Es
recordado Alexander Kojève como el filósofo
que, desde el Ministerio de Asuntos Económicos
de Francia, se convirtiera en el arquitecto mentor
de acuerdos que antecedieron lo que es hoy la UE.
El 68, año de su
muerte, la “post-historia” era ya toda
una doctrina. Así, la última manifestación
de humanidad (teñida con el crepúsculo
de la historia del mundo) encontrada por este autor
en los habitantes de Japón, era ya sólo
“snobismo”.
Pero el influjo decadente
de esta visión, subsistía en la Francia
que más de un siglo antes había leído
las entregas sucesivas que Balzac hizo a La Mode
de su Traité de la Vie Elégante, al
término de las cuales la editorial decidió
–por cierto, tardíamente- tomar partido
contra el nuevo liberalismo burgués, con
la alicaída aseveración de que “el
mundo no existe más”.
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Con algunas notables complicidades,
en Chile en el período marcado por la gradual, pero
violenta aparición de la cuestión social (luego
de la guerra civil que derrocara al presidente Balmaceda),
don Olegario Ovalle, con extrema generosidad intentó
hacerse de vecinos en lo que en ese entonces era la pequeña
caleta de la Hacienda Catapilco, de su propiedad, obsequiando
para dicho propósito terrenos a sus amigos cercanos.
En una tenue primera etapa de “colonización”,
las buenas intenciones de Ovalle sólo tuvieron como
afiliados a algunas familias alemanas, una prima hermana y,
con velocidades desiguales, a propietarios de algunos fundos
cercanos a la Ligua. Tristemente, su promotor, no vivirá
para el esplendor del balneario de Zapallar que ocurre luego
del terremoto de 1906.
Tal remezón, rotulado con posterioridad
como la decadencia del Chile oligárquico, será
el umbral que habría que cruzar para que se construyeran
las grandes mansiones que hoy conocemos todos, algunas imitando
castillos ingleses, otras estilo Bávaro o Tudor. Requisito
fundamental fue el surgimiento de un “estilo de vida”,
por cierto inspirado en la sociedad francesa de ese tiempo,
en el cual no importaba tanto la forma del “ingreso”
como la del “gasto”, una vez abandonada la austeridad
de la vieja clase.
Así, el enorme rigor y profesionalismo
permitieron a Josué Smith (con mayor participación
en el mercado) interpretar el gusto de quienes deseaban pasar
sus ocios en el mar de esa tranquila y bella bahía,
entregando obras a la posteridad como aquella que posibilitó
el patrimonio de M. Luisa McClure, que es hoy monumento nacional.
Pero no sólo eso, esta peculiar mansión zapallarina,
además, fue usada como modelo para la reconstrucción
del inmueble original del que ésta era réplica,
construido en el siglo XVI en la localidad de Hildesheim en
Baviera al sur de Alemania y destruido en la Segunda Guerra
Mundial.
El sorprendente hecho de que la copia
supere a su original, es sólo una entre muchas curiosidades
históricas de Zapallar. Otro célebre episodio
resulta la casa proyectada por el arquitecto Le Corbusier
a don Matías Errázuriz, que no se construyó
pero que ha servido para edificar novelas de su influyente
diseminación, en la arquitectura chilena y latinoamericana,
incluso como un punto de quiebre en la historia de la arquitectura
del propio arquitecto.
Y es que la ficción montada
requerirá continuamente de suministros que la sitúen
dentro del curso de alguna historia, una vez que desde sus
orígenes se desligara de la de Chile. En este contexto
se entienden los prematuros recuentos bio-bibliográficos.
Ya en el año 1940, Carlos Larraín escribe “Orígenes
de Zapallar”, libro que fue seguido tres años
más tarde por “Zapallar” de Manuel Mackenna,
con el propósito de “guardar la tradición
de ese lugar”. Y, a la usanza, pero el año 69,
Marcia Scantlebury con “Zapallar, donde lo bello permanece”.
La sublimación de esta escatología,
eso sí, se la debemos a Cristián Boza. Quizás
imbuido en un extraño designio familiar, realiza un
análisis histórico de los balnearios tradicionales,
a la par que su hermano (también arquitecto) se dedica
a la creación de los nuevos resorts esparcidos en las
costas del país. Para el Boza tradicional, el libro
venía a comprobar “una vez más la tesis
de que nuestra identidad arquitectónica va fuertemente
ligada al singular proceso de reinterpretación y adopción
de lenguajes formales venidos de otros lugares y que en un
acto legítimo fueron apropiados para posteriormente
plasmarlos en una arquitectura extraordinariamente ecléctica
pero especialmente propia". Punto neurálgico del
fundamento formal de los proyectos que el mismo venía
desarrollando influenciado por el posmodernismo de los ochenta.
Pero la expansión del balneario
no fue sólo gracias a las publicaciones. Hoy como comuna,
su nombre se usa por urbanizaciones cercanas con la misma
complacencia que ciertamente produce lucir una calcomanía
de Zapallar en el vidrio trasero de un auto, facilitada, por
lo demás, por diligentes funcionarios municipales que
se desplazan hasta la capital (a pedido) para captar permisos
de circulación.
Sin embargo “este enclave se
resiste en un afán por preservar el espíritu
original de las familias que lo fundaron, que no fue otro
que reunir a los amigos, gozar y cuidar del paisaje y promover
el desarrollo artístico... con la misma elegante placidez
de sus pasajes y avenidas”, reza una crónica.
Gustavo Munizaga, miembro de
una familia por generaciones zapallarina, ha dedicado gran
parte de su vida a la enseñanza del urbanismo, llegando
a ser uno de los directores de la facultad de arquitectura
de la Universidad Católica en los años ochenta.
Escribió varios libros que fueron editados por esa
casa de estudios. “Las ciudades y su historia: una aproximación”
dedica una página completa en su inicio a una cita
de “Las Metamorfosis” de Ovidio: “Por mi
parte considerando cómo las generaciones e hombres
han pasado de la edad de oro a la de hierro, y cómo
tan a menudo los destinos de distintos lugares han sido modificados,
creería que nada dura largo tiempo bajo la misma forma...
Troya fue grande en riqueza y hombres. Esparta también
fue famosa; una vez más la ciudad de Micena floreció.
¿Qué queda de Atenas sino un nombre? ¿Qué
sucedió con la Tebas de Edipo?”
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