Un héroe americano.
Por Carlos Franz*.
21 de julio de 2003

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Este es un hecho real; que poca gente en Chile conoce. En Annapolis, sede de la academia donde se forma a los oficiales de la marina estadounidense, hay un monumento a un héroe del siglo XIX. En el pedestal de su estatua dorada se lee una lista de las batallas donde alcanzó la gloria. La placa dice: “Santiago, Valparaíso, Islas Chinchas”. Esta es la historia de cómo el héroe americano llegó a ganar tales “batallas”. Y una reflexión sobre el rol de la inocencia y la mierda en la fundación de los imperios.

La nieve sucia. Los pies de los transeúntes pisoteando la nieve frente a la pequeña ventana de mi subterráneo. Yo era muy joven y vivía en Washington D.C. Tenía poco dinero, no conocía a casi nadie, y escribía todo el día encerrado en ese oscuro english basement, donde roncaba la caldera que calentaba la vieja casa por encima de mí. Y cada vez que levantaba la cabeza veía esos enérgicos pies apresurados, ensuciando la nieve. Cuando un amigo rascó el vidrio, esa mañana, y me invitó a acompañarlo en un paseo fuera de la ciudad, no titubeé ni un momento en escapar.

Annapolis es un pequeño puerto de estilo colonial, alojado en un seno cristalino de la bahía de Chesapeake, entre los bosques de Maryland. Cientos de miles de turistas estadounidenses lo visitan cada año. Es un destino obligado del patriotismo americano, pues es sede de la Academia Naval (donde se tornea el musculoso y largo brazo de los marines); a la vez que alberga el Capitolio más antiguo de los Estados Unidos, aun en uso. Entré en él. Había memorabilia de la Independencia, retratos de congresistas olvidados, banderas polvorientas. Y al fondo un grupo de turistas, con sus gorras de béisbol respetuosamente en la mano, todos rodeando aquella estatua dorada de un oficial con la mirada de bronce perdida en mares y glorias pasadas. El pedestal nos informaba que el contra-almirante Winfield S. Schley (1839-1911), fue el triunfador, entre otras, en las batallas de “Santiago”, “Valparaíso” y “the Chincha Islands”.

Me quedé helado. Como buen chileno, sabía que ignoraba nuestra historia. ¡Pero no hasta ese extremo! ¿Cuándo ocurrieron aquellos combates tan memorables que merecían estar inscritos, en el monumento de semejante héroe americano?

Al día siguiente, al volver a Washington D.C., me fui a la Biblioteca del Congreso y me senté a investigar estas batallas del héroe.

 


nota del autor:
Estimados amigos, tal vez ya sepan por algún suelto en un diario, que el mes pasado la Agencia Prensa Latina de Cuba me otorgó un segundo premio en el Concurso latinoamericano de periodismo José Martí por un ensayo periodístico publicado en varios medios de latinoamerica y España en el 2002. Yo me enteré la semana pasada y luego de reflexionarlo y lamentándolo mucho, me vi obligado a rechazar esa distinción. La situación actual de los disidentes encarcelados en Cuba -entre los que hay escritores y periodistas- me hace muy difícil aceptar un premio de este tipo de un organismo del Estado cubano. Ha sido una decisión triste, cuyas razones detallo mejor en la carta que les envié a ellos y que les copio más abajo. También adjunto el ensayo premiado para los que se interesen en saber un poco más de este embrollo. Saludos afectuosos,
Carlos Franz.

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Señores
Agencia de Noticias Prensa Latina
XII Premio Latinoamericano de Periodismo “José Martí”
La Habana
Cuba

Señores,

Hace poco me enteré que, el 16 de Junio de este año, me había sido otorgado en La Habana un segundo premio en el XII Concurso Latinoamericano de Periodismo “José Martí”. El premio me fue otorgado por la crónica ensayo “Un héroe americano”, publicada en varios medios de prensa de América Latina y España durante el año 2002 (revista Rocinante de Chile, QueHacer de Perú, Brecha de Uruguay, Letras Libres de España, etc.) Dicho ensayo relata un caso flagrante de imperialismo estadounidense en algunos países latinoamericanos, a fines del siglo XIX, y, a través de esa parábola histórica, advierte acerca del peligro de un naciente neo-imperialismo en los EE.UU. de nuestra época.

Esa crítica anti-imperialista se basa en convicciones democráticas: el derecho a la autodeterminación de los países es hermano inseparable de los derechos humanos de sus pueblos. La lucha por uno de estos ideales no puede servir para coartar los otros. Recientemente, los EEUU cometieron una flagrante violación del derecho internacional al invadir a Irak, con el pretexto, entre otros, de los abusos contra su población que cometía el ex régimen. A la inversa, el régimen que Fidel Castro encabeza en Cuba viola sistemáticamente los derechos humanos de sus habitantes, a pretexto, entre otros, de defender su soberanía nacional contra la agresión de los EE.UU. Ambos extremos repugnan a una conciencia libre: el depravado bloqueo comercial a la isla, la nauseabunda Ley Helms-Burton, la Ley Torricelli, no pueden justificar que, después de 40 años, el castrismo persista en negarles indefinidamente a los cubanos sus derechos democráticos elementales.

Hace unos meses, y aprovechando precisamente que la atención internacional se centraba en la guerra de Irak, 78 disidentes políticos fueron encarcelados, sometidos a juicios sumarios, sin el debido proceso, y condenados a extensas penas que cumplen en condiciones miserables. La Comisión de Derechos humanos de la OEA y de la ONU, Amnesty International, y Human Rights Watch, entre otras muchas organizaciones y personas, han pedido al gobierno cubano que deje sin efecto esas impúdicas afrentas a la libertad de conciencia y de expresión de sus ciudadanos. A pesar de ello, esos presos –entre los que hay escritores y periodistas- continuaban en prisión mientras ustedes entregaban este premio periodístico; y siguen allí hasta ahora.

El día en que exista una prensa libre en Cuba quizá tenga la oportunidad de criticar desde sus páginas, y junto a voces cubanas, las afrentas de cualquier tipo de imperialismo. Por ahora, agradezco al jurado su preferencia, pero el propio nombre de José Martí, que invocan en su premio, me prohíbe aceptarlo. Mientras tantos presos de conciencia sigan encarcelados, será tristemente actual lo que hace más de un siglo escribió vuestro gran patriota: “...aquel presidio, era el presidio de Cuba”.

Adjunto a esta carta devuelvo el diploma que me enviaron, como un gesto de protesta y solidaridad con los disidentes encarcelados.

Carlos Franz

El misterio de la batalla de “Santiago” fue fácil. ¡Qué alivio! No era una olvidada batalla entre el “coloso del norte” y nuestra flaca patria austral, que obviamente habíamos perdido. No era un olvido más en nuestra historia de amnesias. Sino que se trataba del combate de Santiago de Cuba, librado el 3 de Julio de 1898, durante la guerra Hispano-Americana. En él, la armada americana, liderada por Schley, destruyó completamente a la flota del Almirante Cervera sellando la derrota de España. A pesar de todo no pude evitar estremecerme un poco: este fue el golpe de gracia que dio fin a 400 años de imperio español en América; a la vez, de allí surgió el imperio Americano de ultramar, con la adquisición de Puerto Rico y las Filipinas. La muerte de un imperio, el nacimiento de otro... Ese vértice épico estuvo en Latinoamérica; y sobre él, este héroe.

Por lo que toca a la batalla de “Valparaíso”, la historia me reservaba sorpresas menos gloriosas y más entretenidas. El “combate” en cuestión no era otra cosa que una gresca de tabernas, a consecuencias de la cual dos marinos americanos resultaron muertos (criollamente apuñaleados por la espalda) en los callejones del puerto, a mediados de 1891. Los marinos pertenecían a la dotación del USS Baltimore; su comandante era W. S. Schley. El Baltimore venía de apoyar al bando balmacedista que acababa de perder la guerra civil; los ánimos en el puerto estaban caldeados. Schley cometió la imprudencia de darle franco a sus marinos para que bajaran a divertirse con las chilenas victoriosas. “En cada puerto una mujer espera, los marineros besan y se van”, cantaría Pablo Neruda. En este caso, los marineros no alcanzaron a besar... Nadie sabe por qué empezó la pelea. Un marinero chileno escupió en la cara al joven apprentice seaman, U. S. Navy, J.W.Talbot, mientras bebían en la cantina The Blue Room, del puerto. Unos dicen que fue por puro antiamericanismo. Otros testigos aseguraron que la causa no tuvo nada de política sino que estuvo en el vino chileno, o tal vez en las chilenas (según los gringos ambos se suben a la cabeza.) El caso es que en la feroz gresca de taberna se extendió por media ciudad y en ella intervino toda la dotación del Baltimore. Al final de la tarde se contaban docenas de arrestados, 5 heridos, y dos marinos estadounidenses muertos.

(“En el restaurante del puerto un marino americano me quiso dar con la mano/ Me quiso dar con la mano, pero allí se quedó muerto...”, cantaba en Cuba, 50 años después, el poeta Nicolás Guillén). El capitán Schley movió su barco apuntando los cañones hacia Valparaíso amenazando bombardearlo, pero algo lo disuadió de hacerlo. No es imposible que fuera la armada chilena que acababa de ganar esa guerra civil, o sus marineros presos en la cárcel del puerto. A consecuencias de este incidente el gobierno americano exigió reparaciones. El Congreso americano estuvo a punto de declararle la guerra a Chile. En la prensa Teddy Roosevelt ofrecía llevar sus rangers texanos cabalgando hasta Talca. Finalmente, el gobierno chileno entregó una disculpa formal y un millón de dólares (de la época). Y quizá algo más... Hasta no hace mucho circulaba en Chile la leyenda del teniente Peña, hoy día tragada por nuestras amnesias. Según este rumor hubo además un acuerdo secreto: el Gobierno se comprometió a desagraviar a la armada yanqui, mandando a un buque chileno para que arriara la bandera en un puerto americano. Con tan triste misión la corbeta Chacabuco habría entrado en la bahía de San Francisco a fines de 1892. A bordo, los oficiales sortearon quien debería arriar la insignia nacional. Le tocó en –mala- suerte a un teniente Peña. Con lágrimas en los ojos el marino bajó la bandera y acto seguido delante de la dotación formada en cubierta, se pegó un tiro (soldados de otras épocas.) La leyenda ha sido desmentida varias veces por historiadores profesionales; pero así y todo persistía hasta hace unas dos generaciones atrás, hasta que la borraron nuestros olvidos profesionales. Lo que sí es indudable, y que merecería ser historia si alguien lo supiera, es que gracias a la gresca de marras el nombre de nuestra “Perla del Pacífico” adorna el pedestal de tal héroe americano, en Annapolis. (Dato para los activistas pro Valparaíso; quizá es el detalle que faltaba para que la UNESCO lo declare Patrimonio de la Humanidad.)

Y me quedaba la batalla de las Islas Chinchas Ese misterio era más difícil. ¿Qué diablos hacían en la heroica lápida esos islotes perdidos frente a la costa peruana? ¿Cómo logró Schley cubrirse de gloria en esas tres rocas calvas chorreadas por caca de pájaro? Las Islas Chinchas son unos promontorios desérticos, en los 13°, 32’ de latitud sur, a 13 millas de la costa de Pisco, en Perú. Hasta comienzos del siglo XX fueron las principales proveedoras de guano, es decir de excremento de pájaro, utilizado entonces como fertilizante por medio mundo. El monopolio del comercio del guano era británico, la flota mercante que lo atendía era estadounidense, y el gobierno peruano cobraba los impuestos. En la base de esa pirámide de explotaciones estaban los esclavos, hundidos hasta el cuello excavando mierda de pájaro. En su mayoría eran chinos comprados en Shangai. (Después he concluido que entre ellos deben haber estado también los penúltimos Rapa Nui, los primitivos habitantes de nuestra Isla de Pascua, que unos años antes habían sido secuestrados en masa, incluyendo a su último rey y a todos sus sacerdotes, para explotarlos hasta la extinción en estas islas cagadas.)

En 1865, una guerra de opereta enfrentaba a Chile y Perú contra España, precisamente por la posesión de esas rocas. En medio de ella, nuestro conocido, el joven y bravo teniente Schley llegó a la zona a bordo del USS Wateree, un barco de palas armado como buque de guerra, para proteger los intereses americanos. Durante algunos días no tuvo nada que hacer. Luego, repentinamente, asomó la ocasión que iniciaría su gloriosa carrera de armas. Durante la noche del 25 de Enero de ese año, más de 400 esclavos se rebelaron en la Isla del Medio y mataron a sus guardianes. Sin duda, pretendían aprovechar la crisis para evadirse de su infierno. Un oficial peruano llegó a pedir ayuda al barco americano. Schley no se hizo de rogar, desembarcó y condujo a sus hombres en una heroica carga subiendo un estrecho sendero en la oscuridad, hasta lo alto de un acantilado. Desde arriba, los esclavos bombardeaban a los invasores con piedras y, es de suponer, con mierda. “Al llegar a lo alto de los riscos, las fuerzas Americanas fueron desplegadas y abrieron fuego sobre los revoltosos...”, nos confiesa Schley, con profesional inocencia, en el breve párrafo que le dedica a esta hazaña en sus memorias. Al día siguiente, los peruanos llegaron para terminar la tarea fusilando a los cabecillas. Los esclavos supervivientes volvieron al trabajo. Los británicos volvieron a su negocio. Los españoles se retiraron con la cola entre las piernas (no sin antes, y como les quedaba a la pasada, bombardear Valparaíso.) La flota mercante americana pudo seguir transportando el guano. La mierda de las Islas Chinchas siguió fertilizando el mundo. El USS Wateree levó anclas.

Traté de imaginar lo que sintió Schley al dejar atrás el sitio de su batalla. Pero no pude. Desde mi cómodo asiento en la Biblioteca del Congreso me resultaba imposible concebir esas islas enfrentadas a la desolación de uno de los desiertos más secos del mundo, las bandadas de pelícanos aullando en la inmensidad del océano, los morros grises, calcinados. En las grietas el guano, acumulado hasta 20 metros de altura, durante siglos. Y hundidos en él los esclavos, excavando bajo el sol brumoso del Perú. No hay palabras suficientes. Quizá sólo se pueda exclamar: “!El horror! ¡El horror!”, como dice Kurtz, en El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad. Pero Schley sólo había dicho “Fuego!”.

La comparación no es caprichosa. Schley, como Kurtz, también estuvo en el Congo, remontó el río en 1887, sólo diez años antes de que lo hiciera Conrad. Al comienzo de la novela vemos un barco de guerra que cañonea un invisible campamento de nativos sublevados: “En la vacía inmensidad de la tierra, el cielo y el agua, allí estaba ese barco, incomprensible, bombardeando un continente”. Schley, buen amigo de Teddy Roosevelt, fue un convencido del destino imperial de los EEUU, para extender la civilización y la cristiandad a través del comercio. Kurtz escribe su reporte para la “Sociedad Internacional por la Supresión de las Costumbres Salvajes”, con el mismo objetivo; pero al final anota febrilmente, cansado de tantos eufemismos: “!Exterminen a todos esos brutos!”

Sin embargo, hay una diferencia crucial: Kurtz se quiebra y se hunde en las tinieblas; Schley triunfó toda su vida. Kurtz es un personaje imaginario, complejo, faustiano; Schley fue sencillamente real. En la Academia Naval de Annapolis fue ese tonto en clases que es el más ingenioso en los recreos, el típico mal alumno, al que se le perdonaba todo por ser el más popular entre sus compañeros. Era alegre, charlatán, y dado a las bromas arriesgadas, a cortarle el sombrero a sablazos a un periodista (sin mala intención, por supuesto.) Fue condecorado por el Congreso, recibió una espada de oro. Y tiene su estatua dorada. Pero su mayor triunfo fue que jamás perdió su inocencia. En sus memorias pudo escribir: “El amor conquista todas las cosas; cuando nos llena el alma no hay muralla tan alta, ni mar tan profundo, ni isla tan desolada... como para que puedan derrotarlo”.

“Amor”, en lugar de “Horror”. Por supuesto, ¿por qué tendría que haber mencionado el horror? Cuando este se le acercó demasiado, en la forma de esos fantasmales chinos y pascuenses cubiertos de excremento, simplemente los suprimió, les disparó. Es más, sospecho que aquella noche el joven Schley no disparó sobre los esclavos de las Islas Chinchas. No, Schley le disparó a la caca misma. Fusiló a la mierda, para mantenerla del otro lado de la luz, del lado de las tinieblas.

Y, probablemente, lo hizo porque su saludable instinto le indicó que unas islas -unas vidas- tan desoladas como aquellas eran una amenaza intolerable para ese “amor” que menciona en sus memorias. Intuyó, oscuramente, que esos esclavos eran una negación de su libertad, de su inocencia escolar, de su sentimentalismo de hierro, de su optimismo a toda prueba (excepto la prueba de la mierda.) O los negaba a ellos o se negaba a si mismo y a todo lo que él representaba. Es decir, en el fondo, fusiló a esos esclavos para proteger su propia inocencia.

Mirado así, Schley merece su estatua dorada. Quizá se discutirá si aquel “combate” de Valparaíso acuña o embarra su pedestal. Pero por la “batalla” de las Islas Chinchas no cabe duda que se ganó su monumento, incluso con más justicia que por su gran victoria en Santiago de Cuba. En esta última ayudó a conquistar un imperio; pero en la primera hizo algo más precioso: defendió la felicidad de sus ciudadanos. Quiso salvar su inocencia. En aquellas islas desoladas Schley quiso salvar al sentimentalismo estadounidense de enfrentarse a la mierda del mundo.

Salí de la Biblioteca del Congreso y bajé caminando por el Mall, entre los museos. Inevitablemente, me vinieron a la mente aquellos versos de Whitman: “Mientras paseo por estos anchos, majestuosos, días de paz...”. Los imperios, como las religiones, son peligrosos porque son simplificaciones sentimentales del mundo. Afortunadamente, su propia diversidad los desmiente y, a veces, los obliga a enfrentarse a si mismos. EEUU no es sólo el imperio de Schley sino que también es la patria de su contemporáneo, Whitman, el poeta demócrata quien no temió a perder la inocencia. Whitman quien quiso ser todos los hombres, incluso los que viven en el horror y la mierda: “Yo soy el esclavo acosado, yo tiemblo cuando me muerden los perros,/ El infierno y la desesperación me siguen...”.

La nieve blanqueaba la silueta irreal del castillo del Smithsonian. La cúpula del Capitolio brillaba como si hubiera sido de hielo puro. Era un día tan hermoso que, de haber podido, no habría vuelto a mi subterráneo. A mi ventana desde la cual se veía la nieve sucia.

* Carlos Franz es escritor. Su libro más reciente es el ensayo La muralla enterrada. Actualmente es Visiting Fellow en la Universidad de Londres.

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