A
nuestra sociedad le complican sus jóvenes y a nuestros jóvenes les
complica la sociedad en que viven. Esta relación de tensión
se ha venido manifestando de diversas formas a través de las últimas
décadas en que el grupo social juventud(es) se ha instalado con una presencia
más concreta y visible en el medio social. Ya
en el período anterior a la década del cincuenta del siglo pasado,
hablar de las y los jóvenes era recurrir a imágenes connotadas mayormente
por la figura griega de la efebía en que grupos de púberes eran
parte de un proceso de formación en torno a sus maestros. Desde ahí
nos llega con fuerza la imagen de ser joven asociado con la belleza, el heroísmo
y la dependencia en su preparación para el futuro. Lo que no se nos
dice en la transmisión de esas imágenes es que sólo se trataba
de jóvenes hombres (mirada de género) hijos de las clases acomodadas
(mirada de clase) de esa sociedad en particular. Desde ahí surge la pregunta
por la pertinencia que esas imágenes tienen cuando miramos a nuestros jóvenes
de los sectores empobrecidos en Chile... | | Como
veremos, esa imagen de joven en preparación, asociada a idealismo
y capacidad de transformar el mundo sigue hasta nuestros días, con
otros componentes interesantes de analizar. Ya antes
de la década de los cincuenta, en la medida que el grupo social juventud(es)
fue apareciendo en América Latina -fruto de los cambios en el modo de producción
y el surgimiento de la escuela- se fueron creando diversos mecanismos, desde el
Estado y desde algunas Instituciones de Beneficencia, que permitían enfrentar
las inseguridades que las conductas y modos de hacer que fue manifestando este
nuevo grupo social. Por ejemplo, la aparición en las calles de grupos de
jóvenes hasta altas horas de la noche -para la sociedad de la época-
era motivo de alarma y llevaba a promover sanciones para dichos grupos. Desde
ahí ha venido surgiendo con fuerzas el discurso que, ante las manifestaciones
juveniles que no se adecuan a lo esperado por el mundo adulto de nuestra sociedad,
tiende a proponer castigo para las y los jóvenes que se involucran en prácticas
consideradas reñidas con la moral pública, los valores nacionales,
la fortaleza de la familia, entre otras fórmulas de denominar al poder
que el propio mundo adulto va definiendo para cautelar sus privilegios, en el
marco de una sociedad adultocéntrica. Visto
así, resulta interesante hoy día, a meses de iniciado el nuevo siglo,
mirar cómo estas fórmulas se renuevan y se van solidificando en
el intento permanente de consolidar un estilo relacional que se sustenta en la
tensión que mencionamos inicialmente y que algunos con mucha prisa
y de manera muy superficial denominan conflicto generacional. De esta forma
buscan naturalizar esta tensión social que tiene a la base una asimetría
de poderes en pugna -entre adultos y jóvenes- y que proviene de una forma
de organización social -la de la necesaria y natural dominación
de unos pocos sobre otros muchos- que promueve la reproducción permanente
de esta asimetría. Uno de los factores que
inciden en la reproducción mencionada, se da a partir de las imágenes
con que las sociedades y particularmente la chilena, van construyendo sus conceptos
e imágenes sobre ser joven, juventud, lo juvenil, entre otros. Así
me parece oportuno apostar a que buena parte de la fortaleza de esta tensión,
está dada por estas imágenes que circulan en nuestros imaginarios
sociales -nuestras prácticas y discursos también- y que se sustentan
sobre una visión polarizada respecto de las y los jóvenes, en espacial
-y desde ellos y ellas hablo- a jóvenes de sectores empobrecidos. Cada
cierto tiempo en nuestra cotidianidad nacional se producen hechos que coincidentemente
muestran imágenes sobre las y los jóvenes y que nos permiten remirar
los modos en que se manifiesta la polaridad mencionada. El
último fin de semana del mes de julio de este dos mil dos, nos trajo noticias
sobre dos hechos que involucraban a las y los jóvenes: por una parte en
la ciudad de Toronto en Canadá se realizaba una Jornada Mundial de la Juventud,
y en nuestro país, en la ciudad de Tocopilla, su Alcalde proponía
instaurar toque de queda a los menores de dieciocho años, como una medida
para evitar la delincuencia. Por una parte, en la
fiesta de Toronto -como una fiesta juvenil la definió el papa Juan
Pablo II en uno de sus discursos- el énfasis de los pronunciamientos hacia
las y los jóvenes acentuó la importancia de la responsabilidad que
tienen en la vivencia de "los valores esenciales" en nuestra sociedad
y también lo que se espera de ellos y ellas para el tiempo futuro. A
través de ese discurso lo que tiende a reforzarse es una imagen que se
pretende positiva hacia las y los jóvenes en tanto constructores de
una nueva sociedad, la del futuro, la del mañana, no la del hoy, sino
aquella que existirá cuando sean adultos, por tanto, lo valedero en este
discurso es el "cuando seas grande" o el "cuando seas alguien"
cuestión que solapadamente remarca la noción de que "aún
no son nada ni nadie". En la misma medida que
se le enfatiza este carácter de constructores, se asocia esta disposición
a la renovación como una cuestión dependiente del desarrollo psicobiológico
que están viviendo, propio de su pubertad, y que sería influyente
en la "permanente búsqueda de cambios". Creo que eso no es así,
que ser joven y querer cambios no es una asociación mecánica, no
todos los y las jóvenes quieren que lo que viven cambie y es más,
para algunos jóvenes lo que hoy existe está perfecto y ojalá
haya más de lo mismo, dado que se sienten satisfechos con la vida que como
sociedad tenemos. Otra imagen que se pretende positiva
es que ser joven está directamente asociado con la pureza del alma, con
querer la existencia de valores nobles y bondadosos. Sin embargo, al examinar
con detención los principales discursos del mundo adulto en esta actividad
en Toronto, nos encontramos con que se trata de planteamientos que de tanto mencionar
valores, sin considerar el contexto socio político y cultural en que ellos
pueden ser materializados, terminan siendo largas enunciaciones vacías
de todo contenido, débiles en su densidad política y fáciles
de ser asumidos en una u otra dirección, según quien sea el destinatario
del mensaje. Es decir, la apuesta de Jesús por la construcción de
un mundo justo y solidario, por la construcción de relaciones humanas que
nos permitan la felicidad, terminó siendo vaciada de contenidos junto a
un reemplazo de ciertos conceptos por otros que siendo más universales
terminan no diciendo nada. Es entonces una mirada
que se pretende positiva sobre las y los jóvenes, pero que termina mostrándoles
como individuos todo bondad y que niega su condición de sujetos que se
producen en su historia real y concreta, que son diversos y plurales y que la
capacidad de aportar a la construcción de una sociedad nueva, no todos
y todas la desarrollan y tampoco lo hacen de la misma manera. Por
otra parte, en la noche de Tocopilla, han estado sucediendo una serie de actos
considerados delictuales, de ellos se culpa a grupos de jóvenes -a los
que se denomina pandillas- que según el discurso periodístico -del
diario Las Últimas Noticias (27/07/2002)- habrían cometido un "brutal
y artero ataque al tradicional bar Don Lucho". El Alcalde de esta nortina
ciudad de nuestro país, a partir de esta y otras situaciones que él
considera vandálicas, propone la instauración del toque de queda
a la población menor de 18 años, entre la medianoche y las seis
de la mañana. Más allá del éxito
o fracaso de esta medida, en tanto logre imponerse y consiga los efectos que pretende
-disminuir la delincuencia en la ciudad- se abre con su planteamiento un conjunto
de imágenes que se instalan en el polo opuesto de la tensión que
veníamos analizando. Se trata ahora de un conjunto de estereotipos (como
imágenes a priori) de orden negativos que se utilizan para concebir a las
y los jóvenes y que terminan por orientar las acciones que sobre ellas
y ellos se imponen en nuestra cotidianidad. De esta
manera, se estigmatiza permanentemente a las y los jóvenes como individuos
peligrosos para la convivencia social, en tanto estarían viviendo un
momento de sus vidas, en que las faltas a las normas y al orden moral vigente
son pan de cada día. Se trata de un discurso que insiste en mirar a las
y los jóvenes como un problema social, como quienes portan en sí
mismos el germen del desorden y el caos social, dado que se encontrarían
viviendo un tiempo de crisis de identidad, de irresponsabilidad y que expresarían
mediante una rebeldía -cualquier cosa que ello signifique- su desacuerdo
con lo que se les exige. Ahora bien, no todos los
y las jóvenes entran en esta categorización que les discrimina,
sino principalmente aquellos que pertenecen a los sectores más empobrecidos
de nuestro país. A partir de esta construcción imaginaria -con efectos
muy reales- se ha instalado la figura del rapero, del joven moreno de piel, pelo
negro, pantalones anchos..., como el potencial delincuente. En esa campaña,
los spot de (in) segurización que hace la Fundación Paz Ciudadana
con su Perro Don Graf han venido a constituirse en lo principales dibujantes de
esa imagen transmitida. De esta manera, ser joven
en Chile es parte, entre otras, de esta tensión perversa, entre ser considerados
los salvadores del mundo, chicos buenos con ideales y muy bondadosos, y ser también,
y en el mismo movimiento, mirados como potenciales delincuentes, agresivos, irresponsables,
despreocupados de lo que pasa en nuestro mundo. Aquí
es donde me parece que hace falta cambiar los lentes con que se mira, para volver
a mirar e intentar descubrir en las cotidianidades juveniles, en sus propios discursos
y prácticas, aquellas expresiones de comunidad, de solidaridad y de amor
que tanta falta le hacen a nuestra sociedad. No se trata de mesianizar lo juvenil,
sino acercarnos a ellos y ellas, a sus espacios cotidianos a aprehender de lo
que ahí conversan, sueñan y construyen. Sería
bueno que nos dejáramos interpelar por sus propias apuestas, no tratando
de imponer nuestros esquemas -ya sé, lo que sugiero también es un
esquema, pero que diablos!-, sino buscando generar espacios de diálogo
para compartir nuestras experiencias de vida, de manera lo más horizontal
posible y enseñarnos mutuamente nuevas formas de concebir el mundo y las
relaciones sociales. Las y los jóvenes no
son por esencia transformadores del mundo, pero están viviendo un momento
de sus vidas en que la bronca que surge al descubrir la mentira que les rodea
puede ser transformada y canalizada, en conjunto con ellos y ellas, hacia fuerzas
constructoras de nuevas formas de lucha y de acción. Para
esto resulta vital concebirles como sujetos capaces y potentes, activos y propositivos,
con una profundidad hermosa en la reflexión..., en definitiva como sujetos
capaces de aportar (se) en tiempo presente en sus vidas. De esta manera, la imagen
prioritaria que tendríamos en nuestra construcción de ser joven,
de las juventudes y de lo juvenil, sería la de sujetos con derechos, con
capacidad de proponer y aportar ahora, con debilidades y fortalezas, con sueños
y perezas. Ya no más jóvenes como el
futuro, como el mañana inexistente y lleno de incertezas, sino que jóvenes
como el hoy, en el cual construimos lo que seremos más ratito, en el cual
forjamos lo que queremos ser en la vida... |
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