Ver la película
Francesa “Cómo maté a mi padre”
es una bocanada de aire fresco no solo para la cartelera
cinematográfica, sino para la misma sociedad
Chilena.
En una sociedad
hipócrita, cínica y autoflagelada
en la sordera de sus propias miserias, donde en
más del cincuenta por ciento de las familias
Chilenas el hombre golpea a su mujer, donde nacen
hijos por culpa de un Dios cruel que llama a procrear
indiscriminadamente, en vez de disfrutar el placer
del sexo con anticonceptivos, mientras nos dicen
que la ùnica forma de vivir es dentro de
la familia tradicional, cuna de las aberraciones
màs insanas en la convivencia, esclavitud
y enajenaciòn de la mujer.
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Donde la única preocupación
“espantosa” que tenemos es preocuparnos de que
unos ministros y parlamentarios frescos evadieron o utilizaron
las leyes para robarse unos pesos y no prestar, en cambio
atenciòn a la pobreza galopante que esas mìsmas
leyes consagran.
Acostumbrados como estamos a discutir
consecuencias cìnicamente en vez de resolver los problemas
que los provocan, es poco lo que se puede pedir a las personas
que habitamos este país, con una mentalidad tan encajonada
como la tierra en que habitamos y con una idea sobre la familia
que se basa en exigir a la mujer el abandono de su propia
satisfacción sexual, emocional, desarrollo personal
e independencia en aras de cumplir con su rol maternal en
la más esclavizante y vacía de sus variantes,
y con un macho, obligado a funcionar como un esclavo proveedor
en provecho de los empresarios. Ambos ciegos a sus emociones
y a sus necesidades de plenitud personal y atentos mecánicamente
a los “valores” que tan rápidamente son
cacareados por la clase dominante y que poca solución
dan a la esclavitud social, econòmica y familiar que
vivimos.
Me he dado este pequeño rodeo
para dar forma cercana e inquietante a lo que nos propone
“Cómo maté a mi padre”, imagínense
que un día nuestro padre, cuyo único contacto
en veinte años había sido tres cartas, aparece
súbitamente en nuestro cumpleaños, pero no para
llenarnos de explicaciones ni de miradas culpables, solo para
aparecer compartiendo con nosotros tras la cortina de una
mirada sonriente, sin culpa y con una leve distancia, como
si estuviera viendo nuestra vida como un turista que ve la
vida del pulpo azul de las Bahamas desde el otro lado del
espejo de un acuario.
Esta es la historia que nos propone
Anne Fontaine (“Lavado en seco”), directora y
guionista de esta obra, donde un exitoso doctor, Jean-Luc
(Charles Berling), recibe la visita de su padre (un maravilloso
y sugerente Michael Bouquet) que vuelve de África luego
de toda una vida de ausencia, sin pedir nada, explicar menos
y sin juzgar la vida de su hijo, pero tampoco sin intención
alguna de alabar la linda fachada que ha construido Jean Luc,
para evitar sentir, comprometerse y cuestionarse.
Toda la pleyade de actores secundarios,
en esta puesta en escena coral, son una serie de marionetas
que el hijo ha ido colocando en su vida para no tener problemas
y vivir cada una de sus emociones sin asumirlas completamente,
está la hermosa y burguesa esposa, una mujer insatisfecha
y telúrica emocionalmente que vive una vida fría,
petrificada por el gélido àlito de la convivencia
con Jean-Luc, el hermano menor, lleno de vida, pero protegido
y sometido en partes iguales por el ejemplo impecable de su
hermano y la amante que le provee de la calidez necesaria
a Jean-Luc, como si fuera la necesaria pastilla que permite
vivir el sueño de una vida completa.
Es con la llegada del padre que el
mundo del hijo se empieza a resquebrajar, un padre que en
vez de preocuparse de tener éxito y una familia vacía,
decide vivir honestamente con su sentir sin importar las reglas
sociales, y el deber ser.
Esta película es una bofetada
para el cinismo de como hemos construido en Chile nuestras
relaciones personales y el acostumbramiento a construir primero
la fachada en vez de vivir nuestras propias vidas de acuerdo
a nuestro real sentir, la directora nos propone vivir no en
base a modelos sino en base a la verdad que solo se puede
encontrar en nosotros mismos, en nuestro sentir y no en “valores”
racionales y cínicos, que empleamos como fórmulas
para no comprometernos vitalmente con un mundo construido
a nuestra medida y no a la medida del mundo.
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