Hace
más de un mes que el senador Nelson Avila manifestó
públicamente su decisión de presentar
una reforma a la ley de drogas que permitiera la legalización
del auto-cultivo cannabico, acción que realizó
en una concurrida conferencia de prensa acompañado
de una pequeña plantita de marihuana. Como
consecuencia del impacto mediático de la propuesta
se han realizado múltiples entrevistas y programas
de discusión, que pese a sus intenciones de
plantear otros enfoques y miradas no han logrado posicionar
cuales son los contenidos que debiera considerar una
conversación social que piense desde un lugar
distinto el tema de drogas.
En este contexto y con el
objetivo de aportar algunos ejes temáticos
de un futuro, y hasta el momento, postergado debate
sobre despenalización y legalización
del consumo drogas, nos parece relevante analizar
algunos de los aprendizajes que ha dejado la "performance"
de Avila y “la plantita” de marihuana.
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1. Constatación de
un cambio en la opinión pública respecto al
tema drogas
No obstante formar parte de una estrategia
comunicacional, que releva sus propios objetivos políticos,
la propuesta del senador Avila deja entrever, a partir de
todos los resultados de encuestas de opinión tanto
escritas, como de Internet y televisión, la existencia
de una gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas que
no se sienten interpretados con la forma como se aborda desde
el ámbito público, desde las políticas
de Estado y desde los medios, la temática del consumo
de drogas.
Son voces y planteamientos que no
se encuentran representados ya que no existe discusión
pública de estos temas, ya que maniqueamente se han
articulado el Estado, los medios y entes privados como Paz
Ciudadana, para construir “consenso social” acerca
de la necesidad de combatir las drogas como parte de la agenda
de “seguridad ciudadana”, alineando a nuestro
país, en la “guerra contra las drogas”
que propicia la DEA norteamericana. De este alineamiento,
que se remonta a los inicios de la transición, nace
una institucionalidad gubernamental que se sigue haciendo
cargo del tema drogas desde una perspectiva de control social
que da la espalda a la discusión y articulación
de otras posibles propuestas, que considerando las prácticas
ciudadanas se constituyan desde un enfoque distinto, como
pueden ser un enfoque de salud y de derechos humanos.
En ese sentido, no deja de ser interesante el apoyo que generó
en los espacios mediáticos de opinión pública
la propuesta anti-prohibicionista de Avila. Tanto en chats
como en las encuestas del periódico Ultimas Noticias
como en la votación de El Termómetro una clara
mayoría de personas cercana al sesenta por ciento se
pronunció por una aceptación positiva de dicha
propuesta, temática que consultada hace no más
de un año y en pleno trámite de la nueva ley
de drogas no concitaba un apoyo de la opinión pública
tan contundente.
En síntesis, la polémica
deja al desnudo la escasa sintonía entre las políticas
y legislaciones que desarrolla la clase política y
las prácticas e intereses de la gente. La inconsistencia
del actual lenguaje político para dar cuenta de los
temas cotidianos y de la cultura, acrecienta la brecha entre
clase política y prácticas ciudadanas.
2. Un (posible) giro en la
discusión: de la “guerra contra las drogas”
hacia una “política de drogas justa y eficaz”
La “performance” de Avila,
logra llamar la atención, en términos comunicacionales,
reflejando la necesidad de un cambio en los ejes de discusión,
que permite preguntarnos por la eficacia y efectividad que
hoy tiene la política de guerra contra las drogas.
Lo que plantea el senador no es parte sólo de un proceso
de reflexión local sino de uno mucho más amplio.
A través de todo el mundo, son miles de voces las que
constatan que el sistema de prohibición global de las
drogas está perdiendo credibilidad debido a que la
producción ilegal de drogas, su comercio y consumo
aumenta globalmente en vez de disminuir.
Al respecto vale la pena recordar
que hace no pocos meses en nuestro país el tema de
los costos y consecuencias de la “guerra contra las
drogas” se vislumbró en el contexto del primer
trámite de la promulgación de la nueva ley de
drogas en el parlamento. En esa ocasión un conjunto
de organizaciones de la sociedad civil vinculadas a la iglesia,
al trabajo comunitario y el mundo de las organizaciones no
gubernamentales, se alinearon para cuestionar y denunciar
las notables vulneraciones a los derechos humanos de los niños,
jóvenes y trabajadores del Estado, que consideraba
el nuevo proyecto de ley que presentado en el contexto de
la lucha contra el narcotráfico y el lavado de dinero,
en pleno estallido del caso de la Aerolínea Aero-Continente,
avanzaba peligrosamente en su primer texto hacia una penalización
del consumo confundiendo consumo con micro-tráfico
a través de validar como argumento subjetivos y arbitrarios
mecanismos de presunción.
En ese contexto cabe señalar
el apoyo casi unánime de la mayoría de la Cámara
de Diputados (incluyendo al ese entonces menos sensibilizado
Diputado Avila) a dicha iniciativa planteada por el senador
Orpis. En efecto, salvo dos excepciones (los diputados Bustos
y Elgueta), la gran mayoría de los parlamentarios se
manifestó partidario del texto que originalmente se
quería promulgar.
3. Un desafío pendiente: incorporar perspectiva
de sujeto y de salud a nuestro enfoque y política de
drogas
No obstante el escenario de opinión
pública ha cambiado, no basta con realizar sólo
acciones comunicacionales, es necesario presionar desde la
ciudadanía a parlamentarios, técnicos y tomadores
de decisión a que se desarrolle una discusión
de fondo sobre los soportes que fundamentan la actual política
de drogas, develando que esta no contribuye a disminuir los
riesgos y daños de la población sino que los
acrecienta a partir de transar y permutar derechos y libertades
individuales por cuotas de "seguridad ciudadana",
consagrando una división social entre una mayoría
que usa “drogas legales”, que discrimina a una
minoría de usuarios de “drogas ilegales”.
Es necesario denunciar, que la estigmatización, el
encarcelamiento y la penalización de los jóvenes
y adultos que consumen drogas, son formas extremas de exclusión
social creadas por una política que no respeta la condición
de sujetos y ciudadanos de los que consumen.
En efecto, para generar un cambio de los términos del
debate se requiere incorporar la perspectiva del sujeto consumidor
o usuario de drogas, implicando un cambio de lenguaje desde
lo genérico estigmatizado, LA DROGA, a las drogas y
sus diferentes efectos, sujetos y formas de consumo, lo que
implica transformar los ejes y supuestos básicos de
construcción de la política de drogas desde
un enfoque de control social a uno de salud pública.
Al respecto la misma OMS (Organización Mundial de la
Salud) el referente más amplio respecto a salud, a
nivel internacional, nos plantea la existencia de a lo menos
tres categorías o formas de aproximarse al consumo
de drogas: la experimental, la ocasional y la dependiente.
El posicionar un enfoque de salud
implica también empoderar, dar prioridad a la libertad
del ser humano, su capacidad de gobernarse y pensarse a sí
mismo, dejando de lado juicios morales, para dar prioridad
a la disminución de las consecuencias negativas del
uso de drogas para sus usuarios, respetando la dignidad y
los derechos de los que consumen drogas. El tema de las drogas
no responde a una lógica binaria, de bien/mal, tan
en boga en el escenario global post Torres Gemelas, no se
trata de eliminar la droga, sino convivir con ella administrando
y regulando los riesgos que involucra su uso.
4. Propiciar el debate y la participación ciudadana
más allá de la espectacularización de
los medios
Por último, es imposible generar un debate serio si
se excluye a la ciudadanía de el. Una problemática
cultural como la de drogas requiere admitir la existencia
de voces y propuestas distintas, posicionadas desde los distintos
lugares de sujeto que involucra el consumo de drogas.
Pareciera que en la discusión
y generación de las políticas y propuestas que
lo afectan, el ciudadano no tuviera “pito que tocar”,
resignándose a ser un mudo espectador de la construcción
de un orden de relaciones marcado por la estigmatización,
el miedo y la sospecha de las prácticas del otro. Por
un lado, los códigos comunicacionales predominantes,
dificultan la instalación de puntos de vistas distintos
más allá de la “estética espectacular”.
En efecto, en nuestro contexto actual, toda propuesta alternativa
de acción requiere de banalizarse para ser presentada
como nueva, novedosa y así llamar la atención
de los medios, generando una espectacularización de
los temas que se quiere instalar. En ese sentido, la acción
política de Ávila aprovecha los códigos
de comunicación predominante, el lenguaje simbólico
de los medios, para instalar un tema pero no genera y comunica
una propuesta que aborde seriamente como hacer una política
de drogas distinta, justa y eficaz, incluyente de la diversidad
de prácticas sociales y respetuosa de los derechos
individuales y colectivos de los y las ciudadanas.
Entre la satanización y estigmatización
de toda noción de sujeto y de derechos, que genera
una estrategia maniquea de “guerra contra las dorgas”
y la estetización populista que reduce las prácticas
a gustos y preferencias de masas representables tan sólo
por un discurso simbólico, como el de la “plantita”
de Avila, se quedan al medio observando, (nuevamente) los
ciudadanos, un debate vacío que no se vincula a ejes
temáticos substantivos y a una apertura de espacios
de participación desde donde problematizar y plantear
propuestas nuevas.
Ninguno de estos dos polos o formas
de acción política, el autocrático-conservador
dominante y el neo-populista establece puentes con la ciudadanía,
sino que al contrario, impiden generar un debate serio y participativo,
en donde se posicionen sin mediaciones ni manipulaciones,
las voces de los actores locales involucrados en la práctica
del consumo de drogas, como son los y las usuario/as de drogas,
sus familias, las diferentes comunidades que se sienten afectadas
por su uso y venta.
5. Otra política de
drogas es posible…
Finalmente, no se trata de proponer, como lo plantea un segmento
de economistas neoliberales, la legalización del mercado
de las drogas ilegales. Si realmente queremos diseñar
un cambio de escenario respecto a la política de drogas
debemos estar preparados para la necesaria introducción
de regímenes reguladores formales y legales para las
drogas que queremos que dejen de estar prohibidas. Es necesario
plantear entonces una propuesta que a partir de influir en
las legislaciones nacionales y las Convenciones Internacionales
se plantee como objetivo la “reforma de las políticas
sobre drogas”.
En este sentido, no basta con implementar
un debate ciudadano a nivel local si muchas de las herramientas
para hacer avanzar el tema no se encuentran precisamente dentro
de la legislación nacional. Como lo demuestra la experiencia
de avance en la defensa de los derechos humanos a nivel mundial,
para instalar una nueva agenda, es necesario que las estrategias
de acción de la ciudadanía se articulen en una
conjunción entre lo local y lo global. Un ejemplo de
esto, concerniente al tema drogas, lo encontramos en la reciente
movilización de la Coalición Internacional de
ONG's para una Política de Drogas Justa y Eficaz (ICN).
Esta coalición constituida por una red de ciudadanos
y ciudadanas, expertos independientes, y organizaciones alternativas
nacionales e internacionales, trata de convencer a los gobiernos
nacionales sobre la ineficacia de la prohibición de
las drogas, mostrando la evidencia de que existen mejores
alternativas a la criminalización del consumo de drogas.
Dicha red, reunida hace algunas semanas en Viena, propuso
una reforma de la política del control de drogas de
forma de integrar tanto las drogas legales e ilegales dentro
de un “marco común de regulación para
las drogas sin uso médico”.
Volviendo a nuestro contexto, nos
parece deseable avanzar, acorde a nuestra experiencia social
y cultural, hacia propuestas legislativas que tengan como
marco ético-político, la justicia y la eficacia
de una futura “política de drogas”. Una
legislación justa, que respete de los derechos de los
sujetos involucrados en el uso de drogas, promoviendo la despenalización
y des-estigmatización de los y las consumidoras de
drogas, su no criminalización y su educación
en estrategias de reducción de riesgos y consumo responsable.
Para esto, el generar una regulación desde un enfoque
de salud -y no de represión- nos parece un primer paso
clave, que debiera ser complementado por una noción
de “penalización justa”, que no se concentre
en el usuario sino en el que a partir de la venta y el tráfico
de drogas generen daños a terceros.
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