A
lo largo de la cinematografía del terror,
hemos asistido a un nutrido prontuario de seres
intergalacticos, creaciones genéticas, seres
creados por radiaciones, fantasmas varios y animales
no precisamente de peluches.
Vamos, un arsenal
nada desdeñable y muy variopinto de seres
que aterrorizaban a los hermosos y entrañables
seres humanos y pugnaban por descarriar las protectoras
y sólidas bases de la sociedad occidental,
entre ellas el paladín máximo de nuestros
desvelos, la familia.
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Pero
que sucedería si el agente de nuestros miedos más
profundos, el acápite del terror y la violencia más
descarnada proviniese de nosotros mismos, de nuestro núcleo
familiar.
Esa
es la propuesta del gran maestro Stanley Kubrick, el director
de “La Naranja Mecánica” nos propone una
película extremadamente interesante, inteligente y
sobre todo revolucionaria, desde su punto de vista más
progresista, el germen del terror, de lo inquietante, no viene
de una amenaza exterior, de algo extraño y sin conexión
con nosotros mismos.
En “El
Resplandor” , la amenaza somos nosotros, cada uno de
nosotros, la propia familia es la cuna de las aberraciones
y las violencias no solo más aterradoras sino también
mas inmovilizantes.
Y nuestra
mente, nuestra gran máquina pensante, nuestro hiper
desarrollado cerebro de primates analíticos es el inicio
y la cúspide de la perturbación, no ya de un
mal moralmente concebido y éticamente detestable que
hay que destruir, extirpar; es nuestro gran órgano
pensante, racional, perdido en los laberintos de sus propias
emociones insanas, nuestras sensaciones perturbadas por un
ambiente claustrofóbico y nuestras relaciones.
Kubrick
rompe con la tendencia del cine conservador de terror de los
años cincuenta y nos muestra el terror más terrible
y perturbador que nunca imaginamos en nosotros mismos. Una
linda familia de clase media llega a cuidar un enorme Hotel
de lujo en las gélidas zonas del noreste Estadounidense,
en el hermoso e inmenso jardín del complejo se encuentra
un inmenso laberinto, es en este inmensa recreación
simbólica de la mente humana que el director nos muestra
la cuna de nuestros temores y como en los vericuetos de la
mente humana estos a veces no pueden salir, convirtiéndose
en nuestros terrores.
Aquí
más que representarse la lucha entre el mal y el bien,
se muestra la lucha entre nuestras emociones más constructivas
(Eros) y destructivas ( Tanathos) y como la racionalidad en
que hemos basado la civilización occidental queda aplastada
cuando cuando al interior de nosotros mismos no hemos curado
nuestras incongruencias, no hemos percibido nuestro lado animal.
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