La Edad Media se representó
el fin de la vida como un conflicto entre el alma
y la muerte por el control del cuerpo (de ahí
el término agonía: agon, es decir
lucha, combate). Durante mucho tiempo el cuerpo
sólo fue visto como un sustrato sucio, como
un resabio que amarraba lo puro (el alma). Esta
idea surgida en los cultos órfico-pitagóricos,
y popularizada por Platón era una idea revolucionaria
en Grecia.
La Grecia clásica
tenía una concepción totalmente distinta
(como lo hizo notar Nietzsche en El Origen
de la Tragedia). Para un griego el cuerpo
no era sólo el sostén del alma, era
el lugar, el sitio en que el hombre habitaba: el
único sitio en que el hombre podía
existir. No había vida después de
la muerte del cuerpo. Es cierto que el alma descendía
al Tártaro, pero esa sobrevida no tenía
ninguna relevancia, era (a lo más) un resultado
inesperado en el que se conservaba el recuerdo de
lo vivido, pero sin la capacidad de sentir el placer
que producía cuando se estaba vivo.
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Esta concepción griega es central
para entender una película como Festín
Desnudo (Naked Lunch) de Cronenberg. Podríamos
decir que la película es un viaje, un descenso a la
oscuridad opaca de los paraísos artificiales (en palabras
de Baudelaire), una road movie entre los insterticios de una
conciencia no abstracta, sino sumamente concreta: los modos
de relación del cuerpo con sus propios límites.
Este regreso delirante lo realiza
el protagonista (Lee, alter ego de Burroughs) exaltando su
constitución física a través de las drogas,
es decir, dejando fluir los estados de conciencia en que ya
no hay distinción entre el dentro-fuera. Las drogas
son una especie de catalizador que difumina los límites
claros de la metafísica platónica que habíamos
señalado antes. Eso es lo distinto con el excelente
libro de Burroughs. Aquí el protagonista no son las
drogas, sino el cuerpo que se ve liberado por ellas.
Como decíamos al principio,
en la Grecia clásica tenían una palabra para
explicar la relación que se establece a un nivel puramente
físico, los sentimientos no auratizados, lo que nosotros
llamaríamos la "atracción o repulsión
de piel", o el "caer bien o mal de presencia".
Esa palabra es pathos. Pathos es la característica
que define a los hombres (incluyendo a los dioses, que poseen
un pathos inmortal, sólo alterado por las aguas de
la Estigia) y los animales. El pathos es la energía
de la vida y se concentra en el cuerpo. Es por eso que al
morir se pierde.
Cronenberg logra presentar ese elemento
en Festín Desnudo.
Es cierto que el tema de la corporalidad
y sus límites representacionales es su tema, pero aquí
como en muy pocas películas (la excepción podría
ser La Zona Muerta, pero no queremos extendernos
en ella), desarrolla una interrogación sobre los límites
desinenciales, en la medida que toda conjugación se
desarrolla a partir de las certezas pasadas: para decir de
algún modo, es necesario contar con un contenido representacional
al que asociar la imagen, el sonido o lo que sea. Pero, ¿qué
sucede cuando esos límites son interrogados en su propia
condición de desarrollo, en su causa del movimiento?
¿Qué hace de un límite
una condición transitoria? No digamos ya una transición
abstracta, una transición de cualquier parte a cualquier
parte, sino una transición del yo teatralizado, puesto
en escena en la "realidad", limitadas sus pulsiones,
hacia el yo en que dicha realidad y su decir se fragmentan,
se desterritorializan (Deleuze-Guattari) y se vuelven identidades
difusas.
¿Aparece el deseo en Festín
Desnudo? No, no hay deseo cuando no hay una subjetividad
soberana, un significante-amo que domine. Esta es una gran
novedad de Cronenberg, no ya el doble diluido de Mortalmente
Parecidos, sino la experiencia del fragmento que
es incapaz de relacionarse consigo mismo. Lee (el Lee de Cronenberg)
no es móvil ni inmóvil, en él todo descansa
en la condición frágil de lo pasajero, de lo
transitorio. Pero no de una transición hacia algo,
sino de una transición que se cierra, que cuaja en
el constante desaparecer de las certezas, de las creencias
en que los términos, las palabras, los objetos guardan
en sí una esencia que (si bien es difícil) se
puede descubrir.
Ya no hay relación con fenómenos,
con entes, con apariencias, sino con residuos, cadáveres.
La memoria de Lee en Festín Desnudo
no logra estructurar un todo coherente, y eso no se debe a
las drogas, ellas sólo traducen una experiencia que
el cuerpo conoce: el constante conflicto por mantenerse situado
(es decir mantenerse en situación) espacial y temporalmente.
Pero ese espacio-tiempo se le huye en la película.
Y no lo hace bajo la apariencia ingenua de una realidad paralela,
sino a través de la fuga del pathos que mantiene relacionado,
cohesionado, lo que le aparece a la conciencia de Burroughs.
En este sentido, la lucha, la guerra, en la que él
toma parte es analogía de esta situación de
dis-armonía que las drogas permiten vivir. Pero no
es necesario utilizarlas para mirar por la ventana de la conciencia
herida del protagonista.
Este es quizá uno de los puntos
más altos e interesantes que Cronenberg trabaja experimentalmente
en sus películas: la transformación del espectador
en un voyerista que disecciona a sus víctimas, como
si asistiéramos a una obra de Artaud en que actor y
personaje se funden en un acto sacrificial. Y es que el actor
da lo mismo, el actor es el propio espectador que padece la
violencia psíquica de recordar su cuerpo, de recordar
las sensaciones que una larga tradición metafísica
ha escondido, volviéndolas espirituales.
Es en ese sentido que no hay deseo
(no hay alguien que desee), que no hay dolor, que no hay placer,
sólo hay cuerpo sondeando su propia realidad, su propio
desgarrarse continuo, intentando ver ahí donde no hay
nada.
No es que la película ciegue
nuestra vista interior, sino sólo que la lleva hacia
la piel, hacia los excitantes fotosensibles y entonces les
aplica una luz fuerte, fuertísima.
El protagonista (nosotros-él-nadie)
está exiliado a un mundo vacío de referencias
indiciales. Al igual que en la guerra que ya no podemos entender,
Interzone, es ese lugar donde ya no hay historia ni objetivo.
Cronenberg fuerza de tal modo el
poder de la amnesia que ya no funciona como olvido, sino como
potencia activa. No es que perdamos algo, sino que el acto
de no conservar es la actividad, la única actividad,
que le queda por realizar a Lee y al resto de los personajes.
Es en este giro (convertir el olvido en una forma de relación
con el mundo y no pensarlo como carencia) que la película
desplaza una angustia perversa: la pérdida de la temporalidad
lineal.
Eterno retorno del olvido, pero no
al modo de Memento, sino en un cuerpo que es pura mutación,
pura transformación, donde ni siquiera los mensajes,
escritos antes, tienen sentido (ni podrían tenerlo):
Lee ha matado a su esposa desde siempre aunque nosotros lo
experimentemos como callejón sin salida, como destino
irónico (con sentidos que no podemos prever), como
lanzamiento sin regreso.
Queda como anécdota de lo
que he dicho un recuerdo de una de las veces que fui a ver
Festín Desnudo.
Un tipo un par de filas más
adelantes gritó (literalmente) durante toda la película
sus opiniones y sensaciones. El resto de nosotros estábamos
molestos. No podíamos entender que él era el
espectador ideal de la pesadilla de perdernos.
NOTAS
[1] Hesíodo. Obras y Fragmentos. Editorial Gredos.
España, 2000. pág. 45. |
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