El Resplandor. Familia, dulce familia.
Rodrigo Hidalgo.
25 abril 2003

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A lo largo de la cinematografía del terror, hemos asistido a un nutrido prontuario de seres intergalacticos, creaciones genéticas, seres creados por radiaciones, fantasmas varios y animales no precisamente de peluches.

Vamos, un arsenal nada desdeñable y muy variopinto de seres que aterrorizaban a los hermosos y entrañables seres humanos y pugnaban por descarriar las protectoras y sólidas bases de la sociedad occidental, entre ellas el paladín máximo de nuestros desvelos, la familia.

Pero que sucedería si el agente de nuestros miedos más profundos, el acápite del terror y la violencia más descarnada proviniese de nosotros mismos, de nuestro núcleo familiar.

Esa es la propuesta del gran maestro Stanley Kubrick, el director de “La Naranja Mecánica” nos propone una película extremadamente interesante, inteligente y sobre todo revolucionaria, desde su punto de vista más progresista, el germen del terror, de lo inquietante, no viene de una amenaza exterior, de algo extraño y sin conexión con nosotros mismos.

En “El Resplandor” , la amenaza somos nosotros, cada uno de nosotros, la propia familia es la cuna de las aberraciones y las violencias no solo más aterradoras sino también mas inmovilizantes.

Y nuestra mente, nuestra gran máquina pensante, nuestro hiper desarrollado cerebro de primates analíticos es el inicio y la cúspide de la perturbación, no ya de un mal moralmente concebido y éticamente detestable que hay que destruir, extirpar; es nuestro gran órgano pensante, racional, perdido en los laberintos de sus propias emociones insanas, nuestras sensaciones perturbadas por un ambiente claustrofóbico y nuestras relaciones.

Kubrick rompe con la tendencia del cine conservador de terror de los años cincuenta y nos muestra el terror más terrible y perturbador que nunca imaginamos en nosotros mismos. Una linda familia de clase media llega a cuidar un enorme Hotel de lujo en las gélidas zonas del noreste Estadounidense, en el hermoso e inmenso jardín del complejo se encuentra un inmenso laberinto, es en este inmensa recreación simbólica de la mente humana que el director nos muestra la cuna de nuestros temores y como en los vericuetos de la mente humana estos a veces no pueden salir, convirtiéndose en nuestros terrores.

Aquí más que representarse la lucha entre el mal y el bien, se muestra la lucha entre nuestras emociones más constructivas (Eros) y destructivas ( Tanathos) y como la racionalidad en que hemos basado la civilización occidental queda aplastada cuando cuando al interior de nosotros mismos no hemos curado nuestras incongruencias, no hemos percibido nuestro lado animal.

 

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