Sin duda que al hablar
de la memoria en términos de lo contemporáneo
(palabra esta última que alcanza su sustancia
a lo largo de la primera mitad del siglo XX), es
imposible dejar de lado obra de Marcel Proust, justamente
como el esfuerzo de mayor gestualidad en torno a
la llamada individualidad generada a partir de la
llamada “corriente de la conciencia”.
Y en ese gesto es
donde precisamente se instala Raúl Ruiz en
“Tiempo recobrado”, con un relato que
se desliza suavemente dejando ver el movimiento
de la cámara como un pincel que va abriendo
breves lapsos narrativos que se concentran muchas
veces más en denotar, o en permanecer en
la latencia, que en demostrar o argumentar.
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Y si no podemos establecer que
hay una disolución del argumento es porque tampoco
hay una pretensión más allá en la aparición
de la memoria. Se trata más bien de mostrar y de registrar,
casi en un intento fenomenológico, el modo en que ocurre
el advenimiento del pasado a la memoria del individuo (o como
la memoria se constituye como ese mismo advenir... o como
el individuo también se perfila como tal en dicha acción).
Con toda su carga subjetiva que finalmente es destruida en
el anhelo de recuperar para un yo lo dejado o abandonado en
la dispersión del transcurrir.
Es un intento, entonces, de
apropiación, y en esa apropiación Ruiz sabe
que su cine ha trabajado desde siempre. El cine como invocación
o como instrumento invocativo es quizás uno de sus
elementos más esenciales. De hecho, el ejercicio de
invocación cinematográfica no es otra cosa que
redención de la vida en la recuperación presente
de una emoción o de una totalidad inefable que está
como prendida de una síntesis de imágenes.
No de otro modo puede emocionar
más allá de lo narrativo “Muerte en Venecia”,
cinta que en más de algún sentido se conecta
con el filme de Ruiz. Allí Visconti no se limita a
adaptar un libro, sino que traduce y transforma las intenciones
de una narración literaria (entendida ésta como
la apelación de un yo a una salvación en la
palabra) en una procesión de imágenes (que resultan
más lineales y menos barrocas que las de Ruiz) que
se pueden visitar una y otra vez como parte de un recuerdo
que no se ha fijado de un modo inequívoco.
En el “Tiempo recobrado”
de Ruiz, en todo caso, los desplazamientos desde el recuerdo,
pasando por las gatillantes del mismo, hacia los sucesos tal
como se plasman en lo sensitivo, cobran un notable efecto
cinematográfico. Efecto que se ve ejemplificado en
el quiebre del espacio con muebles que se aproximan diluyendo
las distancias de un escenario previamente mostrado, o con
un Proust que va levitando en medio de una reunión
social a la par de que revela su distancia de lo cotidiano.
Es en este mismo efecto del recordar que el presente queda
convertido también en una suerte de pasado que se visita...
conclusión que Ruiz logra plasmar con un desenfadado
uso de los recursos que el cine le deja a su alcance... así
todo parece al final rasado por el mismo talante de lo que
se abandona. Y el recuerdo es eso: la apelación a lo
que desde siempre se ha abandonado, la aceptación de
la impropiedad de la vida de cada individuo. Pero, al mismo
tiempo, la memoria se convierte en el terreno de su recuperación,
de su redención.
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