Cómo maté a mi padre. La Odisea del yo.
Rodrigo Hidalgo.
25 abril 2003

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Ver la película Francesa “Cómo maté a mi padre” es una bocanada de aire fresco no solo para la cartelera cinematográfica, sino para la misma sociedad Chilena.

En una sociedad hipócrita, cínica y autoflagelada en la sordera de sus propias miserias, donde en más del cincuenta por ciento de las familias Chilenas el hombre golpea a su mujer, donde nacen hijos por culpa de un Dios cruel que llama a procrear indiscriminadamente, en vez de disfrutar el placer del sexo con anticonceptivos, mientras nos dicen que la ùnica forma de vivir es dentro de la familia tradicional, cuna de las aberraciones màs insanas en la convivencia, esclavitud y enajenaciòn de la mujer.

Donde la única preocupación “espantosa” que tenemos es preocuparnos de que unos ministros y parlamentarios frescos evadieron o utilizaron las leyes para robarse unos pesos y no prestar, en cambio atenciòn a la pobreza galopante que esas mìsmas leyes consagran.

Acostumbrados como estamos a discutir consecuencias cìnicamente en vez de resolver los problemas que los provocan, es poco lo que se puede pedir a las personas que habitamos este país, con una mentalidad tan encajonada como la tierra en que habitamos y con una idea sobre la familia que se basa en exigir a la mujer el abandono de su propia satisfacción sexual, emocional, desarrollo personal e independencia en aras de cumplir con su rol maternal en la más esclavizante y vacía de sus variantes, y con un macho, obligado a funcionar como un esclavo proveedor en provecho de los empresarios. Ambos ciegos a sus emociones y a sus necesidades de plenitud personal y atentos mecánicamente a los “valores” que tan rápidamente son cacareados por la clase dominante y que poca solución dan a la esclavitud social, econòmica y familiar que vivimos.

Me he dado este pequeño rodeo para dar forma cercana e inquietante a lo que nos propone “Cómo maté a mi padre”, imagínense que un día nuestro padre, cuyo único contacto en veinte años había sido tres cartas, aparece súbitamente en nuestro cumpleaños, pero no para llenarnos de explicaciones ni de miradas culpables, solo para aparecer compartiendo con nosotros tras la cortina de una mirada sonriente, sin culpa y con una leve distancia, como si estuviera viendo nuestra vida como un turista que ve la vida del pulpo azul de las Bahamas desde el otro lado del espejo de un acuario.

Esta es la historia que nos propone Anne Fontaine (“Lavado en seco”), directora y guionista de esta obra, donde un exitoso doctor, Jean-Luc (Charles Berling), recibe la visita de su padre (un maravilloso y sugerente Michael Bouquet) que vuelve de África luego de toda una vida de ausencia, sin pedir nada, explicar menos y sin juzgar la vida de su hijo, pero tampoco sin intención alguna de alabar la linda fachada que ha construido Jean Luc, para evitar sentir, comprometerse y cuestionarse.

Toda la pleyade de actores secundarios, en esta puesta en escena coral, son una serie de marionetas que el hijo ha ido colocando en su vida para no tener problemas y vivir cada una de sus emociones sin asumirlas completamente, está la hermosa y burguesa esposa, una mujer insatisfecha y telúrica emocionalmente que vive una vida fría, petrificada por el gélido àlito de la convivencia con Jean-Luc, el hermano menor, lleno de vida, pero protegido y sometido en partes iguales por el ejemplo impecable de su hermano y la amante que le provee de la calidez necesaria a Jean-Luc, como si fuera la necesaria pastilla que permite vivir el sueño de una vida completa.

Es con la llegada del padre que el mundo del hijo se empieza a resquebrajar, un padre que en vez de preocuparse de tener éxito y una familia vacía, decide vivir honestamente con su sentir sin importar las reglas sociales, y el deber ser.

Esta película es una bofetada para el cinismo de como hemos construido en Chile nuestras relaciones personales y el acostumbramiento a construir primero la fachada en vez de vivir nuestras propias vidas de acuerdo a nuestro real sentir, la directora nos propone vivir no en base a modelos sino en base a la verdad que solo se puede encontrar en nosotros mismos, en nuestro sentir y no en “valores” racionales y cínicos, que empleamos como fórmulas para no comprometernos vitalmente con un mundo construido a nuestra medida y no a la medida del mundo.

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