En el contexto de conmemoración
de los 30 años del Golpe de Estado en Chile
este articulo responde a la pregunta: ¿cuáles
de los elementos constitutivos de las políticas
culturales del régimen autoritario fueron legados
a los gobiernos democráticos?
Primero precisaremos algunos
conceptos ligados a este tema de modo de acordar un
punto de partida en común. Luego veremos los
antecedentes inmediatos al golpe de Estado revisando
las principales orientaciones de la política
cultural entre los años 1964 y 1973, para luego
dar un examen al proceso ocurrido en los últimos
treinta años en esta materia. Finalmente respondemos
a la pregunta central, extrayendo algunas lecciones
y concluyendo que en un contexto de transición
política, los gobiernos de la concertación
debieron hacerse cargo de la tarea de compatibilizar
una política cultural acorde a un régimen
político democrático, considerando la
preponderancia del libre mercado en la economía
y en las relaciones sociales.
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Punto de fuga
La cultura, entendida como la manera que elijamos para vivir
juntos, tiene un rol fundamental en el fortalecimiento el
desarrollo humano de un país, del mismo modo que la
tienen las creencias y los valores, pues éstos, proporcionan
la base para la sensación de cohesión social
necesaria tanto para cooperar y enriquecerse mutuamente como
para ampliar las opciones y aspiraciones de individuales sus
habitantes.
Si nuestro país aspira a constituirse en un país
moderno y a acercarse al nivel de las naciones desarrolladas
en las próximas décadas deberá enfrentar
uno de los principales desafíos de estos tiempos: ocuparse
de su desarrollo cultural.
En la actualidad para atender al bienestar
de una nación se hace necesario mirarla desde su nivel
de Desarrollo Humano, entendido este como “aquel
proceso por el cual la persona se hace sujeto y beneficiario
efectivo de los cambios en curso”. El Desarrollo
Humano considerado en esta línea debe “apuntar
al fortalecimiento de las capacidades sociales para ampliar
las opciones y oportunidades para las personas”
De ahí la importancia de abordar la temática
cultural en Chile pues en ella radica el hecho que cualquier
perspectiva que tome como guía el Desarrollo Humano
sólo se verá posibilitada en tanto exista una
cultura que fortalezca las capacidades individuales y colectivas
para la acción. (1)
En la actualidad la imagen colectiva
de “Nosotros”, en la cual nos reconocemos como
miembros y participes de una nación, herederos de un
pasado y forjadores de un proyecto común, se encuentra
debilitada, según lo últimas investigaciones
y reflexiones realizadas sobre este tema. El Informe sobre
Desarrollo Humano en Chile 2002 del Programa de Naciones Unidas
para el Desarrollo (PNUD) señala en este sentido que
la imagen de lo chileno se ha vuelto difusa y poco creíble
para la mayoría de las personas, agregando que:
“Junto con ello se ha debilitado el sentido de pertenencia
a Chile. La sociedad chilena no parece disponer hoy de una
imagen de sí misma que le permita ser sujeto. A ello
contribuye una imagen conflictiva de su pasado y un diseño
débil de su futuro.” (2)
Las sociedades crean una imagen de
sí mismas, la cual porta los valores e ideales de una
convivencia nacional que refleja a su vez toda la diversidad
de identidades que hay en su interior, imagen que se encuentran
en un proceso constante de cambio y continuidad, de herencia
y renovación, en definitiva de transformación
constante.
El hecho de no tener una imagen fuerte de “Nosotros”
nos plantea un problema y un desafío para el futuro
de nuestra convivencia y bienestar nacional. Es así
como se ha hecho necesario mirarnos como país ya no
sólo desde los indicadores de crecimiento económico
como lo fue hace poco tiempo atrás. Los continuos y
vertiginosos cambios que ha sufrido el planeta dan cuenta
de que los parámetros con los cuales medimos u observamos
a las sociedades no se agotan con el progreso material apreciado
en cifras, como el producto geográfico bruto, el ingreso
per cápita de sus habitantes o el nivel de desarrollo
industrial que muestra una nación. Hoy esos indicadores
no bastan para responder a preguntas de la magnitud de ¿quiénes
somos? ¿de donde venimos? o ¿para donde vamos?.
Para lograr responder estas interrogantes es donde debemos
acudir a la cultura, pues ésta tiene un rol esencial
en tanto pieza constitutiva del Desarrollo Humano de una nación.
De ahí su importancia.
Cuando hablamos de políticas
culturales, lo haremos desde una perspectiva contemporánea
y particular de las políticas públicas, entendidas
como: “Cursos de acción o flujos de información
relativos a un objetivo público. Estos son desarrollados
por el sector público con la frecuente participación
de la comunidad o el sector privado. Las políticas
pueden incluir orientaciones o mecanismos, así como
aspectos institucionales” (3)
Al pensar en un objeto público como la cultura se hace
necesario distinguir dos ámbitos de este término.
Primero, encontramos una concepción microsocial cotidiana
(4) y luego, otra macrosocial y pública, de la cual
trataremos en esta exposición. Esta otra noción
que vamos a diferenciar será aquella que comprende
dimensiones públicas, en donde están insertos
los procesos institucionales, agentes especializados y profesionales
de la cultura (5). Por tanto, la cultura será restringido
en esta ocasión al conjunto de actividades creativas
y artísticas de una sociedad, en todas sus áreas,
industrias, niveles y formas de expresión (6).
Las políticas culturales,
en este sentido se definirán como aquellas que intervienen
en forma explícita y directa en este ámbito.
J. J. Brunner las específica como: “Intentos
de intervención deliberada, con los medios apropiados,
en la esfera de constitución pública, macrosocial
e institucional de la cultura, con el fin de obtener efectos
buscados. Son, por lo general, formas de intervención
que tienden a operar sobre el nivel organizacional de la cultura;
preparación y carrera de los agentes, distribución
y organización de los medios, renovación de
los medios, formas institucionales de la producción
y circulación de bienes simbólicos, etc.”
(7)
Lo que se fue
La tendencia de las políticas culturales (1964- 1973)
Las transformaciones sociales y económicas
vividas en Chile en la segunda mitad del siglo pasado provocó
que a mediados de la década de 1960 el Estado volviera
a asumir la responsabilidad que en el ámbito cultural
le cabría y que había delegado en el período
anterior en las universidades estatales y públicas.
El Estado debió hacerse cargo
de una expansión en las demandas sociales incluyendo
las culturales. Esta ampliación reorientó el
concepto de cultura e hizo que el Estado durante este período
fijará sus políticas fundamentalmente hacia
la democratización del campo cultural, permitiendo
la incorporación a la vida cultural de otras formas
de creación, como la cultura de masas y la
cultura popular, hacia otros sectores de la sociedad
que habían permanecido marginados de la cultura, como
fue el caso de los sectores populares y rurales. De este modo
la política cultural del gobierno demócrata
cristiano estuvo fuertemente asociada a su programa de Promoción
Popular que apuntaba especialmente a los sectores marginales
urbanos, a quienes dignificó como personas y pretendió
sacar de esta condición por medio de su organización
en diferentes asociaciones de base destinadas a desarrollar
su capacidad de resolución, logrando de este modo,
importantes esfuerzos hacia una efectiva democratización
de la cultura toda vez que fomentó con éxito
la formación de diversos grupos artísticos comunitarios
que participaron del proceso de creación cultural.
(8)
La intención de acercar la
cultura a las masas se hizo, en definitiva, extensiva a todo
el período 1964-1973. A modo de ejemplo se puede mencionarla
labor realizada por la editorial estatal Quimantú,
junto con las demás iniciativas tratadas en la investigación
de paula Cruz y María Magdalena Peréz, las que
permiten afirmar que, durante esta etapa el Estado manifestó
una considerable inquietud por hacer real el proceso de democratización
cultural, propósito que significó una profunda
transformación en la con figuración de las políticas
públicas hacia esta materia.
El gobierno de Salvador Allende de
igual forma, participó de la modalidad de crear nuevas
instituciones que tuvieran entre sus funciones la democratización
de la cultura. Es así como ocurrió con la reorientación
que en su accionar cultural presentó el Departamento
de Cultura y Publicaciones del Ministerio de Educación
durante el período 1964-1973, donde si bien continuó
con su tradicional función de extensión, dio
un mayor énfasis a su labor de promotor de la creación
artística comunitaria. Es así, como durante
estos años los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y
Salvador Allende Gossens, el departamento procuró aplicar
una activa política de acción cultural, dentro
y fuera del campo de la enseñanza, con el propósito
decidido de extender la acción del Estado en este ámbito
a vastos conglomerados urbanos y campesinos.
El gobierno de la Unidad Popular
(1970-1973) influenciado por corrientes marxistas y del humanismo
socialista, concibió al hombre nuevo como el gestador
de los cambios necesarios para construir la vía
chilena al socialismo. En este contexto la cultura sería
la llamada a formar a este nuevo hombre exaltando al trabajo
como él más alto valor, la fraternidad frente
al individualismo y la cultura nacional frente al imperialismo
cultural. Sin embargo, el debate en torno a que política
adoptar fue dilatado en parte por la contingencia, en parte
por la desconcertación en los objetivos finales. Pese
a que el diagnóstico era más menos compartido
por los actores culturales adeptos al Unidad Popular, no se
tenía claro la vía a seguir, como lo expresa
un texto de la época: “no podemos partir
utilizando una cierta imagen mecanicista de situaciones dadas
en otros países, en que una cultura burguesa, ideológicamente
orgánica ha estado oprimiendo a una cultura popular
(9).Me parece más bien que entre nosotros se da el
caso de que la burguesía ha frustrado el nacimiento
de una cultura nacional y popular” . En un contexto
ideológico y social de lucha de clases, la cultura
debía cumplir los fines del proyecto socialista del
gobierno, por tanto el concepto de cultura era absorbido (con
ajustes criollos, claro) por lo político. Por ello,
si bien se mantuvo el diagnóstico de la necesidad de
hacer participes a los sectores antes excluidos en la cultura,
se insinuaba ir más lejos y aprovechar las políticas
culturales para la socialización política: “No
solamente se trata de democratizar y hacer accesible el conocimiento
y goce de las producciones culturales, sino también
de hacer posible que nuestro pueblo se exprese culturalmente
... A la vez, y mediante la confección mensajes culturales
apropiados, hechos con participación colectiva, se
de be trabajar en el sentido de la formación una ‘conciencia
de nuestro ser’ “ (10). La tendencia de la
época apuntaba ya no sólo a democratizar la
cultura sino a reproducir mensajes y “visiones de mundo”
derivadas del proyecto político en marcha.
En este camino, llegó el golpe
de Estado de 1973, dando término a la vía chilena
al socialismo, desplazando esta corriente democratizadora
impulsada en la década de los sesenta, en donde el
destinatario natural de los mensajes culturales fueron los
grupos populares de la sociedad, antes excluidos. Fue el adiós
a un modelo de política cultural, pero también
la despedida de una forma de Estado, un forma de ver la política
y una manera de construir imaginarios colectivos.
Lo que llegó
Políticas e Institucionalidad Cultural en el Régimen
Militar.
De las pocas pero consistentes publicaciones
existentes sobre políticas culturales en este período
se puede concluir que en ningún caso hubo una
política desde el Gobierno sino diversas acciones estatales
al respecto(11). Cuando nos referimos a una política
es en el sentido de una línea de acción pública,
explícita, coherente y consistente en el tiempo.
Por el contrario, encontramos varias
actividades e intervenciones gubernamentales que directa o
indirectamente afectaron al campo cultural, en la medida que
el proceso refundador y modernizante por el régimen
militar se fue imponiendo.
Una señal inequívoca
del carácter segregado de la acción gubernamental
en materia cultural es la carencia de una institucionalidad
para estos efectos, que se proyecta hasta la fecha. Esta ausencia
se presenta doble en cuanto al concepto de institucionalidad,
pues no hubo ni una institucionalidad orgánica ni una
normativa. Vale decir, a nivel orgánico no hubo un
“conjunto de estructuras y aparatos organizacionales
de los que dispone el Estado en la esfera cultural”
(12), a cuya definición agregaríamos “y
que dispone también la sociedad civil y el sector privado”
según la definición de política pública
que entregamos. Esta carencia generó un círculo
vicioso en cuanto no hubo una política desde el gobierno
que condujera hacia el establecimiento de una institucionalidad
cultural y a su vez no existió una institucionalidad
que sirviera de columna coordinadora y orientadora a una política
cultural.
Lo que se constata, en cambio, es
una serie de reparticiones estatales que llevaron a cabo acciones
en materia cultural más no en forma orgánica,
estructurada, planificada ni coordinada. A sí mismo
la ausencia de una normativa cultural global a provocado un
importante subdesarrollo cultural que se revela en la existencia
de una “multiplicidad dispersa y sobrepuesta de
leyes y reglamentos, a veces contradictoria entre sí,
otras veces sumamente atrasada, con grandes vacíos
o campos sin cubrir o con regulaciones que no guardan relación
con el desarrollo cultural del país y del mundo”
(13).
Por otra parte en este período
no hubo tampoco un cuerpo que asesorará de manera permanente
en el tiempo al poder legislativo en la elaboración
de normativas en esta materia, y que de algún modo
recogiera las distintas visiones o posturas sobre la materia
(14).
La inexistencia de “una”
política y la presencia de una diversidad de políticas
culturales, a veces coherentes, consensuadas y otras muchas
contradictorias entre ellas, se debería a la presencia
de un bloque dominante, excluyente, y compuesto por diversas
“visiones de mundo” en su interior, que no se
constituyen como un cuerpo homogéneo ni acabado debido
a las pugnas ideológicas entre grupos internos del
bloque dominante (15). Estas políticas muestran, por
tanto, una clara reproducción ya sea de las discusiones
y contradicciones que se dieron al interior del bloque dominante
como de los ritmos y trayectoria que siguió el mismo
régimen militar. Es decir, en la constitución
del referente sectorial que guiaron las políticas culturales
en este período hubo distintas visiones de mundo por
parte de los actores que intervinieron en ellas y que a
grosso modo correspondía implícitamente
al referente global de la Dictadura.
Entre los discursos y racionalidades
que atravesaron las políticas culturales oficiales
los sociológos y Anny Rivera Ottenberger y Carlos Catalán
coinciden en destacar fundamentalmente dos vertientes fundamentales
que pasamos a detallar, junto a algunas consecuencias en las
políticas culturales:
1) La concepción fundacional
- nacionalista que en los primeros años del régimen
presidirá un proyecto cultural de sesgo totalizador
y militantemente autoritario.
Sus promotores son militares y grupos
civiles nacionalistas. En esta concepción se agregan
otras tres nociones como son la de la Doctrina de Seguridad
Nacional, el pensamiento tradicionalista católico y
el nacionalismo cultural.
Esta concepción define cultura como “la forma
de una nación”. La cultura es lo que hace distinguir
a una nación de otra, otorgándole los perfiles
que la configuran nítidamente y la diferencia de las
demás. La cultura bajo este prisma tiene como objetivo
primordial:
“La defensa, desarrollo y acrecimiento de la tradición
y la cultura que nos es propia, la difusión de sus
principios y valores básicos, así como definir
y crear conciencia activa del ‘deber ser nacional’
constituyen, a nuestro juicio, objetivos fundamentales que
será menester alcanzar” (16)
Este discurso tuvo como sujetos y
referentes principales al Estado, la Nación y la Seguridad
Nacional, lo que explica en gran parte su predominio en la
primera fase donde este discurso adquirió rasgos totalizantes
(hasta 1976) y luego disminuyera su influencia con las reformas
hechas de acuerdos a los principios neoliberales.
Esta definición de cultura consiguió mayores
adeptos entre los sectores que participaron en la organicidad
de movilización social que implementó el General
Pinochet (CEMA Chile, secretarías de la Juventud, de
la Mujer, de los Gremios, etc.).
2) Las concepciones adscritas
al circuito de la alta cultura, caracterizadas por una consideración
conservadora, elitaria e ilustrada de la cultura.
Ésta contiene elementos claramente
excluyentes y “elitistas” y proviene de una visón
del mundo artístico - cultural de los estratos socioeconómicos
altos. Acá se ve a la cultura desligada de la contingencia
económica, política o social. El acceso a ésta
se encuentra reservado a un grupo selecto de individuos, que
por sus cualidades espirituales, de sensibilidad o talento,
son capaces de crear y gozar del arte. Cultura se hace equivalente
a “cultura superior” y la “cultura de masas”
es mirada con degradación, siendo la cultura popular
en el mejor de los casos considerada manifestaciones ingenuas
y auténticas.
Este tipo de discurso conservador
tuvo plena vigencia durante el siglo XIX y hasta la década
del cuarenta del siglo pasado cuando comenzaron a irrumpir
tendencias más democratizadoras en las políticas
culturales. Es por esto que a diferencia del énfasis
fundacional del discurso que vimos recién, este se
plantea como “una voluntad restauradora del viejo
orden cultural de la primara mitad del siglo, aunque remozada
y en consonancia a las nuevas circunstancias” (17).
Según Catalán este
discurso ganó mayor fuerza en la fase de auge del nuevo
modelo económico (1977-1980) porque en cierto aspecto
había una afinidad con el discurso neoliberal, ya que
en el contexto donde se desarrollaron las políticas
de mercado (prosperidad generalizada, incremento de los excedentes
de los sectores dominantes, acentuada estratificación,
y profundización de los rituales elitarios) resultó
funcional para este tipo de racionalidad, que porta una visión
en extremo selectiva de la cultura. (18)
A este discurso y en esta fase adhirieron
importantes actores y organismos del campo cultural como el
Mercurio, intelectuales y políticos de la derecha tradicional,
El Teatro Municipal, las nuevas Corporaciones Culturales de
las Municipalidades con mayores recursos económicos
y el Departamento de Extensión Cultural del Ministerio
de Educación en un principio, ya que más tarde
el discurso adopta matices más abiertos en una línea
de extensión y difusión.
En la primera fase de este discurso
que se aprecia como más excluyente y selectivo coincide
con una reticencia a elaborar “una política cultural”
pues este referente ve a la cultura como un reducto selecto
e improgramable del espíritu, que no puede planificarse
a través de políticas. Detrás de esto
hay una retórica y práctica que legitiman una
apropiación desigual de los bienes culturales (19).
Por otro lado este discurso toma
distancia del nacionalista, en el sentido que mientras este
último apela a buscar los valores en nuestras raíces
(hispanas criollas, y republicanas) esta visión de
la alta cultura privilegia el valor de las obras, entendidas
como patrimonio cultural, que transmite un mensaje ideológico
– estético de validez universal, por tanto se
valora formalmente lo simbólico de la producción
cultural europea. Es por esta razón que se privilegian
y se difunden obras clásicas universales, en desmedro
de tendencias vanguardistas y experimentales, del mismo modo
con respecto a lo latinoamericano o amerindio que es dejado
a un margen, y sobretodo con respecto a la cultura popular
ante lo cual este discurso se muestra absolutamente ocluida.
(20)
En el trabajo de Anny Rivera, la
autora además introduce una sub - categoría
de esta vertiente, que es una concepción de alta cultura
ligada a la nueva “burguesía financiera”.
Esta subvertiente se caracteriza por la tendencia a valorar
la tradición y patrimonio cultural venido de Europa,
y cuyos partidarios escasamente se inclinan por manifestaciones
contemporáneas o de vanguardia. Esta versión
financiera emergente hace evidente la condición del
arte como bien transable, en tanto la promoción de
su desarrollo debe contar con la intervención activa
de la empresa privada por ello debe reconocerse el fin del
beneficio económico, así como debe requerir
de la eficacia empresarial, instaurando la “lógica
de mercado” como principio válido de acción
en el campo artístico, como lo expresará una
activa personalidad del momento:
“...(es necesario) crear
un régimen tributario que permita que las personas
y empresas, dentro que ciertos límites, destinen recursos
a actividades culturales. Actualmente, por falta de una ley
que autorice, hay que hacerlo bajo el disfraz de la publicidad...”
(21)
Estas limitadas concepciones de la
cultura y el arte fueron traducidas a acciones concretas y
programas específicos por parte de alguna de las múltiples
instancias que desarrollaron actividades culturales al interior
del Gobierno. De manera general se pueden clasificar estas
políticas sobre cinco ejes centrales:
1) Política de exclusión y censura,
de vertientes artístico - culturales y artistas que
detentaban ideologías diversas a la oficial, así
como de toda manifestación relacionada con el imaginario
colectivo identificado con el gobierno de la Unidad Popular
y de las corrientes ideológicas que la alimentaban.
Bajo el principio de negación y exclusión,
todas las racionalidades que confluyeron en el bloque dominante
mostraron una férrea oposición a aquellas
tendencias que, de distintos modos, buscaron impregnar el
dominio de lo cultural de proyectos políticos de
contenidos rupturistas Resultaría extensos enumerar
las innumerables acciones gubernamentales a favor de la
censura explícita o implícita y los efectos
que tuvo el exilio y autoexilio sobre la producción
artística nacional (22). A modo de ilustración,
Jocelyn- Holt y Sofia Correa destacan en este tema, que
la presencia en las salas de clases o en los canales de
difusión masiva de las expresiones y mensajes aprobados
por el régimen militar, contrastaba con la ausencia
de todo cuanto divergiera de su política o restituyera
un pasado relegado de la memoria pública por efecto
de la violencia (23). El contenido de la televisión
se caracterizó por la exclusión y omisión
de cualquier contenido conflictivo para la propaganda del
régimen, la televisión resultó el medio
de comunicación más afectado por la supervigilancia
del Ejecutivo, en atención a su poder para configurar
la realidad y al alcance nacional de su cobertura. (24)
2) Una política de autofinanciamiento,
vale decir, la inmersión de la actividad cultural-artística
en la lógica de mercado como acción explícita
y buscada. En el ámbito estatal esto se aprecia con
la disminución de subvención que reciben los
organismos ligados al aparato estatal, la derogación
de leyes que protegían a ciertas actividades artísticas
(25)y por el contrario el trato indiscriminado desde un
punto de vista tributario (IVA) a productos como el libro.
(26)
3) Una racionalidad sustentada en el sistema de
industria cultural, asociada a un línea
eminentemente recreativa, masiva y comercial de la producción
cultural. Aunque no encontramos elaborado un discurso en
forma explícita ni de modo programático, como
si ocurrió a nivel de la política económica.
Su legitimación viene dada por el contexto global
de profundización capitalista llevada a cabo por
el régimen y por los principales centros financieros.
De los mismas ideas fuerzas ligadas a las lógicas
de mercado que construyen el referente global autoritario
se nutre la concepción de “industria cultural”.
La cultura se entiende como un bien transable, similar a
otros bienes, que para desarrollarse necesita de un manejo
con criterios mercantiles y de eficiencia empresarial.
De esta manera deberían aplicarse y alcanzar la misma
eficacia los mecanismos aplicados al libre mercado, lo cual
significa prescindir de los subsidios estatales, generar
autofinanciamiento y ojalá excedentes.
Esta lógica de industria cultural sería preferentemente
favorable al circuito de los medios audiovisuales y a las
áreas de producción masiva y estandarizada
como la radio, la prensa, la industrial editorial y la televisión.
(27)
4) Una política de
descentralización, expresada en el fomento
al desarrollo de organismos autónomos con nexos débiles
con el aparato estatal, disgregándose y desvinculándose
de una dirección central. Producto del proceso de
descentralización impulsado por el gobierno desde
1977, se impulsa el desarrollo de organismos regionales
y locales que debían fomentar actividades propias
y desligadas del poder central, por ejemplo, a través
de la creación de Corporaciones Culturales Municipales
o en el caso de Instituciones de Educación Superior
como la Universidad de Chile, transfiriendo sus sedes regionales
y creando nuevas universidades estatales y privadas.
5) Políticas de democratización
cultural. El Departamento de Extensión del
Ministerio de Educación fue el principal promotor
de esta política a través de la creación
desde 1978 de diversos programas de extensión cultural
como fue el “Teatro Itinerante”. La orientación
general contenida en estos programas estuvo basada preferentemente
en un modelo basado de “democratización cultural”,
que buscaba llegar a la mayor cantidad de espectadores en
el territorio nacional y de este modo formar nuevos públicos.
(28)
Estos ejes a su vez tuvieron fundamento,
y correspondencia por tanto, en el referente ideológico
global sobre el cual se levantó la dictadura, donde
predominó una política económica neoliberal,
principalmente desde 1977, y un pluralismo limitado y excluyente
durante toda la vida del régimen. En el Chile anterior
a 1973, los diversos actores sociales canalizaron sus demandas
e intereses a través de la política y los partidos
políticos. Su existencia y permanencia no sólo
fue un factor claves en el desarrollo institucional del país
sino también aportaron a la constitución de
identidades de los diversos actores sociales, transformándose
en verdaderas comunidades o subculturas, “en el
caso chileno se trataba de una sociedad civil débil,
y de expresiones políticas fuertes, donde lo social
y lo político tendían a confundirse”
(29).
Con la instauración y consolidación
del régimen militar y de un modelo económico
neoliberal, sumado a los procesos de modernización
a escala mundial que sufrió el Estado, esta matriz
de acción socio-histórica fue desarticulada
y sustituida por una nueva, cuya esencia es la base del actual
contexto sociopolítico chileno.
Es así como el paso desde
un eje político a un foco en lo económico influyó
en la formulación de políticas públicas
hacia la cultura. Se pretendió extender el trato economicista
hacia este objeto público a nivel global, retirándole
el rol dirigente al Estado en esta materia, dejándolo
a la merced de las fuerzas del libre mercado, de la oferta
y de la demanda, de la producción y del consumo.
Bajo los supuestos del libre mercado
y de la racionalidad económica, el Estado cumplió
en cultura un rol subsidiario como lo cumplió en otras
áreas. Mientras el discurso de Pinochet hacia la cultura
mostró un escaso interés en promover políticas
en esa área, la acción cultural del régimen
no desmiente esta apreciación, confirmado a su vez,
por la exigua intención de elaborar una institucionalidad
cultural, tanto normativa, como orgánica, sino sólo
hacia el final del término del régimen, cuando
se levantó una propuesta en este sentido a través
del proyecto “Plan nacional de desarrollo cultural”
(1988) elaborado por una comisión presidida por Germán
Dominguez, jefe del Departamento de Extensión Cultural
del MINEDUC, en el cual se proponía la creación
de una serie de instituciones como un Ministerio de Cultura,
un Instituto de Patrimonio Nacional, un Instituto Nacional
de las Artes, el Instituto del Libro, así como la formación
de un Fondo Nacional de la Cultura (FONDEC) (30).
Las acciones gubernamentales prosiguieron
su marcha, sin lograr hegemonizarse del todo una vertiente
ideológica. El proyecto nacionalista- fundacional fracasó
en gran parte dado que, al considerar la intervención
del Estado como elemento central de esta concepción
de cultura, se tornaba una propuesta incoherente (al menos
desde su modo de funcionamiento y financiamiento) con el nuevo
carácter apenas subsidiario del Estado consagrado en
la Constitución de 1980 y en las Modernizaciones, en
una lógica similar a la de la política educacional.
La lógica neoliberal aplicada a la cultura tampoco
pudo predominar del todo, como si lo hicieron las políticas
económicas, ya que el proceso de aplicación
de esta lógica fue más lento debido en parte,
a que los actores del campo cultural se mantuvieron mucho
más reticentes a abandonar su forma de ver la cultura
y la relación con el mercado y el estado, y en parte
también, por la pérdida de prestigio que adquirió
el neoliberalismo tras la fuerte crisis económica de
1981-1982, cuyos efectos se hicieron sentir en el seno mismo
del régimen y que favoreció un ajuste en los
equilibrios de poder entre el régimen y la oposición
(31). Ya que la fe ciega en la política neoliberal
aplicada al arte demoraría mucho más que lo
que tardó en otros ámbitos, sólo quedaría
desde 1982 la opción para la vertiente ligada a la
“alta cultura” en su versión democratizadora
como la más viable de ser aplicada en lo que quedaba
de dictadura.
Como se puede apreciar, y de acuerdo a las distintas concepciones
acerca de la cultura que disputaron la hegemonía durante
la dictadura, vemos que las acciones oficiales reorganizaron
el campo cultural imponiendo diversos criterios de dirección
de acuerdo a estas visiones de mundo e intereses que existían
en los núcleos de poder, descartando la participación
de otros sectores y visiones de la sociedad otorgándole
en definitiva a la acción cultural del régimen
militar el carácter de autoritario, excluyente y carente
de legitimidad.
Lo que quedó.
Las políticas culturales de los gobiernos de la Concertación.
Con la derrota del General Pinochet en el plebiscito de 1988
y la llegada a la presidencia de Patricio Aylwin, se dio un
importante paso en nuestro país en la transición
desde un régimen autoritario hacia uno democrático.
Más allá de la discusión teórica
a propósito de cuando acaba esta transición,
este proceso se produjo sin una ruptura institucional, manteniendo
la esencia de la Carta Fundamental de 1980, la estructura
organizacional pre existente durante la Dictadura y algunas
instituciones que reflejan hasta hoy parte del carácter
del período anterior: los llamados “enclaves
autoritarios”.
En este contexto, la misión
fundamental del gobierno de Aylwin se concentró en
alcanzar aceptables grados de gobernabilidad e iniciar la
consolidación democrática (32). Por ello no
resulta equivocado señalar que las políticas
culturales en estos últimos trece años hayan
apuntado hacer compatibles estas políticas con las
características propias de un régimen democrático,
en el cual sean reconocidos todos los individuos sin exclusión,
respetando sus derechos humanos y su diversidad, entendiendo
que “hacer cultura es afirmar la democracia como
el cuadro normativo dentro del cual han legitimarse las experiencias
e identidades colectivas” (33). Mientras el Régimen
de Pinochet no elaboró una política cultural
que se hiciera cargo de la integración y el diálogo
entre los distintos actores de la sociedad, negando su pluralidad
y diversidad, y buscando por el contrario una unidad inmutable,
los Gobiernos de la Concertación de acuerdo a este
diagnóstico “han llevado a cabo un proceso
de reaprendizaje democrático, desafío que implica
afirmar en todo momento, desde la acción pública,
ciertos valores de la convivencia que fueron quebrantados
con la experiencia autoritaria.” (34).
Por consiguiente, las líneas
de acción de los gobiernos democráticos fueron
primero en pos de recuperar la libertad de los creadores y
el reconocimiento de la autonomía de la sociedad civil
frente al Estado, para luego en el gobierno de Eduardo Frei
Ruiz – Tagle, colocar el énfasis en lograr mayor
equidad en el acceso a la creación y el consumo de
bienes culturales, manifestándose una tendencia acercarse
a las llamadas políticas culturales de segunda generación
(o políticas integrales) que sin excluir las artes
y las letras, apuntan a todas las formas de creatividad social
o comunitaria, vinculadas con el eje de la democracia y de
la participación activa, articuladas a sus vez con
el desarrollo. (35)
Estas líneas de acción
emanan del espíritu y compromiso adquirido por parte
de la Concertación antes de asumir el Gobierno de Aylwin,
explicitados en los postulados sobre la cultura y las comunicaciones
de las Bases Programáticas de esta coalición.
En este documento se hacen explícitos “los
principios orientadores de una cultura democrática,
entendidos como fundamento y guía del pleno desarrollo
de ésta en todos sus ámbitos ya que se requiere
del mayor grado de libertad posible, de autonomía e
independencia de todos los sectores de la sociedad para aspirar
a una cultura verdaderamente democrática”
(36). Los principios orientadores son: la Libertad, el acceso
y participación a la cultura, la pluralidad, autonomía,
diálogo y apertura y la protección del Patrimonio
Cultural Nacional.
Estas políticas han estado dirigidas principalmente
hacia cinco áreas (37):
a) Defensa del patrimonio y ampliación
de la infraestructura cultural.
b) Regulación del mercado en aquellas áreas
del campo cultural donde éste opera ineficientemente.
c) Apoyo directo a proyectos artístico – culturales
según modalidades transparentes de asignación
de recursos.
d) Nuevos mecanismos de financiamiento de la cultura que
incentivan la participación de la empresa privada.
e) Incentivo a la apertura cultural hacia el exterior.
De acuerdo a estos ámbitos de acción se puede
deducir que tres de ellos tienen alguna conexión con
políticas culturales formuladas bajo el régimen
autoritario ( b, c y d ). Esto queda más claro aún
al revisar algunas políticas específicas.
Según el diagnóstico
realizado por la Comisión Asesora Presidencial del
gobierno de Eduardo Frei en 1997 (llamada comisión
Ivelic) que a su vez recogía el análisis de
la Comisión Garretón , la acción cultural
de la concertación se podía resumir en las siguientes
iniciativas (39):
- Apoyo a la creación,
a través de fondos concursables (Libro y la Lectura
y Fondart), Ley del Derecho de Autor y reforma a la Ley
de Premios Nacionales. Se discuten legislaciones sobre otras
áreas de la industria cultural (música, audiovisual).
- Apoyo a la industria cultural,
especialmente a través de la Ley del Libro, que considera
medidas de fomento de la lectura, reintegro por exportaciones,
rebaja de impuestos a autores extranjeros publicados en
Chile, medidas contra la reprografía ilegal y revalorización
de stock; una política de créditos para la
industria cinematográfica a través del Banco
del Estado, que no tuvo los resultados esperados, y apoyo
a pequeñas empresas a través de SERCOTEC.
- Estímulo a la participación
privada en el financiamiento cultural, a través
de la Ley 18.985, de Donaciones Culturales, que contiene
un artículo referido a rebajas de tributación
en un 50% para las empresas que efectúen donaciones
para actividades culturales.
- Estímulo a la descentralización,
a través de la creación de Consejos Regionales
de Arte y Cultura, discriminación positiva para proyectos
regionales en Fondart, reordenamiento de la administración
de museos y bibliotecas regionales. Se creó el Fondo
de Apoyo a Iniciativas Culturales Regionales en el Ministerio
Secretaría General de Gobierno y una nueva forma
de operación del antiguo Teatro Itinerante, mediante
concurso para seleccionar grupos independientes y realizando
Talleres de Desarrollo Teatral en las Regiones
- Creación de espacios
culturales, a través de la destinación
de fondos para restaurar edificios patrimoniales. Aquí
destaca la remodelación y restauración de
la ex Estación Mapocho y la creación del Centro
Cultural del mismo nombre. También el desarrollo
de un área de infraestructura en el Fondart
- Modernización del
área de Patrimonio, por la vía del
estudio de una nueva legislación de Monumentos Nacionales
y para la DIBAM.
Es decir, según lo anterior
constatamos una continuidad de algunas políticas con
respecto al régimen militar, especialmente en lo referido
al apoyo directo a la creación artística, a
través del mecanismo de fondos concursables, sólo
que aumentando los recursos y mejorando el sistema de adjudicación
a través de procedimientos más transparentes
y plurales.
Del mismo modo el apoyo a la
industria cultural le otorga un grado de reconocimiento
a la importancia de este ítem, tanto al desarrollo
económico como a la construcción de identidades,
lo que consolida un concepto que ya se había considerado
en el período anterior, aunque ligado a la cultura
masiva y de entretención.
Otro legado claro de las políticas
autoritarias para la concertación lo constituye el
énfasis en el perfeccionamiento del estímulo
a la participación privada en el financiamiento cultural
por medio donaciones culturales a través un sistema
de excenciones tributarias, lo que tiene correspondencia con
una política de mecenazgo liberal, presente y fomentada
ya en etapas tempranas del régimen militar.
Por último, el esfuerzo por
descentralizar la actividad cultural constituye también
un aspecto que tiene sus raíces como vimos en la Dictadura,
aunque no alcanzado en plenitud sino hasta este año,
cuando se promulgó la nueva ley que crea el Consejo
Nacional de la Cultura y el Fondo Nacional de la Cultura y
las Artes.
La creación de este Consejo
viene a reparar el último legado del autoritarismo:
la ausencia de una Institucionalidad cultural. En honor a
la verdad este es una legado histórico, que se arrastraba
desde nuestro nacimiento como nación en el siglo XIX.
Este Consejo que se define como un servicio público
autónomo, descentralizado y territorialmente desconcentrado,
tiene como misión apoyar el desarrollo de las artes
y la difusión de la cultura; incrementar y poner al
alcance de las personas el patrimonio cultural de la Nación
y promover la participación de éstas en el vida
cultural del país. (40)
De este modo, la promulgación
de esta nueva ley viene a constituir la piedra fundamental
de una nueva era en políticas culturales estatales,
sustituyendo una carencia histórica en la materia,
aportando de manera efectiva a las aspiraciones de descentralización
trazadas por la dictadura. La falta hasta el día de
hoy de una institucionalidad cultural tanto orgánica
como normativa es también el reflejo del escasa preocupación
de los distintos gobiernos para legislar sobre la materia.
La carencia de un interlocutor válido por parte del
campo cultural no se condice con la aspiración de una
nación a constituirse como desarrollado. El régimen
de Pinochet tuvo la oportunidad y el poder absoluto durante
diecisiete de llevar a cabo cualquier proyecto para modernizar
la institucionalidad cultural y crear una política
cultural de Estado, como lo hizo en otras áreas, como
la educación , la salud, las relaciones laborales y
económicas. No lo hizo. No modernizó el campo
cultural, ni lo democratizó, ni menos favoreció
mecanismos de participación ciudadana en ese sentido,
bajo el supuesto de que las reglas del mercado suplirían
el rol que cumple una institucionalidad. Si bien el gobierno
de Pinochet en la práctica pretendió dejar que
la cultura se desarrollará casi en forma espontánea,
encargándole su gestión a privados, tampoco
creo una legislación ad hoc, moderna y eficaz, que
posibilitara la participación eficaz y amplia de la
empresa privada en el estímulo y desarrollo de la cultura
y de las artes.
Sobre lo anterior, ahora pueden comenzar
a surgir algunas preguntas del tipo: ¿Cual son las
lecciones que nos dejó el autoritarismo para las políticas
culturales en democracia?.
La principal de ellas, es que las
políticas culturales no pueden ser responsabilidad
exclusiva de ni del Estado, ni de un gobierno en particular,
ni menos de la mano invisible del mercado. Lo es de la sociedad
en su conjunto, incluyendo al sector privado, en una lógica
de responsabilidad social empresarial, pues la cultura es
de la incumbencia de todos y sus beneficios son el última
instancia públicos. Las políticas culturales
de la concertación han combinado un modelo de mecenazgo
liberal, dado por el estímulo a la participación
de los privados, con un modelo de democratización cultural,
al orientar la acción al ofrecimiento de oportunidades
para el acceso igualitario de la sociedad a los bienes cultural,
en un contexto donde las nuevas condiciones de la creación
culturales son dominados por las reglas del mercado, donde
se manifiestan las poderosas dinámicas de la industria
y del consumo cultural, por tanto las políticas de
la concertación en esta materia, además de intentar
conciliar la cultura con la democracia, han debido “asumir
el marco fáctico que traza el mercado, al tiempo que
debe compensar sus fallas” (41)
La segunda lección, es que
las políticas culturales no pueden ser objeto de dirigismo
estatal, decidiendo el contenido de las mismas o censurando
algunas de ellas, ni menos usarse con fines propagandísticos
por el gobierno de turno. La cultura no es el reducto exclusivo
de quienes detentan el poder, sino estos deben servir de canal
a las diversas manifestaciones de la ciudadanía, fomentando
a la creación y la expresión en un marco de
respeto mutuo y libre expresión.
Y una última lección
general que nos deja este episodio es la preocupación
que debemos tener por la legitimidad de las políticas
culturales. Para ello, es necesario y deseable que en su formulación
y ejecución deban y puedan concurrir todos los actores
involucrados, fomentando el interés de participación
de los mismos, para así dotarla de mayor autenticidad
y legitimidad a la acción pública.
NOTAS:
(1) Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Informe
sobre Desarrollo Humano en Chile, 2002. PNUD, Santiago,
2002. p.16
(2) ibid.
(3) Lahera, Eugenio. Introducción a las políticas
públicas. Cepal Santiago, 1999.
(4) El llamado ámbito microsocial o cotidiano de la
cultura, esta referida lo que observamos a diario, en donde
el hombre actúa (o no) con todo lo que lo rodea, configurándose
un “modo de vida” ya sea de una región,
nación, pueblo o grupo social. Esta noción de
cultura “cotidiana” no se refleja necesariamente
en las políticas culturales, pues se trata de procesos
forjados en un período de larga duración y cuyos
cambios – a lo sumo- sólo se aprecian de una
generación a otra. Pese a que admitimos que la Dictadura
de Pinochet sí generó efectos en este ámbito
cultural, nuestro trabajo apuntará más bien
otro sentido de cultura. Esta distinción aparece ampliamente
explicada en J.J. Brunner, “la mano visible y la mano
invisible”. En: Un espejo trizado. Ensayo sobre
cultura y políticas culturales. Flacso, Santiago,
1988
(5) Ibid. p265
(6) En esta exposición se abordarán principalmente
los aspectos organizacionales de la cultura en la esfera de
las actividades creativas y artísticas, desde el gobierno
central. Aunque somos conscientes de que en este sentido del
término cultura también debieran incluirse todo
lo relativo al Patrimonio Cultural de una sociedad, así
como el deporte y la recreación, las ciencias y tecnologías,
sin embargo, los dejaremos fuera del análisis por razones
metodológicas, ya que estas actividades tienen su propio
campo e institucionalidad.
(7) ibid p. 269
(8) Paula Cruz V. y M. Magdalena Pérez Á. El
Estado y la democratización de la cultura (1964 –1973).
Memoria para optar al Título de Profesor de Historia
y Geografía. Universidad Metropolitana de Ciencias
de la Educación. Santiago, 2002. Pp. 5-8
(9) Valdés, Hernán. “Ante la especulación
y el divisionismo: por una política cultural comprometida”.
En Enrique Lihn, et al. La cultura chilena en la vía
chilena al socialismo. Editorial Universitaria. Santiago,
1971. p.76
(10) ibid. p.77-78.
(11) Nos referimos a los siguientes trabajos: Brunner, José
Joaquín. Un espejo trizado : ensayos sobre
cultura y políticas culturales. Santiago.
FLACSO 1988; Catalán, Carlos y Munizaga, Giselle: Políticas
culturales estatales bajo el autoritarismo en Chile.
Santiago, Centro de Indagación y Expresión Cultural
y Artística, 1986; Henríquez, Rodrigo. El
Teatro Itinerante bajo Pinochet. Un estudio de caso sobre
políticas culturales en Chile (1978-1990).
Seminario de Grado Licenciatura en Ciencia Política.
Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago,
203; Rivera Ottenberger, Anny. Transformaciones culturales
y movimiento artístico en el orden autoritario : Chile
1973-1982. Santiago, 1983.
(12) Garretón, M. “Estado y política cultural.
Fundamentos de una nueva Institucionalidad”. En: Seminario
sobre políticas culturales en Chile. División
de Cultura, Ministerio de Educación . Santiago, 31
de julio – 1 de agosto.p.67
(13) ibid.
(14) El poder legislativo así como el ejecutivo estuvo
concentrado en una primera etapa en la Junta Nacional de Gobierno.
En 1975 se publicó el documento “Política
Cultural del Gobierno de Chile” que establecía
la creación mediante decreto ley del cargo de asesor
cultural de la Junta de Gobierno, sin embargo, no contamos
con registro de sus actividades y orientaciones, lo que indica
una escasa presencia a lo largo del régimen militar.
(15) Véase Vergara, Pilar. Auge y caída
del neoliberalismo en Chile. Flacso, Santiago, 1985.
(16) Asesoría cultural de la Junta de Gobierno, Departamento
Cultural de la Secretaría General de Gobierno. Política
cultural del Gobierno de Chile. Editorial Gabriela
Mistral, Santiago, 1975.
(17) Catalán. op.cit. p. 14
(18) ibid.
(19) Ibid . p.16
(20) A modo de ejemplo El Diario La Nación, de propiedad
estatal y bajo el control del Gobierno, obsequiaba semanalmente
libros en su “Colección Literaria”. Entre
treinta y tres títulos publicados durante 1985 se encontraban
veintitrés de ellos correspondían a autores
europeos clásicos.
(21) Declaraciones de Cesar Sepúlveda, Vicepresidente
del grupo BHC, en entrevista a revista Cosas nº116, marzo
1981, citado en Rivera, Anny, op.cit.p.80
(22) Para ilustrar esto se puede señalar la dictación
del Bando nº 107 (1977) que exigía la autorización
previa para la publicación de libros, periódicos
y revistas. Más tarde el artículo 24 transitorio
de la Constitución de 1980 se podía aplicar
a las obras publicadas que el Gobierno considere inapropiadas,
inconvenientes o subversivas. También se encuentran
los diversos toques de queda que ejercieron un fuerte efecto
en las personas quienes podían ver vulnerados sus derechos,
pudiendo ser privados de libertad con o sin una acusación
formal, ser expulsados del territorio nacional, impedir el
ingreso al país o ser despojados de su nacionalidad,
como así allanar su domicilio o restringir la libertad
de asociación.
(23) Correa, Sofia; Jocelyn – Holt, Alfredo; at al.
Historia del Siglo XX chileno. Un balance paradojal.
Editorial Universitaria, Santiago. 2001. Cap. XIII.
(24) Para el caso de políticas educacionales véase:
Cox, Cristián: Políticas educacionales
y principios culturales : Chile 1965-1985. CIDE,
Santiago, 1986; Cox, Cristián. Propuestas Políticas
y Demandas Sociales. Vol. I Educación. Flacso,
Santiago, 1989. Magendzo, Abraham: Desarrollo de las
normativas curriculares bajo el régimen militar (1973-1987)
: un análisis crítico. Santiago, Chile
[PIIE] 1988. En tanto que para políticas comunicacionales:
Giselle Munizaga, Carlos Ochsenius. Políticas
de comunicación bajo regímenes autoritarios:
el caso de Chile. Clacso Buenos Aires 1983.
(25) Un claro ejemplo lo constituye la situación de
los actores, cuando en 1980 el Ministerio del Trabajo abolió
un Carnet Profesional que los facultaban para firmar contratos
de trabajo y ser controlados en cuanto a sus desempeño
profesional, gremial y ético por el Sindicato.
(26) A través del Ministerio de Educación y
de acuerdo a una política liberal, el régimen
aplicaba en forma discrecional un impuestos del 22% sobre
los ingresos brutos a aquellas obras teatrales y espectáculos
que no eran consideradas como “culturales”.
(27) La centralidad que ganan los medios audiovisuales al
masificarse producen algunos efectos sobre otros circuitos
culturales. La explosiva expansión de los televisores
y radios en los hogares merma en cierto modo la asistencia
a otro tipo de espectáculos, lo que produce una airada
critica de sectores tan disímiles como los oficialistas
y la oposición disidente que culpan a los medios audiovisuales
y en particular a la televisión como los causantes
del “apagón cultural”. Junto a este fenómeno,
se critica también la creciente extranjerización
de los contenidos televisivos. En efecto, la incipiente industria
cultural nacional se transformó en una industria más
de emisión que de producción, debido a que en
la lógica mercantil opera los principios básicos
del autofinanciamiento y la reducción de costos para
aumentar las utilidades, por lo que producir programas a nivel
local resultaba menos rentable que importarlos, aún
más si la política económica era aperturista
y los efectos de la crisis económica se hicieron sentir
en todos los ámbitos.
(28) El contenido de estos programas reprodujo principalmente
dos concepciones de la cultura que se aprecian también
en el resto de la política gubernamental: una concepción
fundacional –nacionalista (matices más, matices
menos) y otra concepciones adscritas al circuito de la alta
cultura, caracterizadas por una consideración conservadora,
elitaria e ilustrada de la cultura. Para un análisis
sobre estos programa ver Henríquez, Rodrigo. Op. cit.
capítulos III y IV.
(29) Garretón, Manuel Antonio. La Faz sumergida
del Iceberg. Estudios sobre la transformación cultural.
Ediciones CESOC-LOM Ediciones, Santiago 1993. p.56
(30) Esto se plasmó en la elaboración del proyecto
“Plan nacional de desarrollo cultural”
(1988) por una comisión presidida por Germán
Dominguez, jefe del Departamento de Extensión Cultural
del MINEDUC, además de Carlos Riesco, Carlos Ruiz –
Tagle, César Sepúlveda, Tomás Mac Hale,
Hernán Rodriguez y Gonzalo Cienfuegos. Véase
Henríquez, Rodrigo. Op. cit
(31) Véase Huneeus, Carlos. El régimen
de Pinochet. Editorial Sudamericana, Santiago, 2002.;
Moulían, Tomás. Chile Actual. Anatomía
de un mito. Editorial LOM, Santiago, 1997
(32) Sobre este tema véase: Boeninger, Edgardo. Democracia
en Chile. Lecciones para la gobernabilidad. Editorial
Andrés Bello. Santiago, 1997.
(33) PNUD, 2002. p.181.
(34) Acuña, Katherina. Políticas culturales.
Breve historia de la última década “1990-1999”.
Tesis de grado, licenciatura en ciencias políticas
y gestión pública. Universidad Central, Santiago.
1999.
(35) Subercaseux, Bernardo. “Políticas culturales,
institucionalidad y democracia”. Presentado en Seminario
“Cultura y Desarrollo”. Universidad de
Chile. 16 –17, Noviembre, 1998, Santiago.
(36) Acuña, K. Op.cit. p.24
(37) Acuña, K. op. cit. pp- 47- 48.
(38) Esta Comisión Asesora de Cultura fue instituida
en 1991 por el entonces ministro de Educación Ricardo
Lagos a pedido del Presidente Aylwin. Coordinada por Manuel
Antonio Garretón, convocó a un amplio espectro
de tendencias y corrientes de pensamiento, así como
diversas áreas de expresiones culturales para elaborar
un diagnóstico y propuesta sobre una institucionalidad
cultural chilena.
(39) Acuña. K. Op. cit pp. 42- 43.
(40) Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, en : culturachile.cl
(41) PNUD, op.cit. pp 180-181.
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