) El cine como síntoma de toda la mala conciencia
del sistema nos muestra ejemplos notables de las molestias
psicológicas que nos produce lo que observamos. En
la película Minority Report nos ha
mostrado la posibilidad extrema de conocer a tal nivel la
seguridad de un crimen, que él incluso podría
estar inducido por un error que confirma la regla.
En ella no se muestra ningún caso en que nuestro saber
acerca de la realidad del crimen no sea cierto. Sólo
se cuestiona la posibilidad de la motivación, es decir,
el acto de decisión que llevó a existencia al
crimen.
Puede ser otro el que cometa el crimen, pero, hasta dicho
azar, sólo cuestiona la disociación entre la
mirada y el acto de decisión humano. Igual que en Edipo
Tyrannos, los crímenes siguen existiendo,
aunque lo que los haya motivado nos parezca que es el destino
o el azar que los originó.
Es notable que los dos casos que en la película parecen
alejamientos del saber, hayan terminado ajustados al saber,
aunque la mirada originaria haya demostrado su fracaso. Puede
ser otro quien cometa el crimen, pero él igual sucede.
Desde la percepción como testigo sólo es posible
situarse como el fantasma de la historia que sabe que algo
va a ocurrir, pero lo sabe como un espectador más,
no con una sabiduría omnisciente que coincida con una
visibilidad ubicua.
El ser humano sólo puede crear conocimiento fantasmático.
Conocimiento que se confirma aún en ese factor incalculable
que con los datos previos no era posible de ser pre-visto.
(7) Obviamente la norma no es para mí (nos decimos),
es para protegerme de aquel, que (no como yo) cuando bebe
no sabe controlarse y se vuelve violento.
Qué triste es no darnos cuenta que ese que podría
comportarse violentamente (para el que dicta la norma), somos
nosotros mismos.
(8) No creo que la dictación y el intento de aplicación
de dicha ley haya obedecido sólo a formas de utilización
de la ley con un sentido pedagógico, como tantas veces
ha ocurrido en nuestro país, sino también a
una forma de optimización del sistema en su camino
hacia la extensión de él.
(9) No me imagino un debate entre un adolescente de catorce
años aspirando a una diputación o una alcaldía.
No me imagino al adulto que quisiera verse sometido a una
escena de las que vive en su casa, pero sin la condición
de autoridad.
(10) Es iluso no pensar que luego de la rebaja de la edad
penal no sea necesario tipificar nuevos crímenes. En
la medida que se ingresa un nuevo actor al sistema, el sistema
mismo se complejiza de tal modo que actividades que antes
dejaba fuera porque no estaba a su alcance sancionarlas, ahora
sí lo hará.
(11) Para conocer su análisis véase Rancière,
Jacques. El Desacuerdo.
(12) Estamos siguiendo el análisis que realiza él
en el Manifiesto del Partido Comunista.
(13) Me parece interesantísimo, para entender este
punto, el trabajo de Luis Cárcamo-Huechante llamado
El Discurso de Friedman: mercado, universidad y ajuste
cultural en Chile, aparecido en Revista de
Crítica Cultural, número 23 correspondiente
a Noviembre de 2.001.
(14) Como en el ejemplo de la Argentina, que aparece fuera
de la confianza de los mercados y de las democracias "verdaderas"
que sospechan de mafias en su política. Como si ellas
no fueran el resultado de los mismos procesos que la destruyeron
económicamente y que se hicieron posibles gracias al
poder de esas mafias.
(15) En La Ética Protestante y el Espíritu
del Capitalismo.
(16) Pongo las comillas para remarcar que no tiene ningún
sentido hablar con un término así en una sociedad
que no considera que adolezcan de otra cosa, sino el conocimiento
de los secretos de la tribu.
(17) Recuérdese que estamos hablando de una sociedad
política, social y económicamente no-reconciliada,
es decir atravesada por una serie de contradicciones.
(18) Por ejemplo, el cuidado de la familia, la transmisión
de la religión en el caso de los creyentes, o como
mínimo, de las virtudes cívicas y el respeto
mutuo entre los hombres, en el caso de los no creyentes.
(19) Estoy pensando en el tipo de escuela funcional y agradable
a la visión de mundo del conservadurismo católico
(del tipo Opus Dei o los Legionarios de Cristo) y del conservadurismo
político (del tipo UDI).
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