1.-La llamada
transición a la democracia creó las condiciones
políticas y sociales para que las dimensiones
culturales de la modernización globalizante se
manifestaran plenamente en nuestro país. Es posible
afirmar que la sociedad chilena se encuentra viviendo
por tercera vez en su historia un profundo proceso de
transformaciones orientado hacia su plena inclusión
en los caracteres universales de la época moderna.
Ello implica asumir distintos desafíos explicativos:
establecer los elementos distintivos así como
también las continuidades con los proyectos modernizadores
fracasados anteriormente (el liberal-oligárquico
y el nacional-desarrollismo); entre ellos, especialmente
importante es determinar el actual carácter que
asume la relación entre las particularidades
y los rasgos universalistas que asume la modernidad
en esta fase, cuestión sobre la cual volveremos
más adelante. |
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Por ahora, pareciera necesario remarcar
la necesidad de la perspectiva histórica, a riesgo
de perder o diluir el objeto con tal de ganar los procesos.
Dicho de otra forma, entender a la investigación y
la crítica más como una actitud que como un
conjunto de procedimientos. Ello implica superar los esencialismos
y fundamentalismos de cualquier tipo, como también
las tentaciones reduccionistas (elemento medular en la crisis
de las Ciencias Sociales) a encontrar aquel principio teórico
o dimensión social que daría cuenta de la totalidad,
lo cual no implica negar que desde cualquiera de ellas se
pueda mirar o pensar la globalidad de lo social (a este respecto
es especialmente útil, metodológicamente hablando,
la dimensión cultural). La pregunta sobre lo actual
no puede ser ¿qué es lo que queda de parecido
("auténtico") a lo que era antes?, sino más
bien ¿qué es lo que mueve, dinamiza, confiere
sentido a lo social?.
Pareciera evidente que en el actual
intento modernizador de la sociedad chilena, el modo y la
intensidad de inclusión en lo universal es cualitativamente
distinto, entre otras cosas porque la propia fase actual del
capitalismo mundial también lo es. Como realidad surgida
de la posguerra en los países capitalistas industrializados,
fenómenos como la revolución tecnológica
e informática; el desarrollo de una economía
mundial que trasciende la fase imperialista; la constitución
de mercados de alcance planetario (especialmente en el terreno
de la comunicación y la cultura); el debilitamiento
o transformación profunda del carácter del Estado-nación;
el descentramiento y desterritorialización del poder
a nivel mundial y a la vez su concentración y centralización
en escalas antes no conocidas, etc. colocan un marco global
sin cuya referencia, al menos, se corre el riesgo de que el
proceso chileno se vea sólo como un accidente temporal
en una evolución histórica pre-determinada,
es decir que no sea posible apreciar justamente las relaciones
con el pasado y sobre todo lo que es sólo residuo o
simplemente recuerdo y lo que es nuevo o distinto.
2.- Lo anterior implica que de manera
desfasada, híbrida y compleja en la realidad chilena
actual se están manifestando y desarrollando tendencias
universales de la modernidad en su fase de globalización
y ellas están transformando cualitativamente diversos
ámbitos, con diferente ritmo e intensidad. Lo importante
es que en esta época ya no hay espacios geográficos,
culturales, sociales, etc. que puedan permanecer al margen
de estas tendencias. Habría que referirse, al menos,
a algunas de ellas, tales como el modelo y tipo de sociedad
que se construye; la relación de lo público
y lo privado en su interior; la llamada crisis de la política
y el sistema de partidos; el tipo de cultura cotidiana predominante
y, en su interior, el carácter que asume lo local,
a partir de la lógica de la segmentación y heterogeneización
social y cultural.
En los hechos y presionada por las
necesidades de un mercado en expansión, para el cual
la aceleración es su motor y fuente de poder (al decir
de Moulian, sociedad en proceso de cambios constantes, pero
adaptativos, donde el cambio es pura expansión), se
va imponiendo como tendencia la información-digitalización
como eje y modelo de reorganización de la sociedad,
lo cual daría origen a la llamada "sociedad de
la información" (sociedad "nueva", la
cual, agotada la lucha de clases, encontraría su nueva
dinámica en la información). Por ello, al decir
de J.M.Barbero,es que los fenómenos comunicacionales
parecen jugar hoy un rol estratégico. En los hechos
estos procesos (reducidos a intercambio y flujo de informaciones)
están cambiando el sentido de lo humano; operando transversalmente
nos tocan no sólo cuando estamos expuestos a ciertos
aparatos, sino desde la educación hasta el trabajo,
desde la casa al deporte, toda actividad social está
atravesada por la necesidad de tener y dar información,
por una serie de modos de presencia de esa información
que convierte a la tecnología en modos de la relación
misma: formas de juntarse, reconocerse o bien diferenciarse
y excluirse. Para esta matriz social el eje es el flujo y
la conexión y es un referente fundamental para entender
la transformación de lo social, lo público y
lo político.
4.- en ese contexto, también
es posible afirmar que la sociedad chilena está atravesando
el proceso que Verón denomina del paso de una sociedad
mediática a la de una sociedad mediatizada. Para dicho
autor, una sociedad mediática es aquella donde los
medios se instalan, es decir, ocupan un cierto lugar junto
a otras instituciones o actores sociales. Lo importante es
que todos ellos conservan un lugar y una dinámica relativamente
autónomas, lo cual implica que los medios operan en
el plano de la re-presentación (más o menos
deformada) de la sociedad. Ello implica también el
desarrollo de ciertas formas comunicacionales que se expresan
en el uso de ciertos géneros o técnicas que
manifiestan la relativa distancia con el acontecer. Dicho
de otra forma, es un tipo de sociedad en que todavía
el espectáculo es posible. Por el contrario, una sociedad
en vías de mediatización es aquella donde el
conjunto de las relaciones y prácticas sociales comienzan
a estructurarse y a cobrar sentido en tanto realidad social
en relación directa con la existencia de los medios
Lo anterior se ubica en el marco del
desarrollo y diversificación creciente del campo cultural,
en el que la industria cultural y los medios adquieren una
centralidad cada vez mayor, constituyéndose no sólo
en el eje articulador de la cultura cotidiana y los sentidos
comunes, sino que en actores socio-culturales, productores
de discursos y generadores de sentido, más que operando
como un puro escenario o instrumento. Ello ha converytido
al evento interactivo en una especie de fase superior del
espectáculo
Cuando Adorno planteó la idea
de la estandarización y serialización generadas
por el imperio del formato lo hizo instalando un paradigma
crítico que ha marcado el debate latinoamericano hasta
hoy. No es raro que en las condiciones actuales recupere cierta
vigencia la denuncia frankfurtiana en general. Sin embargo,
aún aceptando que los formatos de la industria cultural
son una de las fuentes de surgimiento de los textos-modelos
de lectura masiva de los medios, la visión adorniana
de la unidad del sistema, centrada en la noción de
esquematismo, que asimila toda obra al esquema y con ello
atrofia la actividad del espectador, sólo ve la relación
sistema (Estado)-individuo. Por ello, dicha idea, que es una
de las más valiosas de la crítica adorniana,
a la vez peca de reduccionista al equiparar toda obra, entendiéndola
como manifestación de la totalización impuesta
por los formatos. Por otro lado, la crítica a la racionalidad
técnica termina por convertir en cualidad de los medios
lo que puede ser entendido como un modo de uso histórico.
Lo anterior no parece justificar los intentos hechos en los
90 por blanquear la imagen de la TV reiterando sus posibilidades
de servicio público. Más bien de lo que se trata
es ir más allá de alternativas gastadas, sin
perder la perspectiva de la crítica.
En esa dirección, lo que es
necesario explicar hoy es la convergencia y complementación
entre las lógicas de la diferenciación y segmentación,
por un lado, y las de homogeneización y uniformidad
en los patrones de consumo cultural, por otro. La hipótesis
a construir pareciera tener que basarse en la lógica
del programa y la fórmula.
5.- La diferenciación de la oferta televisiva (y comunicacional
y cultural, en general) se inscribiría en la instalación
de diversos menús programáticos -en el sentido
computacional del término, si cabe decirlo así-
que efectivamente ofrecen una creciente variedad, pero siempre
en el marco establecido por ciertos parámetros (flexibles
y móviles) que establecen las posibilidades de elección
y esos parámetros, por decirlo de alguna forma, no
son plesbicitados, ni surgen de una democrática convergencia
y ni siquiera negociación de intereses, sino que surgen,
como motivación última, del interés del
que tiene el poder para colocarlos. Sin embargo, tampoco se
trata de volver a visiones conspirativas que ubican al poder
en superestructuras especializadas en la función de
la dominación. La lógica de expansión
del mercado comunicacional y cultural, en esta etapa del proceso
modernizador ha generado, entre otros, los fenómenos
de descolección y desterritorialización de la
cultura, lo cual implica, por un lado, la ruptura de límites
entre lo culto, lo popular y lo masivo y, por otro, que la
tendencia sea a liberar a la cultura de toda fijación
social, geográfica, étnica, ideológica,
etc. Con ello, el menú del programa comunicacional
y cultural hegemónico no sólo ofrece alternativas
en términos de productos diferenciados para segmentos
distintos de públicos, sino que incorpora toda la diversidad
cultural susceptible de tener rendimiento económico.
Naturalizados los supuestos y los fines del orden social las
exclusiones y marginaciones se fundamentan, en lo sustancial,
en la lógica del beneficio y la eficacia, entendida
como manifestación de productividad y rentabilidad.
Se genera así un amplio espectro
de interactividad y participación, obviamente no como
una forma social espontánea, sino inducida y operativizada
como rol al interior de un programa. En definitiva, la analogía
con la noción de programa nos permite afirmar con Baudrillard
que la máquina sólo hace lo que el hombre quiere
que haga, pero éste sólo ejecuta, a su vez,
lo que la máquina está programada para hacer.
El receptor comunicacional aparece como un operador de virtualidades
y aunque su intención sólo sea informarse o
comunicar, en realidad su acción consiste en explorar
todas las virtualidades del programa. Es la imagen del sujeto
nómade y del zapping televisivo y cultural en general.
La pantalla interactiva sustituye toda presencia real, hace
superflua toda presencia, toda palabra, todo contacto. Acentúa
la involución en un microuniverso dotado de todas las
informaciones, del cual ya no hay ninguna necesidad de salir.
El medio más seguro para la neutralización social
sería darle a los individuos los medios para saber
todo sobre todo, con la información y la comunicación,
encadenándolo a la única necesidad de la pantalla.
Se paraliza y fragmenta toda acción social de forma
mucho más segura con el exceso de información
sobre todo (y sobre si mismo) que privando de información.
Así, para Baudrillard, las estrategias del sistema
se han invertido y, podríamos agregar, se han hecho
además mucho más rentables. En ese marco, ya
no cabe hablar de masas alienadas por una TV manipuladora.
De lo que se está hablando es de redes y circuitos
integrados.
Ahora bien, con referencia a los productos
comunicacionales interesa ir también más allá
de la denuncia adorniana del imperio del formato. Ya señalamos
que dicha crítica, al plantear la homologación
de todo contenido por lo anterior, hoy día aparecía
superada por la diversificación de las ofertas y la
diferenciación cultural como estrategia del mercado.
La heterogeneidad cultural creciente como efecto de lo anterior
parecería dejar trasnochada y estéril no sólo
la crítica tradicional, sino la posibilidad de toda
crítica. Sin embargo, la subsistencia de los formatos,
a pesar de las lógicas del intergénero y la
transtemporalidad que permiten las tecnologías audiovisuales
e informáticas, está planteando algo más
de fondo. Efectivamente, lo central ya no es la forma, sino
la fórmula, es decir, la ecuación de base, la
virtualidad como campo de operaciones, algo que se hace funcionar.
La fórmula, a diferencia del formato clásico,
admite diversos ingredientes o elementos constituyentes, en
la medida en que se ciñan al programa. Dicho en otro
plano, el código digital legitima socialmente todas
las hablas y lenguajes traducibles a dicho código (incluidos
por cierto aquellos que aparecen como distintos : críticos,
humanistas, ecologistas, místicos o esótericos,
feministas, etc.), pero, a la vez, ello genera de inmediato
el límite para la exclusión : no será
tenido por saber o por cultura legítimos aquellos que
no sean traducibles al lenguaje cuantitativo de la información.
Sin embargo, no se crea que de lo
anterior pueda deducirse la existencia de márgenes,
resquicios o, menos, de un afuera, desde donde operar o potenciar
alternatividades. La exclusión funciona integrando,
por la vía del simulacro de la tolerancia y la diversidad,
que permite la existencia al interior del programa, pero desligitimado
en una perspectiva de futuro y sólo como exponente
residual de algo que fue, pero que no podrá ser (de
allí que palabras como romántico o nostálgico
tengan una alta carga peyorativa). Es el imperio de la performance
y el evento. El espectáculo no es privativo ni fruto
de la época moderna. El evento es producto de las estrategias
comunicacionales y de marketing, que son, a su vez, rasgos
distintivos y cuasi indicadores de modernidad. El espectáculo
todavía admite, como formato, ser de origen espontáneo
o como pura expresión de una cotidianidad social y
colectiva: el partido de fútbol en la cancha de tierra
de la población es un espectáculo, y esa categoría
se la dan, no el pago de una entrada, sino los protagonistas
y especialmente los espectadores que libremente concurren.
En cambio, el evento requiere ser
producido, inducido, mediatizado y tecnificado. Lo que hace
entre nosotros el mercado es que ha logrado introducir esta
lógica como fórmula de base para todo acontecimiento:
el fútbol, la política, el arte, la caridad
y la fe se constituyen en eventos que deben ser marketeados
y promovidos. Por eso, ya no se buscan hinchas, ciudadanos
o creyentes, sólo consumidores. Ya no se realizan campañas
de desarrollo social o de bien público; ahora se hace
marketing social. Ya no se efectúa propaganda, ahora
se hace marketing político. Cada vez más, la
opinión pública se convierte en un mercado de
opiniones. Ya no hay militantes que trabajan por una causa,
fueron reemplazados por los operadores. Porque, en definitiva,
eso es lo que importa: no la acción social, sino que
la operación de los programas. Por mucho que las categorías
del querer, creer, saber, actuar, desear y gozar sigan teniendo
sentido, la fórmula del evento las escamotea y las
trasviste en una única modalidad: la del hacer y producir.
Sin embargo, lo distintivo del evento y es lo que introduce
en estos tiempos la complejidad necesaria para superar viejas
dicotomías, es el hecho de que necesariamente es integrador.
El público debe jugar un papel en el evento, más
aún éste produce e induce su actividad. El evento
involucra a todos los que participan en él, incluyendo
los vendedores de bebidas, golosinas o artesanías que
se instalan en la puerta. En otras palabras, es una operación
productiva cuyos beneficios se reparten segmentadamente y
que, además, sus beneficios no se agotan en lo material,
sino que son de distinta naturaleza y se reparten en distinto
grado.
Por ello, el evento puede incorporar
o no el formato del espectáculo, pero lo que hace es
borrar la distancia escénica y, con ello, la posibilidad
de la alienación. En el evento no hay sujetos ni objetos,
sólo operadores en distintos roles. En lo específico,
si esta es la característica central de la situación
comunicacional y cultural, no es raro que también lo
sea del menú televisivo. Algo más, el evento
se sitúa en el plano de lo universal, en ese sentido,
tiende a la homogeneización de los patrones culturales.
No se trata de que borre lo particular o lo local, por el
contrario, lo integra, pero lo des-sustancializa al integrarlo
a un libreto.
7.- El hecho de que sea el mercado
informativo y cultural el eje y motor dinamizador del crecimiento
del campo cultural y del sistema de comunicaciones, hace posible
sostener que la relación fundamental de la cultura
cotidiana de masas es con la industria cultural y, en especial,
con la TV. El gasto estatal o de organismos privados no lucrativos
(como Universidades, embajadas, institutos bi-nacionales,
corporaciones, etc.) tiene una destinación fundamentalmente
elitaria: una alta y pequeña burguesía ilustrada,
intelectuales y cierto sector de estudiantes, dejando en manos
del mercado y la industria cultural la producción dirigida
a la mayoría de la población, es decir, no sólo
los sectores populares, sino extensos sectores medios y de
la propia clase alta.
Convocados a ejercer la crítica,
antes que nada me asalta una sospecha. Circula en cierto ámbito
de la sociedad chilena un discurso que evidencia, en mayor
o menor grado, disconformidad o desacuerdos con la realidad
cultural. Actores y actrices (estrellas de telenovelas, claro
está); cineastas y artistas; escritores y escritoras
(exitosos naturalmente, mercado mediante), nos interpelan
contra el consumismo, el pragmatismo eficientista, los horrores
de la masificación y la idiotización progresiva.
Desde luego, en varios aspectos su malestar pareciera razonable.
Sin embargo, no es posible evitar pensar en aquello de la
autoregulación del sistema. No sería primera
vez que una elite ilustrada haga de enfant terrible, como
contrapartida de un proyecto modernizador hegemónico.
Cierto espíritu crítico coexiste en los mismos
espacios y circuitos con otro que podríamos calificar
de clásico moderno.
No es primera vez, como señalamos,
que en nuestro país impera una visión de sociedad
que nos asegura que el progreso, la felicidad y el desarrollo
están allí, a la vuelta de la esquina. Y están
tan cerca que cualquier sacrificio, cualquier costo (incluidos
los sociales, por cierto) no es tan alto que no se pueda pagar.
El discurso modernizante sigue al pie de la letra el cánon
clásico. Todo cambio es bueno per se; todo lo nuevo
es mejor; todo el pasado hay que borrarlo o mejor re-escribirlo.
Lo que importa es que no estorbe con sus fantasmas, ya que
hay que mirar hacia adelante. La historia es una sucesión
de etapas de progreso que habría que ir superando;
eliminando o borrando el peldaño anterior.
Esta modernización capitalista
que vivimos descansa sobre la auto-percibida pre-eminencia
indefinida del mercado (nunca suficiente) y la democracia
liberal (pero, nunca tanto). Esta imagen ha generalizado el
mito de la participación (¿en qué y para
qué?), de una creciente igualdad de oportunidades y
de las responsabilidades individuales, que hacen descansar
en cada individuo los triunfos y los fracasos. Ello permitiría
que cada uno y la sociedad se sientan efectivamente libres
e iguales (aunque a la primera de cambio, se note que algunos
-no muchos- sean más iguales que el resto).
Se nos dice que debemos felicitarnos
de la des-ideologización y la des-dramatización
de la vida social. Existiría así, una cultura
hegemónica fundamentalmente banal, trivial e insustancial.
La alegría de lo light, soft y diet: liviana e intrascendente,
volcada hacia el exterior y gatillada por el evento y el espectáculo,
ambos efímeros y desechables. Probablemente haya extensos
sectores que cruzando verticalmente la estructura social le
otorguen su consenso (gramscianamente hablando). Insistir
sobre esto no tiene ya mucho sentido. La crítica ilustrada
aparente ha sido suficientemente redundante al respecto. Tal
vez sea más productivo sospechar también de
que el discurso que predomina sea tan intrascendente. Dicho
de otra forma, que algún gran relato haya sobrevivido.
Lyotard tuvo probablemente razón al poner de relieve
la crisis y caída de paradigmas y relatos omnicomprensivos,
pero ello no implica la desaparición de lo global como
horizonte y perspectiva. Eso lo tienen muy claro el capital
local y global y el Estado neo-liberal.
Por ello, tras la apariencia de la
banalidad y la frivolidad como forma de vida y ¡ojo!
decir apariencia no implica que sea falsa, sino que es un
nivel de construcción de realidad donde se nos convoca
a situarnos, se enmascara trasvestido de diferenciación
y heterogeneidad un proyecto ideológico, que requiere
del tipo de consenso señalado. La tecnoburocratización
de las decisiones políticas y la uniformidad impuesta
(y por supuesto, negada) por el discurso neo-liberal reducen
lo que está sujeto a debate sobre la orientación
de las sociedades, las cuales aparecen planificadas desde
instancias globales inalcanzables.
Nuestro capitalismo, tanto en su versión
liberal decimonónica, como en la desarrollista industrializadora
de los años 30 nos dijeron, en su particular versión
y en su contexto, lo mismo. Ante sus fracasos, el actual neo-liberal
de fin de este siglo nos asegura que la tercera es la vencida.
Veremos. Como señaláramos antes, tal vez requiera
de ese malestar ilustrado. Es tan sólo una sospecha,
pero suficiente para intentar ir más allá de
lo evidente y tratar de desarrollar una crítica que
tenga como sustento epistemológico surgir, parafraseando
a Martí, desde las entrañas del monstruo, lo
cual entre nosotros puede significar, desde el sillón
del televidente, desde el pasillo del mall o desde el tablón
del estadio.
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