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ta(r)jar la memoria
[1]
Mario Sobarzo

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Pre-juicio

¿Es posible aún hoy pensar la subjetividad? ¿En cuánto afecta que el contenido semántico de la subjetividad sea el de la re-presentación? ¿Es el arte el modelo en que se manifiesta y al que hacen analogía todos los demás modelos representativos? Si es así, ¿es posible un arte más allá de la re-presentación? ¿Qué significa este más allá?

Para des-lindar estos problemas es necesario volver a preguntarnos sobre el sitio del arte, es decir sobre su con-texto, pero también sobre los asedios a los que está y ha estado sometido.


Díptico 1
de Mónica Flanter

El Origen de la Cuestión

Quizá el punto de partida de toda reflexión sobre el arte (sobre la metafísica nunca plenamente constituida del arte) sea la crítica que hace Platón del arte en general, y de los artistas experimentales griegos.

En el libro X de La República Platón va a criticar a los artistas, que le den más importancia a los elementos externos (sensitivos) de la obra de arte y que dejen de lado lo de sublime que ella podría tener, es decir la adecuación a las facultades superiores del alma, tal como si tuvieran un espejo en sus manos. Este procedimiento sería semejante al utilizado por los prestigitadores que construyen la verdad sobre la base de meras percepciones externas, es decir basadas en lo conocible sensitivamente.

Si uno realiza un análisis del texto de Platón podrá ver reflejadas las problemáticas que conciernen al tema del arte hasta el día de hoy, y más aún podrá constituir un instrumento interpretativo válido para la comprensión de la subjetividad.

En primer lugar, la constitución de la subjetividad en relación a un proceso de encuentro con la divinidad como lo igual a ella y el consecuente logro de la sabiduría, que no es otra cosa que conocimiento verdadero acerca de gobernar, es decir, hacer uso del poder [2]. Así se desplaza el tema en discusión de una mera purga por la constitución metafísica de la realidad, a un conflicto para decidir qué mecanismo garantizará el acceso correcto a las dinámicas de construcción de la verdad.

En segundo lugar, la comparación entre el uso del arte como un modo encubriente de la realidad fundamental adquirirá un sentido nuevo a partir de la perspectiva que hemos expuesto en el primer punto. De ser sólo el ejercicio de personas que están lejos de la verdad, pasará a ser el procedimiento análogo a la sofística, es decir la transmutación de la verdad subyacente y trascendente al contenido literal expuesto en la obra (discurso, en el caso de la sofística), por el reemplazo de la inter-relación entre las formas sensibles como lugar en que acontece, se despliega, la verdad misma. Y por tanto, en un modelo de interacción política que utiliza un esquema metonímico como fundamento de su discursividad [3].

En tercer lugar, Platón va a sellar el destino de la obra de arte en occidente al homologarla con un espejo. Esto pues el espejo re-presenta la realidad que está frente a él. Es decir, de ahora en más el poder de la obra estará trasladado más allá de la obra, de la experiencia de la obra, del presente de la obra y del acontecimiento que es la obra.

De ahora en más la pregunta no será por la obra, sino por la re-presentación de la obra, y más aún, a medida que pase el tiempo, por la obra como re-presentación.

Ahora bien, decir re-presentación significa trasladar el contenido de verdad de la obra de arte de un sistema de inter-relación inmanente a una contigüidad espacial de la imagen, por un sistema de inferencias trascendentales que se corresponderá con el modelo metafórico, es decir la conciencia de una subjetividad.


Subjetividad y Representación

Que el modelo de la re-presentación es el sistema de la metáfora es algo expuesto por Derrida.

Para él la re-presentación tiene que ver con un modelo político de fondo, la idea que ella (la re-presentación) tiene que ver con el "espectáculo discursivo", con el hecho de encontrarse en un momento y lugar como enclave a través del cual (y en tanto tal: representante) se le da curso a "intercambios ceremoniosos, codificados, ritualizados". Es decir, éste que se hace presente, que se aparece como enviado de alguien (o de algo) y que asume su situación en tanto carga con el peso de lo que lo atraviesa y subyace [4].

"La praesentatio significa el hecho de presentar, y la repraesentatio el hecho de volver presente, de hacer-venir como poder-de-hacer-volver-a-venir, y ese poder-de-hacer-volver-a-venir-a-la-presencia de forma repetitiva, conservando la disposición de esa indicación, está marcado a la vez en el re de la representación y en esa posicionalidad, ese poder-poner, disponer, colocar, situar, que se lee el Stellen y que de golpe remite realmente a sí, es decir, al poder de un sujeto que puede hacer que de nuevo venga a la presencia y que puede volver presente, volver para sí presente, o simplemente volverse presente. El volver-presente se lo puede entender en dos sentidos al menos (...) por una parte, volver presente sería hacer venir a la presencia, en presencia, hacer o dejar venir presentando. Por otra parte, pero este segundo sentido habita el primero en la medida en que hacer o dejar venir implica la posibilidad de hacer o dejar venir de nuevo, volver presente, como todo "volver" ("rendre"), como toda restitución, sería repetir, poder repetir. De ahí la idea de repetición y de retorno que habita el valor mismo de representación (...) En la re-presentación el presente, la presentación de lo que se presenta vuelve a venir, retorna como doble, efigie, imagen, copia, idea, en cuanto cuadro de la cosa disponible, dispuesta y predispuesta para, por y en el sujeto. (...) El re- marca la repetición en, para y por el sujeto, a parti subjecti, de una presencia que, de otro modo, se presentaría al sujeto sin depender de él o sin tener él su lugar propio" [5]

Si analizamos lo expuesto en este largo texto de Derrida podremos encontrar la continuación de lo expuesto por Platón. Este sujeto que se ha tornado artista para obtener el control del esquema de relaciones entre las imágenes, las formas y los colores no hace más que asumir el control político de la obra. Pero dicho control tampoco puede estar garantizado por sí mismo, este sujeto no es más que la imagen móvil de la verdad que se manifiesta a través de él y de la cual es el re-presentante.

El punto está en interrogar al "cómo" de esta posibilidad de control sobre lo que acontece, pues si el "cuándo" y el "por qué" están determinados por el re- y las proposiciones en, para y por, respectivamente, el "cómo" dependerá del sujeto mismo y el modo de constitución de este sujeto en la acción.


¿Arte y Subjetividad?

¿Cómo entender la problemática que hemos desarrollado hasta ahora, si la subjetividad misma parece estar en crisis? Es más, ¿cuál es la calidad de lo subjetivo en la actualidad?.

Como se expuso en el apartado anterior la determinación de la subjetividad está designada por el "cuándo", y es en este mismo sentido que el problema deba pensarse a partir del uso mismo que hacemos de este concepto en la actualidad (con ello queremos decir la pregunta por la contextualidad política de dicho concepto), pues es él quien establece el punto de contacto entre las múltiples áreas en que han quedado parceladas nuestras experiencias cotidianas.

Que la subjetividad tiene su origen moderno en la idea de Descartes de homologar pensamiento y ser es fácilmente aceptable. Pero, ¿qué ocurre hoy cuando esta inter-relación parece estar en crisis?, o más bien, ¿cómo preguntamos hoy por la decisión que estaba asentada en la subjetividad?.

Así, es necesario replantearse el problema y proponer como tesis que la subjetividad se ha convertido en un dispositivo semántico vacío de referente real, y por lo mismo repleto de múltiples alternativas que no dicen nada, pero que son capaces de dar indicios o referencias a todos las parcelas de la vida colectiva establecidas en términos lingüísticos. Esto significa que nuestro lenguaje cotidiano ha quedado vacío de referentes indiciales trascendentales, para quedar transformados en meras huellas definibles en los conceptos de los terminales que establecen contactos momentáneos y definidos por la situación.

A partir de este diagnóstico (la subjetividad) ha quedado convertida, en las dimensiones de lo artístico, en una retirada constante a espacios de poder cada vez más circunscritos al papel que juegan el establecimiento de redes de visibilidad desde una mirada en situación, y del nacimiento de una lógica especular entre el artista [6] y su "obra".

Es así como en este momento sea posible hablar de la retirada de la lógica de los tres espejos, la que era posible de vislumbrar como una estructura semántica a partir del modelo categorial hegeliano aplicado a la obra de arte, hasta llegar al momento actual con las neovanguardias.

El primer espejo está extraído de Lewis Carroll y su obra Alicia a través del Espejo, donde a partir de la mirada de Alicia es posible observar el mundo invertido, es decir el mundo aislado de todas las categorías de lo sensible y dirigido por las leyes de la pura razón. Este arte meramente especulativo pretende hacer advenir la verdad en las dimensiones de mayor realidad que puede tener el pensamiento sobre la misma realidad. Así mismo, el artista, manifiesto en este arte, pretende establecer una lógica de superación de la realidad a partir de lo no contaminado por ella, es decir la razón.

El segundo espejo está tomado del mito de Narciso. Como se recordará este personaje mítico sólo encontraba el amor luego de enfrentar su propio rostro reflejado en las aguas (por razones de espacio no se exponen las diferentes aristas que tienen cada uno de los paradigmas especulares), pero nunca podía acceder al objeto amado y deseado. A partir de esta figura es posible entender una serie de situaciones y conceptos que han afectado a los artistas pre-vanguardistas (se piensa especialmente en los impresionistas), pues mientras el arte anteriormente andaba en busca de la referencialidad constituida trascendentalmente, el nuevo artista buscará la constitución del contenido de verdad del arte en la propia mirada del artista. Ello, sin embargo, conlleva al problema de que nada advenido inmanentemente puede acceder a un sustrato más allá de sí mismo, con lo que este artista ve su imagen dañada por el paso del tiempo y por su propia situación cadente [7].

En este mismo paradigma se patentiza la crítica al arte burgués expuesta por Marcuse, en el sentido que este arte aparece como una vía de escape a las propias miserias de la vida diaria, pero no como una situación externa, sino como un proyecto a ser realizado en un presente aún no consumado.

El tercer momento de este juego dialéctico está en el mito de Medusa, el cual es considerado en dos contextos. En primer lugar, Medusa enfrentada al escudo de Perseo y obligada por él a llegar al límite paradójico de la anulación de su identidad, disolución realizada por la vía del horror frente a los ámbitos de lo irracional, de lo no reducible por la presencia, o más aún, por lo ausente tras la presencia. En esta situación el artista en su relación frente a la obra sufre por lo inmanejable, por el contenido inmanente de un mundo vuelto catastrófico (kata-strophé) a partir de situaciones imprevisibles anteriormente, donde la memoria queda trastocada y obligada a convertirse en materia, frente a un contenido de verdad que se autoanula, y por ende eclosiona todo lo que toca.

Sin embargo, las dos visiones del espejo de Medusa no son tan catastróficas, en la segunda se retoma la perspectiva terapéutica de los dos espejos anteriores, siendo así que el artista no es Medusa enfrentada a su propio rostro, sino Perseo utilizando la obra de arte -el espejo/escudo- como un modo de control a esta catástrofe de la verdad advenida inmanentemente, que es lo mundano. Sin embargo aquí aparece un nuevo elemento de sumo interés, el arte como punto de fuga (aunque no de huída), como contenido de verdad constituido inmanentemente -materialidad de la obra-, pero universalizándose en lo trascendental -exposición y consecuente desconstitución del mundo para su posterior reconstitución- del diálogo, con el observador posterior.

No se pretende aquí retomar las virtudes de este paradigma de clasificación y comprensión de la relación artista-obra, la que por lo demás no admitiría la superación de la subjetividad soberana, sino a partir de él reconsiderar algunos elementos que aún están por ser pensados. En primer lugar, ¿es posible hablar aún de una estructura subjetiva detrás de la constitución del contenido de verdad de la obra artística?; en segundo lugar, ¿cuáles son las lógicas de las redes de visibilidad de nuevas expresiones artísticas como los ensambles, los montajes, las instalaciones o las creaciones de los videístas?; y en tercer lugar, ¿qué papel juegan las estructuras semánticas y las reglas de traducción presentes en los referentes de representación marcados por la aparición y la posterior desaparición como consecución de la verdad, entendida como olvido?

El Espejo de Leibniz o los Anti-fractales

Se ha querido tomar como punto de referencia a Leibniz por el aporte que él entrega con su teoría de los fractales.

Para Leibniz los fractales son estructuras -por llamarlas de algún modo- que contienen su propia representación repetida infinitamente en cada una de sus partes, al modo de un espejo fracturado que es capaz de seguir mostrando la misma imagen aún después de su fractura. En realidad es este el único punto en que se considera de utilidad, para la problemática expuesta, la teoría del autor, pues de aquí en adelante el análisis se alejará absolutamente de su propuesta.

Lo que se ha dado en llamar el espejo de Leibniz es absolutamente lo contrario a la intención de él, pues mientras el fractal es autoreferente respecto a sí mismo, la lógica de la nueva obra de arte tiene la pretensión de ser una fractura de la propia unidad interna de la obra de arte, la que se eclosiona en tantas partes como sea imposible de ser manejada por el posible observador -y al mismo tiempo el creador de ella- generándose una nueva estructuración del papel de la mirada, y consecuentemente una reconstitución de las redes de visibilidad implícita en ellas mismas.

Ahora bien, quede en suspenso por un momento las implicancias respecto a este punto para elucubrar la trascendencia a nivel del modo de articulación de la estructura de sentido, con su carga de verdad -o pretensión de ella- y de penetración como modo operativo en términos de poder.

La obra artística anti-fractal en su autofractura de la unidad interna es la apelación a una renuncia. En un primer nivel es la renuncia a la trascendencia, a la posibilidad de establecerse como punto de contacto, de quiasma, entre los terminales sensitivos y cognitivos de los posibles concordantes alrededor de ella. Esta obra ya no pretende establecer una autoctonía del acceso a ella, con lo que toda lógica de la identidad queda diluida. Ahora bien, un observador atento podría hacer notar que este es el falso relativismo de algunas corrientes postmodernas, que sacrifican el contenido de verdad que puede desplegar el arte como instancia crítica, para entregarle en una segunda instancia el manejo a una estructura más reaccionaria.

No es necesario caer en la respuesta fácil de exponer que criterios lingüísticos como "reaccionario" obedecen a una instancia tan criticable como la anterior, sino que es posible defender esta postura a partir del mismo desarrollo de este discursus, vale decir a que esta renuncia sólo se establece en un primer nivel, pero que ése sólo es un nivel que podría llamarse de índole formal o inmanente, o sea difícilmente una obra que pretendiera desconstituir la percepción de un sujeto previamente asegurado, garantizado, podría plantearse hacerlo sin romper con las mismas categorías con las que está definido dicho sujeto, vale decir la capacidad de fundar mundo a partir de su percepción. Frente a esa definición la obra anti-fractal aparece como un laberinto en que ningún hilo podría servir, pues él mismo se fragmentaría en miríadas de imposibilidades que sólo abren otras imposibilidades, pues el hilo pierde su carácter de realidad constituida externamente al entrar en diálogo -ya sea conflictivo, cooperante, dialéctico o incluso anulante- con el punto de fuga que es la obra, pues es justamente esto lo externo al hilo -o lo que es lo mismo el hilo aparece como el dentro que se supone debía señalar frente al fuera o salida que es la obra.

Por otra parte cuando se dice que la obra sólo en un primer nivel aparece como una renuncia no se quiere decir que ella sea una pretensión a medias para salir refortalecida en una fase posterior. Es renuncia en un primer nivel para garantizar una renuncia posterior que haga imposible la reconstitución y que la haga olvidable. Este es quizá uno de los puntos más interesantes que lleva a pensar el tema: la apelación al contenido de olvido y su relación con el contenido externo manifiesto en el silencio.

Este punto se intentará clarificar a través de un ejemplo.
El año 1.997 se expuso en la Galería Enrico Bucci la instalación llamada La Economía del Olvido. Esta consistió en una serie de escenarios construidos en base a murallas de madera recubiertas con fotos de indios selknam, una música de fondo de voces que hablaban como en un escenario lejano y luces muy tenues titilando que daban la impresión de estar en un escenario en que el observador era el observado por las imágenes que colgaban. En el último escenario el observador se internaba solo, luego de pasar por unos trozos de plastico que impedían ver hacia adentro, para encontrarse en una sala llena de espejos pegados a los muros -reemplazando las fotografías- y con un lavatorio con agua y jabón al medio de la habitación.

La razón por la que se eligió esta instalación y no otras es porque caracteriza bastante bien las obras anti-fractales de las que se está hablando.

Ahora bien, respecto al punto específico al que se ha hecho referencia anteriormente es necesario hacer notar que él es especialmente atingente en esta obra, y no por los elementos obvios de relación entre esa obra y esta propuesta.

En primer lugar, esta obra difícilmente desde la perspectiva de los artistas podría pretender ser una renuncia al contenido de verdad en ella implícito, sino muy por el contrario.

En segundo lugar, la obra pretende ser una denuncia a los mecanismos de olvido, y es quizá este el punto de mayor cercanía con esta propuesta. En su pretensión de negar el olvido, ella es olvido, apelación a los silencios que el sujeto no puede manejar porque son la base sobre las que él mismo se constituye -llamense miedos, sueños, expectativas o actos fallidos- y sobre los que él como huella de un tajo puede aparecer. Así la obra anti-fractal sólo puede serlo en tanto renuncia a sí misma, renuncia que se establece como incitación a sus posibles traducciones, nacidas ellas mismas desde lo no-explícito -no decimos lo implícito, pues ello presupondría su encuentro en la obra, cosa que no parece posible-, lo no-presente por no existir antes ni aún después de su encuentro con ella.

Este sujeto que se enfrenta a sí mismo en tanto no existente, en tanto rasgadura desde siempre, aparece como lo que realmente es, vale decir huella, traza de una germinación aleatoria, pero no en sentidos absolutos, sino también casuales.

En esta lógica de la desconstitución los presupuestos que se expusieron a propósito de los tres espejos anteriores no tienen cabida, y la posterior consecución del silencio sólo son la muestra a posteriori de que hay algo inadecuado en la obra artística tal como había sido concebida en dichas pretensiones.

Ahora bien, existe un punto en que es necesario apelar a Virilio, éste es el que se refiere a su punto de relación con la lógica de la visión y su estructuración de lo real.

En el artículo La Máquina de Visión [8], Virilio, va a decir:

"La paradoja lógica es en definitiva la de esta imagen en tiempo real que domina la cosa representada, ese tiempo que la lleva al espacio real. Esta virtualidad que domina la actualidad, que trastorna la misma noción de realidad. De ahí esta crisis de las representaciones públicas tradicionales (gráficas, fotográficas, cinematográficas...) en favor de una presentación, de una presencia paradójica, telepresencia a distancia del objeto o del ser que suple su misma existencia, aquí y ahora.

De lo que resulta, en definitiva, "la alta definición", la alta resolución, ya no tanto de la imagen (fotográfica o televisual) como de la propia realidad.

Con la lógica paradójica, en efecto, la realidad de la presencia en tiempo real del objeto es la que queda definitivamente resuelta, mientras que en la era de la lógica dialéctica de la imagen precedente, sólo era la presencia en tiempo diferido, la presencia del pasado, la que impresionaba duramente las placas, las películas o los films, adquiriendo así la imagen paradójica un estatuto comparable al de la sorpresa, o más exactamente aún, al del "accidente de la transposición".

En estos párrafos del texto de Virilio es posible notar que la obra anti-fractal es completamente opuesta a esta pretensión de estructura de la visión y su relación a la realidad.

Efectivamente para Virilio va a haber una desconstitución de la realidad a partir de los aparatos de visión anteriores, y que van a ser los que darán origen al espacio público y por ende a una cierta situación de nacimiento del sujeto público.

Hasta este punto ambas visiones tienen plena coincidencia, pero es en lo siguiente donde ambas posiciones se alejan, pues ciertas obras que él calificaría dentro de la lógica paradójica no creemos que lo sean. Incluso el ejemplo que ha sido propuesto podría caer dentro de esa categorías, en la medida que ello sería considerado una alta definición de una realidad ya extinguida y que por lo mismo se hace presente en la situación de la representación fotográfica que ingresa directamente a los terminales perceptivos y cognitivos del que se enfrenta a ella.

Se podría estar de acuerdo en que eso sería cierto si la apelación fuera a que "el contenido de la memoria es una función de la velocidad de olvido" como él pretende tomando el pensamiento de Spear, pero al contrario como se ha venido exponiendo hasta ahora, la función del olvido es el contenido no-explícito de los elementos irreductibles tras la pretensión de identidad.

Desde la entrada y el encuentro con la mirada de los ausentes -presencia impropia- hasta la situación final en que el sujeto que se ha enfrentado a la obra termina encontrando que él también es sólo un ausente que borra toda huella en el lavamanos, se produce la fractura de la espacialidad y la temporalidad por, para y en el sujeto, y por ende toda posibilidad de desplazamiento a cualquier velocidad.

Lo que aparece desde lo profundo es la estructura del exilio patentizada en el dolor frente a un olvido que ha clausurado la vuelta a un posible origen, pero también ello sólo es posible porque dicho exilio no tiene un origen, sino que es la situación constante y repetida, nacida no de una mentira -lo que posibilitaría el encuentro de la verdad originaria-, sino de una aparición que nunca ha ocurrido plenamente: la de la identidad.

Este es el punto de llegada de nuestras interrogantes, si es posible la pregunta, aún hoy, es porque ella se funda sobre lo inexistente, y por ello obliga a una traducción constante que sólo se manifiesta en la carcaza vacía que permanece unida por un dolor constante y lascerante que no podrá encontrar nunca solución derivada de una decisión soberana.
Si es posible algo después de la subjetividad, esta deberá ser semejante a lo expuesto en el cuento El Buitre [9] de Kafka:

Un buitre me picoteaba los pies. Ya me había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos amenazadores alrededor y luego continuaba su obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba al buitre.

-Estoy indefenso -le dije-, vino y empezó a picotearme; lo quise espantar y hasta proyecté torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.
-No se debe atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse usted del asunto?
-Encantado -dijo el señor-, no tengo más que ir a casa a buscar mi fusil, ¿puede aguantar media hora más?
-No lo sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después agregué-: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno -dijo el señor-, me apuraré.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado vagar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar el impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba.

El arte que se derivaría de la muerte de la subjetividad, ya no estaría basado en la soberanía de su acción sobre el mundo, sino en su sacrificio como modo de acceder al dominio, y como reconocimiento de que el dolor no tiene un sentido racional, sino sólo acontece y requiere la muerte de quien se le enfrenta [10].

Éste es el paso siguiente.


POST SCRIPTUM

Las problemáticas trabajadas en este texto obedecen a una cierta configuración que llegó a su límite y su consumación en otro tiempo. En ellas se exponía una perspectiva que intentaba enclaustrar una cierta especificidad problemática en una concepción externa a ella misma.

Este proyecto se vió fracturado por la imposibilidad de dar cuenta del problema del dolor desde un lenguaje y un horizonte reflexivo que no estaba en condiciones de exponer la radicalidad de dicho problema.

Ahora bien, desde otro punto de vista -desde la perspectiva artística misma- la crisis reventó o cuajó hacia otra salida.
En primer lugar, es obvio que las categorías para pensar el arte mismo no existieron ni existirán nunca en las formas puras en que se las intentó exponer en el texto.

En segundo, si bien es posible aceptar que las dos grandes referencias teóricas para pensar el arte han sido la de mímesis y la de representación, y que la segunda tendría que ver con la crisis de la primera, no es claro que ellas sean el fundamento de base que hace posible calificar a algo como artístico ni a un cierto sujeto como artista; a lo más han sido ciertas configuraciones históricas que no han hecho otra cosa que hacer referencia a las percepciones que se tenían sobre los modos de interrelación entre el sujeto y el objeto.

En tercer lugar, esta concepción de una interrelación posible -sujeto/objeto- no obedecía más que a una referencia metafísica que el mismo arte contemporáneo ayudó en gran medida a desmontar.

Por último, al trasladar el arte hacia meras relaciones con la memoria se lanzaba al arte a un espiral que necesariamente implicaba su disolución en el testimonio o la paradoja crítica.
Pero no sólo es posible hacerle estas objeciones, sino que hay otras que tienen que ver con la misma existencia de la obra hegeliana.

En primer lugar, escribir desde las categorías lógicas (y por tanto políticas) un texto sobre el concepto de lo artístico que, además, pretende ser una derivación de lo hegeliano, es no hacerle justicia a la misma concepción estética hegeliana.

Y en segundo, desplazar el problema hacia manifestaciones disolventes opuestas a lo que el mismo Hegel habría considerado el fin del arte es no reconocer el lugar que tuvo, tiene y tendrá la divisa hegeliana del fin del arte.

Haciendo estas salvedades necesarias es posible explicar porqué este texto aún puede tener lugar.

Desde la perspectiva de una lectura hegeliana el gran problema de todos los teóricos respecto a la estética hegeliana ha sido el de explicar la interrelación existente entre materialidad y soberanía en relación a la obra de arte. Este no es un problema casual ni menor, en él se juega la muerte misma del arte, o mejor dicho del artista, el cual queda desplazado más allá o más acá de la obra misma [11], es decir la muerte del arte no es otra cosa que la disolución, la desaparición o el desapercibimiento que se tiene de esta relación, dejando de ser pensada en términos políticos -en sentido hegeliano- para empezar a ser pensada en términos políticos, es decir como funcionalidad, utilidad, oposición, alteración o cualquier forma que haya adquirido el arte en sus versiones post-hegelianas o en la misma época de Hegel.

Este problema nos parece que supera la misma escritura hegeliana respecto de la estética y sólo puede ser abordado en los bordes o bordeando dichos bordes excriturales, lo que fue realizado y planteado como estrategia en el texto.

También desde la perspectiva artística, el texto tiene la gran ventaja de haber cercenado la posibilidad de lectura interna a él mismo, desplazando el tema de la verdad del y en el arte a su propia fragmentación, la que no acontecería -no podría hacerlo- ni en la obra, ni en el artista ni en la interrelación de ellos dos, sino en los cortes existentes en los espacios insterticiales de la palabra misma a r t e, es decir en los silencios de él. Estos silencios no son nunca artísticos sino políticos, son los silencios del poder o los espacios donde el poder mismo se fragmenta para hacerse patente [12], es decir nunca hay relación directa entre el arte y la política, sino que uno y otro se constituyen sólo por su relación y el modo en que configuran su diálogo.

Así, haciendo estas salvedades y defensas es posible releer el texto no como una exposición de un cierto contenido, sino como una estrategia que llega a su límite en el texto mismo, pero que al mismo tiempo permite acceder a una reconsideración que habría sido imposible sin el fracaso de la estrategia misma.

1.- Este slash se caracteriza a sí mismo por una sobrevida semántica.
En primer lugar cita a otro texto del cual debió haber sido una cuarta parte (pero no lo fue -no lo podía ser- porque era más antiguo, como instalación, que ese otro texto), pero en el cual quedó como señal, como tarja, como corte -cuchillada- y hendidura al interior de su título: el slash de ese título aparece como signo (y no como símbolo), y es por ello que no se entiende plenamente más que acá, es decir fuera de ese texto.
En segundo lugar, como título de este texto instaura una estrategia de lectura respecto al texto mismo: si su nombre aparece nominalmente, su sentido aparece desplazado más allá de la vista. Sólo se hace posible reconociendo las temporalidades fragmentarias que se encuentran en él (1.994/1.997/2.000) sobre una base de trinomios, que configuran un nueve silencioso (y fallido), señal de una perfección rajada, disuelta y fragmentaria.
En tercer lugar, en un slash se aparece el dispositivo lógico-semántico de un "o lo uno, o lo otro", o bien de un "lo uno en cuanto (y en relación) a eso otro, y viceversa", es decir el slash es una señal de tránsito para la legibilidad y comprensibilidad de un texto, pues marca los límites, los cortes al interior del texto mismo, los hace aparecer como los restos de la cuchillada escritural que los dejó y permite ver los silencios que quedan tras las tarjas, los pequeños espacios donde algo ha desaparecido.
Por último, el slash como disolución de un nombre por medio de la cita a ese nombre en otra lengua se hace cargo del carácter de impropiedad de la pregunta por el absoluto presente detrás de la representación y de la pretensión de soberanía respecto a ella.
El slash es la herida en la totalidad de un texto en cuanto alegoría de la desconstitución de su propio nombre en la operación y la imagen sin nombre propio: /. [volver al texto]

2.- "Disponemos del principio según el cual para ocuparse de uno mismo es necesario conocerse a sí mismo. Para conocerse a uno mismo hay que contemplarse en un elemento que es el equivalente del uno mismo; hay que contemplarse en ese elemento que es el principio propio del saber y del conocimiento, es decir, el elemento divino. Por tanto, es preciso contemplarse en el elemento divino para conocerse a uno mismo; hay que conocer lo divino para conocerse a sí mismo. El proceso de conocimiento de uno mismo conduce a la sabiduría. a partir de este movimiento el alma se verá dotada de sabiduría, podrá distinguir lo verdadero de lo falso, sabrá cómo hay que comportarse correctamente y de esta forma estará capacitada para gobernar". Foucault, Michel. Hermenéutica del Sujeto. Editorial Altamira. Argentina, 1.996. Página 50. [volver al texto]

3.- Esto ocurre mediante el siguiente esquema: Si la verdad está en las formas y estas han sido creadas o mediatizadas por un artista que las plasma, la inter-relación entre las formas será un procedimiento interno a la obra de arte, y por tanto el artista pasará a ser parte constituyente de la propia obra. Será el catalizador de la velocidad aconteciente de la verdad inclita en la obra, es decir el fatum. [volver al texto]

4.- Para todo este análisis se ha usado el artículo Envío en La Deconstrucción en las Fronteras de la Filosofía de Jacques Derrida, Editorial Paidós, España, 1.989. [volver al texto]

5.- Idem. Páginas 91 y 92. [volver al texto]

6.- Se entiende por tal, tanto al autor como al observador de lo que podríamos llamar obra artística, pues parece necesario que para superar la aparente dicotomía entre una doble experiencia respecto de la obra, decir que como dicha relación está dada por la re-presentación, tanto el artista como el observador de arte se relacionan con la obra re-presentativamente. [volver al texto]

7.- Nótese cómo al desaparecer un contenido trascendental homólogo, el acceso a la verdad queda clausurado definitivamente. [volver al texto]

8.- Virilio, Paul. La Máquina de Visión. Editorial Cátedra. Madrid, 1.989. Páginas 82 y 83. [volver al texto]

9.- Kafka, Franz. Obras Completas. Tomo 4. Edicomunicaciones S.A. Barcelona, 1.988. Páginas 1.315 y 1.316. [volver al texto]

10.- Con esto no se pretende una teoría reaccionaria o conservadora que proponga la idea del sufrimiento como salida y motor de la verdad, sino que se pretende decir que el dolor es el resabio de la decisión soberana, y que el exilio lingüístico se debe a la palabra fundante, en tanto ellos son propios del sujeto: éste es el que sufre, éste es el que muere, y con su muerte salva a lo por-venir. [volver al texto]

11.- La mejor analogía la podemos encontrar en el cuento de Borges Los dos Reyes y los Dos Reinos, en que frente a una percepción de lo infinito como lo inconmensurable racionalmente se sitúa la de lo inconmensurable por su consistencia de infinitud, establecida trascendentalmente, tanto por su constitución -Dios- como por su condición espacial. Esto es que ninguno de los dos reyes posee poder sobre la materialidad del laberinto, pero no por una falencia de la voluntad, sino por algo que rebasa cualquier concepción de la voluntad, es decir por la voluntad misma como falla, como herida. [volver al texto]

12.- En otro momento lo dijimos a propósito de la obra Edipo y la Esfinge de Bacon: el papel que juega la elipsis no es descorrer el límite, sino el de configurar o hacer patente que las relaciones que se leyeron como metáfora en las asociaciones artísticas no fueron más que un desplazamiento de una cierta metonimia entre objetos instalados por una mirada potente en un cierto orden, pero sin la legitimidad -en sentido de Schmitt- de dicho ordenamiento. [volver al texto]


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