La Mirada que Huye de la
Pantalla
Juegos Peligrosos (Ridicule) es una película
esquizofrénica. No en el sentido lyncheano
que ha adquirido el término en los directores
de cine actuales (Nolan, Fincher, por nombrar alguno).
No es que sea la mente de un individuo la que se
fragmenta hasta construirnos diferentes posiblidades
de ver la historia, sino que es una misma historia
que transcurre frente a nosotros y deja fluir otra
película, de fondo.
Tenemos una película muy bien ambientada
en la época de decadencia del absolutismo
francés (Luis XVI), pero que no muestra sólo
un evento anecdótico del cual podamos extraer
un panegírico de la República frente
a la Monarquía. Eso también está,
pero no sólo está eso.
En términos de fundamentación histórica
la película se sitúa dentro de la
influencia del historicismo alemán heredero
de Hegel (idea de cosmovisión -Weltanschauung-
como forma de concebir el desarrollo histórico).
Pero también es posible encontrar las corrientes
francesas de la historia de las mentalidades, de
las instituciones y de las formas de vida. En este
sentido la película muestra un cuidado trabajo
de adaptación de una época.
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Es cierto que en este sentido
el fundamento mismo es cuestionable: es iluso suponer que
podamos tomar la perspectiva de uno de los sujetos que participa
de la historia, pues nosotros conocemos las consecuencias
de los actos que la película muestra. Pero, insisto,
que esta es sólo una perspectiva de interpretación
de la película. Hay otra mucho más silenciosa,
pero también de una complejidad que requiere cierto
análisis y discusión.
La película muestra
una forma de relación con la realidad que es una interrogación
sobre el poder y las formas de desarrollo de las sociedades.
En este contexto se construye una situación que permite
entender (situarse en coordenadas temporales, pero también,
espaciales) aquello que en Francia llevó a la caída
de la monarquía absoluta.
Quisiera partir por señalar
los elementos históricos que la película supone,
para luego pasar a un análisis de ellos.
Uno de los puntos de partida
de toda película de época es qué análisis
realiza para situar los eventos que se mostrarán. Una
película que intente hacer esto adecuadamente debe
tener una visión acerca del contexto social y político
en que los hechos que serán contados, ocurren. Y Ridicule
hace esto en forma interesante.
Lejos de las tesis que han
intentado intelectualizar los procesos detras de la caída
de la monarquía haciéndolas consecuencia de
cierto desarrollo del pensamiento, Leconte asume una interpretación
de las formas de vida y sus contexto de poder y visibilidad.
Pero ello sin desconocer las ideas dominantes en la época
en la que la película está situada.
Es cierto que en la época
prerrevolucionaria existía un amplio desarrollo de
la teoría que permitía plantear alternativas
en la estructuración del Estado: el estado liberal
ya había emergido de la mano del protestantismo. Sin
embargo, la monarquía francesa y la ciudadanía
francesa, seguía siendo católica. Es por ello
que las dimensiones de la Revolución son tan abismantes:
porque enfrenta formas de ver la realidad y su legitimación
política.
Historia y Crisis de las Formas de Legitimación
Política
Intentemos situarnos en la línea
de una Francia poderosa no sólo a nivel militar, sino
también de legitimidad. El rey de Francia lo era ante
Dios, no ante el pueblo. No sólo era el rey de Francia,
era también (por derecho propio, por el hecho de ser
rey) el guardián de la Iglesia de Dios en la tierra,
es decir del Vaticano y del Papa ante los otros reyes, pero
también ante los protestantes que cuestionaban la autoridad
de él (el Papa).
La película muestra en forma
magistral ese rasgo religioso de la monarquía francesa.
Todo era posible de ser ironizado (aún si llevaba a
la muerte de alguien), pero no la existencia de Dios.
Hay una escena extraordinaria en
que muestra una clásica disertatio de la Universidad
medieval, pero matizada por ese rasgo que le da el título
(Ridicule) a la película. En ella se quiere demostrar
que la existencia de Dios también es motivo de ironía,
pero eso el rey no lo acepta, no puede aceptarlo. Luis XVI
es un rey que está convencido que tiene a Dios, y por
lo tanto, el bien a su favor. Aquí está uno
de los motivos más ridículos de la película:
la incomprensión del rey de lo que sucedía a
su alrededor.
Pero qué significa ridículo en este contexto.
Lo ridículo es un resultado
a que la modernidad arribó invirtiendo al héroe
trágico. Entendamos esto, para el pensamiento griego
(en el que la Tragedia se sitúa) el héroe se
pone en una relación que incluye sentimientos cruzados:
por un lado la admiración y el reconocimiento de que
su acción es digna, pero también la conmiseración
por el deseo (equivocado) de que el destino es posible de
ser cambiado.
El héroe moderno hereda ese
rasgo, pero mediado por la idea de subjetividad. El mejor
ejemplo de esto es Don Quijote. Fijémonos bien en él.
Don Quijote hereda aquel rasgo de desear trastocar el destino
(situación en la cual, también fracasa), y que
toma conciencia de su fracaso. Pero lejos de causarnos emoción,
nos causa risa.
Por qué este cambio.
Justamente porque está la subjetividad: es irracional
(loco) no entender la realidad. Y aquí, realidad, es
aceptar la propia relación y el lugar que nos toca
en el mundo.
Sin embargo, en la modernidad, este
lugar y esta situación que nos toca vivir no está
determinado por Dios. Es cierto que hay prognosis sobre el
curso de la humanidad: el Apocalipsis. Pero no de la humanidad
individual.
He aquí la diferencia: donde
los griegos veían situaciones misteriosas actuando,
la modernidad sólo admitía la racionalidad.
Lo ridículo es esa situación en que algo o alguien
queda despojado de su imagen de respetabilidad, y (es cierto),
la ironía logra producirlo, pero con la ironía
no se juega: ella misma es polisémica.
Aquí está un punto
que es el que vuelve a esta película tan interesante:
la película es una ironía sobre la forma de
hacer uso (valor económico, en la economía
precapitalista) de la ironía.
La ironía es decir una cosa
a través de otra, intentando ridiculizar. Pero ese
sentido actual del término no le hace justicia al sentido
originario de él.
En la Grecia de la tragedia lo irónico
era el destino.
La ironía estaba en que el
oráculo habla con términos que pueden ser mal
interpretados, en que la perspectiva del personaje (que aquí
no es más que la máscara) siempre es incompleta
y, por lo tanto, erra.
La ironía trágica supone
una mirada externa a la acción: la mirada de dios (Dyonisios
autocontemplándose). En cambio la ironía moderna
no puede admitir esta idea de dios que mira el suceder de
las cosas, justamente porque para Dios (ahora sí el
cristiano) el tiempo no cuenta. No como en el caso de los
griegos (debido a que sea inmortal), sino a que es eterno.
Pero también porque es perfecto, es decir abstracto.
Luis XVI (el Luis XVI de la película)
trata de ocupar el lugar de la mirada divina sobre los acontecimientos.
En la película esto se muestra
con un salón en que están los que esperan entrar
a Palacio y que son observados por el rey a través
de una mirilla. El paso de lo externo (el mundo) al círculo
interno de la divinidad (el Palacio) sucede por la mediación
de alguien (idea de santidad cristiana). Y el salón
se constituye, así, en una suerte de Purgatorio en
que los nobles de menor valía esperan que la mirada
divina se pose sobre ellos para dirigirlos al Paraíso.
Sobre esta situación, Leconte
(que es un espectacular constructor de historiascomo lo podemos
apreciar en El Marido de la Peluquera, El Perfume De Yvonne,
en incluso sus comedias, como La Maté porque era Mía),
logra construir una anécdota en medio de la Francia
prerrevolucionaria.
Como he dicho antes, la película
admite una lectura en que se pueda considerar sólo
una historia: la del noble progresista, la de un rey que está
apunto de perder su reino por su propia insensatez, la de
una mujer que no tiene cabida en un sistema que heredó
la estructura rígida del estamento medieval. Pero,
hay más, mucho más, detrás de esta historia.
Es en este más que la película
se torna una interrogación sobre las formas, los modos
de producir verdad, en palabras de Foucault.
Verdad y Desarrollo Trágico
Para que un sistema pueda sostenerse
(logre legitimidad política) necesita que sus instituciones
de prueba judicial, de conocimiento académico y de
estructuración socio-política, sean formas reconocidas
y aceptadas, es decir que desplieguen un poder que se imponga
sobre los conflictos que les toca enfrentar.
La nobleza francesa (que nos muestra
Leconte) en la época previa a la revolución
ha decidido tomar como modelo de prueba y funcionamiento de
lo político, a la ironía. Lo falso (lo que queda
fuera del espacio de visibilidad) se origina en un procedimiento
que implica la exclusión de la ridiculez (lo irracional)
por medio de producirla (a la ridiculez). Todas las situaciones
reconocidas por el poder político (mirada del rey)
se sitúan sobre esta base. El rey sólo quiere
divertirse con la frase ingeniosa, con la situación
mordaz en que la racionalidad es usada para poner en ridículo
a alguien.
Pero es aquí donde la mirada
del rey no es (no puede ser) una mirada divina. El rey sólo
es un hombre que desea transgredir sus límites (hybris)
humanos. Pero la ironía está, justamente, en
que ese es el deseo de todo héroe trágico. Sin
embargo, el rey mismo es el que le ha quitado el carácter
de humanidad (capacidad de asumir el enfrentamiento y la derrota
frente a los límites, con dignidad) a estas acciones.
Él mismo las ha vuelto objeto de verguenza, de ridículo.
No es necesario ser adivino para
saber que, en este sentido, la película muestra el
fracaso de tratar de controlar la polisemia sobre la que descansa
la ironía. En el libre juego de los significantes se
construye el significado de ellos, según Seaussure,
pero eso el rey no lo sabe. Cree que por participar como mirada
divina (lugar que no le corresponde) él mismo no es
sujeto de padecimiento de la ironía. Pero, él
es el personaje (y la institución que él representa)
más ridículo de toda la historia: mientras usa
la ironía para entretenerse no se da cuenta que, al
rededor de él, se desarrolla la mayor ironía
para las monarquías absolutas: que no lo eran.
Leconte construye una historia con
este escenario de fondo. la historia de un noble rural que
asiste al desmoronamiento de una forma de ver el mundo (cosmovisión)
y el nacimiento de otra (nacimiento del Estado desarrollista
moderno), pero también interroga sobre los procesos
por los que eso sucedió y cómo lo hizo.
Y su respuesta es que la falla no
estaba en que la verdad que sustentaba al mundo monárquico
no sirviera, no fuera legítima, sino que esa verdad
era irónica: admitía múltiples perspectivas,
y algunas de ellas perjudicaban el propio sustento de los
procesos por los que se construía verdad.
Sólo un último punto.
¿Cuál es el motivo de este error en la forma
de "ver" la realidad?
El error nace de la memoria. La inocua
memoria de un sistema que toma las consecuencias como causas,
es decir que cree que lo que la sostiene es un futuro controlado
a partir de la correcta interpretación de los hechos
sucedidos en el pasado. Pero como todo el pasado lo conoce
a partir de sus recuerdos (y ellos ya son interpretación
subjetiva del mundo), se le pasa desapercibido que los hechos
tienen interpretaciones que él no controla (ironía).
Pero nosotros (los espectadores)
sabemos que él (el futuro) siempre es indeterminable
desde la perspectiva humana. Es posible ver una situación
y su ridículo observando el desarrollo pasado de ella,
pero no es posible saber hasta dónde llegarán
sus consecuencias. El rey no sabe eso, pero él cree
que sí, y los nobles que lo rodean, también.
Eso es lo que hace de ellos personajes ridículos, y
no trágicos.
A Modo de Conclusión
Finalmente hay que reconocer que
la película es buenísima cinematográficamente:
tiene actuaciones impecables, una gran dirección, una
ambientación detalladísima, una banda de sonido
espectacular (notable trabajo de contraposición entre
la música barroca, con su seriedad palaciega frente
a los eventos ridículos que suceden en la pantalla),
y eso le fue reconocido en los Césares que ganó
y en la nominación al Oscar como mejor película
extranjera. Si después de todo lo que hemos dicho aún
quedan dudas, la mejor forma de superarlas, es viéndola.
Francamente, vale la pena.
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