Este es un hecho real;
que poca gente en Chile conoce. En Annapolis, sede
de la academia donde se forma a los oficiales de la
marina estadounidense, hay un monumento a un héroe
del siglo XIX. En el pedestal de su estatua dorada
se lee una lista de las batallas donde alcanzó
la gloria. La placa dice: “Santiago, Valparaíso,
Islas Chinchas”. Esta es la historia de cómo
el héroe americano llegó a ganar tales
“batallas”. Y una reflexión sobre
el rol de la inocencia y la mierda en la fundación
de los imperios.
La nieve sucia. Los pies de
los transeúntes pisoteando la nieve frente
a la pequeña ventana de mi subterráneo.
Yo era muy joven y vivía en Washington D.C.
Tenía poco dinero, no conocía a casi
nadie, y escribía todo el día encerrado
en ese oscuro english basement, donde roncaba la caldera
que calentaba la vieja casa por encima de mí.
Y cada vez que levantaba la cabeza veía esos
enérgicos pies apresurados, ensuciando la nieve.
Cuando un amigo rascó el vidrio, esa mañana,
y me invitó a acompañarlo en un paseo
fuera de la ciudad, no titubeé ni un momento
en escapar.
Annapolis es un pequeño
puerto de estilo colonial, alojado en un seno cristalino
de la bahía de Chesapeake, entre los bosques
de Maryland. Cientos de miles de turistas estadounidenses
lo visitan cada año. Es un destino obligado
del patriotismo americano, pues es sede de la Academia
Naval (donde se tornea el musculoso y largo brazo
de los marines); a la vez que alberga el Capitolio
más antiguo de los Estados Unidos, aun en uso.
Entré en él. Había memorabilia
de la Independencia, retratos de congresistas olvidados,
banderas polvorientas. Y al fondo un grupo de turistas,
con sus gorras de béisbol respetuosamente en
la mano, todos rodeando aquella estatua dorada de
un oficial con la mirada de bronce perdida en mares
y glorias pasadas. El pedestal nos informaba que el
contra-almirante Winfield S. Schley (1839-1911), fue
el triunfador, entre otras, en las batallas de “Santiago”,
“Valparaíso” y “the Chincha
Islands”.
Me quedé helado. Como
buen chileno, sabía que ignoraba nuestra historia.
¡Pero no hasta ese extremo! ¿Cuándo
ocurrieron aquellos combates tan memorables que merecían
estar inscritos, en el monumento de semejante héroe
americano?
Al día siguiente,
al volver a Washington D.C., me fui a la Biblioteca
del Congreso y me senté a investigar estas
batallas del héroe.
|
nota del autor:
Estimados amigos, tal vez ya sepan por algún
suelto en un diario, que el mes pasado la Agencia Prensa
Latina de Cuba me otorgó un segundo premio en
el Concurso latinoamericano de periodismo José
Martí por un ensayo periodístico publicado
en varios medios de latinoamerica y España en
el 2002. Yo me enteré la semana pasada y luego
de reflexionarlo y lamentándolo mucho, me vi
obligado a rechazar esa distinción. La situación
actual de los disidentes encarcelados en Cuba -entre
los que hay escritores y periodistas- me hace muy difícil
aceptar un premio de este tipo de un organismo del Estado
cubano. Ha sido una decisión triste, cuyas razones
detallo mejor en la carta que les envié a ellos
y que les copio más abajo. También adjunto
el ensayo premiado para los que se interesen en saber
un poco más de este embrollo. Saludos afectuosos,
Carlos Franz.
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Señores
Agencia de Noticias Prensa Latina
XII Premio Latinoamericano de Periodismo “José
Martí”
La Habana
Cuba
Señores,
Hace poco me enteré que, el 16 de Junio de
este año, me había sido otorgado en La
Habana un segundo premio en el XII Concurso Latinoamericano
de Periodismo “José Martí”.
El premio me fue otorgado por la crónica ensayo
“Un héroe americano”, publicada en
varios medios de prensa de América Latina y España
durante el año 2002 (revista Rocinante de Chile,
QueHacer de Perú, Brecha de Uruguay, Letras Libres
de España, etc.) Dicho ensayo relata un caso
flagrante de imperialismo estadounidense en algunos
países latinoamericanos, a fines del siglo XIX,
y, a través de esa parábola histórica,
advierte acerca del peligro de un naciente neo-imperialismo
en los EE.UU. de nuestra época.
Esa crítica anti-imperialista se basa en convicciones
democráticas: el derecho a la autodeterminación
de los países es hermano inseparable de los derechos
humanos de sus pueblos. La lucha por uno de estos ideales
no puede servir para coartar los otros. Recientemente,
los EEUU cometieron una flagrante violación del
derecho internacional al invadir a Irak, con el pretexto,
entre otros, de los abusos contra su población
que cometía el ex régimen. A la inversa,
el régimen que Fidel Castro encabeza en Cuba
viola sistemáticamente los derechos humanos de
sus habitantes, a pretexto, entre otros, de defender
su soberanía nacional contra la agresión
de los EE.UU. Ambos extremos repugnan a una conciencia
libre: el depravado bloqueo comercial a la isla, la
nauseabunda Ley Helms-Burton, la Ley Torricelli, no
pueden justificar que, después de 40 años,
el castrismo persista en negarles indefinidamente a
los cubanos sus derechos democráticos elementales.
Hace unos meses, y aprovechando precisamente que la
atención internacional se centraba en la guerra
de Irak, 78 disidentes políticos fueron encarcelados,
sometidos a juicios sumarios, sin el debido proceso,
y condenados a extensas penas que cumplen en condiciones
miserables. La Comisión de Derechos humanos de
la OEA y de la ONU, Amnesty International, y Human Rights
Watch, entre otras muchas organizaciones y personas,
han pedido al gobierno cubano que deje sin efecto esas
impúdicas afrentas a la libertad de conciencia
y de expresión de sus ciudadanos. A pesar de
ello, esos presos –entre los que hay escritores
y periodistas- continuaban en prisión mientras
ustedes entregaban este premio periodístico;
y siguen allí hasta ahora.
El día en que exista una prensa libre en Cuba
quizá tenga la oportunidad de criticar desde
sus páginas, y junto a voces cubanas, las afrentas
de cualquier tipo de imperialismo. Por ahora, agradezco
al jurado su preferencia, pero el propio nombre de José
Martí, que invocan en su premio, me prohíbe
aceptarlo. Mientras tantos presos de conciencia sigan
encarcelados, será tristemente actual lo que
hace más de un siglo escribió vuestro
gran patriota: “...aquel presidio, era el presidio
de Cuba”.
Adjunto a esta carta devuelvo el diploma que me enviaron,
como un gesto de protesta y solidaridad con los disidentes
encarcelados.
Carlos Franz |
El misterio de la batalla de “Santiago”
fue fácil. ¡Qué alivio! No era una olvidada
batalla entre el “coloso del norte” y nuestra
flaca patria austral, que obviamente habíamos perdido.
No era un olvido más en nuestra historia de amnesias.
Sino que se trataba del combate de Santiago de Cuba, librado
el 3 de Julio de 1898, durante la guerra Hispano-Americana.
En él, la armada americana, liderada por Schley, destruyó
completamente a la flota del Almirante Cervera sellando la
derrota de España. A pesar de todo no pude evitar estremecerme
un poco: este fue el golpe de gracia que dio fin a 400 años
de imperio español en América; a la vez, de
allí surgió el imperio Americano de ultramar,
con la adquisición de Puerto Rico y las Filipinas.
La muerte de un imperio, el nacimiento de otro... Ese vértice
épico estuvo en Latinoamérica; y sobre él,
este héroe.
Por lo que toca a la batalla de “Valparaíso”,
la historia me reservaba sorpresas menos gloriosas y más
entretenidas. El “combate” en cuestión
no era otra cosa que una gresca de tabernas, a consecuencias
de la cual dos marinos americanos resultaron muertos (criollamente
apuñaleados por la espalda) en los callejones del puerto,
a mediados de 1891. Los marinos pertenecían a la dotación
del USS Baltimore; su comandante era W. S. Schley. El Baltimore
venía de apoyar al bando balmacedista que acababa de
perder la guerra civil; los ánimos en el puerto estaban
caldeados. Schley cometió la imprudencia de darle franco
a sus marinos para que bajaran a divertirse con las chilenas
victoriosas. “En cada puerto una mujer espera, los marineros
besan y se van”, cantaría Pablo Neruda. En este
caso, los marineros no alcanzaron a besar... Nadie sabe por
qué empezó la pelea. Un marinero chileno escupió
en la cara al joven apprentice seaman, U. S. Navy, J.W.Talbot,
mientras bebían en la cantina The Blue Room, del puerto.
Unos dicen que fue por puro antiamericanismo. Otros testigos
aseguraron que la causa no tuvo nada de política sino
que estuvo en el vino chileno, o tal vez en las chilenas (según
los gringos ambos se suben a la cabeza.) El caso es que en
la feroz gresca de taberna se extendió por media ciudad
y en ella intervino toda la dotación del Baltimore.
Al final de la tarde se contaban docenas de arrestados, 5
heridos, y dos marinos estadounidenses muertos.
(“En el restaurante del puerto
un marino americano me quiso dar con la mano/ Me quiso dar
con la mano, pero allí se quedó muerto...”,
cantaba en Cuba, 50 años después, el poeta Nicolás
Guillén). El capitán Schley movió su
barco apuntando los cañones hacia Valparaíso
amenazando bombardearlo, pero algo lo disuadió de hacerlo.
No es imposible que fuera la armada chilena que acababa de
ganar esa guerra civil, o sus marineros presos en la cárcel
del puerto. A consecuencias de este incidente el gobierno
americano exigió reparaciones. El Congreso americano
estuvo a punto de declararle la guerra a Chile. En la prensa
Teddy Roosevelt ofrecía llevar sus rangers texanos
cabalgando hasta Talca. Finalmente, el gobierno chileno entregó
una disculpa formal y un millón de dólares (de
la época). Y quizá algo más... Hasta
no hace mucho circulaba en Chile la leyenda del teniente Peña,
hoy día tragada por nuestras amnesias. Según
este rumor hubo además un acuerdo secreto: el Gobierno
se comprometió a desagraviar a la armada yanqui, mandando
a un buque chileno para que arriara la bandera en un puerto
americano. Con tan triste misión la corbeta Chacabuco
habría entrado en la bahía de San Francisco
a fines de 1892. A bordo, los oficiales sortearon quien debería
arriar la insignia nacional. Le tocó en –mala-
suerte a un teniente Peña. Con lágrimas en los
ojos el marino bajó la bandera y acto seguido delante
de la dotación formada en cubierta, se pegó
un tiro (soldados de otras épocas.) La leyenda ha sido
desmentida varias veces por historiadores profesionales; pero
así y todo persistía hasta hace unas dos generaciones
atrás, hasta que la borraron nuestros olvidos profesionales.
Lo que sí es indudable, y que merecería ser
historia si alguien lo supiera, es que gracias a la gresca
de marras el nombre de nuestra “Perla del Pacífico”
adorna el pedestal de tal héroe americano, en Annapolis.
(Dato para los activistas pro Valparaíso; quizá
es el detalle que faltaba para que la UNESCO lo declare Patrimonio
de la Humanidad.)
Y me quedaba la batalla de las Islas
Chinchas Ese misterio era más difícil. ¿Qué
diablos hacían en la heroica lápida esos islotes
perdidos frente a la costa peruana? ¿Cómo logró
Schley cubrirse de gloria en esas tres rocas calvas chorreadas
por caca de pájaro? Las Islas Chinchas son unos promontorios
desérticos, en los 13°, 32’ de latitud sur,
a 13 millas de la costa de Pisco, en Perú. Hasta comienzos
del siglo XX fueron las principales proveedoras de guano,
es decir de excremento de pájaro, utilizado entonces
como fertilizante por medio mundo. El monopolio del comercio
del guano era británico, la flota mercante que lo atendía
era estadounidense, y el gobierno peruano cobraba los impuestos.
En la base de esa pirámide de explotaciones estaban
los esclavos, hundidos hasta el cuello excavando mierda de
pájaro. En su mayoría eran chinos comprados
en Shangai. (Después he concluido que entre ellos deben
haber estado también los penúltimos Rapa Nui,
los primitivos habitantes de nuestra Isla de Pascua, que unos
años antes habían sido secuestrados en masa,
incluyendo a su último rey y a todos sus sacerdotes,
para explotarlos hasta la extinción en estas islas
cagadas.)
En 1865, una guerra de opereta enfrentaba
a Chile y Perú contra España, precisamente por
la posesión de esas rocas. En medio de ella, nuestro
conocido, el joven y bravo teniente Schley llegó a
la zona a bordo del USS Wateree, un barco de palas armado
como buque de guerra, para proteger los intereses americanos.
Durante algunos días no tuvo nada que hacer. Luego,
repentinamente, asomó la ocasión que iniciaría
su gloriosa carrera de armas. Durante la noche del 25 de Enero
de ese año, más de 400 esclavos se rebelaron
en la Isla del Medio y mataron a sus guardianes. Sin duda,
pretendían aprovechar la crisis para evadirse de su
infierno. Un oficial peruano llegó a pedir ayuda al
barco americano. Schley no se hizo de rogar, desembarcó
y condujo a sus hombres en una heroica carga subiendo un estrecho
sendero en la oscuridad, hasta lo alto de un acantilado. Desde
arriba, los esclavos bombardeaban a los invasores con piedras
y, es de suponer, con mierda. “Al llegar a lo alto de
los riscos, las fuerzas Americanas fueron desplegadas y abrieron
fuego sobre los revoltosos...”, nos confiesa Schley,
con profesional inocencia, en el breve párrafo que
le dedica a esta hazaña en sus memorias. Al día
siguiente, los peruanos llegaron para terminar la tarea fusilando
a los cabecillas. Los esclavos supervivientes volvieron al
trabajo. Los británicos volvieron a su negocio. Los
españoles se retiraron con la cola entre las piernas
(no sin antes, y como les quedaba a la pasada, bombardear
Valparaíso.) La flota mercante americana pudo seguir
transportando el guano. La mierda de las Islas Chinchas siguió
fertilizando el mundo. El USS Wateree levó anclas.
Traté de imaginar lo que sintió
Schley al dejar atrás el sitio de su batalla. Pero
no pude. Desde mi cómodo asiento en la Biblioteca del
Congreso me resultaba imposible concebir esas islas enfrentadas
a la desolación de uno de los desiertos más
secos del mundo, las bandadas de pelícanos aullando
en la inmensidad del océano, los morros grises, calcinados.
En las grietas el guano, acumulado hasta 20 metros de altura,
durante siglos. Y hundidos en él los esclavos, excavando
bajo el sol brumoso del Perú. No hay palabras suficientes.
Quizá sólo se pueda exclamar: “!El horror!
¡El horror!”, como dice Kurtz, en El corazón
de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad. Pero Schley
sólo había dicho “Fuego!”.
La comparación no es caprichosa.
Schley, como Kurtz, también estuvo en el Congo, remontó
el río en 1887, sólo diez años antes
de que lo hiciera Conrad. Al comienzo de la novela vemos un
barco de guerra que cañonea un invisible campamento
de nativos sublevados: “En la vacía inmensidad
de la tierra, el cielo y el agua, allí estaba ese barco,
incomprensible, bombardeando un continente”. Schley,
buen amigo de Teddy Roosevelt, fue un convencido del destino
imperial de los EEUU, para extender la civilización
y la cristiandad a través del comercio. Kurtz escribe
su reporte para la “Sociedad Internacional por la Supresión
de las Costumbres Salvajes”, con el mismo objetivo;
pero al final anota febrilmente, cansado de tantos eufemismos:
“!Exterminen a todos esos brutos!”
Sin embargo, hay una diferencia crucial:
Kurtz se quiebra y se hunde en las tinieblas; Schley triunfó
toda su vida. Kurtz es un personaje imaginario, complejo,
faustiano; Schley fue sencillamente real. En la Academia Naval
de Annapolis fue ese tonto en clases que es el más
ingenioso en los recreos, el típico mal alumno, al
que se le perdonaba todo por ser el más popular entre
sus compañeros. Era alegre, charlatán, y dado
a las bromas arriesgadas, a cortarle el sombrero a sablazos
a un periodista (sin mala intención, por supuesto.)
Fue condecorado por el Congreso, recibió una espada
de oro. Y tiene su estatua dorada. Pero su mayor triunfo fue
que jamás perdió su inocencia. En sus memorias
pudo escribir: “El amor conquista todas las cosas; cuando
nos llena el alma no hay muralla tan alta, ni mar tan profundo,
ni isla tan desolada... como para que puedan derrotarlo”.
“Amor”, en lugar de “Horror”.
Por supuesto, ¿por qué tendría que haber
mencionado el horror? Cuando este se le acercó demasiado,
en la forma de esos fantasmales chinos y pascuenses cubiertos
de excremento, simplemente los suprimió, les disparó.
Es más, sospecho que aquella noche el joven Schley
no disparó sobre los esclavos de las Islas Chinchas.
No, Schley le disparó a la caca misma. Fusiló
a la mierda, para mantenerla del otro lado de la luz, del
lado de las tinieblas.
Y, probablemente, lo hizo porque
su saludable instinto le indicó que unas islas -unas
vidas- tan desoladas como aquellas eran una amenaza intolerable
para ese “amor” que menciona en sus memorias.
Intuyó, oscuramente, que esos esclavos eran una negación
de su libertad, de su inocencia escolar, de su sentimentalismo
de hierro, de su optimismo a toda prueba (excepto la prueba
de la mierda.) O los negaba a ellos o se negaba a si mismo
y a todo lo que él representaba. Es decir, en el fondo,
fusiló a esos esclavos para proteger su propia inocencia.
Mirado así, Schley merece
su estatua dorada. Quizá se discutirá si aquel
“combate” de Valparaíso acuña o
embarra su pedestal. Pero por la “batalla” de
las Islas Chinchas no cabe duda que se ganó su monumento,
incluso con más justicia que por su gran victoria en
Santiago de Cuba. En esta última ayudó a conquistar
un imperio; pero en la primera hizo algo más precioso:
defendió la felicidad de sus ciudadanos. Quiso salvar
su inocencia. En aquellas islas desoladas Schley quiso salvar
al sentimentalismo estadounidense de enfrentarse a la mierda
del mundo.
Salí de la Biblioteca del Congreso
y bajé caminando por el Mall, entre los museos. Inevitablemente,
me vinieron a la mente aquellos versos de Whitman: “Mientras
paseo por estos anchos, majestuosos, días de paz...”.
Los imperios, como las religiones, son peligrosos porque son
simplificaciones sentimentales del mundo. Afortunadamente,
su propia diversidad los desmiente y, a veces, los obliga
a enfrentarse a si mismos. EEUU no es sólo el imperio
de Schley sino que también es la patria de su contemporáneo,
Whitman, el poeta demócrata quien no temió a
perder la inocencia. Whitman quien quiso ser todos los hombres,
incluso los que viven en el horror y la mierda: “Yo
soy el esclavo acosado, yo tiemblo cuando me muerden los perros,/
El infierno y la desesperación me siguen...”.
La nieve blanqueaba la silueta irreal
del castillo del Smithsonian. La cúpula del Capitolio
brillaba como si hubiera sido de hielo puro. Era un día
tan hermoso que, de haber podido, no habría vuelto
a mi subterráneo. A mi ventana desde la cual se veía
la nieve sucia.
* Carlos Franz es escritor.
Su libro más reciente es el ensayo La muralla enterrada.
Actualmente es Visiting Fellow en la Universidad de Londres.
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