Escenas del Chile terminal
(o el Chile que se fue de paseo al mall).
Por Rolando Gabrielli
09 de julio de 2003

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El tiempo sólo exonera el tiempo, no los crímenes. La memoria es una minusválida que sólo recuerda El Paseo Ahumada. La Convivencia Nacional es una actriz que ejerce de modista en San Pablo, pero que por las noches patina por Apoquindo.

El Pasado se oculta de un hermano chirimoyero que buscan los tiras para reclutarlo en la Operación Tres Álamos más un Pino insigne, igual un ataúd. Santiago no está contaminada, los demás se limpian en Sandrico y al seco. La democracia protegida, se fue a dar una vuelta al Zanjón de la Aguada con permiso para pasar por los retenes, pero solo al mediodía y vestida de marinero. La Esmeralda no arribó en todos los puertos, porque se le pudrieron algunos cadáveres en cubierta y aún huelen mal. Es un velero blanco, puro, inmaculado, que debiera anclarse en el Mar Muerto. La Caravana de la Muerte sigue dando vueltas hasta que se encuentre el último desaparecido, como si fuera el grumete de la baquedano. Mientras, Lily Marlene suena para todos nosotros, en el Cementerio General, y un guanaco apaga de un salivazo la flama de la libertad. Aplausos en la carpa del Tony Caluga, y Raúl Ruiz filma la inocencia perdida, a partir del mediodía.

 


Que venga Raúl Ruíz más seguido al país para interpretar la Realidad Nacional, que se escapa como la oruga que quiere ser mariposa. Corre película, dijo el maestro, y se borró el país.

Kafka ya se paseaba por el café Haití, y lo verán haciendo noticia en unos meses, en el Chile del palo ensebado que cebó a unos cuantos. La ciudad de la adrenalina. Mi ciudad. Y Love Santiago. All the way. No me digas, ámame o déjame, como me dijo otra ingrata, petulante, a miles de kilómetros, sin smog, pero con una bahía que huele a muerto. Déjame amarte en la distancia y en la proximidad de mis horas, en el vacío agusanado que deja tu ausencia de lúgubre paloma. Soy tu arrepentido volantín chupete que se fue cortado un día en septiembre y en primavera. Vuela hacia mi pecadora, que estoy enterrado en el manglar de mis días. No soy tu hijo alado de LAN Chile, sino un convicto, prisionero de lo que tú y yo fuimos algunas vez. Mígrame tú ahora que yo te miro a los ojos. Desocupa mis valijas, llénalas de pequeños cantos sin lamentos. Sé un poco menos astuta, y déjate ver la suerte, gitana mía. Necesito sentir el olor a lúcuma, al paisaje que te puebla las raíces de los zapatos. No finjamos más, el horror existe. Si me autorizas al desenfado, no entraré al Ejército de Salvación. Nos nacemos cada día, eso te lo aseguro, reina siempre te prolongas en mis muros. Tú ya sabes de estas cosas y mejor no digas, palomita, chorlito de mi vida. Así están las cosas, vieja querida. Sigamos con nuestra historia. Es mejor que no me dejes hablar. El recuerdo es un candado sin orejas, más ciego que un ratón recién nacido, pero que ya sabe que se comerá el queso. La Libertad no es un queso, sino la trampa del gato de turno. Podríamos llegar al infierno, Señora, mejor quemémonos con estas bracitas que ya no hacen verano.

Beneméritos en el olvido, impunes en la vergüenza, vitalicios del horror, a dedos todos montados en la bicicleta del Tony Chalupa. El país todavía espera un Caupolicanazo. La cachetada del payaso para despertar. Todo era ficción, venga un abrazo mi amigo. Alguien lo bautizó, Chile Actual, Chile desigual, Chile para olvidar Chile, Chile Fértil provincia para algunos, Chile tigre sureño con menos raya que un gato con tejado de vidrio, aunque propio, y cola de paja. Transformismo, dijeron los expertos, tránsfugas, más bien, entienden los marginados en el trapecio sin red. A globalizar, que el mundo se va acabar. Entremos al manicomio del mercado a pulso, confiados, ovejas descarriadas en el impulso personal de la vida y con un empujoncito de las instituciones públicas y privadas.

El país no necesitó carnaval, porque era un fantasma vestido por un sastre inglés. Un par de fracs con sus polainas y se armaba una parada militar. Charles Chaplin nos había dejado sus bigotitos y Fritz el casco redondo de bacinica .Ya se nos había venido la Primera y la Segunda Guerra Mundial de golpe y porrazo. Lo peor es que no habían Aliados. Más bien líos por todos lados. El litriado corría por cuenta de la casa. Más un arroyado. Listos para ver caer a la selección chilena. Instalados en el casi. Y meterse una de dos días por La Vega Central, Pancho Cauceo, El Chancho con Chaleco, el Guatón Loyola, Chez Henry que en paz descanse, IL Bosco, que ha resucitado, de paso por El Parrón y si aun queda ánimo, darse una vueltecita por la adolescencia, a Las Lanzas.

Mea culpa, una palabra de orinal cuando en verdad no se asume la culpa. Y viene a ser como tengo la viga pero es en tu ojo. Además de los muertos, desaparecidos, torturados, expatriados, exonerados, cargar con la Mea Culpa y la viga en el ojo, sólo falta ponerse a buscar la aguja en el pajar...tugar..tugar...

Parecían tortugas con sus chalecos contra balas, hombres ranas y con pensamiento de dinosaurios, levitaban como lagartos en el atardecer de Chile. Qué paisaje para tantos muertos. Toda una geografía para sepultar la vida. Y el río que nos acompañaba con sus aguas muertas, chocolates, la inmundicia estancada.

A otro perro con ese hueso, que ya no le queda pellejo. Con el resto se emparejan las fosas comunes y se les da una manito de cal de repello.

Volvamos a la época del Circo de las Águilas Humanas, que el Cóndor nos ha quedado mal. Pájaro de cuentas, ave de mal agüero. Con esta historia reciente, sin duda, perdió altura, un ave que vuela más alto que la Cordillera de Los Andes. Un vulgar pajarraco en vez de sentirse orgullosamente el rey de las alturas.

Condorito tiene más méritos. Sin duda. Vivió su vida real en Pelotillehue, sin mayores ostentaciones, con las mínimas fantasías populares. Yayita, el Compadre, la Suegra, el Huevo Duro, Cabello de Ángel. Los problemas de una familia común y corriente, al menos, en nuestra época, en que nos mandábamos a hacer los pantalones al sastre. Qué desastre lo que después ocurrió. El de Rancagua, el 21 de mayo, la Matanza de Iquique, Puerto Montt, José María Caro, Pisagua rebautizada, la ley maldita a perpetuidad y amplificada. Y de paso, ese amor por los libros: a la Guillotin.

Ya no estábamos en el paseo de Las Delicias. Expresos íbamos en la Cuca de los pacos a la morgue sin certificado de defunción. Los tiempos, dicen, no están para Mea culpa. Ni para culpas enteras. Es más fácil caminar al revés. Mirar dar vuelta las esquinas. Pensar en Popeye el marinero. Yo quiero olvidar.

La Mistral tuvo razón y siempre. Raza espesa de mineros y pacos. Duros de roer como las lumas, discriminadores además. Y a ella que la acusaron de ladrona y le adjuntaron el mote de lesbiana. Perdonen la siutiquería, pero para inflar globos, los chilenos. Es que siendo tan ricos, nos portamos como un país de a peso. El país debiera ir a una última Teletón por la salvación nacional. Que nadie se arrugue. A defender la camiseta. Y todos definitivamente bien portados, con cara de Primera Comunión. O de Te Deum, para los mayorcitos más solemnes. Estamos a tiempo aún de prenderle una velita al cura de Catapilco, un salvador de la patria ad honorem. Es que si no hacemos historia, la inventamos.

Que la Plaza de Armas se habilite para desarmarse. Como en una posada medieval, dejar las armas y que el Ejército de Salvación Nacional entone un último himno, a petición del público, sin las estrofas que agregaron los Caballeros de Chile.

Todos somos chilenos. Comemos mote con huesillo, porotos con rienda, empanadas, vino tinto, cazuela, porotos granados, chacareros y toda la saga de sandwiches, guatitas, prietas, asado, andamos en Metro y por un milímetro llegamos atrasados al trabajo y nos olvidamos de los atardeceres porque se fueron con el smog a darse un baño turco (sauna), detrás de la cordillera.

Quisiera leer El Peneca. Olvidarme, sólo olvidarme, y no sé si me creerán. Formo parte del olvido. Nací en el pasado. Pero no existo.

Lo recomendable es hacer yoga, para comer menos, estar más elástico y caminar, pensar hacia dentro, olvidarse de los impuestos. Y en lo posible, el ideal sería vivir en una casa rodante. Y echarse a rodar, rodar, sin paradero, para que el Chile Actual fenomenal no te pase la cuenta por respirar. Las carreteras te bajarán a la realidad con los peajes. Un túnel, por poco iluminado que esté es un orificio largo para acortar una ruta y salir al otro lado. Más allá, sigue el país, sin smog, como un largo río que no se apaga. Los lagos, los océanos que por fin chocan y hacen fin.

Sólo te pido un último favor, déjame ver tu vitrina para traspasar tus cristales y saber que hay detrás del espejo.

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