| Al
ver una película como Herencia de Sangre
queda claro que algunas producciones de Hollywood han
tenido una mejoría en el tratamiento de sus temáticas
(más que en la originalidad del tema), en comparación
con otras películas de la década de los
ochenta en adelante, lustro que marcó una fuerte
decadencia en el nivel del grueso de producciones que
se realizaban en el país del norte, debido a
la consolidación de un modelo de producción
cultural basado en la consolidación del liberalismo.
Desde como se concebían las ideas con guionistas
empleados de las grandes casas productoras, productores
con la mirada puesta en la rentabilidad como única
guía, actores sin capacidad de selección,
campañas de marketing que tratan a cada producción
como un producto más del merchandensing total,
la clasificación de los productos culturales
por géneros o por temáticas en vez de
por sensibilidades, etc.
En ese sentido Herencia de Sangre tampoco es
un gran ejemplo de un gran filme, ni de una propuesta
señera en ningún aspecto temático
o propuesta artística, pero es debido a eso mismo,
debido a se categoría de filme de la medianía,
que justamente sirve para apreciar con que puntos de
vista distintos se puede tratar un tema mil veces visto.
Herencia de sangre, cuyo verdadero título
es Ciudad junto al mar, no es una película
policial como se pudiera pensar, o por lo menos no tiene
su eje puesto en los nudos de una trama encadenada a
la resolución de distintos enigmas, más
bien son los conflictos humanos, e incluso sociales,
en su acepción más cotidiana los que imprimen
una marca distinta a este film.
La trama nos habla sobre la apacible y simple vida del
detective de homicidios Vincent La Marca (Robert De
Niro), quien pasa sus días resolviendo casos
de poca monta y pasando a recoger a su polola (una solvente
y carismática Frances McDormand), la vecina de
departamento en el piso de abajo de su edificio, un
día Vincent tiene que hacerse cargo de un pequeño
caso de asesinato a un traficante de poco calado, un
día después llega la tormenta.
Su propio hijo Joey (un James Franco que tiene la mirada
más parecida a James Dean que haya visto, de
hecho actuó encarnándolo en una película
sobre la vida del extinto actor en la TV), al que no
ve en años y con el que arrastra una relación
inexistente, ha sido acusado de este asesinato, en ese
mismo instante la delgada capa que rodeaba la vida de
Vincent se rompe, dando paso a una desangrante sucesión
de traumas, un pasado sin resolver que va lastrando
el personaje por toda la película y que determinan
su actuar ante su hijo.
Robert de Niro está sólido, a ratos espléndido,
por su rostro, movimientos, mirada y gestos van pasando
una cadena de divorcios traumáticos con la madre
de Joey, su hijo; un pasado que lo pudo llevar a la
locura y la marginalidad, cuando con ocho años
su padre, trabajador en una empresa y desesperado por
deudas decide secuestrar a una guagua para pedir el
rescate y esta muere ahogada por una manta mal colocada,
lo que lleva a su padre a la silla eléctrica.
Al quedar huérfano, el mismo policía que
había llevado el caso lo adopta salvándolo
del abandono total.
Es justamente esta batería de hechos lo que de
verdad conmueve, cómo una lucha contra el destino,
el personaje busca expiar sus culpas, resolver su cuenta
pendiente con el pasado intentando salvar a su hijo.
El caso se complica cuando el hijo es acusado de matar
al compañero de Vincent, este cree ciegamente
en la inocencia de su hijo y empieza una carrera para
encontrarlo y salvarlo antes de que lleguen sus compañeros
a matarlo por haber asesinado a un policía.
La trama ha sido mil veces vista, pero es en la caracterización
de De Niro, donde la película se despega de lo
anecdótico y afloran los sentimientos de un personaje
que había vivido de espaldas a su pasado, un
pasado que no puede obviar y que solo cuando lo afronta
empieza a sanar.
La película misma muestra una serie de secuencias
desangeladas del antiguo barrio de Vincent, otrora había
sido un pujante sector de casas y edificios para la
clase media acomodada, con restaurantes, casinos, costanera
y que en el presente se encuentra en la ruina más
absoluta, con construcciones cayendo a pedazos, todos
los locales ruinosos, calles vacías, traficantes
merodeando, una sensación de abandono que sirve
como detonante visual del paisaje interior del personaje
y que le imprime no solo una inusual ambientación
cotidiana a la trama, sino que aterriza a esta en el
terreno chico de las pequeñas cosas de la vida,
elementos de las que está hecha la vida y no
la mera entretención de una película más.
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El cine en donde se
toca el tema de la destrucción de la familia
por las drogas se ha tocado muchas veces en el cine
norteamericano. Por eso, cada cierto tiempo, nos vemos
obligados a ver nuevos filmes que toquen el tema. Claro
que esto no es malo, sobre todo después de ver
películas como Fiesta de Aniversario, en donde
no sólo toca a la familia, sino que a la comunidad
de amigos de un adinerado matrimonio estadounidense
perteneciente a la más alta clase social. Aquí
entramos en terrenos insospechados, como ese tema se
puede volver a revisitar, sin caer en trivialidades,
en repeticiones inútiles e, incluso, en dejar
de lado los conflictos importantes en pos de contar
una historia taquillera. Y ese gran pecado es justamente
lo que le sucede a este filme.
Dirigido por Michael
Caton -Jones, quien nos sorprendiera gratamente en los
años ’80 con filmes como Escándalo
y Memphis Belle, el Triunfo Final, acá nos entrega
una historia acerca de un policía de la Brigada
de Detectives cuyo hijo comete un asesinato por las
drogas. Tratada como un fuerte melodrama, la película
apunta más a que la gente tenga compasión
por los personajes, en situaciones muy poco creíbles,
que llegan a ser casi ridículas, más que
profundizar en las verdaderas cicatrices que deja este
enorme flagelo en la gente.
Con una familia destrozada
por la separación, el filme nos muestra como
este detective trata de rehacer su vida con otra mujer,
sin importarle su hijo hasta que sucede lo que pasa.
Más interesante hubiera sido el tema de que él
hubiera estado casado, y como esto destruye la vida
familiar, ya que el director no plantea en ningún
momento sus inquietudes personales frente a los conflictos
internos familiares, sino que le interesa contar una
historia policíaca, y más encima, repetida.
Pero lo mejor de este filme, estaba justamente en los
personajes, en la riqueza que nos entrega un planteamiento
así.
Qué se puede pedir
de una película como ésta?. Honestidad.
Hay muchas familias destrozadas por el consumo de drogas
de los hijos. Qué nos entrega?. Un confuso melodrama,
casi chistoso, en donde lo más destacable es
el tratamiento fotográfico, que nos entrega lugubricidad
y pobreza, pero dentro de una película casi completamente
hueca en su contenido final.
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