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A esta altura del desarrollo del pensamiento
científico está probado
que un bebé, ya a los dos meses
de edad está en condiciones de
reconocer los estados anímicos
de su madre, sabe cuando su mamá
está contenta o incluso cuando
está deprimida.
Esto habla ya, de la capacidad cognitiva
del bebé, la capacidad para aprender
es de hecho inherente a su ser. A medida
que transcurren los días comenzamos
a enseñar los primeros vocablos:
“diga mamá”, a ver
“diga papá”, etc.;
luego comenzamos a enseñar los
primeros pasos: “demos un pasito”,
“demos otro”, “camina
hacia donde está el papá”;
enseguida enseñamos las primeras
normas: “no metas los dedos en los
enchufes”, “debes comerte
toda la comida”, etc.
Con esto quiero que determinemos el
origen del aprendizaje,
podemos apreciar que este, se inicia mucho
antes que los niños y niñas
ingresen al colegio, y los acompaña
imperturbablemente hasta el fin de sus
días. Hasta acá no ha sido
necesario recurrir a la escuela, el niño
y su familia se las han arreglado perfectamente;
la pregunta que surge es en qué
momento se nos ocurrió hacer a
la escuela responsable del aprendizaje.
El primer paradigma de cada uno de nosotros,
ha estado en nuestras propias familias,
de ellas aprendimos lo bueno y lo malo,
la idea de Dios, y la estructura del propio
mundo. Puede la escuela como institución
social permear estos primeros paradigmas.
Sabido es que una vez armados de una
lógica explicativa de
nuestras circunstancias, no se modifica
ningún elemento de ella sin que
nosotros lo permitamos, recuerde usted,
qué aconteció aquella vez
que la profesora(or) puso en tela de juicio
lo que habíamos aprendido en la
familia. A caso no tomamos partido por
nuestra forma de entender el mundo -que
es previa a la incorporación al
colegio- cuantas veces no escuchamos “no
le hagas caso a esa vieja”. A partir
de ahora, el profesor(a) pasan a ser los
viejos: “Tengo clases con la vieja
pesada de matemáticas”, “tremenda
prueba que nos hizo el viejo de castellano”.
Quienes ganan estos adjetivos son personas
que deben luchar
por ampliar esos paradigmas o bien buscar
su modificación. Por tanto, ¿pueden
ser los verdaderos responsables del aprendizaje?,
antes bien podrían serlo del intento,
pero eso ya es distinto de responsabilizarlos
por algo que parte en los hogares y que
allí se retroalimenta a diario.
Ha sacado usted, la cuenta a cuántas
familias no les resulto toda una odisea
el trabajo que la escuela demanda, sobretodo
en los primeros años de escolaridad.
A caso eso no era una invitación
a ampliar esas miradas que ya eran estrechas,
cuántos padres son sobrepasados
por las demandas escolares, quedando ellos
y los niños, sumidos en la más
absoluta incertidumbre. Mundos paralelos,
ambientes esquizoides, de que estamos
hablando.
Cada vez parece confirmarse más
la teoría del capital inicial.
Quienes obtienen los mejores resultados
en las diferentes formas de evaluación
que se han implementado en nuestro país,
acaso son los que están menos dotados
de recursos y de lazos sociales. No señor,
entonces por qué nos dejamos arrastrar
por los medios de comunicación
que por lo demás sabemos que no
son neutrales, por qué somos tan
indolentes a la hora de fijar políticas
educacionales, lo que se requiere es mayor
justicia social, viviendas más
dignas, mayores y mejores servicios, áreas
verdes. Los antiguos filósofos
establecieron hace más de dos mil
años que es necesario no tener
necesidades de subsistencia para poder
hacerse al estudio y eso sigue siendo
así. Puede entonces rendir lo mismo
un niño que proviene de campamentos
erradicados ya sea en La Pintana o en
Puente Alto que un niño de Vitacura,
Las Condes y que pensar de un niño
que proviene de pueblos tan alejados y
desposeídos como los de los pueblos
originarios. Pueden estos niños
tener los mismos resultados. Probablemente
sí, pero antes debemos mejorar
sustantivamente sus capitales iniciales.
Puestas así las cosas, la pregunta
que necesariamente surge es ¿quién
es el verdadero responsable de los aprendizajes
de los alumnos?
Desde siempre el rol del profesor ha
sido el de mediador, generador de instancias
para que la verdadera revolución
cognitiva se produzca. Cada elemento que
incorporamos modifica de alguna manera
nuestra forma de entender nuestras circunstancias,
sin embargo el que permite el cambio es
el sujeto cognoscente y en ese acto, influye
una serie de fenómenos que van
desde la comodidad de la silla, hasta
las fantasías que pudiesen distraernos,
pasando incluso por el color de la sala
de clases. Lo que quiero decir es que
el proceso de aprendizaje es algo tan
íntimo, si incluso muchas veces
se aprende más de la explicación
de un contenido por parte de un compañero
que a partir de la explicación
del profesor(a). Entonces de dónde
surgen estos afanes estandarizadores,
acaso no son opuestos a la propia ideología
neo liberal.
Lo que se requiere es satisfacer las
necesidades más urgentes de modo
que los niños y jóvenes
aspiren al conocimiento y no como es hoy
en día en los sectores populares,
donde estos niños y jóvenes
necesitan trabajar en supermercados o
ferias para ayudar al sustento familiar,
así, no podemos comparar, en qué
minuto estos niños hacen tareas,
repasan contenidos, amplían un
tema. Hasta cuando los profesores deben
luchar contra la apatía, contra
vidas sin sentido, sin metas ¿quién
es el verdadero responsable -si que cabe
la pregunta- del aprendizaje?.
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