Wednesday, 03 de November de 2004
Una de las razones de conocimiento del arte latinoamericano más común es consultar la información que nos llega vía la Metrópolis, es decir, conocemos un artista de nuestro continente cuando éste ha logrado ser conocido en Nueva York antes que en otras urbes latinoamericanas. En los años veinte se cantaba un alegre charleston que decía “Al Uruguay yo no voy, voy porque no quiero naufragar”, en los años sesenta la canción volvió a sonar en las radios y en los cines gracias a la cantante española Marujita Díaz quien la interpretó en alguna película con sonido alegre y lleno de salero.
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Uruguay es tierra Gaucha de cuño, laica hasta el desenfado, no existe una iglesia que participe en lo cotidiano. En Montevideo está la mejor cinemateca de Sudamérica, completa en varios niveles, perdón, dos cinematecas, la Uruguaya particular y la del Sodre, que forma parte del teatro del mismo nombre, siendo un ejemplo en este hemisferio tan carente en esta disciplina que encausa la memoria.
Los uruguayos tienen en su historia a Joaquín Torres García, creador de una plástica señera en la cual ubicamos el manifiesto de la escuela del sur y de un mapa “al revés” de este hemisferio, también recordamos a María Freire y José Costagliolo como la pareja que trabajaba la plástica pura. Hoy día, figuras como Rimer Cardillo están en el tapete internacional junto a Carlos Capelán.
Pero este recuento tímido es para hablar de un país culto y atento al acontecer visual donde no extraña la calurosa recepción lograda por Ximena Mandiola en su reciente exhibición individual en Montevideo donde se presentó con ese despliegue colorístico que la caracteriza. El crítico Justo Pastor Mellado lo calificó un verdadero ajuste de cuentas entre la forma y el color.
Pero sigamos con Excentra, un valioso laboratorio de las artes que se dasarrolló en la provincia de Tacuarembó, especialmente en dos ciudades: uno de nombre mítico por su agua tónica Paso de Los Toros y a una hora y media de ahí San Gregorio de Polanco donde se especula que nació el Zorzal Criollo Carlos Gardel. Ahí, con la curatoría de Fernando Martínez, explotó este laboratorio durante una semana con participaciones de artistas que han elegido el cuerpo como soporte. El profesor Martínez eligió huir del centro o de la Metrópolis, buscando inscribir nuevos lenguajes en un espacio natural no contaminado de la llamada mainstream; está bien, pero ¿qué es lo nuevo en este territorio? Retomar ese aliento rico en experiencia de otras escenas y cambiarlo de sentido.
Entre los envíos de los participantes o “envíos participantes” estaban españoles como Joan Casellas quien usó su lugar asignado, en este caso una iglesia, para realizar una ceremonia. El argentino Martín Molinaro, quien empezó un nonstop no deteniéndose jamás entre las múltiples estaciones que diseñó, quedando al final como una obra abierta.
La participación chilena llevó su propia barra entusiasta de los muchachos de la Universidad Andrés Bello, quienes comandados por el filósofo Patricio Bulnes participaron con cuatrocientos misiles de 40 cm cada uno en una participación ubicada en la misma Capilla que Joan Casellas.
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Humberto Nilo, docente de la misma Universidad, enterró un sobre con mensajes cifrados para ser descubiertos en cincuenta años más. El hermoso objeto realizado en cobre fue enterrado al lado de la línea del tren, transformándose en un lenguaje de búsqueda en un futuro arqueológico.
Claudia Aravena y Guillermo Cifuentes abandonaron el papel y la típica esquela para intercambiar información sobre lo cotidiano en soporte vídeo. Ella posteriormente volvió a remontarse en el diálogo interior en el cual pensamos que todavía Joyce existe. Pero lo descollante de este laboratorio conceptualizado por Clemete Padín, un gurú de la poesía visual del cono sur, fue una performance donde se trabajó con el espectador que abandonó su rol pasivo para colocarse en la creación e invención de lo que le proponían los artistas Sara Malinarich y Manuel Terán, quienes en la búsqueda de una unidad reunieron los fragmentos de las diversas disciplinas que constituía la performance. El tiempo que se presenta en rescatar la memoria para lograr la construcción de ese espacio prístino donde el espectador (usuario-creador) reproduce desde su mente los deseos y represiones que lo caracteriza.
Sara Malinarich no es la primera vez que realiza estas experiencias, así son importantes sus participaciones en esa gigantesca red que es la red de Internet.
Manuel Terán, artista visual, avecindado en España al igual que Sara se unió en esta experiencia como performancista produciendo en esta unión una situación plástica inédita como es el actuar y visualizar el tiempo que es un tiempo real. Al jugar con este espacio el arte se vuelve más vital y nos hace pensar que todavía existen barreras que traspasar en la creación humana. Creo que esta obra constituye un reflejo o ideal de lo que debe ser el laboratorio de las artes, bien por todos los organizadores y participantes y sobretodo por esta pareja que esperamos pronto puedan transformar a usuarios chilenos en creadores notables.
Ernesto Muñoz Agitador Cultural (in progress)
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