En un rincón remoto
-aunque distante sólo tres horas de la capital
del mundo- de la barriga del Imperio, el trimestre
de primavera da comienzo una vez más, a pesar
de las protestas de una naturaleza que desdice con
cada racha de ventisca la pretendida renovación
de una vida que siempre ha sido y será más
barata que la cotización del dólar.
Por suerte para los estudiantes del pequeño
college, la guerra empezó después
del comienzo de las vacaciones de primavera, y gracias
a ello pudieron disfrutar de un inmerecido descanso
en las tercermundistas playas mexicanas, sin retransmisión
en directo a cargo de MTV este año, pero
ininterrumpido al menos por esos molestos informes
de un conflicto que, francamente, les importa muy
poco a muy pocos de ellos.
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A su regreso de la maravillosa experiencia,
sufragada por papás dadivosos de bien provista faltriquera,
mis estudiantes se han encontrado con una situación
que bien pronto dejará de ser molesta para convertirse
en pasado reciente, además de aburrido y poco interesante.
Antes de la excursión a las blancas arenas yucatecas,
la tragedia (diría más bien la excitación)
sólo había ocasionado uno o dos pequeños
incidentes en las lejanas calles de ciudades que quedan tan
lejos del corazón, de la barriga de este Imperio, que
a pocos de mis estudiantes quitaron el sueño. Luego,
más cerca de aquí, en la capital de este estado
de Nueva York (apodado el Empire State) un señor
entrado en años acudió con su hijo al centro
comercial local vistiendo una camiseta en la que protestaba,
a su manera, contra la administración del heredero
al trono, el inefable. El individuo fue detenido por la policía,
a petición de los responsables del mall, único
remedo de un centro urbano disponible en el ambiente suburbano
e inhumano de un país que sólo se mueve a lomos
de automóvil.
A los pocos días de aquello,
en una clase de español intermedio me atreví
a comentar a mis alumnos lo terrible del hecho que acababa
de suceder a escasos kilómetros de su paraíso
terrenal. Nunca lo hubiera hecho, porque así me habría
ahorrado oír a veinteañeros supuestamente bien
informados, los mismos que dentro de un par de años
pasarán a formar parte de la clase más todopoderosa
del planeta, defendiendo la necesidad de censurar la opinión
del país más libre del mundo (el único
verdaderamente libre, según las mentes más preclaras
y autocríticas) en momentos de tanto peligro para la
nación.
Ahora que los estudiantes han vuelto,
y la guerra ha comenzado con la bendición de quienes
pueden otorgarla, que doctores tiene la iglesia, y donde hay
patrón no manda marinero, algunos (muy pocos) se han
decidido a matricularse en un curso de literatura española
del Siglo de Oro que me ha sido concedido enseñar.
Tenía otros textos pensados para introducir a estos
ocho elegidos en su primer contacto con celestinas, sanchos,
buscones y lazarillos, pero la situación me lo ha impuesto,
y así, los primeros cientos de líneas que estos
futuros abogados y consultores leyeron en el castellano del
XVII han sido las de Amar después de morir,
de don Pedro Calderón de la Barca.
Ya no quedaban moriscos vivos en
la Península Ibérica para cuando Calderón
vio representada por vez primera esta obra, en la que un bizarro
morisco sublevado lava el honor de su amante asesinada en
la sangre de un soldado cristiano, de mala catadura y peor
comportamiento. No sólo se sale con la suya el morisco,
sino que además acaba recibiendo el perdón real,
que aparentaba disculpar las deudas de honor incluso tratándose
de las del enemigo de la cristiandad y el estado. Y aunque
ya habían sido expulsados de España los protagonistas
de aquella tragedia, quedaba al menos en la memoria colectiva
de los súbditos imperiales de entonces (de cuyos pecados
y virtudes desciendo) la llaga de una amputación que
quiso convertir España en una sociedad homogénea,
occidental y cristiana y que, gracias a lo que sea, nunca
curó, y nunca consiguió su objetivo.
En la Segunda Jornada de la obra,
de lectura obligatoria para la clase de ayer, un don Juan
de Austria ensoberbecido y prepotente (dicho sea sin ánimo
de sugerir comparaciones odiosas) se queja de la bajeza de
la misión a la que le había encomendado su augusto
hermanastro: desalojar de su refugio alpujarreño a
una facción de bandidos "cristianos sólo
en el nombre", morralla cuya conquista y exterminación
no supondría más fama que la otorgada a un alguacil
de pueblo por haber encarcelado un humilde ratero. Al retortero
sale don Juan de Mendoza, de la ilustre casa de los primeros
alcaides cristianos de la joya granadina, para asegurar al
imperial bastardo que la victoria sobre estos moriscos asilvestrados
constituiría (y ¿quién dudaba de que
a la postre habrían de ser derrotados?) no una mera
operación de limpieza de serranías y caminos,
sino un servicio de alto alcance para el imperio, que se veía
amenazado desde el interior de sus fronteras por la quinta
columna del terrorismo islámico.
Las palabras de Mendoza sirven su
propósito, y don Juan de Austria destierra sus altaneras
dudas para retomar con nuevo espíritu el exterminio
y genocidio de los últimos descendientes de los españoles
musulmanes. Paso indispensable, dicho sea de paso, para la
creación de una "unidad de destino en lo universal"
que nos ha llevado, para bien y para mal, adonde estamos ahora,
cualquiera que sea el lugar. Pero al menos, tal como les digo
a mis (a estas alturas) aburridos alumnos, tanto don Juan
de Austria como su asistente de campo (o mejor dicho Calderón,
aunque a toro pasado) tienen la decencia de no infravalorar
a esos mismos moriscos que varios sonetos y redondillas más
tarde acabarán exterminados en sus propias madrigueras
montañesas.
Algo que el golpista hijo de ex-presidente,
hermano de gobernador y amigo de quienes importa, el delfín
que ha usurpado con mañas merecedoras de intervención
militar extranjera el puesto de líder del único
Imperio que impera hoy en el mundo no tiene la delicadeza
de mostrar a sus compatriotas, ya que no votantes.
Muy al contrario, la prensa y la
televisión norteamericanas, a las que un bienvenido
y permitido cuartelazo ha convertido en verdaderos agentes
de la propaganda militar ?por mucho que los consultores de
imagen se empeñen en presentarnos a generales retirados
embutidos en elegantes trajes de diseño italiano? no
paran de vituperar bellacamente la honra de quienes además
de bombas y metralla tienen que sufrir el insulto y el estereotipo
de cobardes, traidores y terroristas. Puede que los moriscos
de Calderón no fueran sino los actores de una Intifada
dispuesta a morder la mano de quienes acogotaban su existencia
y les imponían una libertad sui generis desde hacía
más de seis décadas, pero al menos la boca pensante
de esa mano imperial tuvo la vergüenza de admitir el
valor y la bravura de aquellos granadinos suicidas, que murieron
matando y defendiendo su manera de entender el mundo, como
españoles que eran a la postre, según sentenciara,
generoso, Ginés Pérez de Hita.
Pero el órgano multicéfalo
del argos presidencial, el triunvirato todopoderoso de los
vendedores de verdades, la CNN, la NBC y la FOX abandonan
la lucha interna por los índices de audiencia para
ponerse de acuerdo en una sola cosa: estos malvados iraquíes
no son sino unos bandoleros fanáticos, capaces de cualquier
tipo de bajeza con tal de no dar a torcer un brazo que ya
nos pertenece por derecho de conquista.
La intolerante e imperial Castilla
de hace cuatrocientos años llegó a enamorarse
incestuosamente de su enemigo, previo pago de una idealización
romántica del moro, hipócrita sí, pero
que al menos rescató la honra histórica de la
memoria del Islam hispano. Las constantes referencias a la
supuesta incompetencia del ejército iraquí con
que periodistas de oficio y nombre excitan a sus generales
de Giorgio Armani no habrán de dejar para el futuro
una base sobre la que reconstruir no ya un país violentado
por la fuerza bruta, sino un pueblo humillado, agredido y
rebajado en su dignidad, un pueblo que tiene que soportar
mientras oficiales de alto rango veteranos de Vietnam y con
cortes de pelo casi civiles califican a sus milicianos de
terroristas fanáticos, y a su acción suicida
de resistencia como un ejemplo más de la barbarie de
quien a pesar de todo merece que le impongamos el yugo de
la libertad de mercados.
El mando a distancia del televisor
no sirve para nada. En el History Channel, un documental
oportunamente rescatado de un archivo inextinguible cuenta
a su manera la historia de Lawrence de Arabia, un excelente
ser humano que supo unificar los intereses tribales de aquellos
cerriles árabes para dar al traste con los últimos
restos del Imperio Otomano, que Dios le bendiga. Entre otras
lindezas, el narrador del documental afirma, y cito textualmente,
que "así, gracias al trabajo y la inteligencia
de grandes figuras como Lawrence de Arabia, el Imperio Británico
pudo a la postre disolver sus posesiones en el Medio Oriente
con la cabeza bien alta, a pesar de todo." Vaya lo comido
por lo servido, Míster Blair, que madre no hay más
que una, y si mucho une la sangre, más aun lo hace
el dinero.
En los canales premium, por casualidades
de la vida, están poniendo The Patriot, un
verdadero hit de hace dos años creo, protagonizado
por Mel Gibson, quien interpreta a las mil maravillas la tragedia
de un colono yanqui que lucha por la libertad de otros blancos
anglosajones como él, en contra de un Imperio que al
final se despidió con ese savoir faire y esa
elegancia tan británicas. ¿O eso fue después?
Poco importa que tres golpes de tecla de mando a distancia
más allá, Donald Rumsfeld esté poniendo
a parir la legalidad y la moralidad de patriotas (soldados
o no) que se quitan el uniforme militar para poder disparar
con impunidad a esos marines armados (de acuerdo con las convenciones
de Ginebra, y gracias a pantagruélicos presupuestos
de defensa) con la tecnología más avanzada que
jamás haya estado disponible a los profesionales de
quitar vidas. Son todos unos cobardes, y el que no un fanático,
y el que tenga la suerte de llevar puesto un uniforme de ejército
regular poco menos que un analfabeto, incapaz de apuntar como
Dios manda esos misiles de construcción casera con
los que ni saben ni pueden arañar uno de nuestros aviones.
Mel Gibson sigue empeñado
en hincar la bayoneta a uno de esos casacas rojas, defendiendo
su patria y su hogar, y arropado en una enorme bandera de
barras y estrellas, que falta le hace, porque tampoco el Patriota
ha tenido tiempo de ponerse el uniforme de un ejército
que en realidad no era sino una banda de terroristas desleales,
intentando sacudirse el yugo de la Pax Britannica, lo que
son las cosas… Eso sí que es ironía y
no las idioteces que canta Alanis Morrissette.
No sé, ni lo pretendo, si
es cierto que el ejército iraquí está
formado por oficiales morosos y bigotudos de escasa higiene
corporal, o si entre sus filas brillan por su ausencia técnicos
competentes en lo que les concierne. Lo que sí sé
es que la incompetencia de mis alumnos americanos de escuela
privada y cara, los más mimados, los más conformistas,
los más borrachos y autocomplacientes del planeta,
los mejor provistos de lo último en tecnología,
los dotados con el sistema de bibliotecas más impresionante
de la historia de la Humanidad, rara vez les será reprendida.
La inflación de notas, el continuo rebajar de las metas
académicas, que cada vez exigen menos a cambio de más,
la desigualdad de un sistema educativo que perpetúa
las diferencias sociales y el endémico desinterés
de las nuevas generaciones de americanos por todo lo que no
sea el éxito financiero rápido se encargarán
de que a la incompetencia de mis alumnos nunca le llegue la
hora merecida de la evaluación, a no ser que la historia,
esa puta de Babilonia, acabe por darle a este Imperio el suspenso
que se está ganado a pulso de ignorancia y arrogancia.
Ni que decir tiene que antes de abandonar
a mis alumnos a la persecución de más importantes
metas, tres de los ocho que tenía en el aula se durmieron
impunemente, más aburridos si cabe con mi perorata
liberal que con las calderonianas redondillas. De los otros
cinco, a buen seguro que alguno desertará, amparado
en la amplia oferta de cursos más útiles e infinitamente
más interesantes que eso de aguantar a un extranjero
arrogante hablando mal del mismo sistema que le paga un sueldo
y le permite abrir la boca día tras día, emitiendo
quejas que nadie prohibe, porque es más fácil
ignorar. E infinitamente más efectivo.
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