TEATRO DE LA PULSIÓN:
ANTÍGONA EN EL SIGLO XXI
A pesar de que, en el terreno
de la crítica, algunas veces se hacen aproximaciones
entre el teatro de Sarah Kane y el
de Angélica Liddell, la verdad
es que nos hallamos ante poéticas bien diferenciadas
que, en común, tienen apenas el despojamiento,
el ilímite, y la presencia incontinente de
datos biográficos (en Kane) y de códigos
biográficos (en Liddell).
La visión aguda del
mundo y a veces lacerante en los dramas de Liddell
corresponde a una actitud trágica, al desplaneamiento
de las situaciones a causa del exterior. El destino
aparece como marca fulgurante pero también
ligado a la semiótica vivencial de occidente,
bien a través de la interiorización
y exploración de los mitos, bien a través
del viaje por los arquetipos colectivos de civilizaciones
marcadas por la violencia, la hipocresía, el
dinero, la religión, el poder, que ofrecen
a sus locatarios el sueño falso.
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nota
biografica:
Dramaturga, directora, actriz,
narradora y, fundamentalmente poeta, Angélica
Liddell (Figueres, Cataluña, 1966) es, de su
generación, el nombre más fuerte de la
revivificación de la tragedia
que, en europa, tiene otros cultivadores como, por ejemplo,
el francés Michel Azama, curiosamente
también nacido en Cataluña.
La obra de Angélica Liddell
es ya amplia y en ella se destacan:
Las Condenadas; Dolorosa; Perro Muerto En Tintorería:
Los Fuertes; El Matrimonio Palavrakis; El Jardín
De Las Mandrágoras; Leda; El Amor Que No Se Atreve
A Decir Su Nombre; Menos Muertos; La Falsa Suicida;
Lesiones Incompatibles Com La Vida; Agua Y Limonada
En El Madison Square Garden; Once Upon A Time In West
Asphixia; |
O sea: el desmantelamiento (la desnudez
griega) o deconstrucción del sueño de mercado
(donde la viva interrogación: cual es nuestro sueño
propio, nuestro exacto deseo propio, nuestra intimidad propia,
nuestro amor único?) es el contínuo pathos de
la obra de Liddell que juega con todo lo Real en las vertientes
comportamentales con una referencia muy explícita a
los nuevos desmembrados de lo social y lo individual que,
muchas veces, mantienen su nombre mítico: Ofelia,
Horacio, Greta, Adán, Isadora, o inscriben en
su nombre características semánticas (Blanquita
– la Inocencia) que hacen que los nombres de los personajes
huyan de lo aséptico de las denominaciones de lo cotidiano
y que realmente signifiquen, representen, identifiquen.
La identidad – la imposible
identidad que el inicio del siglo XX vio (re)nacer por la
literatura de Raul Brandao, Proust, Mário de
Sá-Carneiro, Kafka, Joyce, Artaud, Virginia Woolf,
es, bien en lo colectivo (la identidad de Tebas – fuerza
mayor de Edipo Rey – se pierde cuando se endogamiza,
cuando se cierra; la identidad actual de los consumidores
de lo audiovisual – en Suicidio de Amor
por un Difunto Desconocido o La
Falsa Suicida o Matrimonio Palavrakis
– es, por mímesis, la anulación de un
colectivo), bien en lo individual (al final quién es
la Puta de Dolorosa?; al
final quién no es, cual de nosotros no es la Puta
de Dolorosa?) el punkt dramático
donde la catarsis se puede consumar.
Este aspecto es de gran relevancia
en la medida en que la tragedia griega tenía como modus
operandi la presencia y complicidad de una comunidad
sin la cual las situaciones de escena estarían connotadas
como mero desvarío. La tragedia griega implicaba una
comunidad que conocía, por vivencia y cultura, todo
lo que era puesto en escena.
Al participar, casi ritualmente, la
comunidad podía entender claramente el pathos y llegar
fácilmente a la catarsis. Perdida esa y otras comunidades,
la forma de reponerla, en el teatro, implica una salida de
la órbita de los procesos de la llamada normalidad.
Implica una apertura hacia lo que no existe
(Blanquita en Suicidio de Amor por un
Difunto Desconocido o acrecentar
al que existe (la salida en Lesiones
Incompatibles con la Vida). O sea: todo un trabajo
poético inherente al nombramiento de la verdad. En
1995, Michel Azama decía “ el teatro actual no
precisa más dramaturgos, precisa poetas”.
La poesía es el gran múnus
de Angélica Liddell – en la estela de los grandes
poetas, desde Sófocles a Shakespeare, de Ibsen a Artaud,
alimentado por voces poéticas fundamentales como Emily
Dickinson o Alejandra Pizarnik.
En Lesiones Incompatibles
con la Vida, una performance de consagración
de la tribu a través de la voz de su terminal (Angélica),
el viaje propuesto por la autora es extremadamente personal
sin recurrir nunca a hacer explícito un bíos
calendarizado o a la evocación de experiencias propias.
Al igual que en sus otras obras, Liddell renuncia a los hechos
biográficos en favor del código biográfico.
Se trata de una epopeya de indagación
y no de una epopeya narrativa. Lo que se dice, en una crueldad
trágica, angustiada y desnuda, es la repulsa hacia
lo que existe – social y afectivamente – un claro
no, al modo de organización y a la falta de pensamiento
con que cada uno practica su (in)existencia.
Esta epopeya ( a semejanza de las greco-latinas) tiene también
un héroe: el ser humano en su individualidad, que corresponde
a una actualización del nuevo héroe colectivo
del siglo XVI, inaugurado en la epopeya de Camoes: Lusíadas.
Mi cuerpo es mi protesta.
No quiero aportar nada al mundo, salvo mi profundo horror
por el mundo. Después de los desastres del siglo
XX no puedo sentir más que horror. Después
de semejante exhibición del mal, el hombre ya no
puede redimirse. ¿Quién puede volver a amar
a los hombres? ¿Quién puede volver a cantar
en honor a los hombres?
Sólo se me ocurre protestar.
Mi cuerpo es mi protesta.
Le corresponde a cada uno, y no a
un todo organizado y dirigido, estar o no estar, ser o no
cómplice de la maquinaria. El todo, sin individualidad
(aquello que en otras dimensiones es descrito como mentalidad),
está condenado, con una facilidad que impresiona, a
volverse contra sí mismo, sin percibirlo y de forma
muchas veces alegre. Resistir, rechazar sobre todo, parece
entonces ser la existencia posible.
El mercado ofrece familia:
La familia es lo más
importante. Sin familia nadie alcanza el poder. El poder
y la familia, siempre unidos. Me repugna
como estrategia de continuidad
del sistema de poder. De los poderes, mejor dicho:
Conmigo termina la tiranía
de la sangre. No quiero formar una familia
Después de tantas revoluciones,
de tanta revuelta o tentativa de re-vuelta a lo humano (en
la acepción romántica del buen salvaje),
qué espacio le resta al ser lúcido para interferir
en la maquinaria del mundo? Esta respuesta ya ha sido experimentada
por muchos intérpretes de la vida.
Uno de ellos, el portugués
Raul Brandao (en esa obra fundamental de
la literatura del siglo XX: Humus), tras
cuestionar la maquinaria y auto-interrogarse sobre el espacio
individual, da como respuesta: “Me resta el Bien”.
Otro, el francés Antonin
Artaud, niega lo visible y construye una única
utopía posible en este año 2003: “Aún
no hemos nacido. / Aún no estamos en el mundo. Aún
no hay mundo.”
En Lesiones Incompatibles
con la Vida, Angélica Liddell (y téngase
en cuenta la significación de su nombre y apellido
– al igual que sus personajes) responde a la cuestión,
ya desde el comienzo: le resta el cuerpo.
El cuerpo es su espacio de protesta, su forma de decir no
llevado hasta las utimas consecuencias. Es ahí que
la continuidad de la maquinaria se pone en duda: sin los hijos
de los hijos la maquinaria se paraliza:
Mi cuerpo es mi protesta.
Mi cuerpo renuncia a la fertilidad.
Mi cuerpo es mi protesta contra la sociedad, contra la injusticia,
contra el linchamiento, contra la guerra.
Mi cuerpo es la crítica y el compromiso con el dolor
humano.
Quiero que mi cuerpo sea estéril como mi sufrimiento.
Mi cuerpo es mi protesta.
Pero también es una reducto.
Galileo se quejaba: “Yo que amplié el universo
cien mil veces, me veo ahora reducido al espacio de mi cuerpo”.
Sin embargo, estamos delante del Cuerpo del Poder: el cuerpo
femenino, el que decide. Mitos, dichos fundadores, como Adán
y Eva – que atraviesan con decisión en Suicidio
de Amor por un difunto desconocido – indican,
con luz, que la humanidad se debe a la mujer, al hecho de
que ella ame más al hombre que cualquier otra entidad
(de ahí las exigencias de los hombres en Dolorosa).
De hecho, en el mito, Eva abdica del paraíso para amar
a Adán. La manipulación de esta historia es,
por el contrario, en el mundo occidental, uno de los ejes
más fuertes que amparan la maquinaria.
Angélica Liddell, con su rechazo
del Mismo, se propone personalmente terminar con el equívoco
amoroso. Ninguna pasión es eterna y el Amor a Adán
es la relación conyugal más larga de la historia,
recreada una y otra vez por multitud de clones. El trabajo
de Liddell es finalizar la historia, darle un fin, interrumpiendo
la procreación, no queriéndose cómplice
de un Amor que no le pertenece, que ella nunca escogió.
Esta Eva (Liddell) no dice exactamente lo que quiere (resonando
aquí el Cántico Negro
del portugués José Régio: “No
sé por donde voy / No sé para donde voy / Sé
que no voy por ahí”).
Mi cuerpo es mi protesta.
Quiero morirme sola, sin dejar nada atrás. Es mi
manera de unirme a los que fueron exterminados, a los que
sufrieron sin límite.
No quiero esperanza.
Mi cuerpo es mi protesta.
Tal negación consubstancia
una cierta deconstrucción del pensamiento del andaluz
Antonio Machado. Donde el poeta sevillano canta: “caminante
no hay camino, / se hace camino al andar”. Liddell,
caminante, coloca un STOP. Dice: “así no ando...”
Al igual que el belga Magritte que
ya había respondido a esa pregunta: “La vida
es un escándalo”, y cuya primera tesis literaria,
en el sentido contemporáneo, se puede encontrar en
el ya citado Humus de Raul Brandao. También
en el siglo VI, a. C., Anaxágoras ya había hablado
de las “mujeres que paren destinos de muerte”.
Las mujeres, según la lectura
del mito Adán/Eva crearon este mundo. Pueden acabar
con él, pueden tener la tentación de una pós-historia.
La teoría de los ciclos históricos es muy apetecible,
en el racional. Pero (a pesar de las máscaras) la existencia
es una larga soledad, un cuerpo que heredamos que poco tiene
de nosotros. Nacemos con él, con todo el hardware
incorporado.
No somos dueños de un cuerpo que nos identifica en
lo visible. Cualquier neumonía manda más en
él que el citado usufructuario. Tampoco depende de
nosotros que ese cuerpo muera o se mutile. En el reducido
espacio personal que cada uno tiene sobre su cuerpo, la decisión
de procreación es la más fuerte y decisiva.
Angélica Liddell tiene aquí,
al rechazar la procreación, la actitud del creador,
de aquel que busca lo que (aún) no existe, lo que es
un añadido, más por trabajo propio, que no por
redenciones mesiánicas ejecutadas al margen del ser.
O sea: nos hallamos ante lo que de ancestral la palabra Arte
aún pueda significar de forma actualizada. Una coherencia
de discurso llevada al (i)límite.
Mi cuerpo es mi obra de arte.
Mi decisión es mi obra de arte.
No tener hijos es mi obra de arte.
Mi vida es mi obra de arte.
Lesiones Incompatibles Con La Vida
/ Lesões Incompatíveis Com A Vida
Edições Do Buraco, bilingue, Lisboa, Junho 2003,
Traducción al portugués: Alberto Augusto Miranda
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