| Bolivia
es una película que en verdad impresiona, y en
una sensación muy particular, provoca cierto
pudor de haber considerado ciertas historias hollywoodienses
como realistas, cotidianas y cercanas.
Desde el primer minuto de la
película se presenta la sensación de que
no solo se encuentra uno frente a una realidad muy cercana
y reconocible, sino que se “está”
en la realidad misma, y vaya si es incómoda.
La realidad vista y no vivida
es dura, suceden mil detalles, uno detrás de
otro y varios a la vez, por lo mismo el ritmo no es
lento, sobre todo cuando se está en un espacio
cerrado donde conviven varias personas.
No es la realidad que uno vive
consigo mismo cuando pasea por un parque, ni cuando
está solo cocinando en su casa, ni cuando se
ha acabado de tener sexo y uno conversa con la otra
persona en calma y en la intimidad.
Es la realidad de un espacio
cerrado donde hay mil gestos, miradas, ademanes, el
sudor y el humo se mezclan como olas de un mar pasado
e intrigante.
En un momento uno de los clientes
del bar pide un café y la camarera, Rosa, mientras
le toma el pedido, el cliente le lanza una mirada furtiva,
casi imperceptible, momentos después recibe con
corrección el café, llega otro cliente
y mientras saluda empieza a mirar silenciosamente, mientras
el cocinero, ahogado en calor se toma una bebida, mientras
varios lo miran, incluido el patrón, sin decir
nada.
Mil miradas, mil gestos, conversaciones
que no significan la mayor parte del tiempo nada y leguajes
gestuales y miradas que lo son todo, todo recuerda a
un barco en mitad de un mar de conflictos sociales y
económicos, a punto de explotar en un conflicto
mil veces, o mejor dicho mil miradas antes, anticipado.
Un conflicto que nadie quiere
declarar, pero que ya se anuncia en los problemas de
pobreza, cesantía, desamparo social, corrupción,
componendas, favores, que afectan a la Argentina (y
a cualquier país Latinoamericano) y a cada una
de las personas que lo habitan.
Así transcurre la película
de Adrián Caetano (el mismo director de la premiada
y gran éxito de público en Argentina,
“Pizza, Birra, Faso”), una obra que más
que ser una muestra es como una uña encarnada
de la realidad. Dolorosa, trepidante, incómoda,
desde que uno se sienta a verla, desde el primer segundo
anticipa, como una danza tàntrica hindú,
que uno sentirá dolor pero que no podrá
dejar de verla, es seductora, pero no por su sensualidad,
sino por la certeza de saber de que se está fraguando
una intriga terrible y que esta proviene del motín
en que cada uno está inmerso y en el barco en
el que mal vivimos.
La historia nos habla de Freddy
(integrante de un grupo de teatro de la comunidad Boliviana
en Buenos Aires), un Boliviano indocumentado, que llega
a Buenos Aires, buscando sacar desesperadamente a su
pareja e hijos de la pobreza, pero es una inmigración
sin sueños, una entrada a barco ajeno desesperada,
sin nada más que su nombre y la impronta de una
nacionalidad que es como la marca judía en el
Berlín de 1940.
Llega a trabajar como parrillero
en un bar, donde traba amistad con Rosa, una mesera
Paraguaya (Rosa Sánchez, empleada doméstica
en la vida real) al mando de su patrón (Enrique
Liporace, actor), donde llegan diariamente el “Oso”,
un taxista con su compinche Marcelo y un vendedor ambulante
entre otros.
La película nos muestra
un grupo de trabajadores, todos en la cuesta abajo de
la decadencia económica y personal de Argentina,
donde se nos muestra un paisaje desalentador de obreros
que lejos de la critica social, se han lùmpenizado,
degradado, y exhiben una intolerancia, empujados por
el imperativo social de luchar por las últimas
migajas de lo que queda malamente por repartirse de
una Argentina que ha transformado su barco en el desgobierno
de cada quien.
En este ambiente de convivencia
forzada y de conflicto latente es donde todos estos
personajes buscarán dar una salida a sus problemáticas
según su naturaleza.
Mucho se había hablado
del aporte del nuevo cine Argentino, luego de ver esta
película no queda nada más que hablar,
el aporte ya está hecho, y en este caso es feroz,
desencantado, sin manierismos, directo al grano, el
ver esta película te aclara lo que es recibir
el puñete de un marinero del barco de la vida
en la conciencia y en la certeza de donde hemos llegado.
Por fin estamos ante un
cine animal, sin intereses que proteger, ni discursos,
con el racismo y el desamparo por bandera, con la ley
del más fuerte y con la única certeza
de que esta es nuestra nave.
Relevancia aparte tiene
la música, original del grupo Los Kjarkas, muy
hermosa, de folclor Boliviano, que produce uno de los
pocos momentos poéticos de la película,
habrá que comprarlo, muy hermoso y evocador,
atención a todo lo que es la ambientación
de un realismo muy descarnado (dirección de arte
y vestuario a cargo de María Eva Duarte), fotografía
y el papel de su joven Director a cargo también
de la producción y el guión.
Una película tan
realista como las personas que lo actúan, muchos
de ellos primerizos en el cine, interpretándose
desde su propia realidad, una apuesta muy similar a
la hecha por otra gran película social, Recursos
Humanos.
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El cine argentino, en
estos últimos años, ha ido entregando
películas cuya temática social entrega
fuertes críticas a los valores políticos
argentinos. En El Bonaerense, por nombrar una, veíamos
como un joven de provincia era cambiado completamente
al entrar a trabajar en una comisaría de Buenos
Aires, donde deberá, no sólo enfrentar,
sino que aceptar, e incluso, participar, dentro de la
corrupción policíaca para sobrevivir.
Acá, en este filme, nos entregan un matiz socio-político
de mucha actualidad, ya que tiene que ver con los inmigrantes,
y como la sociedad los rechaza en su totalidad.
Filmada en un fuerte blanco y negro, que nos representa
la miseria del alma humana, miseria que también
se ve reflejada en los mismos personajes, el filme nos
muestra a un inmigrante boliviano que entra a trabajar
como chef en un boliche argentino. Trabajo ilegal dentro
de la sociedad de ese país, debido a que le dan
importancia a los argentinos, por la gran cesantía
del país, el hombre empieza desde el primer momento
a tener problemas con un frecuente cliente, cesante
y deudor en ese establecimiento, por ser, no sólo
inmigrante, sino que también por venir de Bolivia.
Así, el director nos enfrenta con una película
fuerte y directa, honesta y cruel, con personajes que
no tienen respeto por los demás, pero lo más
inteligente, es que no cae en ningún momento
en los estereotipos en que generalmente nos vemos enfrentados
en el cine, aquí hay garra, hay sudor, hay corazón,
pero por sobre todo, hay un gran talento.
Filme en donde cada imagen que nos entrega nos refleja
miseria, también hay una gran carga emotiva,
al colocarle los nombres del inmigrante boliviano, la
mesera paraguaya y el dueño del local, los mismos
nombres de los actores, esto nos entrega también
que quiso darle un sentimiento propio a cada uno de
los personajes dentro de la historia, y el antagonista,
el que refleja los ataques, tiene como nombre, Oso,
que refleja la fuerza brutal a que nos lleva en cada
minuto hasta el trágico final.
Filme pequeño e independiente, nos refleja cuál
importante es en la vida de cada uno el respeto a los
demás, nos critica la intolerancia que muchas
veces sentimos hacia gente de otros pueblos, son precisamente
películas como Bolivia las que nos dan ganas
de seguir yendo al cine, que nos entregan mensajes,
que no sólo son del pueblo del filme, sino que
traspasan las fronteras y llegan a ser universales,
porque la intolerancia es un mal mundial, nacida, precisamente,
del odio racial que hemos ido adquiriendo a través
de nuestras vidas, por distintos hechos acaecidos en
la historia, y que han tenido gran protección
de los gobiernos. Son precisamente los directores como
Caetano, los que nos dicen que tenemos que terminar
con estos odios, o si no, vamos a terminar actuando
como los personajes de esta película. Imperdible.
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