El episodio que concluyo
con la renuncia del embajador ante los Organismos
Internacionales con sede en Ginebra Juan Enrique
Vega, ilustra como pocos las falencias, inconsistencias
e incongruencias de la política exterior
de Chile, y no solo con relación a la cuestión
de Irak.
Desde hace bastante tiempo,
se admite sin ambages que Chile carece de politica
exterior. Por esta razón, nuestra actuación
en el campo internacional y sus diversos foros,
debe ser comprendida e interpretada como lo que
en verdad es: parte de los imperativos del despliegue
de un cierto diseño de politica relaciones
económicas y comerciales internacionales
y nada mas que eso.
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Hay que enfatizar que este no es un fenómeno nuevo.
Con la sola excepción de algunos breves pasajes durante
las administraciones de Patricio Aylwin y Eduardo Frei, respectivamente,
en los que se ensayó con escaso éxito, brillo
y proyección algún atisbo de política
exterior en sentido lato, en lo sustantivo los tres gobiernos
de la Concertación se han caracterizado por un progresivo
copamiento de nuestra agenda exterior por los asuntos propiamente
economicos y comerciales. Ello, como una derivación
del concepto según el cual un modelo de desarrollo
dependiente en tal alto grado de nuestros vinculos con el
exterior, presupone que nuestros interlocutores externos pasen
a ser los mercados y no paises o conglomerados de paises propiamente
tales. No es un dato menor que durante un buen tiempo la agenda
exterior de Chile en esta esfera hubiese estado radicada en
los Ministerios de Hacienda y Economía, con repartición
de areas geográficas incluida. Mismo fenómeno
que hoy se aprecia con relación a la Dirección
de Relaciones Económicas Internacionales (DIRECON),
instancia por la que no por mera casualidad pasan y son resueltas
las cuestiones genuinamente sustantivas de nuestro accionar
internacional.
No hace falta decir que en este esquema,
la Cancillería ha quedando prácticamente relegada
al poco digno papel de buzón de decisiones que se adoptan
en otra parte, casi siempre sobre la base de lógicas
en las cuales la política propiamente tal ha pasado
a constituirse en una especie de estorbo. En el camino, esta
realidad suele ser abordada por medio de un debate casi siempre
de pasillo y nunca institucional, en el cual confrontan idealistas
y realistas, con claro predomino de los segundos.
Si tuviésemos que ilustrar
el fenómeno de predominio de lo económico y
comercial sobre lo politico se podrían citar muchos
ejemplos. En un sentido general, habría que mencionar
nuestro alejamiento casi completo, sin que medie retiro formal,
de todos y cada uno de los foros multilaterales que agrupan
al mundo en desarrollo, como es el caso del Movimiento de
Paises no Alineados (NOAL) y el Grupo de los 77, pese a que
los mismos constituyen instancias de gran fuerza numérica
(más de 2/3 de la membresia de la ONU) y en ciertos
casos de decisiva influencia política, como por ejemplo
en el marco de la ONU. Mientras en paralelo, se observa el
enfriamiento factual de nuestro compromiso y actividad en
los foros latinoamericanos junto al indudable deterioro de
nuestras relaciones vecinales.
En cada caso, se argumenta la existencia
de discursos reivindicacionistas, y confrontacionales y “pasados
de moda” por parte de tales grupos de países
frente al mundo occidental (del que formamos parte) y desarrollado
(del que aspiramos a formar parte). Desde aquí, pocos
parecen querer oír hablar del derecho al desarrollo,
el diálogo entre civilizaciones, la agenda social mundial,
el lastre de la deuda externa, el deterioro del medio ambiente
a escala global, el desarme, etc. Todos estos asuntos, que
para nuestros “policy makers” no nos conciernen
directamente, son por ello rechazados con desdén por
nuestra diplomacia, más interesada en interactuar y
congraciarse con el Grupo Occidental, el Grupo Europeo, el
Grupo Nórdico o los Estados Unidos, en lugar del grupo
Africano, Latinoamericano, Asiático o Arabe. Todo ello,
mientras se prepara bajo cuerdas nuestro ingreso pleno a la
OECD, instancia que ya integramos como miembros observadores,
la que está conformada por paises desarrollados y que
actúa en permanente contrapunto con el mundo en desarrollo
(¿del que formamos parte?).
Por último, como caso particular
y paradigmático del predominio de esta actitud politica,
recordemos la vergonzosa ocasión en que Chile opto
por canjear la retirada de su apoyo a la independencia y autodeterminación
del Timor Oriental, a cambio que Indonesia, la potencia ocupante,
apoyara el ingreso de Chile a la APEC. Ello, sin mencionar
nuestra política en la Comisión de Derechos
Humanos de la ONU frente a casos y temas específicos
y otros numerosos gafes bilaterales y multilaterales que ilustran
sobre la ausencia de un diseño politico digno de ser
llamado con propiedad politica exterior.
Miradas asi las cosas, a nadie debiera
sorprender nuestra actitud ambigua e indolente frente a la
crisis de Irak. Concedamos, eso si, que con semejante politica
o falta de politica, parece a todos luces un despropósito
haber luchado por formar parte del Consejo de Seguridad, dadas
las consecuencias que eran fáciles de prever. Las mismas,
traducidas en el enfrentamiento de conflictos de cualquier
índole que a todo trance se quiere evitar, si se tuvieron
en cuenta cuando se trató, aunque infructuosamente,
de zafar de la responsabilidad de integrar la Comisión
de Derechos Humanos de la ONU.
Pero el caso es que llegamos al Consejo,
apoyados por una gran cantidad de votos bastante inexplicable
por demás, y en una circunstancia en que ya se avizoraba
claramente en el horizonte el estallido de la crisis de Irak.
Primeramente hay que consignar que
un análisis más fino de la famosa propuesta
de cinco exigencias verificables y el plazo de tres semanas
a Irak para desarmarse, no constituyó un plazo para
la paz sino por el contrario, un plazo para la guerra visos
de ultimátum. Para ilustrar este argumento, basta decir
que la propuesta de marras, que solo contenía matices
respecto a la presentada por Gran Bretaña, de haber
sido acogida y aprobada por los restantes miembros del Consejo,
habría significado que en el plazo de tres semanas,
o sea, dentro de unos pocos días, la alianza de Estados
Unidos y Gran Bretaña habría quedado facultada
para actuar, por mandato del Consejo y sobre la base de la
propuesta de Chile, para hacer de modo legal y legítimo,
exactamente lo mismo que está haciendo en estos momentos.
¿Alguien puede sostener que los EEUU y Gran Bretaña
hubieran aceptado como satisfactorio el cumplimiento por Irak
de cualquiera de las cinco exigencias formuladas por Chile
en su propuesta?.
De lo anterior se sigue que quienes
afirman que hasta este punto Chile exhibió una política
consistente con sus reclamos por la solución pacifica
del conflicto, para retroceder después frente a la
ira norteamericana se equivocan rotundamente. Si aceptamos
que la propuesta chilena lejos de ser una propuesta para la
paz fue en realidad un ultimátum a Irak en consonancia
con los deseos de las potencias agresoras, debemos aceptar
también que la subordinación de la politica
exterior chilena a los designios norteamericanos es anterior,
incluso al non paper con instrucciones circulado por el Departamento
de Estado y dado a conocer por la prensa y, también
previo a nuestra actuación en la abortada reunión
de Ginebra que culminó con la salida de Juan Enrique
Vega.
Con relación a este asunto,
como con respecto a multitud de otros casos, el pecado original
esta dado por el ya citado privilegio que se hace de los asuntos
económicos y comerciales pos sobre cualquier otra consideración,
incluidas las humanitarias. Puntualmente, aquí estamos
en presencia del fantasma del naufragio del TLC con los Estados
Unidos, amenaza que la administración norteamericana
blandió en todo momento, sin que fuese en verdad muy
necesario, por los más diversos cauces y en los tonos
más imperativos, para hacer entrar en vereda a los
pocos díscolos que van quedando, e imaginaban que existía
un pequeño margen de maniobra para intentar desarrollar
una política mas independiente, sobre la base de creer
que en verdad que “la cuestión del TLC y los
asuntos del Consejo de Seguridad son temas distintos que corren
por carriles propios y separados”.
Hay que recordar en este punto que
el famoso TLC con Estados Unidos, no solo no hace parte del
programa que la Concertación le ofreció al país,
sino que ha sido decidido y negociado sin rendirle cuentas
a nadie sobre su contenido. De hecho, hace unos pocos días
el propio Director de Relaciones Económicas Internacionales
reconoció que su texto íntegro solo lo conocían
tres o cuatro personas en Chile. Mas tarde nos hemos enterado
que ni siquiera existe una traducción al español.
Pero nada de esto parece importar demasiado, especialmente
a los más entusiastas, si de lo que en verdad se trata
es de firmar un TLC con los Estados Unidos, cualquiera este
sea y a como de lugar. No en vano sus propagandistas nos han
hecho saber que lo principal es la razón de prestigio
que este envuelve, una especie de certificado de buena conducta
y honorabilidad comercial, económica y financiera para
el país.
A la luz de los últimos sucesos,
cabe preguntarse que dirán ahora quienes juraban que
el TLC con los EEUU no era más que eso. Un Tratado
de Libre Comercio carente de cualquier otro significado, mucho
menos político.
Existe un sector de la ciudadanía
y de la clase politica que postula la necesidad de rendirse
ante la evidencia y reconocer que los EEUU son hoy por hoy
una nación de poderío incontrarrestable, a la
que más vale arrimarse estrechamente obedeciendo sus
dictámenes. Quienes asi piensan, se sienten confortables
en un mundo unipolar, donde los temas globales pasan a ser
administrados por un solo y poderoso actor, mientras los demás
pueden concentrarse en las tareas del comercio y el crecimiento
económico.
Pero estamos también los otros,
quienes seguimos imaginando que una humanidad distinta, segura,
pacifica, justa y equitativa es posible. Es claro que ello
no será posible si seguimos arriando las banderas y
sometiéndonos a los designios del pragmatismo y el
interés de corto plazo.
Este es un debate que esta pendiente.
Hagamos votos porque su resolución no vuelva a tener
lugar detrás de la puerta. Aunque no tengo muchas esperanzas
que ello suceda.
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