Hablar
sobre Sida en términos éticos es ser exigido. Desde luego, esta
exigencia no afecta exclusivamente a la posibilidad de articular una aproximación
conceptual al problema, sino que se nos plantea mucho más agudamente en
el plano de nuestras conductas, y de la posibilidad de asignarles un sentido ético
consistente, tanto en lo que atañe a las causas como a los efectos del
SIDA. Pero me parece que todavía hay algo más en esto: la exigencia
compromete también alas condiciones mismas de esa posibilidad, es decir,
a los fundamentos de aquello que entendemos por "ética". Mi intención,
aquí, no es tanto ofrecer una aproximación ética al problema
del SIDA, sino considerar brevemente hasta qué punto es preciso revisar
lo que entendemos por ética, enfrentados a ese problema. | |
Me
parece que no es inoportuno este enfoque, sobre todo si consideramos nuestro propio
contexto cultural, sobre el cual pesan graves condicionamientos ideológicos
a la hora de discutir y decidir a propósito del SIDA. El discurso público
dominante, que impone esos condicionamientos, tiende, en efecto, lo declare o
no, a reposar e la confianza abusiva de poseer las claves maestras de lo ético.
Contribuir el cuestionamiento de esa confianza es - así lo entiendo- un
deber moral y político. La otra razón por la cual creo que la incorporación
de esta perspectiva al debate es recomendable - obviamente sin exclusión
de otras, más específicas -, tiene que ver con la proactividad a
hacer del SIDA un "caso aparte", a disponer en torno a él una
especie de régimen de excepción, que si, por una parte, puede incentivar
la consideración más atenta de las características propias
del hecho, por otra - y sobre todo en un contexto como el nuestro-, puede reforzar
la tendencia a la segregación de las víctimas, efectivas y potenciales. El
modo en que habitualmente se aborda la cuestión de "ética y
SIDA" consiste, según me parece, en apelar a categorías heredadas
o a una cierta "sabiduría", a una cultura ética establecida,
sancionada, tradicional. La suposición es que tales premisas podrían
suministrar una buena base para evaluar las implicaciones éticas de un
fenómeno individual y social tan sobresaliente como el SIDA y para proponer,
eventualmente, algunos puntos de vista normativos al respecto. Pero regularmente
podemos observar que la reflexión a partir de esas premisas, en lugar de
hacerse cargo de las connotaciones particulares de la cuestión y, sobre
todo, de su misma problematicidad, tiende a olvidarla, a secuestrarla, a ocultársela
a sí misma, reconociendo del problema sólo aquellos aspectos que
son asimilables al ámbito "familiar" de sus conceptos y valores.
Y creo que cualquiera de nosotros, en la medida en que haga el esfuerzo de sustraerse
a las creencias y prejuicios que lo determinan, en tanto que suspenda siquiera
por un instante el repertorio de sus reacciones 'espontáneas' ante el problema
(cualquiera sea la índole de estas reacciones), debe confesar que lo que
éste más claramente acusa es una cierta insuficiencia de los criterios
y conceptos heredados para abordar con pertinencia suficiente lo que se le propone.
Esto, diría yo, no vale sólo a propósito de la cuestión
del SIDA, sino de muchos otros asuntos que preocupan - y a menudo aperplejan-
a la sociedad contemporánea. Precisamente en este sentido hablo de pertinencia:
con este término me refiero al nivel en que tales asuntos son reconocidos
de acuerdo a la carga de problematicidad que comportan y que pone en entredicho
la relevancia de las categorías éticas que constituyen nuestro acervo
y con las cuales quisiéramos abordarlos. A
primera vista, la insuficiencia a que me refiero puede querer decir dos cosas:
que necesitamos rearticular y reformular nuestros criterios éticos, o que
necesitamos cambiarlos radicalmente. Una decisión inmediata de esta alternativa
me parecería precipitada. La opción por el cambio radical arriesga
perder no sólo todos los índices de normatividad que constituyen
el marco de nuestra convivencia (así los que resistimos, como también
los que afirmamos), sino el sentido mismo de lo normativo, sin el cual ningún
orden de convivencia parece posible. Por su parte, la tentativa de reformulación
puede tender a mantener intactos los núcleos de sistematicidad de los cuales
dependen esas mismas convicciones éticas que suelen obstaculizar una inteligencia
más fina y más abierta de los fenómenos problemáticos
de nuestra sociedad. La
indecisión a propósito de esta alternativa sugiere la necesidad
de buscar una estrategia distinta, que permita mantener la tensión entre
la exigencia de una comprensión ética de tales fenómenos
y la conmoción que para ésta - e, incluso, para su propia posibilidad
- traen ellos consigo. La idea común qu está en la base de las dos
posibilidades que acabo de comentar - podría describirse quizás,
del siguiente modo: para enfrentar desde un punto de vista ético los problemas
que plantea la creciente complejidad de las condiciones y relaciones sociales
es preciso desarrollar, de manera correspondiente, la complejidad de nuestro repertorio
de criterios y conceptos éticos. Es probable que esta idea nos conduzca
a una calle ciega. En lugar de ella, quisiera proponer una estrategia que posee
un sesgo que cabría llamar económico. Se trataría de suspender
la vigencia de los grandes cuerpos de principios, valores y categorías
éticas, para tentar de definir los puntos álgidos de nuestra exigencia
ética. Tal vez uno de los mayores desafios que plantean los problemas éticos
contemporáneos -derivados de la tecnificación planetaria, la globalización
mercantil, la totalización comunicativa, la sobredeterminación de
las relaciones sociales unida a la rarefacción de lo social mismo, la emergencia
de las diversidades, etc.- es el de alcanzar lo que denominaría los mínimos
de nuestros programas éticos. Pero
la pregunta por estos mínimos no podría resolverse estadísticamente,
eso es obvio, ni tampoco -diría yo- por el solo expediente de los consensos.
No es cosa de compatibilizar concepciones o culturas éticas diversas, de
manera tal que pudiésemos llegar a definir, por vía de comparación
y ajuste, los enunciados desciptivos de un hipotético decálogo universal.
Los mínimos de que hablo no han de formar un conjunto de "denominadores
comunes". Así, lo buscado no serían los puntos de coincidencia
entre cuerpos doctrinarios -sean ellos explícitos o virtuales-, sino de
abandonar la idea misma de que los criterios, valores y normas éticas por
las cuales hemos de regirnos tengan un espacio ideal de integración en
un cuerpo doctrinario o en un tesoro de certezas, por virtuales que estas pudieren
ser. Es precisamente el dogmatismo ético, en cualquiera de sus modalidades
- y no las hay sólo fuertes, sino blandas, también-, lo que debe
ser removido (aunque no para reemplazarlo por un relativismo). Y ésta es
una tarea tanto más difícil, cuanto más clara se nos hace
la profundidad con que ese dogmatismo contribuye, aun a pesar nuestro, a configurar
nuestras identidades individuales y colectivas. La
pregunta por los mencionados mínimos debe ser esencialmente una pregunta
reflexiva, y, por ello mismo, las formulaciones que puedan ser alcanzadas en el
curso de la interrogación sólo tienen sentido y validez en tanto
sean referidas a la reflexión que las hace posibles, lo cual quiere decir,
a la vez, que deben estar constantemente sometidas a la revisión de sus
premisas, es decir, a su contrastación a partir de los contextos concretos
que las exigen y de los sujetos concretos que son interpelados por ellas. En
consecuencia, tres me parecen ser las determinaciones de esta reflexión.
En primer lugar, la pregunta no puede ser resuelta por la mera reflexión
individual, sino por una reflexión social. No debemos perder de vista que
los problemas que desatan esta pregunta son problemas sociales, y aun más,
problemas que afectan al fundamento mismo de la socialidad, ya en su dimensión
afectiva, ya racional, ya corpórea. Pero si una reflexión social
es la única que puede hacerse cargo promisoriamente de tal pregunta, se
sigue de aquí, inmediatamente, un requisito ético: es preciso ampliar
la base que condiciona la posibilidad de tal reflexión; esto supone la
difusividad social de la información relevante para ella y la sostenida
expansión del espacio de debate público, en el cual concurran los
diversos discursos en condiciones no restrictivas. En segundo lugar, la reflexión
social debe ser un constante diálogo entre nuestros valores y criterios
y criterios y normas y la concreta diversidad de los casos y contextos en que
ellos han de verificar su alcance. Por último, la reflexión debe
permanecer abierta, porque no cabe presuponer la consolidación de un cuerpo
determinado de mínimos éticos, y cada uno de los que se pueda determinar
sólo es válido, como dije, en la medida en que se sustente en procesos
de reflexión social. Pero
hay también una especie de reflexividad interna, estructural, en esta cuestión.
La pregunta por los mínimos éticos implica una constante pregunta
por la ética misma, una revisión o, dicho de otro modo, una invención
permanente del sentido de lo ético. Y es precisamente en este nivel donde
se hace sentir con toda su fuerza lo que al comienzo llamé "exigencia".
La eficacia que ésta tiene consiste en evidenciar los atavismos y arcaísmos
que subyacen a las convicciones y a los patrones éticos que poseemos, que
a menudo condicionan subrepticiamente nuestros esquemas de racionalización
y argumentación moral; evidenciándolos, su eficacia consiste, asimismo,
en ponerlos enfáticamente a prueba. ¿No
ocurre así con el caso del SIDA? Este no sólo plantea contradicciones
insoslayables entre la protección de las libertades civiles y el derecho
de los individuos a su privacía, por una parte, y los intereses del así
llamado bien público, por otra, contradicciones que, desde luego, tienen
un alcance ético muy serio, sino que también -y aquí debo
reiterar: junto a otros fenómenos dilemáticos de las sociedades
contemporáneas- provoca conmociones profundas de los parámetros
de acuerdo a los cuales solemos articular nuestros juicios y decisiones morales.
¿No nos enfrenta acaso el SIDA con un cierto arcaísmo de la aversión:
una especie de ansiedad ancestral que va ligada al cuerpo, a la sexualidad, a
la sangre, a la inminencia y a la contaminación de la muerte? La aversión
es, precisamente, uno de los más poderosos atavismos que pueden gravitar
sobre los esquemas éticos que reconocemos como nuestros. Somos criaturas
frágiles, y por eso desplegamos nuestro más anheloso afán
en ponernos a resguardo. El problema es que, una vez erigido el sistema de nuestros
amparos, tendemos a olvidar esa fragilidad constitutiva, la inabarcable multiplicidad
de sus modos, su discreta intermitencia en todas las dimensiones de la vida, que
calladamente rebate los títulos, a veces demasiado arrogantes, con que
nos vestimos, y que, si pudiésemos encararla derechamente -como ocurre
en algunas experiencias radicales-, nos haría vernos a nosotros mismos
de una manera mucho más plural y contingente de lo que estamos habituados. Creo
que el debate moral, y particularmente aquél que concierne al SIDA, ganaría
en riqueza de matices y contenidos si pudiésemos inducirle algo de este
saber acerca de la propia fragilidad, así como me parece que pueden ser
esenciales las lecciones éticas que podemos extraer de la experiencia y
el testimonio de aquellas y aquellos en que la fragilidad se hace patente, se
vuelve condición indisimulable de existencia. Pero,
claro, ¿ estamos preparados para hacernos cargo de ese saber y sus consecuencias,
para abrirnos a esas lecciones? ¿Estamos, por ejemplo, preparados para
admitir la multiplicidad de las formas, la pluralidad de figuras de lo humano?
El feminismo nos ha enseñado a advertir los supuestos androcéntricos
que determinan la gramática de nuestras conductas, de nuestros conceptos
e incluso, literalmente, de nuestro lenguaje. La insistencia en un modelo a menudo
implícito de plenitud -adulto, varón, racional, válido, blanco,
etc.- sanciona el carácter subalterno del niño y la niña,
de la mujer, del pobre, de los lisiados, los viejos y los locos, los homosexuales,
los miembros de otras etnias, etc. Ciertamente nuestros esquemas de pensamiento
y de conducta, y ya el dispositivo de nuestras reacciones afectivas, están
dominados, más o menos visiblemente, por una heterofobia fundamental. Si
no estamos preparados aún para dejar de actuar bajo el dominio violento
de esta heterofobia -y la violencia es la supresión del otro y de lo otro
(bajo cualquiera de las formas que pueda asumir esta supresión, o al menos
la tendencia -deseo, voluntad, intención o conato- a la supresión)-,
me parece que es un imperativo ético mínimo y prioritario tender
a reducirla. |
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